Atlante: La distancia no es el olvido

Por: Farid Barquet Climent.

Mañana domingo el Atlante pondrá punto final a una estancia de 13 años lejos de su casa, la Ciudad de México, al recibir en la capital del país a los Leones Negros de la Universidad de Guadalajara dentro del torneo Guard1anes 2020.

El mote “Equipo del pueblo” que acompaña al Atlante no es un eslogan que se le haya ocurrido a un publicista. Lo fraguó la tradición y lo acuñó el periodismo. Es mucho más que una frase: es la expresión sintética del arraigo de los Potros de Hierro entre los sectores populares.

En los años 30 y 40 del siglo XX, los clubes Asturias y España, tal como lo evidenciaban sus denominaciones, estaban vinculados a la colonia española radicada en la capital; el Necaxa cosechaba seguidores en el gremio electricista y el América gozaba de simpatías en estratos socioeconómicos privilegiados, aunque después su afición se expandió hasta atravesar todos los estamentos una vez que lo adquirió el consorcio televisivo dominante. Pero el que animaba los fines de semana de obreros y pequeños comerciantes era el Atlante, que a pesar de tortuosas mudanzas a otros lares siempre ha conservado un enclave de identidad territorial: la capital de México. Si un equipo chilango existe, ese es el de los Potros de Hierro.

En 1916, dos hermanos que inmigraron a la capital provenientes del Estado de Querétaro, Trinidad y Refugio “Vaquero” Martínez, fundaron un equipo al que primero llamaron Sinaloa, como la calle de la colonia Condesa sobre la que se ubicaba la cancha llanera en la que jugaron sus primeros partidos, cercana al rancho La Nopalera, en los límites con el pueblo de Tacubaya. Después lo denominaron Lusitania y luego U-53 (supuestamente en honor a un submarino que se usó en la Primera Guerra Mundial), hasta que finalmente se decantaron, en 1920, por el nombre definitivo, Atlante, cuya primera década quedó marcada por el primer ídolo futbolístico atlantista, el interior izquierdo Juan “Trompo” Carreño, anotador en la Olimpiada de Amsterdam 1928 del primer gol mexicano en juegos olímpicos, y autor también, en Uruguay 30, del primer tanto nacional en Mundiales.

El estreno del Atlante en la Liga Mayor, la de la entonces Federación Central, equivalente a la hoy Federación Mexicana de Futbol, tuvo lugar hasta 1927. Algunos historiadores sostienen que el populoso equipo tuvo que someterse a partidos de prueba antes de ser aceptado, aunque otros estiman que esa versión es un mito. Lo cierto es que un año antes de su ingreso al circuito estelar el Atlante se midió ante los principales equipos del momento gracias a que en los tres años previos se enseñoreó como campeón de la Liga Spalding, fundada en 1918 por el sueco Pablo Alexanderson para que en ella compitieran equipos de barrios populares que no podían pagar la cuota exigida para el ingreso a la Liga de la Federación. Además, el año anterior el Atlante había representado a México en los primeros Juegos Deportivos Centroamericanos. Hayan sido o no a modo de exámenes de admisión, venció al Toluca 7-3 y luego al entonces campeón América, al que superó 2-1 el 15 de agosto de 1926. Aprobado con creces, el conjunto que ese año empezó a vestir de azulgrana debutó en la división máxima el 9 de octubre de 1927 en un encuentro contra el Necaxa, que terminó empatado a 2 goles y que marcó el inicio de un clásico de época. Porque su primer título de campeón lo consiguieron los Potros de Hierro en 1932, bajo la dirección del español Miguel Tovar Mariscal, precisamente tras derrotar en una serie de 4 partidos al Necaxa, que el año siguiente se cobraría revancha adjudicándose el cetro. La alineación del primer Atlante campeón la conformaron Luis Garfias, Alberto “El Serio” Islas, Agustín “El Compadre” Pérez (que además fungía como tesorero del equipo), Rafael “La Pipisca” Durán, los hermanos Felipe “Diente” y Manuel “Chaquetas” Rosas, Fernando “Patadura” Rojas, los hermanos Gabriel “La Nacha” y Felipe “La Marrana” Olivares, Dionisio “Nicho” Mejía y Juan “Trompo” Carreño.

La primera Copa del Mundo de la historia, Uruguay 30, la ganó la selección anfitriona. El club del que provenían 4 de sus integrantes, el Bella Vista de Montevideo, enfrentó al Atlante el 8 de marzo de 1931 luciendo en su alineación a rutilantes estrellas,  como José Nasazzi, “El Mariscal”, el futbolista que creó la figura del capitán de equipo y que en esa condición lideró a sus compañeros del representativo nacional uruguayo hasta conseguir en 1924 y 1928 dos medallas de oro olímpicas más el título mundial en 1930, en cuyo honor fue bautizado con su nombre el estadio del Bella Vista y que alternó aquella tarde ante la oncena azulgrana con otros también campeones mundiales, como Miguel Ángel Melogno y Pablo Dorado, que contra los potros mexicanos jugaron reforzados por otros dos integrantes de la selección celeste, Héctor “Manco” Castro y “La Maravilla Negra” José Leandro Andrade, quienes jugaban para el club Nacional de la capital charrúa. El Bella Vista, con todo y sus flamantes primeros ganadores de la Copa Jules Rimet, mordió el polvo en la Ciudad de México: el Atlante fue el vencedor por marcador 3-2.

La maltrecha economía atlantista obligó a recurrir, a mediados de los 30, a la protección del jefe de la policía de la Ciudad de México: el entonces todavía Coronel José Manuel Núñez, bajo cuya gestión, en los albores de los 40, los Potros ficharon a un ariete español, Martín Vantolrá, ex integrante del Real Club Deportivo Español de Barcelona y del Fútbol Club Barcelona y además secretario general del sindicato de futbolistas catalanes, quien tras la guerra civil española, gracias a la política de asilo del presidente Lázaro Cárdenas del Río, se exilió en México, a donde vino a jugar una gira con los azulgranas mediterráneos, pero de donde ya nunca se fue, pues se quedó para siempre entre nosotros, primero militando una sola temporada en el club España e inmediatamente después, durante toda una década, hasta su retiro en 1950, portando la camiseta azulgrana del Atlante, cuya oncena contó con la contribución decisiva de Vantolrá para la conquista de un título enseguida de su incorporación: el de campeón de Liga 1940-1941, junto a Raúl “Pipiolo” Estrada, Benjamín Alonso, Carlos Laviada, Antonio “Peluche” Ramos, Alberto “Caballo” Mendoza, Alfredo Hidalgo, Leonardo “Chanclas” Zamudio, José “Margarita” Gutiérrez, Ignacio “Calavera” Ávila y el costarricense Antonio Hütt, dirigidos por Luis Grocz.

El 8 de febrero de 1942 los atlantistas lograron otra hazaña internacional. Los clubes azulgranas de México y de Argentina, los entonces subcampeones de sus respectivas Ligas, el Atlante y el Club Atlético San Lorenzo de Almagro, se enfrentaron en el único partido que el equipo del barrio bonaerense de Boedo perdió durante su gira de 10 partidos por tierras mexicanas, en la que superó 1-2 al Necaxa, a la selección de Jalisco dos veces —la primera 0-1 gracias a un gol de Isidro Lángara, que después sería ídolo en México jugando para el Real Club España, y la segunda por goliza 1-9— y le propinó una tremenda goleada a un combinado de Irapuato 0-12 en la ciudad fresera. En la cancha del desaparecido Parque Asturias de la Ciudad de México —convertido desde los años 60 en tienda de autoservicio— los Potros se impusieron por marcador 5-3 a aquella oncena en la que destacaba el ítalo-argentino Mateo Nicolau —que se quedaría en México, primero con el América y después durante tres temporadas en el Atlante, antes de emigrar al FC Barcelona y luego volver para poner fin a su carrera con el Zacatepec— junto a otras figuras, como Salvador Grecco y Rinaldo Fioramonte Martino, conjunto que por su juego arrollador motivó que desde entonces al club se le apode “El Ciclón”, buena fama que fue llevada a Europa a finales de 1946 y principios de 1947 para enfrentar una exitosa serie de 10 partidos en España y Portugal, en la que salieron triunfantes en la mitad al ganarle 2 veces a la selección española merced a 13 goles que le anotaron entre los 2encuentros, goleando al representativo portugués 4-10, imponiéndose 1-4 al Atlético Aviación —hoy Atlético de Madrid— y venciendo por marcador 9-4 al Porto.

