Los versos más tristes

Por: Farid Barquet Climent.

Como nunca he trabajado en una redacción, busco extraer lecciones de periodismo de donde puedo. De Antonio Tabucchi —que en su magistral novela Sostiene Pereira recrea las entretelas de un pequeño diario lisboeta de entreguerras— aprendí que “las necrológicas no se pueden improvisar de un día para otro, hay que tenerlas ya preparadas”. Pereira —al que estelarizó Marcello Mastroiani cuando Roberto Faenza llevó Sostiene Pereira al cine— sostenía que “en las páginas culturales hay que estar preparados por si desaparece algún artista”.

Durante mucho tiempo, mientras no me vi en la circunstancia de tener que aplicarlo, el consejo de Pereira me pareció sensato. Porque cuando un artista se va, el público merece leer semblanzas que descansen en informaciones plenamente corroboradas acerca de su obra, alimentadas por datos sobre su vida confirmados a través de diversas fuentes acreditadas. Los redactores de necrológicas deben acopiar lo que hayan escrito los biógrafos del personaje, si es que los tiene, averiguar si dio entrevistas, en fin, allegarse todo lo que abone a la rigurosidad de un perfil digno del adiós. Y para eso, sostiene Pereira, se necesita tiempo, tiempo que sólo puede dar el sentido de la anticipación.

El consejo de Pereira me seguía resultando sensato hasta que tú, Pelé, lamentablemente me colocaste en la tesitura propicia para seguirlo. Pero no me atreví. Porque tratándose del artista que serás por siempre, en cuanto se supo que durante el mundial de Qatar te hospitalizaron por enésima vez, sentí que la sola idea de empezar a esbozar tu necrológica era como llamar a la muerte, no obstante que pudiera justificarme en la evidencia de que ya te rondaba. Me resultó obsceno ponerme a escribir movido por la inminencia de tu muerte, tú que fuiste la vida del futbol.

A diferencia de los cinéfilos que pueden recitar de memoria diálogos enteros de películas que se han vuelto clásicas, yo sólo soy capaz de hacerlo con los parlamentos de un documental sobre ti, uno que vi la primera de muchísimas veces cuando era niño. Fue un regalo de mi padre: un videocasete de formato Beta, tan de los 80. El documental inicia con imágenes del 18 de julio de 1971, en las que se te ve trotando en solitario, con el torso desnudo, mientras varios niños te hacen valla sobre el perímetro de la cancha de Maracaná. Llevas tu canarinha número 10’ en la mano derecha, y la ondeas saludando a la tribuna pletórica de gigantescas banderas de clubes cariocas a los que tantas veces enfrentaste con el Santos y con la selección paulista —el Flamengo, el Fluminense, el Vasco da Gama— cuyos hinchas dejaron ese día de lado sus inveteradas rivalidades, abrieron una tregua y se unieron para ovacionarte, para agradecerte. Los minutos previos serían los últimos en los que se te vio enfundado en la verdeamarelha jugando al futbol. Lejos estoy de dominar la lengua de Pessoa, pero las palabras del locutor montadas sobre las imágenes primeras de aquel documental las puedo pronunciar hasta la fecha: “Os torcedores que gritou seu nome viu sua despedida da seleção, não presenciou seus primeiros passos na Copa do Mundo de mil novecentos cinquenta e oito”.

Pel´´e en su despedida de la selección brasileña en Maracaná

Ese fragmento inicial del guion encierra una gran verdad. Los miles que presenciaban in situ tu último partido como internacional —ante la selección de Yugoslavia— no pudieron seguir en vivo, más que por la radio, tu primer mundial. A veces incompletas, otras dañadas, las cintas en las que tu irrupción luminosa en Suecia 58 quedó filmada paradójicamente en blanco y negro tuvieron que esperar para ser proyectadas en salas de cine, a las que no todo mundo podía acceder. Antes hubo que recuperarlas, reunirlas, restaurarlas, ensamblarlas. Por eso, en mucho, fueron las crónicas deportivas, publicadas en periódicos y revistas, las que conservaron vívidos, refractarios al olvido, tu primer gol mundialista contra Gales en cuartos de final, tu hat-trick en menos de media hora en la semifinal contra la Francia de Fontaine y Kopa, tu doblete en la final contra los anfitriones, gracias al cual, desde entonces, cuando les hablan del partido de los sombreros, los suecos no piensan más en un partido político dieciochesco de los tiempos del reinado de Adolfo Federico, sino que les viene a la mente ese partido de futbol en el que, a tus 17 años, le hiciste un sombrero digno del carnaval de Río a un defensor dentro del área, para marcar así un gol portentoso que demostró que el futbol podía ser una forma de la belleza, el gol más memorable de aquella Copa del Mundo, la primera que ganó Brasil de las cinco que tiene en su haber, esa en la que supuestamente fue un directivo uruguayo de la Confederación Sudamericana de Futbol (Conmebol), Lorenzo Villizzio, quien te asignó, casi sin querer, la camisa número dez, la que jamás te habrías de quitar. No faltan los que intentan persuadirme de que existen razones matemáticas que explican por qué la humanidad usa el diez como múltiplo para contabilizar cantidades, longitudes, pesos. Pero yo sigo convencido de que el mundo se rige por el sistema métrico decimal en homenaje a ti.

Pelé, a sus 17 años, con Gylmar, portero de Brasil en Suecia 58

Se equivocan los que piensan que la camiseta de la selección de futbol de Brasil siempre ha sido la icónica canarinha. Ignoran que durante sus primeros 36 años de existencia vistió completamente de blanco en la mayoría de sus compromisos. Pero como usó esa indumentaria el día fatídico del maracanazo —la derrota dolorosísima en la final de Brasil 50 ante Uruguay— se decidió eliminar para siempre el predominio del blanco con el propósito de exorcizar cualquier reminiscencia de aquella tragedia futbolística. Fue el diario carioca Correio da Manhã —en el que escribía colaboraciones Mário Filho, el entusiasta impulsor de la construcción del reciento que desde 1966 oficialmente se llama como él, “Estadio Journalista Mário Filho”, pero que desde su inauguración en 1950 todo el mundo conoce como Maracaná— el que se puso manos a la obra para dar con la cromática reemplazante.Con el fin de no llegar al mundial de Suiza 54 sin haber definido cómo sería la nueva equipación —como le llaman en España—, en 1953 las páginas del Correio da Manhã dieron a conocer la convocatoria para que, a través de un concurso público, se escogiera el diseño del uniforme que en adelante habría de portar el equipo nacional. La condición para los participantes era que combinaran los cuatro colores patrios: verde, amarillo, azul y blanco. El jurado estuvo integrado en exclusiva por miembros del directorio de la Confederación Brasileña de Deportes (CBD), encabezado por Rivadávia Corrêa Meyer, que dio como ganador el dibujo presentado por un joven de 19 años, nativo de una ciudad de nombre tan futbolero como Pelotas, en el estado de Rio Grande do Sul, quien con el tiempo se convertiría en un laureado escritor, periodista, profesor universitario y traductor: Aldyr Garcia Schlee. Camiseta amarilla con cuello y puños verdes, short azul con raya blanca a los costados y calcetas blancas con franjas horizontales verdes y amarillas, se veían en el boceto de Garcia Schlee. La suya fue una apuesta de mucho colorido, como si estuviera él poniendo su personal contribución deseando que alguien apareciera para terminar de ponerle color al futbol. Y ese fuiste tú, Pelé, que lo hiciste con tu genio, pero también, con la ayuda de una novia que no pudo resistirse a la seducción de tu arte ni al arte de tu seducción: la televisión, que para ti se vistió de colores.

Después de darle a Brasil la primera de sus tres Taças Jules Rimet en Suecia, te presentaste a refrendar el título de campeón en Chile 62. Le anotaste gol a México en el primer partido, pero en el segundo, contra España, te lesionaste. Amarildo te sustituyó en los siguientes encuentros, a la espera de que pudieras reaparecer en la final, que Brasil tuvo que ganar contigo en la tribuna. Era un crimen que la historia de los mundiales no pudiera volver a nutrirse de tu arte. Por eso el mundial de 1966 quedó marcado por la expectativa de tu regreso mundialista. Pero en Inglaterra el crimen habría de ser otro: el de la proscripción de tu magia por la violencia. En el tercer partido, contra Portugal, se desató una cacería sobre tus piernas. Mientras el italiano Claudio Gentile —al que apodaban “Gadafi” no tanto por haber nacido en Libia sino más bien por sus “nasty tactics” a la hora de marcar adversarios— se valió de la laxitud arbitral para lograr su propósito de privarnos a la mala de las gambetas de Maradona en España 82, al portugués João Morais, capaz de derribarte a patadas hasta dos veces en la misma jugada, le bastó aprovecharse de las insuficiencias reglamentarias que entonces aquejaban al futbol para nublar tu futbol en aquella de por sí nublada tarde en Goodison Park. Porque aquel 19 de julio de 1966, en que tuviste que abandonar el partido cargado en hombros por el médico de la selección, Hilton Gosling, y por el sempiterno masajista Américo, todavía no estaban previstas en el reglamento las amonestaciones ni las expulsiones señalizadas en las tarjetas roja y amarilla, como tampoco los cambios de jugadores por lesión. Fue por el abuso de las reglas cometido ese día en tu perjuicio, que el futbol se revisó a sí mismo y se hizo modificaciones para ser mejor a partir del siguiente mundial. No sólo revolucionaste el futbol en cuanto a sus posibilidades atléticas, estéticas, técnicas y tácticas. Literalmente, cambiaste el juego. Y lo hiciste para bien, a raíz de un mal. Hasta en tus horas bajas, cuando se portó ingrato contigo, le deparaste cosas buenas al futbol.

Luego de las sombras que se cernieron sobre tu juego en Inglaterra, tu postergado renacer mundialista tenía que ser como lo merecías: a todo color. Para que luciera el colorido de la canarinha, como quería Garcia Schlee, pero sobre todo para que brillara tu futbol. Seguramente porque sabía que en la siguiente Copa del Mundo habrías de alumbrar el mejor futbol jamás visto, la luz se hizo: México 70 fue el primer mundial que se transmitió a color. Tu clase, tu potencia, tu inteligencia extraordinaria para jugar, te convirtieron en padrino de arras de un feliz matrimonio que se mantiene indisoluble: el que gracias a ti contrajeron el futbol y la televisión.

Si lo que hiciste en Suecia 58 no lo pudo ver el mundo en vivo, quedando como testimonio principal de tus proezas primigenias la tradición oral que detonaron los relatos radiofónicos, para México 70, gracias al lanzamiento al espacio del satélite Telstar, el planeta entero atestiguó en tiempo real tu talento excepcional, acabó de convencerse de que jamás fuiste ni invención periodística ni artificio narrativo y se deslumbró ante la superioridad inapelable de aquel Scratch do Ouro que, en tu Last Dance —Phil Jackson dixit—, supo cobijarte y catapultarte a una nueva cima.

Pelé en hombros con sombrero de charro mexicano, tras la tercera coronación de Brasil en la cancha del Azteca

Cuando en enero de este año trascendió que tus médicos te encontraron tres tumores, estuve seguro de que erraron el diagnóstico: son las tres estrellas de campeón mundial que nadie tiene más que tú, y que sólo parece capaz de colectarlas algún día Mbappé, que a punto estuvo en Qatar de hacerse con la segunda, y que tanto tiene de ti.

Llevo toda mi vida pensando en alguna virtud futbolística que no tuvieras y no en encuentro ninguna. Toque, chute, regate, salto, cabeceo, esprint, carrera larga, pausa, manejo de ambos pies. Tenías todo, y todo lo hacías a la perfección. Eso te hacía indescifrable, tus recursos eran inagotables.

El futbol, nerudianamente, escribe sus versos más tristes esta noche.

fbc.

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De Lio, Delio

Por: Farid Barquet Climent.

Nadie ha metido más goles en suelo francés que un argentino. No me refiero a Carlos Bianchi —dueño del inconfundible look que bien describe el periodista Walter Vargas como la amalgama de Curly de Los Tres Chiflados con algo del Doc de Volver al Futuro— y sus cien goles que le valieron una tríada de títulos de goleo individual de la Ligue 1 con el Stade de Reims y dos más con el París Saint Germain. En tierras galas despierta los mismos respetos, quizá más, la figura de otro mítico delantero, que prácticamente triplicó la cifra goleadora del “Virrey”, y que al igual que éste también presume de ser pentapichichi de Francia. Su nombre se pronuncia gol en la lengua de Balzac: Delio Onnis.

Bianchi y Onnis, en la prensa deportiva francesa

Nacido en Italia —en Roma, para mayor precisión— como tantos argentinos, Onnis arribó a la edad de tres años a la Argentina, en 1951. Debutó profesionalmente en 1966 con el Club Almagro, de la Primera División B, equipo para el que marcó 23 goles en 44 partidos, prácticamente un tanto cada dos encuentros, promedio que mantuvo sin mayores variaciones durante sus veinte años de carrera.

En 1968 debutó en el circuito estelar argentino jugando para Gimnasia y Esgrima de la Plata, donde integró, junto a Hugo “El Loco” Gatti, Ricardo Rezza, Roberto Zwyca y otros, el plantel al que se le recuerda como La Barredora. En el Torneo Nacional de 1970 anotó 16 goles en 18 partidos. En total, con la camiseta de El Lobo marcó 53 tantos en 95 encuentros a lo largo de tres temporadas.

En 1971, el Stade de Reims llevaba cuatro temporadas sin encontrar un digno reemplazante de su figura histórica, Raymond Kopa, y computaba ya una década sin ganar el título de Liga. Con el propósito de extrañar un poco menos a Le Petit Napoleon —contribuyente a la conquista de cuatro Ligas— el equipo Rouge et Blanche contrató a Onnis. Y no defraudó, pues metió el balón en el arco 39 veces en dos torneos. En su primera temporada de las cuales vio portería en 22 ocasiones en 32 partidos de Liga. Según consigna la página web oficial del club, la estadía de Onnis en la entidad rojiblanca marcó época: l’époque ‘Tango’.

Onnis y Zwyca, en el Reims provenientes de GELP

Del Reims Onnis pasó a otro equipo rojiblanco, el AS Mónaco, para el que anotó en 157 ocasiones, que le valieron el título de goleo individual en las temporadas 1974-1975 y 1979-1980. Onnis siguió encabezando la tabla de goleadores en las temporadas 1980-1981 y 1981-1982, pero enfundado en los colores del Tours FC. La quinta y última vez que ganó el cetro de máximo romperredes de Francia fue en el torneo 1983-1984, en el que jugando para su tercer club de aquel país, el Sporting Toulon, horadó la meta adversaria en 21 oportunidades.

Onnis con el Mónaco

En todas las Ligas del mundo, sólo 16 futbolistas han anotado más que él. Entre sus compatriotas argentinos, nada más dos lo superan en cuanto a goles ligueros: Di Stéfano y Messi.

El escritor catalán Jordi Puntí afirma que “las estadísticas son la prosa funcionarial del fútbol, aburridas, desapasionadas, pero a menudo resultan reveladoras”. En modo alguno aburridas, por demás reveladoras, me resultan las estadísticas que consiguió en Francia Delio Onnis, quien de haber sido un desapasionado del área no podría haberlas alcanzado.

En la actualidad el principal animador y foco de atracción de la Ligue 1 es otro argentino, Messi, que mañana tiene una cita con su destino. Es tanto lo que Messi le ha dado al futbol, que el futbol le debe lo único que le falta: la Copa del Mundo. Que ante Lloris se haga de Lio, Delio. Que la mira de precisión del ‘10’ apunte y acierte este domingo en Luisail con el que fuera el blanco predilecto de Delio Onnis: un arc français.  

fbc. 

Una reflexión sobre Scaloni, desde el rincón de un deportivista

Por: Christian «El Cangrejo» Gasca. @gascaberrchristian @cangrefut

Lionel Sebastián Scaloni, el impensado director técnico de la selección de Argentina, cuando tomó el mando de su equipo pintaba para llevar a buen puerto un interinato mientras se encontraba al «nombre ideal». Hoy tiene a su país al borde de la gloria máxima del deporte y pocos los hubieran imaginado, su experiencia no invitaba ni a soñarlo. Y esa incredulidad incluye a un deportivista como yo, que le tiene mucho cariño por haber sido parte de ese Súper Dépor de la primera década de los 2000 que me hizo soñar en mis años universitarios.

Saloni celebra un gol suyo con el que el Deportivo se impuso al FC Barcelona de Louis Van Gaal

La posición actual de la celeste y blanca así como una reciente entrevista en El Heraldo de México a Javier Irureta, Don Jabo, que se desvive en elogios para el joven entrenador de 44 años, invitan a reflexionar acerca de cómo nuestro querido ex jugador ha podido llevar de la mano a este seleccionado, de mucho jugador talentoso, pero joven, a pelearle una Copa del Mundo al actual campeón, que tiene en su plantilla al mejor jugador del mundo: Kylian Mbappé.

Scaloni siendo dirigido por Irureta.

Y es que cuando Scaloni era jugador de mi amado Real Club Deportivo de la Coruña, era el mejor actor de reparto. Había actores principales como Makaay, Tristán, Valerón, Fran, Sergio o en su momento Djalminha. El argentino era, sin embargo, muy importante, un auténtico jugador número 12 (de hecho ese era el número que portaba). Una pieza que podía ser acomodada en casi cualquier sector de la cancha. Su posición «nominalmente» era de lateral derecho, un puesto que tenía como dueño a una la leyenda, Manuel Pablo, que no lo soltaba salvo que le rompieran la pierna a la mitad como en aquel terrible incidente con Giovanella del “odiado” Celta. Lionel Scaloni tenía que buscar resaltar en diversas funciones para ser considerado. Además de lateral o carrilero, podía ser extremo, interior e incluso lo llegué a ver como doble pivote. Vamos, era un jugador sumamente adaptable y eso hoy lo podemos ver en su estilo de juego, que tiene esa característica.

Bien lo ha dicho el mismo Lionel Messi: “a este cuerpo técnico no se le va ni el más mínimo detalle”. Con Scaloni como DT, podemos esperar distintas actitudes del equipo entre partidos o dentro del partido mismo: “mi equipo trabaja para adaptarse a las diferentes situaciones que nos presentan los rivales dentro de un partido”, ha declarado el también rosarino y también formado en Newell’s Old Boys. Cuando hay técnicos que defienden a muerte “su estilo”, nuestro Scaloni no tiene reparo en decir que él prepara y guía los partidos considerando lo que tiene enfrente. Lo multifacético que fue como jugador se lo ha impreso a su equipo.

Tampoco debería sorprender su elección de jugadores. Tiene a su súper estrella mundial, sí, pero lo ha rodeado de jugadores que son reflejo de lo que fue su “Euro Depor”. Mc Allister y Enzo Fernández, por ejemplo, son jugadores que hoy destacan en los dos mejores torneos de clubes del mundo (Premier League y Champions League) pero con equipos sensación que se revelan ante el status quo: Brighton y Benfica, respectivamente. Y eso es lo que pretenden hacer el domingo: revelarse ante jugadores más posicionados en la élite como Griezmann, Dembelé, Tchouameni o Varane.

Esta es una final en la que personalmente no tengo un equipo al que apoyar. Mi corazón de mexicano aún sangrante por la eliminación temprana en la que nos encarriló el seleccionado argentino no me permite apoyarte, mi querido jugador número doce. Pero sí te puedo decir que confío en ti, como Jabo confía también, y como muchos deportivistas, que quieren ver en tu coronación como entrenador a su propio “Lionel” en lo más alto, levantando la Copa del Mundo junto con el nuevo mejor jugador de la historia, aquel con quien compartes nombre y un gran sueño. Es de lo poco que le queda al deportivismo: gritar tu copa con el poco aliento que le queda, desde la penumbra de ser un equipo cada vez más olvidado y que ya no le queda nada más que su historia. Y la que tú vas a escribir este domingo.

Suerte, nuestro Lionel. ¡Forza Depor!

cgc.

Un clásico

Por: Farid Barquet Climent.

¿Qué convierte a un clásico en clásico? En literatura, según Ítalo Calvino, un libro clásico es aquel “que nunca termina de decir lo que tiene que decir”. En la teoría política, nos dice Norberto Bobbio, es tenido por clásico un autor “cuyas lecciones deben ser continuamente escuchadas y profundizadas”. En futbol, los partidos entre Argentina y Países Bajos nunca terminan de decirnos lo que tienen que decirnos: el de mañana será su sexto enfrentamiento en Copas del Mundo. De tan repetidos, emocionantes y trascedentes, los duelos que protagonizan son ya un clásico de los mundiales. Y por eso las lecciones que han arrojado los cinco antecedentes acumulados hasta ahora deben ser escuchadas la víspera de que se vuelvan a medir, como lo harán dentro de pocas horas, en Lusail, por los cuartos de final de Qatar 2022.

Argentinos y holandeses se han visto las caras en la segunda fase de grupos de Alemania 74, en la final de Argentina 78, en los cuartos de final de Francia 98, en los dieciseisavos de final de Alemania 2006 y en la semifinal de Brasil 2014.