El torneo 1945-46 marcaría un hito: la delantera atlantista conformada por Vantolrá, Nicolau, el ídolo nacional Horacio Casarín, el también mexicano Ángel “Angelillo” Segura y el costarricense Rafael “Tico” Meza, anotó 105 de los 121 goles marcados por todo el equipo en los 30 partidos de la temporada, promediando 4 dianas por encuentro. El año siguiente esa ofensiva fue la clave en la consecución del primer trofeo de campeón de Liga en la era profesional que el Atlante tiene en su haber.

Treinta años después, lejos de la tutela del ya para entonces General Núñez, —que habría de fallecer el año siguiente—, mientras su propietario era el empresario editorial Fernando “Fernandón” González —al que se le atribuye la idea de sustituir por Juanito 70 a Pico, la mascota diseñada originalmente para el Mundial de 1970 por el estadounidense Lance Wyman, autor de la identidad gráfica de los Juegos Olímpicos México 68 y del Metro de la Ciudad de México—, el Atlante descendió el 29 de julio de 1976. Regresó a la más alta competencia un año después, dirigido por José “Che” Gómez, invicto durante su breve estancia en la Segunda, y en el otoño de 1978 cambió de manos. La historia del traspaso le fue contada a quien esto escribe por su principal protagonista: Arsenio Farell Cubillas, director general del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) de 1976 a 1982. Afuera del salón de clases en el que impartía cátedra de Teoría General del Proceso a futuros abogados —entre ellos yo— a principios de los años 2000, Farell recordaba que el presidente de la república en la segunda mitad de los 70, José López Portillo, estaba molesto por los adeudos de cuotas a la seguridad social acumulados por un sinfín de patrones, por lo que ordenó a Farell que abriera créditos fiscales, o sea, expedientes de deuda, a morosos ricos y famosos para que la cobranza de sus débitos hiciera escarmentar en cabeza ajena al resto del empresariado nacional. En consecuencia, Farell instruyó que le reportaran una lista de patrones incumplidos. En la relación aparecía un nombre que de inmediato llamó la atención del funcionario: “Fernandón” González. Requerido en las oficinas de Paseo de la Reforma 476, el dueño de Litográfica Juventud reconoció ante Farell: “debo no niego, pago no tengo”. “¿No tiene? ¿Acaso no es usted dueño del Atlante?” —replicó Farell.

Fue así como, a modo de dación en pago, el 10 de octubre de 1978 el Atlante pasó a formar parte del patrimonio de la mayor institución nacional de seguridad social. En los años siguientes el Atlante-IMSS incorporaría a su nómina a una pléyade de estrellas extranjeras: al máximo goleador histórico del futbol mexicano, el brasileño Evanivaldo Castro “Cabinho”, que venía de salir campeón romperredes con los Pumas de la unam los últimos 4 torneos y que como azulgrana mantendría ese cetro 3 años más; al argentino Rubén “Ratón” Ayala, mundialista en 1974, referente del Atlético de Madrid campeón intercontinental en 1974; al polaco Grzegorz Lato, Bota de Oro mundial en Alemania 74; y al argentino Ricardo Antonio Lavolpe, campeón mundial en 1978 como tercer guardameta de la selección argentina, retirado en México en otro equipo del IMSS, el Oaxtepec, e importado por el Atlante en 1979 directamente desde otro viejo proveedor azulgrana, el Club Atlético San Lorenzo de Almagro, del que es el socio número 88235N-0 Jorge Mario Bergoglio, el Papa Francisco.

En cuanto Farell dejó el IMSS para ocupar el cargo de secretario del Trabajo y Previsión Social, el Atlante pasó a otra entidad gubernamental, el Departamento del Distrito Federal, hoy Gobierno de la Ciudad de México, lo que marcó su mudanza al estadio de la Ciudad de los Deportes, que de inmediato fue bautizado como Azulgrana. Sobre la grama del recinto de Indiana 255 una generación de jóvenes mexicanos escribiría algunas de las páginas más gloriosas en la historia atlantista. Fueron tiempos en que la propiedad del club volvió a ser detentada por particulares, adquirido primero por el vendedor de automóviles Juan Mata, después por el fabricante de artículos deportivos José Antonio García y más tarde por el empresario televisivo Alejandro Burillo Azcárraga. Nombres como Félix Fernández, Guillermo Cantú, César “Chispa” Suárez, Luis Miguel Salvador, Mario García, José Guadalupe “Profe” Cruz, Roberto “Demonio” Andrade, Tomás Cruz, Raúl “Potro” Gutiérrez, evocan ese Atlante campeón 1992-1993, mayoritariamente hecho en casa, cuya alienación recita de memoria la grey atlantista, que después se encariñaría también con los planteles que acaudillaron los sudamericanos Sebastián “Chamagol” González y Luis Gabriel Rey, y más tarde, también con el que conquistaría un nuevo título en 2007, el que integraban, entre otros, Federico Vilar, Javier Muñoz Mustafá, David Toledo, José Joel “Chícharo” González, Christian “Hobbit” Bermúdez, Giancarlo Maldonado y Gabriel Pereira, el habilidoso mediocampista que para celebrar sus goles se ponía la máscara del “Místico”, el acrobático luchador del pancracio capitalino.

En 2020 el grupo empresarial encabezado por Emilio y Felipe Escalante ha hecho posible el regreso del Atlante a la Ciudad de México. Con todo acierto la presidencia deportiva del club ha sido confiada a un exfutbolista oriundo de la ciudad, Jorge Santillana, destacado delantero surgido en los años 90 del trabajo con jóvenes que ha caracterizado a los Pumas de la UNAM; mientras que como Director Técnico del plantel ha sido designado un integrante del Atlante histórico de mitad de los 90, Mario García, que en años recientes ha dirigido equipos de la División hoy de Expansión y que fungió como auxiliar técnico de Diego Armando Maradona a su paso por el futbol de nuestro país.

“Dicen que la distancia es el olvido, pero yo no concibo esa razón”, reza el bolero de Roberto Cantoral y de esa misma convicción es la fiel afición atlantista, la que a pesar de la distancia nunca arrojó a sus Potros a las fauces del olvido.

Foto: Atlante FC

Sevilla: El trabajo detrás del éxito

Por: Farid Barquet Climent.

La portería es la escuela ideal para ser entrenador: la mayor parte de un partido el cancerbero observa a distancia. Pero si además de portero toca ser el suplente, el aprendizaje se multiplica. Porque a diferencia de cualquier otra posición, el portero no puede rebuscarse una oportunidad en otro puesto de la alineación. Mientras a un extremo puede llegarle su oportunidad habilitado como lateral, o un central que sabe salir jugando puede devenir en mediocampista de contención, el portero sólo puede jugar de portero. Y para colmo, por reglamento no puede haber más que uno. De ahí que el suplente sólo pueda participar por expulsión, lesión o sensible baja de juego del titular. Su ingreso a la cancha nunca obedecerá a un ajuste táctico. Si a alguien le ajusta el calificativo de suplente, es a él.

Privados de incidir en el juego, los porteros suplentes se resignan a que la banca les recompense con aprendizaje. Por eso algunos de ellos, tras pasarse la mayor parte de sus carreras viendo partidos desde los márgenes del campo, se convierten después en laureados entrenadores. Sin estar propiamente dentro pero tampoco del todo fuera, sentados más tiempo que ninguno de sus compañeros en ese mirador sin parangón, de tanto esperar su turno terminan por desarrollar capacidades analíticas que los preparan para algún día asumir el timón.