El partido que disputaron en el mundial alemán de 1974 fue una de las primeras escenificaciones del futbol total de la Naranja Mecánica. Roberto Perfumo, el capitán argentino que comandaba la defensa, contaba que su portero, Daniel Carnevali, retrasaba la reanudación del juego cada vez que le tocaba sacar de meta. Lo hacía no porque la albiceleste fuera ganando y buscara hacer tiempo, sino porque los holandeses los estaban masacrando y temía que si ponía rápidamente el balón en circulación el marcador en su contra se abultara aún más. Gracias a las tardanzas deliberadas de Carnevali la goliza que les propinaron Los Tulipanes —que se presentaban de nuevo en un mundial luego de seis ediciones en que estuvieron ausentes— quedó topada en cuatro goles. El primero de la tarde, a diez minutos del inicio, fue una de las muestras más inolvidables de elegante excelsitud que Johan Cruyff nos legó en aquel Mundial, el único que jugó el legendario camiseta ‘14’. Fue una derrota dolorosa para los argentinos. Al parecer lo fue para uno de ellos, por sobre todos sus compatriotas. Una semana después de la derrota ante los dirigidos por “Rinus” Michels, Juan Domingo Perón, que ocupaba la presidencia de la nación por segunda vez, moría en pleno mundial.

Gol de Cruyff que abrió el marcador

Sudamericanos y flamencos se volvieron a encontrar nada menos que en la final del siguiente mundial, Argentina 78. En esta segunda oportunidad se impusieron los locales y así ganaron por primera vez un mundial. La figura de la noche: Mario Alberto Kempes, “El Matador”. Como en aquel entonces su club era el Valencia de España, Kempes concedió una entrevista a un medio ibérico antes de volar a Argentina para sumarse a la selección de César Luis Menotti. En medio de la dictadura que azotaba a la Argentina desde dos años atrás, Kempes, de 23 años, no esquivó la pregunta acerca de una probable utilización del mundial como distractor social por parte de la junta militar que impuso el terrorismo de Estado en su país, encabezada por el general Jorge Rafael Videla. Interrogado por el periodista Jordi Ferré de la revista española Posible —fundada cuatro años antes por Alfonso S. Palomares, que también dirigió la agencia de noticias EFE— Kempes declaró: “Mis goles son para Argentina y no para Videla”. Por más que Videla, en su carácter de jefe del Estado por un golpe militar, se arrogara el derecho de entregar el trofeo al capitán Daniel Pasarella, Kempes no le ofrendó los dos goles que marcó, a los minutos 38’ y 105’, aquel 25 de junio en la cancha del Antonio Vespucio Liberti, mejor conocido como el Monumental de River, y que valieron la Copa FIFA.

Las características internadas de Kempes al área, se hicieron presentes en la final del Mundial 78

El tercer enfrentamiento mundialista tuvo lugar veinte años después, en Francia 98. Amén de la expulsión que se ganó Ariel Ortega luego de darle un cabezazo a lo Zidane al portero Edwin van der Sar, lo que marcó la diferencia a favor de los europeos por marcador 2-1 fue un gol de antología, de esos que quedan consagrados en los anales de historia del futbol. Su autor: Dennis Bergkamp. Su conocida aerofobia —que obligó a que tuvieran que sedarlo para durmiera durante el viaje en avión al mundial de Estados Unidos cuatro años antes— no impidió que su pie derecho operara como pista de aterrizaje de un balón que voló más de sesenta metros, proveniente del Aeropuerto Internacional Pierna Zurda de Frank de Boer, para luego mandar a cebar mate al defensor Roberto Ayala y, con la parte externa dar un pincelazo, digno de su paisano Rembrandt, que dejó a Carlos Roa, guardameta pampero, literalmente hincado ante semejante obra de arte.

Golazo de Bergkamp

Su cuarta cita, en Alemania 2006, fue aburridísima. Terminó 0-0. Pero la quinta, la de Brasil 2014, resultó tan intensa como cerrada. Fue el partido más difícil para Messi en el torneo. Tuvo que dirimirse en tandas de penaltis. A punto de que empezaran los disparos desde el lunar calcáreo, Javier Mascherano se acercó al portero Sergio “Chiquito” Romero, de más de 1.90 centímetros de estatura, para decirle unas palabras que le hicieran ganar confianza y que resultaron premonitorias. “Hoy te convertís en héroe”, le dijo el “Jefecito” sobre el pasto del Arena Corinthians. Y así fue. Aquel 9 de julio, aniversario de la declaración de Independencia argentina, más que vestido de amarillo, el color del sol de mayo, del escudo patrio incrustado en el corazón de la bandera albiceleste que mandara hacer el general Belgrano, Romero se vistió de “Goyco”, de Sergio Goycochea, el “Atajapenales”, el héroe en Italia 90. Dos lances de Romero sobre sendos costados le dieron a la Argentina el pase a la final.

«Chiquito» Romero lleva a la Argentina en la final de Brasil 2014

A tener en cuenta estos cinco antecedentes. Bien lo decía Maquiavelo: “Suelen decir los hombres prudentes, y no por casualidad ni inmerecidamente, que quien desee ver lo que será debe considerar lo que ha sido; porque todas las cosas del mundo en todos los tiempos tienen su propio cotejo en los tiempos antiguos”.

fbc.

El maestro y el copista

Por: Farid Barquet Climent.

Con los augurios más pesimistas que se recuerden, la selección mexicana llega a su último partido de fase de grupos en Qatar 2022 sin haber podido siquiera anotar un gol en los más de 180 minutos de sus dos primeros encuentros, ante Polonia y Argentina.

Hoy le toca a los mexicanos enfrentar al representativo de Arabia Saudita, el que en el papel, antes del Mundial, parecía ser el escollo menos complicado, el rival de más débiles blasones del Grupo C.

A millones de aficionados en todo el mundo, particularmente a los que andamos cerca de los 40 de edad, cuando pensamos en el futbol saudí nos viene en automático a la mente una secuencia, un tracto sucesivo que le debemos a Said Al Owairan, el copista de Maradona.

Porque una mirada distraída puede llevarnos a concluir que el 29 de junio de 1994 Al Owairan pintó un Maradona. Y no cualquier Maradona. No un mero boceto, no una pincelada aislada, sino su obra maestra.

A pesar de su compacta fugacidad, el segundo gol de Maradona a los ingleses en México 86, la jugada de todos los tiempos —como la bautizó recién parida el narrador Víctor Hugo Morales— llegó a ser tal gracias a un instante, uno solo. Si desgranamos el slalom más memorable del astro argentino, el que ejecutó el 22 de junio de 1986, ese que ni la marina real británica habría podido detener, encontraremos que hubo un punto de inflexión, apenas perceptible, que cambió el curso de aquella historia de apenas 10 segundos, y de paso cambió también el curso de la historia del futbol. Ese instante es una duda: la duda de Terry Fenwick. “Cuando yo lo veo dudar a Fenwick le tiro la pelota adelante, cuando se la tiro adelante él me quiere meter la mano, pero yo venía a cien por hora, a mí no me paraba nadie”, relató Maradona para el programa que transmitía su paisano Quique Wolff por la señal de ESPN.

Maradona habla de su gol más memorable

La imagen televisiva corrobora ese testimonio: el balón no acapara en su totalidad el espectro de visión del genio, que en cambio tantea al defensor que le sale al cruce, huele su miedo, se vale de su indeterminación. Esa duda infinitesimal de Fenwick abrió la rendija por la que se fuga, con destino de gol, la que ya nunca fue su presa.

En 1994 Arabia Saudita participaba por primera vez en una Copa del Mundo. No ser avasallada en sus tres compromisos obligatorios y aspirar simplemente a cumplir con un desempeño decoroso parecía un objetivo razonable. Lo que no parecía razonable, ni siquiera imaginable, era que uno de sus jugadores, Al Owairan, quedara en el imaginario como el émulo de Maradona en el último mundial de Maradona, ese que tuvo que abandonar porque le “cortaron las piernas”. De comparar el lienzo salido de la zurda de Maradona con la copia firmada por Al Owairan saltan algunas semejanzas evidentes. El gol de Al Owairan lo puedes ver a continuación:

En la meteórica escapada de Al Owairan, a diferencia de la de Maradona, todo es voluntad. El árabe impulsa la pelota, pero no la lleva. Cuesta creer que al emprender camino Al Owairan tuviera claridad de dónde iba a terminar. Él no aprovecha ninguna duda —como la de Fenwick— porque llegar hasta la zona de definición no estaba en su cálculo. Le allanan el camino las torpes acometidas de sus adversarios belgas, que a cinco minutos de haber empezado el partido seguían entumidos y al mismo tiempo incrédulos de que un debutante en el máximo torneo internacional osara enfilar rumbo a la portería por sí solo, sin arredrarse por su novatez.

A Said no lo mueve la picardía, esa forma de la astucia, sino el ímpetu que nace del deseo y que se alimenta de sí mismo zancada a zancada. Ni los materiales ni la técnica del original maradoniano son los mismos que los empleados en su reproducción arábiga: en su recorrido, trompicado, de bastante menor plasticidad, Al Owairan no es dueño de todos sus movimientos (algunos parecen más bien reflejos) y en su andar va advirtiendo, paulatinamente, que por la catadura del lienzo y por la verticalidad zigzagueante de su trazo, está a punto de mandar a enmarcar lo más parecido a una litografía del Diego en el Azteca contra los ingleses que se haya producido en un Mundial. En la medida en que la portería belga se le va haciendo grande crece en Said la conciencia de sus posibilidades y conforme avanza se va encontrando a sí mismo, al igual que el futbol saudí terminó por encontrarse a sí mismo en Lusail, recién el 22 de noviembre de 2022, precisamente ante Argentina, una Argentina que ese día no fue ni la copia de sí misma, una Argentina que sigue llorando a Maradona.  

En su autobiografía, y después en sus memorias de México 86, Maradona cuenta que cuando el portero inglés Peter Shilton salió a taparle el arco se acordó de su hermano Hugo “Turco” Maradona, quien le había dado un consejo al terminar un partido en el que también se enfrentaron Inglaterra y Argentina, disputado en Wembley en 1981. En aquel encuentro celebrado en la catedral londinense del futbol Diego hizo una jugada muy parecida a la que haría cinco años después en México, pero no la pudo terminar en gol. Concluido aquel partido, Hugo le aconsejó cómo definir, y por eso el Diez definió como definió en el mundial mexicano: recortando al guardameta dejándolo despatarrado. “Esta vez definí como mi hermano quería…”, escribió. Y por eso fue gol. Su gol cenital. Me gusta pensar que así como Maradona, en trance excepcional, se dio tiempo, átomos de segundo, para abrevar del consejo del Turco y rubricar su óleo, Al Owairan se fue llenando de Maradona mientras surcaba el pasto del Robert F. Kennedy de Washington como si transitara por la liviana arena de Riyad.

Said (der.) en estampa del album mundialista, compartida con un coequipero

Casi 25 años después del Mundial del 86, en 2010, refiriéndose a su gol Maradona dijo : “Yo creo que es un gol soñado”. Incluso llegó a declarar que de sólo oírlo relatado por Víctor Hugo Morales, sin siquiera tener que verlo, sentía «la misma emoción». tal como se le escucha decirlo en el minuto 03:10 del video que puedes ver aquí. El que no pudo decir lo mismo del suyo, ya no digamos a un cuarto de siglo de distancia sino cuando ni siquiera había transcurrido un lustro de haberlo conseguido, fue Said. Entrevistado para The New York Times en 1998, se mostró sorprendido de que en Estados Unidos siguieran pasándolo por televisión, y de plano se abrió con su entrevistador Christopher Clarey —autor de una biografía de Roger Federer traducida a 17 idiomas, publicada en 2021— hasta confesarle: “He visto este gol quizá mil veces y, sinceramente, estoy harto de él”. Y eso que el Rey Fahd —el monarca saudí que dio nombre a la Copa que fue el germen de la actual Copa Confederaciones— le entregó la llave de un auto de lujo nada más pisar el aeropuerto Rey Khalid a su regreso del Mundial.

El hartazgo de Said es entendible. Porque tal como afirma Clarey, no tuvo que pasar mucho tiempo para que la celebridad que le trajo ese gol suyo le generara “más problemas que beneficios”.

Al igual que a Maradona —otra vez el maestro y el copista, esto último nunca mejor dicho— a Said le gustaba “la vida nocturna al estilo occidental”, sostiene Clarey. Pero a diferencia de Maradona, Said no vivía en ni en Nápoles ni en Buenos Aires sino en “una monarquía absoluta regida por la ley islámica”, por lo que tener ese hábito “lo llevaría en última instancia a una pena de prisión y un año de suspensión del fútbol competitivo”. Reincorporado a la actividad, jamás recuperó el nivel mostrado en el Mundial estadounidense, y para la siguiente cita, en Francia 98, no fue ni la copia de sí mismo.

En el argot futbolero es usual decir que un portero se come un gol cuando un balón en mansedumbre se le cuela hasta al fondo de la red. A Said Al Owairan le ocurrió lo contrario. Él no se comió un gol, sino que fue un gol, un gol suyo, el que se lo comió a él.

fbc.

Noticia de un secuestro

Por: Farid Barquet Climent.

Entre las metáforas que abundan en el lenguaje del futbol hay unas que usamos para elogiar a los jugadores que saben arreglárselas en muy poco espacio. Cuántas veces hemos dicho, escuchado o leído que algunos virtuosos no necesitan más que un palmo de terreno para clavar la pelota en el arco, o que son capaces de gambetear dentro de un elevador, o que pueden recibir el balón, amagar y pasar con criterio, todo, parados arriba de una baldosa.

Esas metáforas suelen traer consigo otra más, una que empleamos cuando nuestro equipo se ve en la necesidad de neutralizar a cracks del tipo descrito. Decimos entonces que la zaga de nuestra oncena debe ser perfecta en la marca para no concederle a semejante adversario el más mínimo margen de libertad.

En sentido futbolero —figurado por definición— afirmar que tal o cual futbolista no debe tener el más mínimo margen de libertad resulta inofensivo, pero se torna alarmante cuando la expresión abandona su condición de metáfora y adquiere todo el peso de su dramática literalidad.

Aproximadamente dos horas después de concluido el partido en el que contribuyó con un doblete a la goleada 6-0 que el FC Barcelona le propinó al Hércules de Alicante la tarde del domingo 1 de marzo de 1981, el delantero asturiano Enrique Castro “Quini” fue secuestrado. Al abandonar el Camp Nou a bordo de su automóvil, un Ford Granada color whiskey, Quini tenía planeado conducir hasta el aeropuerto de El Prat para recoger a su esposa Mari Nieves y a sus dos hijos, una niña de 5 años y un bebé de 18 meses, quienes arribarían esa noche a la Ciudad Condal luego de pasar unos días en Asturias. Pero el ariete ovetense no pudo llegar por su familia. Cuando se disponía a reanudar trayecto rumbo a la terminal aérea tras una rápida escala en su departamento de la Vía Carlos III, el pichichi del momento —gracias a los 24 goles que marcó la temporada anterior para el Sporting de Gijón— de repente “nota un objeto frío que le ponen entre la oreja derecha y el cuello”. En adelante ya sólo recibe órdenes tajantes respaldadas por amenazas. Lo meten en su propio coche. Si osa despegar la vista, le aseguran que recibirá un tiro. Así lo relata el goleador en el libro que escribió sobre el episodio con auxilio de los periodistas Enrique García Corredera y Antonio Rubio.

Portada del libro de Quini sobre su secuestro, publicado por Planeta

Encapuchado, atado de manos, sus captores lo sacan de su vehículo (que abandonan en las inmediaciones de un mercado) y lo pasan a una camioneta en la que, metido dentro de un baúl, es trasladado por un largo camino hasta un taller, donde lo encierran en el minúsculo cuarto aislado, comunicado solo por interfono, que sería su prisión.

“El preso número nueve era un hombre muy cabal”, cantaba Joan Báez, cuando interpretaba la canción de la autoría de Roberto Cantoral que se intitula precisamente así: El preso número nueve. Aquel primer día de marzo de 1981, el número ‘9’ del Barça, hombre muy cabal, quedaba preso. Y no en un área de pasto de 16.50 metros, delimitada con líneas de cal, de esas en las que los centros delanteros son muy felices.

Los motivos del secuestro —que nunca razones— se podía especular que eran de índole política dada la coyuntura: el 23 de febrero, recién una semana antes del secuestro de Quini, el secuestrado fue el Congreso de los Diputados. El teniente coronel Antonio Tejero —“¡Quieto to’ el mundo!”— y un grupo de guardiaciviles empistolados, nostálgicos del franquismo aguijoneados por algunos de sus superiores que buscaban a la desesperada la restauración de la dictadura, reventaron la sesión parlamentaria en la que se votaba la designación de Leopoldo Calvo Sotelo como sucesor de Adolfo Suárez en la jefatura del gobierno español, primer golpe de estado, quizá el único, filmado para la televisión y retransmitido casi de inmediato a todo el planeta. Una historia de apenas 18 horas, minúscula pero decisiva —como la calificó Javier Cercas en su libro Anatomía de un instante— en la que estuvo en suspenso, en serio predicamento, la transición española a la democracia.   

El coronel Tejero irrumpe armado en el Congreso de los Diputados el 23-F

Los secuestros eran cosa normal en la España de aquel 1981. El 13 de enero había sido secuestrado por la organización Euskadi ta Askatasuna (Euskadi y Libertad, por sus siglas ETA) Luis Suñer Sanchís, industrial valenciano del cartón bajo cuyo mecenazgo se construyó el estadio donde hasta la fecha juega sus partidos de Cuarta División la Unión Deportiva Alzira, recinto que desde su inauguración en 1973 lleva el nombre del hijo del empresario, Luis Suñer y Picó, fallecido a los 21 años el 15 de enero de 1964. Cuando Quini fue secuestrado, Suñer Sanchís seguía en cautiverio: fue liberado hasta el 13 de abril a cambio de 341 millones de pesetas.

Otro secuestrado en enero de 1981, José María Ryan, ingeniero en jefe de la planta nuclear de la localidad vizcaína de Lemóniz, fue asesinado por ETA en febrero al no cumplirse la condición impuesta, consistente en demoler el complejo, de mil toneladas de hierro y 200 mil metros cúbicos de hormigón armado, en el lapso de una semana.

Suñer Sanchís, acompañado de su esposa e hija, saluda tras ser liberado

Pero el lunes 2 de marzo de 1981, día siguiente al del partido contra el Hércules, a las pocas horas de que el coche de su marido apareció abandonado afuera de un mercado, Mari Nieves recibe una carta, cuya autenticidad reconoce por su grafía, que desmiente probables motivaciones políticas de los secuestradores, quienes no reivindican el secuestro a nombre de ETA ni de alguna otra organización pero sí exigen el pago de 100 millones de pesetas. Y un día después, martes 3, a través de una llamada telefónica a la casa de los Castro dejan en claro de dónde quieren que salgan los fondos: de las arcas del FC Barcelona, entidad que por el fichaje de Quini había erogado el verano anterior alrededor de 80 millones.

Para mandar una prueba de que lo mantenían con vida, los secuestradores obligaron a Quini a leer un mensaje en voz alta frente a una grabadora. Acto seguido dieron instrucciones para que el casete con la grabación fuera recogido en el interior del baño de un establecimiento que todavía existe, el Bowling Pedralbes, frente a las oficinas que entonces tenía el FC Barcelona sobre la avenida del Doctor Marañón. Para ir por la cinta alzaron la mano un compañero de Quini en la plantilla barcelonista y un trabajador del club: el defensor vizcaíno José Ramón Alexanco y el responsable de relaciones públicas Óscar Segura. A la hora de decidir quién de los dos habría de entrar al boliche, Segura buscaba disuadir al líbero bajo el argumento de que éste para tenía esposa y un hijo, mientras que el publirrelacionista era soltero.

Segura se convertiría al paso de los años en un famoso asesor de futbolistas, mientras que Alexanco desde los años noventa es el jefe de futbol formativo del FC Barcelona. Es el responsable de haber incorporado en 1995 a Carles Puyol a La Masía —las instalaciones de la cantera barcelonista desde 1979—y también de llevar al mexicano Rafael Márquez a dirigir al Barcelona Atlètic en 2022. Como capitán, con 36 años y casi 400 partidos oficiales —en una época en que en España la capitanía le correspondía al jugador de más antigüedad en cada club, fuera o no titular— Alexanco habría de levantar en el palco de Wembley la primera orejona en la historia blaugrana el 20 de mayo de 1992.

Alexanco alza la primera Copa de Campeones de Europa ganada por el Barcelona

Quini y Alexanco recién se habían incorporado al FC Barcelona al inicio del torneo 1980-1981, el primero proveniente del Sporting de Gijón y el segundo del Athletic de Bilbao. Era una amistad reciente, pero muy intensa, como tantas que Quini cosechó. Hasta Maradona cuenta en su autobiografía que lo invitaba a comer asados en la casa que el argentino habitó en Pedralbes durante los dos años (1982-1984) que jugó en el Barcelona. Porque Quini siempre se hizo querer de inmediato por sus coequiperos en todos los planteles que integró. En entrevista con FutboLeo.net, el mexicano Luis Flores recuerda el tiempo en que compartió vestidor con el también apodado “Brujo”, único futbolista que ha ganado el trofeo pichichi en las divisiones Tercera, Segunda y Primera del futbol español. Tras su destacada actuación en el mundial México 86 con la selección mexicana, “Lucho” Flores, atacante surgido de los Pumas de la UNAM, fue contratado por el Sporting de Gijón de cara a la temporada 1986-87, la que el Brujo Quini eligió para retirarse de las canchas vestido de sportinguista. Llevado nada menos que para suceder en el puesto de ariete al máximo ídolo de La Mareona —como se le conoce al colectivo de aficionados del Sporting— Flores se remite a esa edición de la Liga en la que trabó amistad con Quini, la de mejor rendimiento de los rojiblancos en toda su historia al finalizar en el cuarto lugar de la tabla general, posición que, de haber estado vigentes en aquel tiempo las reglas actuales de la UEFA, les habría dado el pase a la Champions League.