Un discreto portero español de los años 90, que en las primeras 5 temporadas de las 7 que militó en Primera División jugó solamente 9 partidos, supo explotar las posibilidades pedagógicas de la banca y basar en las lecciones ahí aprendidas una de las más exitosas gestiones de un directivo contemporáneo en el futbol europeo. Nacido en Cádiz en 1968, Ramón Rodríguez Verdejo, “Monchi”, Director Deportivo del Sevilla Fútbol Club de 2000 a 2017 y de 2019 a la fecha, fue el eterno suplente de Juan Carlos Unzué, dueño inveterado del arco sevillista de 1990 a 1997. La temporada 1996-1997, la única en que “Monchi” tuvo más apariciones que Unzué, el equipo descendió, y ni siquiera durante la siguiente en Segunda División le fue confiada la titularidad, por lo que acabó retirándose a los 28 años al finalizar la campaña 1999-2000.

Su decisión de no volverse a poner los guantes coincidió en el tiempo con una de las peores crisis institucionales de la historia del Sevilla. La entidad recibió el nuevo milenio agobiada por deudas y sin disponer de los recursos más elementales para la práctica deportiva. En vista de que no tenía dinero para contratar a un directivo experimentado, el presidente en turno, Roberto Alés, pensó en Monchi para ocupar la dirección deportiva: “Me ofrecieron el cargo y acepté lo mismo que si me hubieran dicho que me dedicase a pintar las rayas del campo. Sabía lo mismo de una cosa que de la otra. El club era un auténtico desastre y yo me veía obligado a hacer de todo”, dice el gaditano en las páginas del libro El Método Monchi: Las claves del sistema de trabajo del rey Midas del fútbol mundial, escrito por el periodista Daniel Pinilla.

A dos décadas de aquellos días en que no tenía ni balones, el Sevilla es hoy, gracias a “Monchi” y sus colaboradores, uno de los equipos más estables, rentables y ganadores del viejo continente. Hoy ganó por sexta vez la UEFA Europa League, convirtiéndose en el equipo que en más ocasiones la ha ganado. Las 5 anteriores las conquistó en un lapso de 10 años, entre 2006 y 2016, guiado por la divisa “Levantar títulos sin provocar deudas”. Ha cosechado además 2 Copas del Rey, una Supercopa de España y otra de Europa.

“Monchi” supo convertir al Sevilla en “club vendedor”, que compra barato para luego vender caro, gracias a su singular capacidad de captación de promesas en varias partes del mundo. “Teníamos que encontrar el talento antes que nadie”,afirma. Gracias a esa búsqueda de tesoros por doquier, el equipo del barrio de Nervión pudo hacerse de los servicios del brasileño Dani Alves, proveniente del Esporte Clube Bahía, a cambio de 800 mil euros, y luego lo vendió al FC Barcelona por 35 y medio millones. Las salidas de los también brasileños Julio Baptista, al Real Madrid, y Adriano, al Barcelona, dejaron 20 y 9.5 millones, respectivamente, en las arcas del club, mientras que la partida del colombiano Carlos Bacca al Milán aportó una ganancia de 20 millones.

En El Método Monchi se revelan algunos de los aciertos que hicieron posible el resurgimiento del Sevilla. Resalta la importancia que el Director Deportivo le dio a la elaboración de bases de datos y a la redacción de informes puntuales sobre el rendimiento de los futbolistas, tanto de casa como de otros clubes e incluso de otras ligas. Si bien no pregona la infalibilidad de fórmula alguna, “Monchi” expone cómo la generación y sistematización de información estadística le ayudó a aminorar el impacto deportivo generado por la desincorporación de jugadores derivada de las urgentes necesidades de capitalización que enfrentó cuando asumió el mando. El trabajo permanente de exploración de posibles sustitutos de cada futbolista del plantel le permitió a la dirección técnica amortiguar la merma en el funcionamiento futbolístico provocada por cada baja y, en consecuencia, acotar la reprobación mediática y los reclamos de la tribuna. “No es que el fútbol sea algo matemático, pero el margen de error se reduce bastante”, dice este dirigente de 51 años, en cuyas decisiones de fichajes y traspasos prevalece “el peso del criterio elaborado sobre un futbolista durante un largo período” por encima de “una racha de mal juego que pueda depreciarlo en el mercado”.

Dirigido en sus tiempos de jugador por entrenadores campeones europeos y mundiales como Luis Aragonés y Carlos Salvador Bilardo, “Monchi” expone en el libro el modo como ha articulado sus relaciones con los sucesivos directores técnicos que él ha incorporado al club y subraya la atención que se debe prestar a la figura del capitán en equipos cuya plantilla cambia constantemente. En sus páginas comparte también las que en su opinión deben ser las líneas generales de una adecuada política salarial; reflexiona sobre las consecuencias de la edades cada vez más tempranas de ingreso de los futbolistas al profesionalismo; advierte sobre cómo las grandes competencias de selecciones resultan escaparates engañosos cuando se asiste a ellos chequera en mano a la búsqueda de refuerzos; destaca la importancia de subordinar las pautas de comunicación del club a su área deportiva —en lo cual coincide con un histórico del Sevilla, hoy entrenador del Atlético de Madrid, Diego Pablo “Cholo” Simeone— e involucra a ésta en el proceso de adaptación y acoplamiento de los recién llegados, todo decantado por la experiencia adquirida por “Monchi” a lo largo de casi dos décadas como director deportivo de un club al que hizo renacer sin haber siquiera imaginado que le sería conferida esa responsabilidad: “jamás pensé que iba a serlo ni me preparé para ello”.

¡Arre, Atlante!

Por: Farid Barquet Climent.

Cromología hípica es la ciencia que estudia la pigmentación de la piel y del pelo de los caballos. Una exhibición de esta disciplina, pero en su variante futbolística, fue la que pudimos ver la tarde de hoy cuando los Potros de Hierro del Atlante presentaron los nuevos uniformes que lucirán durante su primera temporada en la Liga BBVA Expansión, que marcará su regreso a la Ciudad de México.

El evento de lanzamiento, conducido por el comunicador y exfutbolista Luis García, estuvo encabezado por el Presidente Deportivo del club, Jorge Santillana, y contó con la participación del director técnico azulgrana Mario García.

Para dar a conocer a su fiel afición los atuendos con los que un renovado plantel atlantista se batirá durante el torneo Guard1anes 2020 a partir de su debut el próximo domingo 23 de agosto en el Estadio Ciudad de los Deportes, ocho de sus integrantes modelaron las ropas de local y de visitante más las que portarán los guardametas. Se trata de indumentarias que con toda seguridad calarán en el gusto de los seguidores del “Equipo del Pueblo”, pues recuperan tanto las tonalidades históricas del azul fuerte y del rojo granate como la distribución y el grosor tradicionales de las barras verticales, rematadas por el escudo en el centro del pecho. La marca fabricante de los uniformes, UIN, supo combinar el buen gusto en el diseño con la comodidad que garantiza la alta calidad de los materiales empleados en su confección.

El entrenador Mario García, integrante del Atlante histórico de mitad de los 90 y que fungió como auxiliar técnico de Diego Armando Maradona a su paso por el futbol de nuestro país, resaltó la importancia de “arrancar con las bases del futuro bien cimentadas” y prometió que a todos los equipos que se les pongan enfrente a él y a sus dirigidos “vamos a competirles”. García Covalles subrayó la importancia de que el empresario que ha hecho posible el retorno del Atlante a la Ciudad de México, Emilio Escalante, sea aficionado desde niño al equipo que en este 2020 celebra el centésimo aniversario de haber sido bautizado con el nombre que su leal grey pronuncia orgullosa: Atlante.