“Hablar de Quini es hablar de lo mejor del futbol español, de todas las épocas ¿eh? El mejor jugador asturiano. Siempre lo he dicho: un gran jugador, en todos los sentidos. Muy competitivo, muy bien dotado físicamente, y goleador, goleador nato. De lo que yo pueda decir [de Quini] me voy a quedar muy corto. Tuve la bendición de conocerlo un año nada más, y en ese año me mostró que era un gran jugador, y mejor persona. Eso te lo puede decir cualquier asturiano”, sentencia Flores a más de siete lustros de distancia de sus primeras prácticas junto a Quini en la cancha de El Mareo, donde se entrenaba el Primer Equipo del Sporting, grama entonces tan maltrecha que el entrenador balcánico Branko Zebek, cuando llegó al equipo años atrás, en 1973, renunció, horrorizado, de sólo verla, esa misma en la que hoy, bastante mejorada, se forman los guajes, los prospectos sportinguistas, lo que alguna vez fueron, entre otros, el actual entrenador nacional español, Luis Enrique, y el que lleva lo guaje en el mote: David Villa, máximo anotador histórico de la selección española, el español que más goles ha marcado en mundiales, campeón de goleo en la Euro 2008 y segundo en la tabla de anotadores del mundial de Sudáfrica 2010. 

Estampa de Luis Flores correspondiente al álbum de la temporada 1986-87

“Imagínate el peso futbolístico de yo ser titular y tener en la banca a Enrique Castro Quini. No lo podía creer. Pero eran circunstancias de la vida, porque él quería retirarse con su equipo, y así lo hizo, con el equipo de sus amores: el Sporting de Gijón”, dice Flores, en tono más abrumado que jactancioso. Quini, que para el torneo siguiente habría de convertirse en secretario técnico del club, jamás tuvo malas actitudes hacia el mexicano por el hecho de verse relegado a la condición de suplente: “No se me olvida verlo ahí siempre sumando, siempre apoyando, con el técnico que era José Manuel Novoa”, evoca Flores al tiempo que subraya los rasgos más encomiables de quien se encaramaba al sitial de leyenda del equipo gijonés: “Muy solidario con todo el grupo, un tipo divertido, un tipo agradable, un tipo sociable. Como compañero, me tocó vivirlo: el mejor”.

Flores posa en El Molinón

Otro que guarda gratos recuerdos de Quini es el argentino Enzo Ferrero, histórico extremo de Boca Juniors en la década de los 70, que llegó al Sporting para el ciclo 1975-76. A pregunta formulada por FutboLeo.net, Ferrero escribe vía redes sociales desde Gijón, donde radica: “Mis recuerdos de Quini no pueden ser de otra manera que extraordinarios. Tuve la suerte de jugar con él muchos años y de colaborar para que él lograse varios pichichis”. Ferrero, el mayor asistidor de Quini, afirma: “Fuimos compañeros y amigos siempre. Él siempre tenía una broma para hacer reír a todos y siempre lo conseguía.”

Enzo Ferrero

A “Lucho” Flores, de sólo abrirle un pequeño resquicio a la memoria le brota de inmediato la gratitud: “Yo llegué al Sporting de Gijón y el primero que me acogió y me dio palabras de aliento y mucha confianza fue Enrique Castro. Una cosa impresionante. Su hermano, el portero [Jesús Castro], también, pero en menor escala”. El autor de goles clave para que México obtuviera la calificación a Estados Unidos 94 conserva un obsequio de Quini:

Allá [En España] el ‘9’ es el ‘9’, es el titular, no hay de que te pones el ‘400’ o el ciento veintitantos, allá el ‘9’ es el centro delantero y es el que hace goles. En alguna ocasión, él [Quini] inició un partido en la pretemporada. Creo que fue en Cádiz. Ganamos. Terminando el partido me dijo: ‘Lucho, esta playera es para ti’. Y me regaló la ‘9’. Todavía la tengo aquí, la guardo con mucho cariño porque me la regaló él. Tuve la estupidez de que no se me ocurrió decirle ‘fírmamela’, o ‘dedícamela’. Nunca lo pensé. Esa playera la guardo con mucho, mucho cariño. Sé el personaje que me la entregó.

A través de sucesivas llamadas telefónicas los secuestradores dieron la indicación de que el pago del dinero se hiciera en Girona, a donde acudieron Mari Nieves, Alexanco, Segura y un hermano de Quini ya mencionado por Luis Flores en estas líneas: el portero Jesús Castro, que entonces jugaba para el Sporting de Gijón, único equipo en su carrera, con el que disputó 449 partidos a lo largo de 18 temporadas, quien ya retirado del futbol perdió la vida a los 42 años el 26 de julio de 1993 en la playa El Pechón, en la costa cantábrica de Amió, luego de lanzarse al mar para salvar la vida de tres turistas ingleses: dos niños, de 7 y 9 años, y su padre. Los visitantes británicos sobrevivieron. Jesús, el guardameta devenido en guardavidas, no.

Los hermanos Quini y Jesús Castro

Nada más llegar a Girona, el cuarteto debía esperar una nueva llamada, que llegaría a la recepción de un hotel céntrico —no confundirlo con otro ubicado a las afueras, mucho más moderno, que albergó la última concentración de la selección mexicana antes de viajar al mundial de Qatar— en el que se les comunicó que ella debía cruzar sola la frontera francesa para llevar los billetes a Perpignan. La operación de entrega del efectivo en territorio francés no prosperó por falta de documentación migratoria de Mari Nieves, por lo cual los secuestradores optaron por una alternativa que finalmente habría de conducir tanto a su detención como a la liberación de Quini. Presuponiendo erróneamente que el secreto bancario tendería un velo sobre sus identidades, exigieron que el monto del rescate se depositara en un banco suizo.

Desde la primera llamada al domicilio de Quini —que, como todas, fue grabada por la policía— un desliz del secuestrador que telefoneó dio la pista de que no se trataba de una banda experimentada, profesional. El empresario hotelero Joan Gaspart, entonces vicepresidente blaugrana, fue quien se puso al auricular. El postrero mandamás culé —lo fue de mediados de 2000 a principios de 2003— escuchó desde el otro lado de la línea que los captores estaban dispuestos a mandarle, como prueba de que Quini seguía vivo, “un dedo, una oreja, o se lo enviamos por ‘trocicos’”. En cuanto escucharon ese localismo, “trocicos”, los policías que resguardaban la casa familiar de Quini conjeturaron: “El ‘ico’ lo suelen emplear en Aragón. Este tío puede ser, perfectamente, maño”. O sea, de Zaragoza.

La hipótesis habría de confirmarse. Luego de que uno de los secuestradores abriera una cuenta bancaria en Credit Suisse a nombre de un inexistente Pierre Petit, la ingenua pretensión de ocultarse detrás de una pantalla tan elemental se vio frustrada una vez que las autoridades suizas informaron a las españolas quién era el verdadero beneficiario: Fernando Martín Pellejero Brun, un zaragozano treintañero, casado, de oficio mecánico electricista.

Tras hacer un retiro a modo de prueba para cerciorarse de que el FC Barcelona hubiera depositado —como lo hizo— los 100 millones de pesetas convertidos a francos, Pellejero telefoneó a Zaragoza y acto seguido buscó huir en avión a París, pero fue detenido a bordo del taxi que lo iba a trasladar al aeropuerto. De inmediato confesó que tuvo dos cómplices, José Eduardo Sendino Tejel y Víctor Miguel Díez Esteban, al tiempo que reveló el lugar donde mantenían escondido al futbolista: el taller ubicado en el número 13 de la calle Manuel Vicens de la capital aragonesa. En su defensa los tres adujeron el mismo intento de justificación: “encontrarse sin trabajo y con la necesidad de tener que sacar adelante a una familia”.

No sé si Quini era lector o no, y menos puedo saber si antes de su secuestro había leído la última novela que escribió Stefan Zweig antes de que se suicidara en Brasil, huyendo del nazismo, junto con su esposa Lotte Altmann el 23 de febrero de 1943. Pero lo cierto es que Quini, para driblar a la locura, se valió del mismo recurso que utilizó el señor B., el protagonista de la tan breve como extraordinaria Novela de ajedrez del escritor vienés. Porque Quini, al igual que el señor B., en su encierro se puso a jugar en solitario con las torres, los peones, los caballos. “Sólo así podía olvidarme un poco de la tragedia que vivía”, escribe Quini en su libro. En la ficción de Zweig idear jugadas de ajedrez fue lo que mantuvo cuerdo al señor B. En cambio, tengo para mí que por más que tuviera al alcance un tablero cuadriculado y las 32 piezas de ajedrez, lejos de vislumbrar jaques, enroques o mates a la descubierta, durante los largos 25 días de su secuestro lo que Quini imaginó fueron goles. Muchos goles.

Porque una vez liberado, Quini habría de anotarlos todos. Uno detrás de otro, hasta contabilizar 101 para la causa barcelonista en 181 partidos (10 de los cuales fueron seleccionados´ por el club catalán como sus goles top y los puedes ver aquí) . Acumuló un total de 219 en todos los torneos de Liga que disputó, entre los que destaca uno que le hizo con el Sporting al Rayo Vallecano en 1979: un auténtico Van Basten, sólo que facturado nueve años del más celebre tanto del holandés, el que marcó en la final de la Euro de 1988.

Quini se reencuentra con Mari Nieves tras el secuestro (Foto: La Vanguradia)

Después de hacer un llamamiento a favor de la excarcelación de sus secuestradores, de otorgarles el perdón, de rechazar una indemnización económica de cinco millones y hasta de pedirle a Manuel Vázquez Montalbán que en el prólogo a su libro sobre el secuestro “no se meta demasiado con los secuestradores” porque “no eran mala gente”, Quini fue otra vez libre de hacer lo que hizo siempre: sacudir las redes.

De los tres partidos que se ausentó por estar secuestrado, su equipo no pudo ganar ninguno y por eso se rezagó en la lucha por título de Liga, que se terminó llevando la Real Sociedad de San Sebastián. Pero esas tres ausencias suyas no fueron suficientes para que perdiera el cetro de máximo anotador. Nada más recuperar la libertad, puso la asistencia para el gane en el partido de su regreso contra el Real Valladolid y en el siguiente marcó doblete ante el Almería.