Por su parte el flamante Presidente Deportivo, Jorge Santillana, destacó que Emilio Escalante “ha marcado la línea de que este equipo debe estar en Primera División”, palabras que el exdelantero de clubes como Pumas, Cruz Azul, Tigres y Rayados asumió como todo un compromiso ante los seguidores atlantistas que estuvieron pendientes de la presentación a través de las redes sociales oficiales del club. Para lograr tan alto objetivo, dijo Santillana, la directiva ha hecho el esfuerzo de incorporar “gente comprometida y que conozca la historia de este equipo y los alcances que puede tener”. En conversación con su excompañero Luis García (ambos salieron campeones del futbol mexicano en la temporada 1990-1991 defendiendo al equipo de la UNAM) el dirigente atlantista enfatizó el valor de la humildad sobre todo en un club de raigambre popular como el Atlante, dijo también que los que participan en esta nueva etapa atlantista están “nerviosos sí, emocionados mucho, pero más que todo comprometidos”, y abrió las puertas de la entidad para quienes sientan vocación por dedicar su vida a practicar el deporte del balón de gajos: “Buscamos invitar a la gente del pueblo a que vaya a ser observada, a esa gente que tenga el sueño de ser futbolista”, sentenció quien jugara para el Atlas de Guadalajara en tiempos del cambio de milenio, bajo la dirección de todo un histórico del Atlante: Ricardo Antonio Lavolpe.

Como cierre del acto, el directivo Christian Barrientos expresó con firmeza y emoción que “el Atlante es chilango” y recordó que el conductor del evento, Luis García, salió campeón goleador del torneo Invierno 97 enfundado precisamente en la camiseta azulgrana, cuya versión 2020 le gustó tanto al mundialista en 1994 y 1998 que en tono de broma sostuvo que le parece tan elegante que la vestiría “si se casa una vez más”, con lo que sumaría otro enlace matrimonial a los varios que contabiliza el exatacante del Atlético de Madrid y la Real Sociedad de San Sebastián.

En un clima distendido y jovial, los participantes coincidieron con Santillana en desear “que el atlantismo resurja”.

70 años de gozo, rutina y lágrimas

Por: Farid Barquet Climent.

El Estadio Olímpico Universitario (EOU) es para muchos aficionados de Pumas —entre los que me incluyo— lo que para el filósofo español Fernando Savater es “la tierra natal”: “el rincón insustituible hecho de gozo, rutina y lágrimas, que en nuestra memoria el tiempo despiadado nunca podrá del todo borrar”.

Inaugurado oficialmente el 20 de noviembre de 1952 con la presencia del entonces Rector Luis Garrido y de Miguel Alemán Valdés a escasos diez días del fin de su sexenio como Presidente de la República, la primera piedra de su construcción se colocó un día como hoy hace 70 años: el 7 de agosto de 1950. El proyecto arquitectónico y la dirección estuvieron a cargo de los arquitectos Augusto Pérez Palacios —cuyo archivo personal fue donado por sus familiares a la Facultad de Arquitectura en 2003— Raúl Salinas Moro y Jorge Bravo Jiménez.

La primera justa deportiva que tuvo lugar en su seno fueron los II Juegos Juveniles Nacionales, que iniciaron aquel 20 de noviembre de 1952, aunque se tiene noticia de un evento previo: la quinta edición de los Juegos Nacionales estudiantiles, inaugurados el 22 de septiembre de 1951.

Desde entonces son incontables los momentos de gozo, rutina y lágrimas que han tenido lugar al abrigo de sus gradas, no sólo para los aficionados de Pumas, sino para el deporte universitario, nacional y mundial. Es el único recinto latinoamericano que alojó la inauguración y clausura de una Olimpiada en el siglo XX: los decimonovenos Juegos Olímpicos México 68. Privado de albergar partidos de la Copa Mundial de Futbol México 70, 16 años después terminó por hacer suya la etiqueta de estadio mundialista durante el Mundial México 86, en el que disputó el primero y el tercero de sus encuentros de aquella justa el representativo que salió campeón: la selección argentina capitaneada por Diego Armando Maradona.

El EOU ha sido sede de las ediciones de 1955 y 1975 de los Juegos Deportivos Panamericanos, también de los los Juegos Deportivos Centroamericanos y del Caribe en 1954 y 1990, de los Juegos Deportivos Estudiantiles Centroamericanos y del Caribe en 1977 y de la Universiada Mundial en 1979, amén de numerosos encuentros memorables del clásico de futbol americano Pumas-Poli, a los que deben sumarse diez partidos finales de la Liga mexicana de futbol —ocho de Primera División y uno de Segunda, que marcó el ascenso de Pumas al máximo circuito en 1962— siete de los cuales se conquistaron, no obstante que deberían contabilizarse ocho pero debe recordarse que en la primera final ganada de Primera División, en 1977, el partido de vuelta como local se jugó en el estadio Azteca.

En su aforo el EOU tiene marcado su destino: 68,954 espectadores. 68 es el año de los juegos olímpicos y (1)954 es el año en que se fundó el equipo de futbol que en él se aloja: los Pumas de la UNAM.

En la pista del EOU, durante la Olimpiada de México, el estadounidense Jimmy Hines, con su marca de 9.95 segundos, logró por primera vez en la historia bajar de los 10 segundos en los 100 metros planos. En aquellos juegos, el también estadounidense Bob Beamon impuso el récord mundial de 8.90 metros en salto de longitud, que se mantuvo vigente por más de dos décadas. Otro norteamericano, Dick Fosbury, enseñó al mundo la técnica de salto de altura que desde entonces y hasta la fecha emplean todos los competidores.

Dos atletas estadounidenses de raza negra, Tommie Smith y John Carlos, ganadores de las medallas de oro y bronce, respectivamente, en la carrera de 200 metros, parados en el podio de medallistas alzaron cada uno un puño enfundado en un guante negro, con lo que legaron al mundo una imagen que perdura como símbolo a favor de la igualdad y la no discriminación.

Aquellos juegos fueron los primeros en ser transmitidos a todo el mundo vía satélite, y para estrenar ese adelanto se introdujo una novedad: en vez de cumplir con el protocolo habitual de las clausuras conforme al cual los atletas desfilaban agrupados en delegaciones por países, por primera vez todos los deportistas pudieron convivir, bajo un desorden festivo y fraterno, durante la parte final de la ceremonia, mezclándose sin distingos de nacionalidad sobre la cancha del EOU.

52 años después de la Olimpiada, el EOU refrendó su vocación igualitaria al acoger, el 14 de marzo de 2020, el primer partido del equipo femenil de los Pumas, el último encuentro antes de la suspensión de la actividad deportiva derivada de la pandemia de coronavirus.

El talud exterior del EOU, formado por las gradas del lado oriente, está decorado con el mural que algunas fuentes intitulan La Universidad, la familia y el deporte en México y otras La Universidad, la familia mexicana, la paz y la juventud deportista, obra de Diego Rivera, en la que participaron 70 obreros, albañiles y canteros, así como 12 pintores y arquitectos. Además, adentro del palco del rector hay dos murales más de Rivera de menores dimensiones por definición: La llama olímpica y El escudo de la fundación de México-Tenochtitlán.

El arquitecto estadounidense Frank Lloyd Wright, entre cuyas obras destaca el Museo Guggenheim de Nueva York, dijo del EOU:

“El Estadio Olímpico de la Universidad de México es precisamente de México. Entre todas las estructuras que integran la Ciudad Universitaria varias se elevan a la dignidad de la arquitectura notable de México y sus grandes tradiciones. La primera entre todas ellas es el Estadio. Aquí se pueden ver las grandes tradiciones antiguas de México honrando a los tiempos modernos. Pero esta estructura no es una imitación, es una creación en el más auténtico sentido y está llamada a ocupar su lugar entre las grandes obras de la arquitectura de hoy y mañana”.