Quini terminó ganando el trofeo pichichi la temporada de su secuestro y también el siguiente torneo, erigiéndose así, durante tres años consecutivos, en indiscutido líder de los goleadores del futbol español, no obstante lo cual, por una esas decisiones incomprensibles que a veces toman los entrenadores, el hispano-uruguayo José Santamaría solamente alineó a Quini como titular en uno de los cuatro partidos que España jugó en su mundial, y en dos más lo ingresó de cambio, al salvamento, a sacar las castañas del fuego, cuando la adversidad ya se había cernido sobre La Roja, que se despidió del torneo demasiado pronto (pasó con muchas complicaciones la primera fase y en la segunda empató con Inglaterra y cayó ante Alemania) en contraste con las expectativas generadas por la localía y por la valía de grandes jugadores con los que contaba. Como Quini.

Sobrevivió 37 años a su secuestro. Murió en Gijón por un infarto el 27 de febrero de 2018, a seis meses de cumplir 70 años. Desde el día siguiente, El Molinón, la casa del Sporting, el estadio español más antiguo destinado al futbol profesional, por decisión unánime del ayuntamiento gijonés modificó su nombre a Estadio Municipal El Molinón-Enrique Castro Quini.

fbc.

Fuentes:

Teresa Amiguet, “Quini, el secuestro de un pichichi”, La Vanguardia, 28 de febrero de 2021.

Enrique Castro, Del secuestro a la libertad (pról. Manuel Vázquez Montalbán, Ep. Pedro Ruiz), Barcelona, Planeta, 1981.

Javier Cercas, Anatomía de un instante, México, Mondadori, 2009.

El Mundo Deportivo, “El ‘asesor’: Cuando el futbol y sus hombres cambian”, 26 de junio de 1987, p. 12.

El País, “Los principales secuestros de ETA”, 14 de noviembre de 1982.

Javier Giraldo, “El día que el barcelonismo entró en ‘shock’: 40 años del secuestro de Quini”, Sport, 1 de marzo de 2021.

Lluís Lainz, Puyol. La biografía (pról. Louis van Gaal; epíl. Vicente del Bosque), Barcelona, Córner, 2013, pp. 40-43.

Sergio Levinsky, “Brilló en Boca Juniors y en España, quedó en las puertas de jugar dos Mundiales y trascendió el fútbol al punto de ‘ganar’ un Oscar”, Infobae, 29 de octubre de 2022.

Diego Armando Maradona, Yo soy el Diego… de la gente, Buenos Aires, Planeta, 2000.

Alejandro Prado, “Cuarenta años moldeando ‘guajes’”, El País, 9 de junio de 2018. Alfredo Relaño, “Alexanco, el futbolista más caro de España”, El País, 9 de junio de 1980.

Alfredo Relaño, “Alexanco, el futbolista más caro de España”, El País, 9 de junio de 1980.

Umbral de una era

Por: Farid Barquet Climent.

A José Woldenberg, por quien conocí la obra de Umbral

Media España se santiguaba escandalizada y la otra mitad aplaudía esperanzada: el 15 de octubre de 1975, una actriz de 27 años, María José Goyanes, aparecía sin ropa sobre las tablas del teatro de la Comedia de Madrid durante el estreno de la obra “Equus”. Fue el primer desnudo artístico femenino en España tras siete lustros de dictadura. La noticia seguramente llegó al palacio de El Pardo, y quizá por eso, 35 días después, Franco se acabó de morir.

María José Goyanes (izq.) en la obra teatral ‘Equus’ (foto: Comunidad de Madrid)

En las butacas del teatro de la Comedia no podía faltar el cronista literario de Madrid y su noche, nadie mejor para relatar el acontecimiento: Francisco Umbral, dueño de la pluma más demoledora, escritor tan prolífico como arrogante, convidado habitual a las fiestas de las familias del jet-set, la política y la cultura, que luego retrataba en sus columnas casi siempre con mordacidad, a veces con acidez y otras tantas a punta de insultos, con el arma de la descalificación siempre cargada (si no, que se lo pregunten al exportero de los juveniles del Real Madrid, postrero cantante y vendedor récord de discos en todo el mundo, Julio Iglesias, al que se refería como “Sinatra de Pinochet”).

Francisco Umbral

En aquel octubre del 75 en el que la Goyanes, tal como Umbral escribió en su crónica de aquella función, “tuvo el valor de desnudarse con un par (de ovarios) entre falangistas tempestuosos, políticos recelosos y marquesas a verlas venir”, llegó a las librerías, para no variar, un nuevo libro de Umbral, con título de pasodoble, Suspiros de España, en el que recopiló casi un centenar de artículos periodísticos, en uno de los cuales, para pegar la hebra, se valió de una presencia más recurrente que permanente en su obra, con la que Umbral tuvo, digamos, algunos devaneos: el futbol.

El futbol del que a Umbral le vino en gana soltar una opinión en 1975 no fue el que él había bautizado diez años atrás como “el fútbol caliente de Vallecas”, ese futbol sobre el que volvería a escribir en 1977 cuando el Rayo Vallecano llegó por primera vez a Primera, y del que habría de ocuparse en junio de 2007, dos meses antes de morir, cuando su memoria le dictaba que en la década de los 60 los futbolistas surgidos del barrio obrero eran “el mito erótico de las vallecanas”. Umbral aseguró haber sido del Rayo “toda la vida” y no, como podría suponerse, del Real Valladolid, criado como lo fue en Pucela. “Nunca ha sentido uno, con bastantes años de vallisoletanismo, el zarpazo morado y blanco de la camiseta local”, escribió para aclarar que nunca abrazó al equipo en el que Cuauhtémoc Blanco jugó 23 partidos —cómo olvidar su golazo de tiro libre al Real Madrid de Los Galácticos— y del que hoy es dueño Ronaldo Nazário “O Fenômeno”, bajo cuya conducción el club albivioleta acaba de regresar a la máxima categoría para la Liga 2022-2023.

Umbral bien pudo ser del Atlético de Madrid y no lo fue, a pesar de asistir consuetudinariamente al palco principal del estadio Vicente Calderón, invitado por Jesús Gil y Gil, donde tenía por costumbre acabar “ciego de coñac Torres y sin saber quién juega contra quién”, tal como recordó en su libro Crónica de esa guapa gente.

Si no era del Atlético, menos iba a ser del Real Madrid, del que detestaba las congregaciones multitudinarias para celebrar las conquistas de Ligas ya cantadas, ganadas desde varias jornadas antes de la última. Esos festejos le parecían tan artificiales como desenfrenados y lo llenaban de preocupación por la Cibeles, ya que, aseguraba, “a las diosas míticas de secano más vale no tocarlas demasiado porque luego se les cae la virginidad al charco bañándose en el agua municipal con Beckham”. Del Madrid también le disgustaba la transformación del Bernabéu convertido en “una especie de ciencia ficción acumulativa en su arquitectura camaleónica y mercantil” (y eso que, fallecido el 28 de agosto de 2007, Umbral ya no verá la remodelación que ha durado todo el tiempo que llevamos de pandemia de covid-19).

Ni pucelano ni colchonero ni merengue, Umbral era del Rayo. Se le acendró su rayismo siendo reportero, cuando se metía a los vestidores del estadio de Vallecas, su “ciudad sagrada del proletariat”, para entrevistar a su amigo “Felines”, cantante de regadera —lo testimonia Umbral— y extremo izquierdo hacedor de milagros, capaz de obrar dos ascensos del equipo franjirrojo al circuito estelar del futbol español: uno como jugador, con gol suyo, en la temporada 1976-77, y otro como entrenador en el ciclo 1988-89.

Félix Bardera Sierra, mejor conocido como «Felines» (Foto: A. Vega).

Pero no fue “el fútbol caliente de Vallecas” el que rondaba en la cabeza de Umbral en las postrimerías del franquismo. El que lo movió a escribir de futbol en esos días de incertidumbre fue un futbol al que le sientan a la perfección dos de los epítetos con los que Umbral calificó el histórico desnudo de la Goyanes: “escaso” y transgresivo”. Yo diría que en aquel tiempo era un futbol escaso por transgresivo y transgresivo por escaso. Me refiero al futbol femenino.

En un artículo intitulado precisamente así, “Fútbol femenino”, Umbral escribió:

«El otro día todavía pudimos asistir a un encuentro de fútbol femenino. ¿Qué fue del fútbol femenino? Que se quedó en nada. Mientras nosotros llevamos medio siglo corriendo detrás de la pelota, ellas, que son más listas o más prácticas, decidieron en seguida, nada más probar, que eso de la pelota no conducía a nada. Y lo dejaron».

El casi medio siglo transcurrido desde que escribió el artículo cuyo fragmento acabo de transcribir demuestra que Umbral cayó en un error de percepción. Octavio Paz diría que confundió el crepúsculo con el amanecer. Quizá Umbral no sabía que las futbolistas españolas que, según él, dejaron el futbol durante el tardofranquismo, tardo, pero franquismo, en realidad fueron presionadas para abandonarlo. “Desde la Sección Femenina de Falange se ordenó sabotear cualquier partido o iniciativa en pro del fútbol femenino”, afirma la periodista Mayca Jiménez, autora del libro Yo también quiero jugar al futbol. De acuerdo con el periodista e historiador del futbol Alfredo Relaño, la delegada de esa Sección en Valdemoro, Comunidad de Madrid, fue cesada por desoír la instrucción y apoyar la fundación de un equipo.

Pero ni así desistieron. Ninguno de los obstáculos que les pusieron fue suficiente para que las jugadoras claudicaran: armaron una selección nacional que sobrevivió en la clandestinidad durante nueve años.

Un probable acicate para mantenerse en el empeño quizá lo encontraron en la provocación que les lanzó el entonces presidente de la Real Federación Española de Fútbol (RFEF), José Luis Pérez-Payá, exjugador de la Real Sociedad, del Atlético de Madrid y del Real Madrid, quien declaraba en enero de 1971:

«No estoy en contra del fútbol femenino, pero tampoco me agrada. No lo veo muy femenino desde el punto de vista estético. La mujer en camiseta y pantalón no está muy favorecida. Cualquier traje regional le sentaría mejor».

El “desagrado” de Pérez-Payá no se quedó en el juicio estético. Traspasó al plano de las decisiones institucionales y por eso la primera selección femenil española de futbol de la historia, la que organizó e impulsó el pacense Rafael R. Muga —quien publicó en 2015 el libro Las estrellas olvidadas, en el que homenajea al grupo de jugadoras que conjuntó para aquella epopeya—, tuvo que jugar su partido iniciático, contra a su homóloga de Portugal, sin el aval de la RFEF.

La selección femenil española de futbol ‘clandestina’ (Foto: As)

El 21 de febrero de 1971, en el estadio de La Condomina de Murcia, al árbitro del encuentro entre portuguesas y españolas, el sevillano Antonio Sánchez Ríos, no se le permitió portar el escudo del Comité Nacional de Árbitros (CNA) de la RFEF. Según Relaño, Sánchez Ríos tuvo que pitar “vestido de chándal”, en pants como decimos en México, en buzo como le llaman en Argentina, desautorizado como lo fue a portar el uniforme oficial de los silbantes.