El propio Lloyd Wright declaró que en su propuesta arquitectónica, denominada “arquitectura orgánica”, “el espacio interior era la realidad de los edificios”. Si un inmueble se ajusta a esa afirmación es el EOU: en su interior han ocurrido momentos de gozo, rutina y lágrimas que cada asistente —asiduo, esporádico, de única ocasión o incluso quienes jamás han estado en él, sino que han seguido sus incidencias por radio o televisión— registra en un listado muy personal que da realidad al inmueble, del mismo modo en que, según la politóloga y periodista Denise Dresser, cada mexicano hace acopio de motivos para confeccionar una lista “rica, colorida, voluptuosa, fragante”, que conforma “su propio pedazo del país colgado del corazón”. En la lista de motivos que para ella conforman “el país de uno” figuran desde los murales de Diego Rivera —como los del EOU— hasta los huevos rancheros y las caricaturas de Naranjo. Los aficionados de Pumas tenemos, cada uno, una lista semejante, plagada de escenas evocativas, que para nosotros dotan de realidad ya no al “país de uno”, sino al “estadio de uno”, a nuestro Estadio Olímpico Universitario, que más temprano que tarde abrirá nuevamente sus puertas para seguir engrosando esas listas entrañables que atesoramos, colgadas del corazón, hechas de momentos de gozo, rutina y lágrimas.

 

Dedicado a Gerson Cruz Rocío

y como felicitación a Javier Garay por su cumpleaños 60.

Foto: Expansión.

 

 

Calibrar el envite

Por: Farid Barquet Climent.

En la vida y en el futbol, algunas veces, muy pocas, el débil triunfa. Y son muy pocas porque en otras ocasiones, muchas más, a pesar de encontrarse cerca de la gloria, ésta al final se le escapa.

En 1589 el poderío marítimo del imperio británico era inmensamente superior al de la corona española. Dos años atrás el pirata inglés Francis Drake había tomado Cádiz por asalto y apenas el año anterior sus huestes habían repelido con éxito, en la costa de Plymouth y en la isla de Portland, el intento de invasión de la paradójicamente llamada Armada Invencible, la más ambiciosa empresa bélica financiada bajo el reinado de Felipe II, rey de España. Mientras las naves ibéricas aún continuaban en reparación en los astilleros de Santander tras el fallido ataque, vino la reacción inglesa: la flota de Drake fue avistada desde el puerto gallego de La Coruña el 4 de mayo de 1589. España se encontraba en indefensión, pues la aventura frustrada de la Armada Invencible le causó la pérdida de 18 de sus 41 barcos mercantes. Todo auguraba una rápida victoria del invasor, al que se creía imbatible en el mar. Sin embargo, la campaña terminó en la mayor catástrofe naval en la historia de Inglaterra, pues una heroína coruñesa, María Mayor Fernández de Cámara y Pita, que pasó a la posteridad como María Pita, se encaramó a la muralla que cerca la ciudad y desde ahí encabezó la resistencia popular, que culminó con la retirada inglesa el 16 de junio. En esa ocasión el débil triunfó.

Cuatro siglos y un lustro después, el 14 de mayo de 1994, otra muralla de La Coruña, aunque nacida en Serbia, de 1.85 metros de estatura, Miroslav Djukic, corazón de la zaga del equipo del Real Club Deportivo La Coruña, tenía a sus pies la gloria para la ciudad. A lo largo del torneo 1993-1994 el modesto club coruñés —conocido por todos como El Dépor— que en 1988 se había salvado en el último partido de caer hasta la tercera división —a la que finalmente sucumbió en el coronavírico verano de 2020—, sacudió el establishment del futbol español y de paso sorprendió a todo el planeta al hacer peligrar el duopolio históricamente ejercido en la Liga por el Real Madrid y el FC Barcelona. Sobre una base de talento local personificado en el fino mediocampista Fran, fortalecida con el aporte de jugadores provenientes de otras regiones de España que no habían sido suficientemente valorados hasta entonces (el solvente portero cántabro Paco Liaño; los valencianos Nando y Voro; el eterno suplente de Hugo Sánchez en el Real Madrid: Adolfo Aldana; el atacante asturiano Javier Manjarín, que jugara después en México para Atlético Celaya y Santos Laguna) o que se encontraban de plano en trance de retiro (el lateral guipuzcoano López Rekarte), eficientada y abrillantada por estrellas brasileñas (Donato, recién desechado por el Atlético de Madrid con lujo de grosería de Jesús Gil y Gil; Mauro Silva, traído directamente del Bragantino, pequeño club paulista absorbido en 2019, al igual que otros equipos en varios países, por una marca de bebidas energetizantes; y Bebeto, la estrella goleadora de los clubes cariocas Vasco da Gama y Flamengo, que abandonó Brasil sólo porque le aseguraron que Riazor era una playa tan atlántica como Copacabana) y el todo sostenido en la parte baja por el líbero Djukic, aquel Súper Dépor goleó 4-0 al Real Madrid de Benito Floro apenas en la segunda jornada, primera gran muestra de los tamaños de ese plantel, que logró mantener la regularidad casi todo el torneo, imprimiéndole un dramatismo a su desenlace como no se recordaba alguno tan vibrante en las poco menos de 7 décadas de competencias ligueras profesionales disputadas hasta entonces.

El romanticismo ínsito en la gesta de un equipo débil que amenazó con entrometerse en el coto cerrado de la gloria, reservado casi exclusivamente a los dos más fuertes, no podía ser desdeñado por la literatura. Lo recogió uno de los máximos narradores españoles de las últimas décadas, el leonés Julio Llamazares, quien subraya que aquel conjunto gallego

“Hasta seis puntos había llegado a sacarle de ventaja al Barcelona, su perseguidor más cercano y persistente, ventaja que había ido perdiendo en los últimos partidos, sin duda por la presión, hasta el extremo de llegar a la última jornada igualados a puntos al frente de la tabla”.

En esa última jornada el FC Barcelona debía recibir al Sevilla y el Dépor hacer lo propio con el Valencia. De ganar su partido el de la ciudad Condal, el blanquiazul de Galicia tenía necesariamente que imponerse en su respectivo encuentro para salir campeón. Tal como lo sintetiza Llamazares, el conjunto dirigido por Arsenio Iglesias “se jugaba a una carta el campeonato que durante toda la temporada había tenido en la mano”. Como en tiempos de María Pita, el panorama no pintaba favorable para los coruñeses, pues la oncena catalana le pasó por encima a la andaluza por marcador 5-2, obligando al Dépor a ganar sí o sí.

Durante los primeros 89 minutos de juego estuvo más cerca la puesta en ventaja del Valencia, a través del montenegrino Pedja Mijatovic, que la llegada del gol del campeonato para La Coruña. La desilusión ante la inminente difuminación de la conquista del título se apoderó de los asistentes al estadio Riazor. Llamazares recrea el momento:

“Quedaba sólo un minuto —más lo que añadiese el árbitro— para que se produjese un milagro. Y se produjo. Llegó el milagro cuando ya nadie en el campo y en las gradas lo esperaba (…) Aunque parecía imposible, el milagro se había producido. Mejor dicho: se podía producir. Porque el árbitro había pitado penalti, pero el penalti había que convertirlo ¡Y a ver quién era el valiente que lo tiraba en esas circunstancias!”.

Bebeto ya había fallado 2 penaltis en el último mes, mientras que el cobrador habitual, Donato, había salido de cambio por Alfredo, también mediocampista, pero de características más ofensivas. En el orden de prelación de tiradores el tercero era Djukic. “Fue justo en ese momento —escribe Llamazares— cuando Djukic calibró el envite”: al serbio “le pareció que todo el estadio se apoyaba de repente sobre él”.

405 años atrás María Pita calibró el envite que suponía resistir el desembarco inglés y gracias a su temple y entereza salió airosa, pero Djukic, tras calibrar el envite que se le había sobrevenido en la soledad del manchón penal, no pudo resistir el embate de los nervios. Dudó hacia dónde y cómo dirigir su disparo, que salió flojito, raso, apenas a un paso sobre el costado derecho del portero valencianista, José Luis González, quien con sólo recostarse atajó el envío. Djukic, “arrodillado en el césped, como un boxeador caído, sólo pensaba en huir de allí”. En esa nueva ocasión, en la antesala de la gloria, el débil cayó.