Suscribo, aunque quizá descontextualizada, una de las afirmaciones de Umbral en su nada profética columna sobre el futbol femenil: “la mujer no tiene que aspirar a ser un hombre amateur”. Y es que en aquel tiempo a algunas de las jugadoras que sembraron la semilla del futbol femenil español se les trataba como remedos de los futbolistas varones de la época. Por aquellos días, en México, a Alicia Vargas, la más destacada de las seleccionadas mexicanas que consiguieron el subcampeonato en el primer mundial de futbol femenil, México 71, le decían “La Pelé”. Y algo análogo hacían en España con la portera de aquel primigenio combinado español, la valenciana Mari Carmen Arce, a la que, quizá con la intención de elogiar sus dotes para el juego pero en tácita asunción de que no podía tener un valor intrínseco sino sólo en referencia a un hombre, la apodaban “Kubalita”, por Ladislao Kubala, el responsable principal de que se construyera la casa actual del FC Barcelona, el Camp Nou, porque las 60 000 localidades del viejo estadio de Les Corts resultaron insuficientes para dar cabida al gentío que demandaba boletos para ver jugar al crack húngaro, cuyas actuaciones sobre el verde justificaron que el nuevo recinto ampliara el aforo en 50% (90 000 espectadores albergó el Camp Nou en su inauguración y sucesivas remodelaciones le dan actualmente capacidad para cerca de 100 000). Seguramente Mari Carmen no aspiraba a ser un hombre amateur. Pero así le pusieron: “Kubalita”. Una Kubala amateur.

Lo mismo le pasó a una de las compañeras de la “Kubalita” en aquella selección, la madrileña Concepción Sánchez Freire, a la que todos llamaban “Conchi”, y que vio cómo su mote familiar devino en “Conchi-Amancio”, cual si fuera no más que una mera émula de Amancio Amaro, el dos veces pichichi, campeón europeo de naciones en 1964 y de clubes con el Real Madrid en 1966. Y así se quedó para siempre: “Conchi-Amancio”, como si fuera una Amancio amateur.

Conchi-Amancio lanzándose de palomita (Foto: hoysejuegafem.com)

En este verano de 2022, en que el club Pachuca de México anuncia la contratación de la madrileña Jennifer Hermoso proveniente del FC Barcelona, me pongo a pensar que ese fichaje nunca habría ocurrido de no ser por su causa remota: el deseo tan grande que mostraron la “Kubalita”, “Conchi-Amancio” —que logró contratarse profesionalmente en Italia e Inglaterra—, las otras 17 integrantes de aquella selección fundacional y también otras pioneras, como Inma Cabecerán, que tuvo la iniciativa de convocar a la creación de la rama femenil del Barça en 1970.

Sin ellas España no podría presumir su segundo Balón de Oro: el que merecidamente recibió la mediocampista catalana Alexia Putellas en 2021, 61 años después del que ganara el gallego Luis Suárez en 1960.

Ojalá no tarde mucho en llegar el día en que se escuche, durante la narración televisiva de cualquier partido de la rama varonil, que el futbolista que está a punto de entrar a la cancha es conocido desde niño como “El Putellas” Vázquez o Pérez o García. Sería de justicia.

Alexa Putellas con su Balón de Oro en la ceremonia de premiación (Foto: Mujer Hoy)

Para la Real Academia de la Lengua Española, umbral es el “paso primero y principal o entrada de cualquier cosa”. Por eso digo que aquellas jugadoras españolas representan el umbral de lo que es hoy el futbol femenil español. Y lo hicieron contra todo. Alumbraron una era.

Por eso el valor que tuvieron al dar aquel paso primero y principal merece ser reivindicado como lo que fue en su tiempo: “una proclama democrática y libertaria frente al testamento franquista”, es decir, lo que fue para Umbral el desnudo de la Goyanes.

fbc.

Respuesta histórica

Por: Farid Barquet Climent.

A la memoria de António Ferro, amigo setubalense

En su libro clásico El descubrimiento del mar, J. H. Parry, connotado historiador británico de la navegación, relata que en 1497, un quinquenio después de que Colón, en la búsqueda de llegar a la India, terminara descubriendo América sin saberlo, el rey de Portugal, Manuel I, confió la encomienda de encontrar la ruta más rápida y segura para llegar a la India a Vasco da Gama, un gentilhombre de Setúbal del que no había constancia de que alguna vez hubiera ejercido el mando en alta mar y que por única credencial de pericia náutica tenía la de haber nacido en Sines, que entonces era no más que un puerto de pescadores construido sobre una de las hendiduras hechas en la tierra setubalense por las aguas del Atlántico.

Vasco da Gama zarpó de las orillas del río Tajo el 8 de julio al frente de entre 140 y 170 hombres a bordo de cuatro embarcaciones. Luego de bordear las costas de Marruecos y las Canarias y de hacer escala en Santiago, la más grande de las islas de Cabo Verde, cuando la flota se encontraba a unas cien millas de Sierra Leona —dice Parry— Vasco da Gama “hizo la osada alteración que convertiría su ruta en el modelo de los viajes a la India durante los siguientes trescientos años”, a saber: “meterse en la trampa que para la navegación era el golfo de Guinea, desoyendo así consejos e instrucciones”, maniobra que acabó por ser exitosa porque lo condujo hasta la India, pero que pudo haberlo colocado “a pocos centenares de millas de la costa oriental del Brasil”. Parry lo subraya: “Los europeos aún no conocían esa costa y no hay pruebas de que Vasco da Gama sospechase su presencia”.

Vasco da Gama

Si Vasco da Gama no sospechaba que pudo acabar en las cercanías de una tierra que a partir de 1511 aparece en los mapas bajo el nombre de Brasil, tampoco podía sospechar que ahí en Brasil, con motivo del aniversario 400 del descubrimiento de la ruta de las especias que él trazó, se fundó en Río de Janeiro un club deportivo, inicialmente dedicado a la práctica del remo, que adoptó su nombre como denominación: el Club de Regatas Vasco da Gama, que a cuatro siglos de la muerte del célebre explorador de los mares habría de ser protagonista de otra “osada alteración”, una que cambió el rumbo del futbol brasileño… y mundial.

Creado por inmigrantes portugueses el 21 de agosto de 1898, el Vasco da Gama incluyó en 1915 al futbol entre las disciplinas a ser practicadas por sus integrantes. Compitió por primera vez en la primera división carioca en 1923, luego de haber conquistado el año anterior el torneo de la segunda categoría. En aquella primera incursión en el circuito principal de la Cidade Maravilhosa salió campeón gracias a once victorias, dos igualadas y una sola derrota obtenidas por una plantilla incontenible, integrada por jugadores “negros, mulatos y obreros, arreados en las zonas pobres de la ciudad”, tal como se lee en la web oficial del club.

Escudo del Club de Regatas Vasco da Gama (CRVG)

Más que el verse arrasados por el Vasco, “lo que verdaderamente molestaba a sus adversarios era el origen de aquellos jugadores”, según lo consigna la página de internet del equipo cruzmaltino, apelativo que obedece a la cruz de Malta dibujada en las velas de las naus de Vasco da Gama y que los futbolistas vascaínos llevan en sus camisetas como escudo.

El periodista Mário Filho —cuyo nombre y profesión son la denominación oficial del recinto conocido mundialmente como Maracaná, pero que formalmente se llama “Estadio Journalista Mário Filho” en honor al impulsor de su construcción— sostiene en su libro O Negro no Futebol Brasileiro que “el secreto del Vasco era que se encargaba de mantener a sus futbolistas en un régimen de cuasi internado costeado por el club, estando los jugadores disponibles a tiempo completo”, lo cual contravenía el amateurismo entonces obligatorio, deudor de un ethos aristocrático, de un ideal moral, proveniente de los sportsman ingleses, que concebía al deporte como una práctica desinteresada, tal como lo afirma el sociólogo francés Pierre Bordieu en su ensayo «¿Cómo se puede ser deportista?».

El periodista Mário Filho, impulsor de la construcción del Maracaná y estudioso de la historia social del futbol brasileño, con Pelé

Algunos socios portugueses del Vasco ayudaban a su equipo disfrazando como trabajadores a sus jugadores, dándoles empleo en sus negocios aunque en estricto se dedicaran por entero al futbol. Fomentaban así un profesionalismo subrepticio que no era del todo nuevo, pues de acuerdo con el antropólogo brasileño Sérgio Leite Lopes se tiene noticia de que veinte años antes, en 1904, fue en otro club de Río, el Bangu Atlético Clube, fundado por una compañía textilera inglesa, donde nació “la figura del obrero-jugador: el operario que se destaca menos por su trabajo fabril que por su desempeño en el equipo de la empresa”.

Bajo el argumento de que violaba la prohibición del profesionalismo, los rivales del Vasco buscaron expulsarlo de la competencia. Pero como no encontraron fundamento reglamentario y en consecuencia el intento de expulsión no prosperó, se pusieron de acuerdo para crear en 1924 la Associação Metropolitana de Esportes Athléticos (AMEA) con el propósito de fundar una nueva Liga, en la que podría participar el Vasco sólo si prescindía de sus doce jugadores de raza negra.

José Augusto Prestes, un blanco nacido en Portugal, republicano, antimonárquico e ingeniero graduado en Estados Unidos, que entonces era presidente del Vasco, fue el encargado de redactar y  firmar un documento que marcaría un punto de inflexión: la resposta histórica, la misiva con la que el 7 de abril de 1924 dio una tan enérgica como elegante e inteligente contestación a la decisión de la AMEA adoptada el día anterior y dada a conocer a través de la prensa.

Parry nos cuenta que Vasco da Gama “era mucho mejor comandante que diplomático”. Prestes demostró ser muy buen comandante y también un estupendo diplomático, pues con el número de oficio 261 le hizo llegar al que se refirió como “Excelentísimo Señor Doctor Arnaldo Guilde”, presidente de la AMEA, la comunicación por la cual manifestó que

«En cuanto a la condición de que eliminemos a doce de nuestros jugadores de nuestros equipos, la Junta Directiva de C.R. Vasco da Gama no debe aceptarlo, ya que no estuvo de acuerdo con el proceso porque se hizo una investigación sobre la posición social de nuestros asociados, investigación llevada a un tribunal donde no tuvieron representación ni defensa».

Con resonancias del famoso telegrama que el general Ignacio Zaragoza le dirigió al presidente Benito Juárez para anunciarle el triunfo de las tropas mexicanas sobre el ejército francés en la Batalla de Puebla del 5 de mayo de 1862 (“Las armas nacionales se han cubierto de gloria”), Prestes abogó por sus futbolistas:

«Se trata de doce jóvenes jugadores, casi todos brasileños, al inicio de su carrera, y el acto público que pueda empañarlos, jamás se practicará con la solidaridad de quienes dirigen la casa que los acogió, ni bajo la bandera que tan galantemente han cubierto de gloria».