La tensión dramática y el final trágico de esa temporada irrepetible los narró Llamazares en ese relato al que intituló precisamente “El penalti de Djukic”. Pero esas mismas incidencias parecen haber sido prefiguradas por Llamazares desde 6 años antes, pues diversos pasajes de su novela La lluvia amarilla, publicada en 1988, leídas a la luz de los hechos de aquella noche de primavera de 1994 captan la desolación de aquella escena. Es como si Llamazares hubiera escrito dos veces sobre la misma tragedia, una antes y otra después de ésta. “Una sombra de miedo y de inquietud envolverá esa noche sus ojos y sus pasos”, se lee en el primer párrafo de la novela, enunciado que bien podría calificar como metáfora de las emociones que invadieron al futbolista balcánico cuando tuvo a merced la oportunidad de destronar al Barcelona impidiéndole conquistar la Liga por cuarto año consecutivo, instante único respecto del cual el zaguero bien podría decir, aún hoy, como dijo el personaje del monólogo novelístico de Llamazares: “sólo yo lo he pisado en todos estos años”. Otra frase, “el silencio y la quietud serán totales”, vale como descripción figurada por anticipado de la atmósfera que habría de apoderarse de las tribunas del Riazor cuando Djukic malogradamente pateó desde los 11 pasos. En resumen, cualquier aficionado deportivista suscribiría, en primera persona, que la del 14 de mayo de 1994 ha sido, como escribe Llamazares en su novela profética, “la más larga y desolada de las noches de mi vida”.

 

Fuentes:

Elliott, John H., La Europa dividida (1559-1598) (trad. Rafael Sánchez Mantero), Barcelona, Crítica, 2010.

Gorrochategui Santos, Luis, Contra Armada. La mayor catástrofe naval de la historia de Inglaterra, Madrid, Ministerio de Defensa, 2011.

Llamazares, Julio, La lluvia amarilla, Seix Barral, Barcelona, 15ª ed., 1990.

Llamazares, Julio, “El penalti de Djukic”, en Tanta pasión para nada, Alfaguara, Madrid, 2011.

 

Foto: Sport.

Arturo Heredia

Por: Farid Barquet Climent.

En estos tiempos de pandemia en que los médicos sacan el pecho por la humanidad, falleció un miembro insigne del gremio, uno de los pioneros de la medicina deportiva en México, que participó de la fundación del servicio médico del club de futbol Pumas de la UNAM: el doctor Arturo Heredia.

Invitado por el doctor Aniceto Ortega y Espinoza —descendiente de Aniceto Ortega del Villar (1825-1875), el obstetra cuya capacidad reconocieron tanto Maximiliano como Benito Juárez—, Heredia entró a trabajar a Pumas como médico de campo, encargado de brindar atención a los futbolistas durante sus entrenamientos y partidos, enseguida de que el equipo ascendió a Primera División en 1962. Antes de su llegada, los jugadores acudían con un masajista invidente.

En un texto reunido en la obra colectiva intitulada Lesiones en el futbol, publicada por la UNAM en 2003 bajo la coordinación de María Cristina Rodríguez G. y Soledad Echegoyen Monroy, Heredia relata cómo empezó a esbozarse lo que hoy son los servicios médicos del club auriazul, desde la incipiente elaboración de historiales clínicos de los jugadores, que antes no se hacían; pasando por el acondicionamiento de un área específica para el tratamiento médico y enfermería en el ala sur-poniente de los antiguos vestidores del Estadio Olímpico Universitario, gracias a la visión que tuvo el entrenador argentino Renato Cesarini; hasta la dotación de los primeros aparatos de ultrasonido y de microtermia, pues antes se tenía que acudir al Centro Médico Universitario para tratamientos de diatermia; y la aplicación de los primeros exámenes anuales de evaluación funcional sobre consumo de oxígeno, fuerza, velocidad, resistencia y coordinación.

Destaca Heredia que en los años setenta, en el plantel Iztacala de la entonces Escuela Nacional de Estudios Profesionales (ENEP), hoy Facultad de Estudios Superiores (FES), se inauguró el Departamento de Desempeño Humano, a cargo del doctor Rodolfo Limón Lazón, donde se realizó por primera vez un estudio completo de los aspectos fisiológicos del deportista. Heredia lo subrayaba: “El Club Universidad fue el equipo pionero en hacer estudios a sus deportistas”.

Como lo fue en los estudios fisiológicos, Heredia nos recuerda que Pumas también fue el primer equipo mexicano en contar con un preparador físico, Víctor Manuel Acevedo, cuya estafeta tomaría y haría evolucionar Ariel González a partir de los ochenta. Y fue también el primer club nacional en brindar atención psicológica, a través del doctor Finol, para luego acoger en su seno a toda una institución en la materia: Octavio Rivas Solís.

Equipo de la Universidad, Pumas se benefició, a lo largo de los 27 años en que contó con la colaboración directa de Arturo Heredia, del apoyo y el entusiasmo de pasantes de la Facultad de Medicina, a los que con el paso del tiempo el club terminó por ofrecerles en reciprocidad un horizonte vocacional dentro de la medicina deportiva, formados todos bajo el ejemplo humano y profesional de Heredia, como fueron los casos, entre otros, de los doctores Juan Cervantes, Alfredo Islas, Gregorio Domínguez, Gerardo Aguilar, José Luis Balderas y, muy especialmente, su discípulo más orgulloso, un continuador brillante y generoso de la obra de Heredia: el doctor Miguel Ángel Curiel, a quien dedico estas líneas con un abrazo solidario y cariñoso, con motivo de la partida, ayer 6 de julio, de su querido mentor, a quien vemos hasta la derecha de la foto, de pie, feliz, ataviado por completo con los pants de sus Pumas, la tarde del 9 de agosto de 1981, día en que el equipo de la UNAM conquistó su segundo título de Liga.

 

 

Fue y regresó

Por: Farid Barquet Climent.

1986 fue el sexto de los 8 años que duró la guerra Irán-Irak, en la que murieron más de 200 000 personas en cada uno de los dos países. Entre tanta desolación, el futbol apareció como una flor, literalmente, en medio del desierto: ese año la selección iraquí tuvo su única participación mundialista hasta ahora.

Compuesto por jóvenes de la misma generación que el medio millón de combatientes que Saddam Hussein envió al frente recién el año anterior, el representativo de Irak cumplió en el mundial mexicano una actuación que se puede calificar como decorosa en función tanto de su nulo historial futbolístico fuera del continente asiático como del terrible momento que atravesaba esa nación. Si bien perdió sus tres encuentros, lo hizo por la mínima diferencia y sólo en un cotejo recibió más de un gol.

Mientras la política interna de Estados Unidos se sacudía por el descubrimiento de que el presidente Ronald Reagan financiaba la contrainsurgencia en Nicaragua con fondos provenientes de la venta de armas a Irán para su uso contra la población iraquí, los futbolistas mesopotámicos hacían su debut mundialista contra el combinado de Paraguay en el estadio de la capital mexiquense, que para el certamen fue rebautizado como Toluca’86. El solitario gol de Julio César Romero “Romerito” inclinó la balanza a favor de los guaranís. Por igual marcador, el equipo proveniente de las riveras del Tigris y del Éufrates cayó en su tercer partido ante la selección anfitriona, que en ese mundial tuvo la mejor participación de su historia en Mundiales. Si bien el marcador pudo haber sido más abultado —en el primer tiempo un zapatazo de Luis Flores se estrelló en el travesaño y otro remate suyo, una cuasi media tijera, fue finalmente atajado por el portero Insayaf Abdulfattah— fue el tanto anotado por Fernando Quirarte al minuto 54 el que le dio el triunfo a México.

Entre su partido de estreno y el de su despedida, Irak jugó otro, en Toluca, en el que consiguió anotar su único gol en Copas del Mundo. Su autor fue un joven bagdadí, de entonces 22 años, Ahmed Radhi, quien logró batir al arquero que, de haber existido en aquella edición mundialista el premio Guante de Oro, habría sido su seguro ganador: el belga Jean-Marie Pfaff.

A punto de cumplirse una hora de partido, cuando ya pesaba sobre su equipo una desventaja de dos goles, Radhi fue visto sin marca por su compañero Hashim Natik, quien le filtró el balón hacia la entrada del área. Antes de que llegara al cruce el central Francois Van der Elst, el camiseta ‘8’ iraquí cruzó un derechazo inatajable para el rubio arquero.

Es el gol más recordado de los 62 que Radhi marcó —su mejor “cliente” fue el Líbano: le hizo 5— en los 121 partidos en que defendió la camiseta de su país, tradicionalmente verde, pero que a sabiendas de que ese color es el mismo de la indumentaria del seleccionado de la nación sede de aquella justa, quizá para no incomodar al dueño de la casa fue sustituida de cara a sus compromisos en tierras mexicanas por vestimenta celeste ante México y Bélgica, y amarilla ante Paraguay.

Cuando vino al Mundial Radhi era jugador del club Al-Rashid, fundado tres años antes por Unay Hussein, el sicótico y brutal hijo primogénito de Saddam, designado por su padre como ministro de deportes y presidente del Comité Olímpico iraquí, muerto en 2003 en un ataque durante la más reciente invasión estadounidense, de quien se afirma que mandaba torturar e incluso llegó a matar a los futbolistas si perdían sus partidos, según investigaciones de Simon Freeman publicadas en su libro Baghdad FC: Una historia oculta de deporte y tiranía. Además del Al-Rashid, que desapareció tras el derrocamiento de Hussein, Radhi jugó para otro club de su país, Al-Zawraa, que aún compite en la liga profesional, y militó también en un equipo qatarí: Al-Wakrah.

Radhi participó con su selección en los Juegos Olímpicos de Seúl 1988. Su destacada actuación le valió ser condecorado como Futbolista Asiático del Año. Es el único iraquí que ha ganado esa distinción. La Federación de Futbol de Asia lo catalogó en el noveno lugar de la lista de los mejores futbolistas del siglo XX nacidos en ese continente.

El iraquí Khalid Kaki escribió el poema Fue y regresó:

Fue al huerto

y regresó con una flor…

A las tiendas

y regresó con pan

y una lata de sardinas…

A la guerra

y regresó con una espesa barba

y cartas de los muertos

Radhi no fue a la guerra Irán-Irak ni a la primera guerra del Golfo Pérsico, la de George Bush padre, ni tampoco a la segunda, la de Bush hijo. Pero Radhi sí fue a un Mundial. Y regresó con un gol.

A donde también fue, pero de donde ya no regresó, es de la enfermedad que asola a la humanidad en estos días. En la cama de un hospital de Bagdad, Ahmed Radhi murió hoy 21 de junio de 2020.

El Ganso Padilla

Por: Farid Barquet Climent.

La noche de ayer, 14 de junio de 2020, el Dr. Hugo López-Gatell, subsecretario de Salud y vocero gubernamental, informó que en las últimas 24 horas la pandemia de coronavirus acabó con la vida de 269 personas en México. Pero lo que no dijo porque no tenía por qué decirlo, es que una de esas personas fue una auténtica leyenda de los Pumas de la UNAM, dos veces mundialista por México, que se mantuvo vinculado de por vida al futbol como directivo: Aarón Padilla.

Apodado “Ganso” por su prominente nariz, en 1962 estudiaba Contabilidad en la UNAM. En enero el equipo de futbol de la Universidad había conseguido su ascenso a Primera División, y para septiembre debutaba al alumno Padilla, de 20 años, que se estrenó contra Toluca anotando el gol de la victoria.

Si una característica tienen los gansos es ser aves migratorias, pero Padilla parece ser una excepción. Pasó 10 temporadas en Pumas, salió 2 a jugar con Atlante y Veracruz y volvió a Pumas para retirarse en 1975.

Con la camiseta entonces a rayas verticales azul y oro el “Ganso” trabó una complicidad que felizmente devino en pequeña sociedad con otro narigón: el “Cyrano del Área” Enrique Borja. Desborde de Padilla por la izquierda más remate certero de Borja fue la ecuación que permitió contabilizar muchos goles universitarios, lo que motivó la convocatoria de ambos para integrar las selecciones nacionales que participaron en las Copas del Mundo Inglaterra 66 y México 70.

En esta última justa, Padilla no alineó en el partido inaugural contra el representativo de la Unión Soviética, lo que juicio de la prensa de entonces fue la explicación de la falta de profundidad del ataque mexicano y del consecuente ayuno de gol: el encuentro contra los rojos de pecho estampado con las siglas CCCP terminó 0-0. Para el segundo encuentro Padilla saltó a la cancha desde el inicio y de inmediato se hizo notar: en su parcela nació la jugada que desembocó en el primero de los 4 goles que México le anotó a El Salvador.

Por el apocamiento y la cortedad de miras de los directivos mexicanos, que nunca confiaron en que la selección nacional podría calificar —como lo hizo— en el primer lugar de su grupo, el partido de cuartos de final contra Italia se disputó en Toluca y no en el estadio Azteca. Si bien Toluca también es México, su pequeño estadio no pesa en términos de localía como podrían haberlo hecho los más de 110 000 asientos que entonces tenía el Coloso de Santa Úrsula. Sobre la cancha del hoy Nemesio Diez, José Luis “La Calaca” González batió a Enrico Albertosi para poner adelante a México apenas rebasado el minuto 12, pero 12 después un mal desvío incrustó en la portería mexicana el empate italiano. La jugada había sido precedida de una ayuda con la mano del atacante Luigi Riva, que no fue sancionada por el árbitro. Padilla junto con Javier Valdivia fueron los únicos en reclamar. El ‘11’ lo hizo vehementemente, con toda razón. Pero siempre he pensado que su airada inconformidad en mucho obedeció a que el veloz extremo intuía lo que ese tanto suponía para un equipo en el que el derrotismo de sus directivos había trasminado a los jugadores: el inicio del fin. Gianni Rivera que había ingresado de cambio y Riva 2 veces más, firmarían en los focos amarillos del entonces innovador marcador electrónico la debacle de aquel 14 de junio de 1970, día en que México tuvo que decir adiós a su Mundial, vencido por un potente equipo, dirigido por Ferruccio Valcareggi, que en su siguiente partido habría de imponerse, en el llamado “Partido del Siglo”, a la Alemania de Beckenbauer y Müller, y que sólo sería superada, en el Azteca, por el Brasil de Pelé en la final.

Exactamente 50 años después de aquella despedida mundialista, el 14 de junio de 2020, Aarón Padilla dijo adiós.

Un grito prestado

Por: Israel M. López.

Un monosílabo basta para desencadenar una avalancha de sentimientos, un grito desaforado que envuelve a quienes están a centímetros o a kilómetros de aquel esférico de gajos que se incrusta en una red.

Toda mi vida futbolera ha estado llena de gritos prestados y uno ahogado. El ahogado se quedó en un remate de Emilio ‘Buitre’ Butragueño. La tarde del 4 de mayo de 1996 fue la primera vez que entré al Estadio Azteca. “Me quedé duro, me aplastó ver al gigante”, canta Andrés Calamaro y describe perfectamente mi sensación de entrar por primera vez en esa mole de concreto a los 5 años.

Estadio lleno con un partido empezado. Mi padrino busca boletos para él, para su free del día, para mi hermano y para mí, y así entrar a una final trabada  y que terminaría siendo injusta (en la ida en Celaya habían quedado 1-1, por lo que el gol de visitante acabó por darle al Necaxa el trofeo de campeón con el 0-0 en la vuelta). Entramos en el último nivel del estadio, en donde dos ‘rayos’ con caguama en mano celebraban el ansiado segundo campeonato. Mi hermano mayor me agarraba de los hombros para que no me escapara, mientras mi cara se pegaba a la reja que la delimitaba de las rayas rojiblancas de los ebrios necaxistas.

Hasta el minuto 40 pude ver por lo menos una jugada, la jugada que quedó ahogada en mi garganta. No pude gritar mi primer gol en un estadio. La figura rubia del ‘7’ de los toros del Atlético Celaya se levantó en el área chica, pero su cabezazo rozó el poste que defendía Nicolás Navarro. Necaxa fue campeón. Por las rampas del estadio salí con el grito de “Celaya, Celaya” en mi párvulo paladar, para tratar de aliviar el sentimiento de mis paisanos guanajuatenses.

17 años y 22 días después, otra vez estaba ahí. Reafirmé lo que dice Calamaro: “de grande pasó lo mismo”. Días antes, mi novia me dio la noticia de que su papá nos invitaba a la final de vuelta entre América y Cruz Azul. Si bien no tengo afinidad por las águilas, tengo muy fresca la tarde del 7 de diciembre de 1997.

Antes de salir al estadio, el padre de mi novia profetizó su sentencia:

—Este partido va a hacer historia —me dijo, mientras jugueteaba con su gafete de la Federación.

Tuvo razón de vidente. El partido ha sido de los más vistos y más gritados en la historia de nuestro balompié. Final de vuelta con una expulsión antes de los 20 minutos, para después un gol cementero que ponía un global de 0-2 a su favor.

Caía una lluvia extraña en una cálida noche de mayo. Cruz Azul a punto de ser campeón antes de jugadas que pudieron matar a las águilas, dos descolgadas que quedaron muertas, una en la mano de Moisés Muñoz (que vi desde una esquina del estadio, mientras esperaba a mi novia a que saliera del baño) y otra por el poste, en una de las jugadas más dramáticas de las finales de la Liga MX, con dos rebotes que le quitaban la gloria al Azul.

En el  minuto 80 vi al padre de mi novia; caminaba por el borde de la cancha con la cabeza gacha y la lluvia le hacía su camino más pesado. “¿Qué sentirá un americanista grabar ‘Cruz Azul’ en el trofeo de campeón?”, pensaba mientras lo veía entrar a la caseta de los árbitros.

Escuché todo el partido en el radio de mi destartalado celular. Al minuto 85 lo apagué. Ya se había acabado. Ya no tenía remedio. La maldición de Comizzo quedaría en el Estadio Azteca 15 años y 5 meses después de iniciar con el gol de Carlos Hermosillo que le daba la octava estrella al Cruz Azul en el Nou Camp de León, mientras mis lágrimas se reflejaban en la vieja Hitachi.

Cruz Azul al minuto 87 era campeón. Un minuto después, un cabezazo de Aquivaldo Mosquera dio un leve estallido a la grada del Azteca. 1-2 global.

—Así no se van limpios— grité, ante la mirada de una cruzazulina que se quebrara los dedos.

Pero la sentencia de José Juan Marmolejo, que lo convirtió en leyenda del futbol mexicano, se cumplía cuatro minutos después, en la última jugada.

Las leyendas y los escritos siempre recordarán al orfebre como la persona que ya había puesto una ‘C’ en la panza del trofeo, mientras Moisés Muñoz se lanzaba de palomita y metía el gol de Butragueño no pudo hacer. Un grito prestado que liberaba el ahogo en la misma área. Un grito de gol que me hizo abrazarme con otros americanistas, mientras gritaba “Comizzo, Comizzo”. Todo el país no podía creerlo. La grada visitante sin vida en la cápsula de silencio. Personas corriendo por las calles. Un padre de familia que grita gol antes de que se fuera la luz en su casa. Una familia cruzazulina que festeja antes de tiempo. Y José Juan desde la cancha con el trofeo listo para tatuar. Un instante en donde la gloria no se llamó Cruz Azul.

Lo demás es conocido. América le propinó una cruzazuleada épica al sustantivo de ese verbo, al llevarse un trofeo tatuado con una ‘C’ convertida en ‘A’, un error que se volvió leyenda y proeza desde la banca, porque aun pienso que el grabador siempre quiso poner una ‘A’, como estaba destinado en la sentencia de sus palabras.

 

Foto: mediotiempo.com

Juega y deja jugar

Por: Farid Barquet Climent.

La víspera del Mundial de Corea-Japón 2002, el escritor argentino Rodrigo Fresán escribió en la revista Letras Libres que “los argentinos hablan de futbol para hablar de varias cosas al mismo tiempo: de lo que les pasa, de lo que no les pasó, de lo que puede llegar a pasarles y, finalmente, de futbol”.[1] El libro de entrevistas del periodista argentino Alejandro Duchini, La palabra hecha pelota, publicado por editorial Galerna, reúne a un elenco variopinto de sus paisanos, a los que Duchini puso a hablar de muchas cosas, como dice Fresán, propulsados todos por ese combustible recurrente, el futbol, que amén de poner en marcha cada plática se encarga también de mantener el compás y sirve como hilo conductor de todas las conversaciones contenidas en la obra, que cuenta además con un excelente prólogo a cargo de Ezequiel Fernández Moores.

Colaborador de Página 12, el periódico de la izquierda argentina, Duchini eligió a sus 14 entrevistados como el más avezado para armar su reta: supo encontrar al mejor para cada puesto. Con el propósito de exponer las miradas al futbol de personalidades que no son ni han sido profesionales del balón, convocó a un músico, un historiador, una exmodelo, un filósofo, dos sociólogos, una promotora del futbol femenil, un dibujante, un árbitro y un editor, más los que no podían faltar si el que convida es Duchini: tres escritores y periodistas como él. El resultado es un conversatorio plural y vigoroso, tan rico como el de las buenas sobremesas de futbol.

Duchini juega, pero sobre todo deja jugar: no rigidiza los diálogos imponiéndoles a la fuerza un derrotero previamente visualizado ni interrumpe a cada rato para direccionar a capricho los intercambios. Mucho menos se erige en inquisidor impertinente y agresivo, de esos que no quitan el dedo del renglón y hacen de la charla un interrogatorio. Como entrevistador, Duchini juega como un excelente cinco: oxigena el partido cuando es necesario y pone el balón en la zona adecuada en el momento oportuno.

En estos días de confinamiento, La palabra hecha pelota puede funcionar como una agenda de citas: un día podemos tomar un café con el editor Hernán Casciari para que hable del futbol como puente para acercar culturas; otro invitar al filósofo Tomás Abraham a que nos cuente acerca del papel del entusiasmo y de eso que llaman identidades futbolísticas; se puede quedar a la hora que queramos con la conductora televisiva Teté Coustarot, para escuchar sus andanzas por las canchas; o bien conocer de su propia voz por qué Eduardo Sacheri y Juan Sasturain terminaron por escribir de futbol; podemos invitarle una taza de té a John Carlin para que nos adentre en la poliédrica visión del futbol de alguien como él, inglés que vivió en Argentina y que escribe para medios españoles; u optar por repasar los dificultosos avatares del futbol femenino con Mónica Santino, así como enterarnos en palabras del cantante Carlos “La Mona” Jiménez de por qué, por un partido de futbol, pudo no haber llegado jamás a los escenarios; también nos permite llamar al silbante Horacio Elizondo, que pitó inauguración y final mundialistas, o al caricaturista Miguel Rep; y si queremos acompañar la charla con conceptos provenientes de las ciencias sociales, la historia y el periodismo, ahí están nada menos que Pablo Alabarces, Osvaldo Bayer, Julio Frydenberg y Ariel Scher para concertar un encuentro.

Duchini logró un libro de entrevistas que tienen lo que deben tener los buenos libros de entrevistas. El mejor entrevistador en la historia del periodismo mexicano, Julio Scherer García, publicó en 1965 su primer libro del género, Siqueiros. La piel y la entraña, una entrevista dentro de la cárcel de Lecumberri con el célebre muralista, fallecido ese año. De acuerdo con el fundador del semanario Proceso, aquel libro suyo “está formado por recuerdos, emociones, tragedias, fantasías, todo revuelto”.[2] Y eso es justo lo que encontramos en La palabra hecha pelota.

Alejandro Duchini, La palabra hecha pelota, Buenos Aires, Galerna, 2015, 351 pp.

 

[1] Fresán, Rodrigo, “Las tinieblas del corazón. Futbol argentino y mal de Maradona”, Letras Libres No. 41, mayo 2002, p. 29.
[2] Julio Scherer García, Siqueiros. La piel y la entraña, México, Fondo de Cultura Económica, 2003, p. 12.