José Augusto Prestes

Prestes actuó como un buen comandante, no abandonó a sus hombres. Con alto sentido de la gratitud hacia los jugadores que consiguieron el trofeo de campeón, remató la carta afirmando que

«…sería un acto indigno de nuestra parte sacrificar, por el deseo de ser parte de la AMEA, a algunos de los que lucharon por nosotros para tener, entre otras victorias, la del campeonato de futbol de la Ciudad de Río de Janeiro de 1923».

Y concluyó así su escrito:

«Sentimos tener que comunicar a Vuestra Excelencia que desistimos de formar parte de AMEA».

La carta de Prestes surtió efecto, pero no de inmediato. Luego de un año marginado, en el que no pudo defender su título, el Vasco fue finalmente admitido en la AMEA en 1925, con sus jugadores negros.

Por aquella resposta histórica de Prestes, los más de seis millones y medio de torcedores del Vasco viven con el orgullo de saber que su club (que en 2021 naufragó por cuarta vez hundiéndose en la segunda división) fue el pionero en oponerse decididamente a la discriminación racial en el futbol brasileño.

De no haberse dado aquella resposta histórica, quizá nunca habríamos oído hablar de Pelé. En su niñez O’Rei era aficionado del Vasco da Gama, equipo al que le hizo el gol que por décadas se tuvo como el número 1000 de su cuenta personal, el que le anotó de penalti en Maracaná al portero argentino Edgardo Andrada la noche del miércoles 19 de noviembre de 1969.

Gol 1000 de Pelé, contra Vasco da Gama

Maniquea reinvención

Por: Farid Barquet Climent.

“La historia de la humanidad se diferencia de la historia natural en que la primera la hemos hecho nosotros y la otra no”, escribe Marx en El Capital, citando a Vico. Quizá por eso, porque la historia de la humanidad la hicimos nosotros, solemos maquillarla, a veces omitiendo en su narración aquellos episodios que no nos gustan porque nos avergüenzan, a veces acrisolándola hasta dejarla oblicua si no es que totalmente distorsionada.

Esa operación consistente en retorcer la narrativa del pasado hasta lograr una recreación tan edulcorada que difumine cualquier parecido con los hechos tal y como fueron, descansa en la construcción, calculada y sobre todo pertinaz, de un discurso con la suficiente fuerza purificadora que permita ir más allá de sólo presentar una versión ligeramente adecentada de nuestro actuar pretérito, y en cambio logre ocultar nuestras claudicaciones o, mejor aún, nuestras miserias, hasta hacernos ser lo que no fuimos.

Semejante artilugio no se puede obrar en cualquier tiempo: hay que saber detectar la coyuntura propicia para empezar a insinuarlo y, una vez que empiece a calar, repetirlo con insistencia hasta que quede soldado con firmeza en el imaginario colectivo. Tal como afirma el periodista español Enric González en su libro Una cuestión de fe, la oportunidad para hacerlo con éxito se presenta en “esos raros momentos en que la Historia se ofrece en blanco para ser reescrita. Cualquier invención es válida, con tal de que la crea un número suficiente de personas. Cualquier cosa que uno desee para el futuro puede proyectarse hacia el pasado”.

Según González, durante los años de la transición a la democracia en España “una brillantísima generación de periodistas e intelectuales, encabezada por Manuel Vázquez Montalbán, estaba reinventando la historia del FC Barcelona”. La reinvención, de acuerdo con González, se orquestó en dos pasos: el primero fue convertir al FC Barcelona en sinónimo de “antifranquismo y catalanismo, las dos grandes fuerzas sociales emergentes, por la sencilla razón de que en pleno cambio de página (se refiere a la transición democrática) casi nadie quería parecer franquista y anticatalanista”. El segundo fue aprovechar lo cómodo que le resulta a la gente reducir la complejidad de la vida a dicotomías simplificadoras, como lo hace el pensamiento binario: si se instala la conclusión de que el FC Barcelona es antifranquista y catalanista (lo que constata y testimonia Alejandro Quiroga Fernández de Soto en su obra Más deporte y menos latín) entonces, por contra, sus rivales Real Madrid y Español de Barcelona devienen necesariamente franquistas y anticatalanistas.

Alineación del FC Barcelona en 1976, año posterior a la muerte de Franco. (Crédito de la foto: diario AS).

Esas coordenadas tan antitéticas como simplistas sirvieron de cimientos para levantar varios mitos, entre otros, dos que menciona González: el primero, que al presidente del FC Barcelona durante la guerra civil, Josep Sunyol, lo fusiló el bando franquista por ser del Barça y no por ser republicano, que lo era, en tanto dirigente del partido político Esquerra Republicana de Catalunya; y el segundo, que Di Stéfano terminó jugando para el Real Madrid y no para el Barcelona por decisión de Franco, pues bajo esa premisa sólo resta un pequeño paso para concluir que el dictador fue el artífice detrás de las seis Copas de Europa ganadas por el conjunto merengue.

Josep Sunyol

Para montar y luego hacer cundir esa versión redentora del Barcelona —y, por extensión, de sus seguidores— se tuvo que echar mano de la desmemoria, pues sólo podía prosperar metiendo debajo de la alfombra los recuerdos incómodos, por ejemplo, que el club condecoró dos veces a Franco concediéndole sendas medallas de oro: la primera, el 13 de octubre de 1971, para rendirle pleitesía por el financiamiento concedido para construir tanto el Palau Blaugrana (donde juega el equipo de basquetbol) como el Palau de Gel (destinado a la práctica del patinaje y el hockey sobre hielo), tal como consta en la edición del día siguiente del diario ABC, que muestra en una fotografía, de la lente de Manuel Sanz Bermejo, al presidente del equipo catalán, Agustín Montal Costa, haciendo la entrega en el Palacio de El Pardo; y la segunda, el 27 de febrero de 1974, supuestamente por un supuesto escrúpulo, que más bien parece un gesto adulador, de laurear primero al dictador antes que a cualquier otra persona o institución, en momentos en que el club planeaba otorgar reconocimientos a peñas barcelonistas (véase la nota de Xavier G. Luque publicada en el diario La Vanguardia el 4 de noviembre de 2016).

A la percepción del FC Barcelona como el summum de la resistencia a la dictadura le conviene mantener en el olvido todo lo que la contradiga, como en mucho la contradice la actitud servil, ditirámbica y zalamera hacia el dictador, mostrada por uno de los presidentes del club. 

Maquetado en un lugar muy visible, nada menos que en el cuarto superior derecho de la página 5 de la edición correspondiente al “Día del Caudillo” de 1960, sábado 1 de octubre, la Redacción del diario entonces denominado La Vanguardia Española —actualmente La Vanguardia— anunció el artículo firmado por el abogado gerundense Narciso de Carreras como “Meditación del Día de hoy”, invitación que promete más la lectura de un salmo que de una pieza de análisis. Intitulado “La política, o la ilusión del bien común”, el texto rebosa en apologías del franquismo:

«Hoy no existen en España los partidos políticos, pero sí existe la grandeza política en la más alta acepción de la palabra. El Generalísimo Franco barrió todo lo que se oponía al resurgimiento de la Patria y nosotros, los españoles, tenemos el deber de ofrendar nuestra vida para engrandecer, con la vitalidad de una actuación, a esa España…»

El régimen de Franco, el que acalló a fuego la pluralidad para imponer una España monocorde, carente de libertades, con los partidos políticos proscritos porque para el dictador eran rémoras del “anárquico sistema liberal” que conducían a la “atomización del cuerpo social”, esa España del franquismo que perseguía, apresaba, fusilaba u orillaba al exilio a los disidentes, esa dictadura que barrió con la democracia, para Narciso de Carreras era sinónimo de “la grandeza política en la más alta acepción de la palabra”.

En el panegírico del franquismo escrito por de Carreras, los partidos políticos resultan prescindibles porque, según él

«Tenemos vastos campos de actuación: en los Sindicatos, en los Municipios, en las corporaciones económicas y sociales, en nuestra tarea diaria, en las entidades deportivas.»

Bien lo expresó Hans Kelsen, el gran jurista austriaco: “sólo por ofuscación o dolo puede sostenerse la posibilidad de la democracia sin partidos políticos”. De Carreras sostuvo la posibilidad de una democracia sin partidos, es más, de una democracia en dictadura, precisamente por dolo: sabía que su genuflexa adulación le granjearía algún día los favores del dictador. Y no se equivocó: en el tardofranquismo, tardo, pero franquismo, Narciso de Carreras pudo solazarse en uno de esos “campos de actuación” a que aludió en aquella reverencial homilía: una entidad deportiva.

Narciso de Carreras

Convenientemente mutado su nombre castellano por su equivalente catalán, lengua entonces ya en vía de su permisión, el 17 de enero de 1968, en el salón de actos del Foment del Treball, Narcís de Carreras se convirtió en el trigésimo segundo presidente en la historia del FC Barcelona, sucediendo en el cargo a Enric Llaudet. Aquel día, en su discurso de toma de posesión, el otrora Narciso, el flamante Narcís, pronunció una frase que con el paso de los años se convirtió en el eslogan blaugrana, que hoy puede leerse, gigantesco, en el mosaico compuesto por los asientos de una de las principales tribunas de su estadio: “L’ Barcelona es més que un club” (“El Barcelona es más que un club”).

A pesar de haber sido designado para cumplir un periodo de cuatro años al frente del FC Barcelona, de Carreras no llegó ni a la mitad de su encargo: dimitió el 5 de noviembre de 1969.

En su página web oficial, el club que presidió, maquillando la historia, torciendo el pasado, recuerda a de Carreras como un “abogado de ideas democráticas y liberales, aunque tenía una actitud posibilista respecto a la dictadura, ya que era procurador de las Cortes franquistas”. Por ideas tan “democráticas y liberales” como las contenidas en su oda al tirano, de Carreras me resulta mucho més que un mero “posibilista respecto a la dictadura”: era uno de sus entusiastas apologistas, además de un auténtico lambiscón.

López Zarza: infancia es destino

Por: Farid Barquet Climent.

A la memoria de la señora Anselma Zarza Sánchez

Más de tres décadas de práctica profesional acendraron en el psicoanalista mexicano Santiago Ramírez una conclusión: “el troquel temprano, la infancia, imprime su sello a los modelos de comportamiento tardío”. De ahí que a su libro más conocido, que lleva más de veinte reimpresiones bajo el sello de Siglo XXI Editores, le haya puesto por título Infancia es destino.

La historia del exfutbolista Enrique López Zarza es una evidencia de que muchas biografías dan la razón a Ramírez. De ver una fotografía que lo retrata a la edad de dos años junto a su padre, López Zarza exclama: “en esa foto queda plasmado lo que fue mi destino”. Lo dice porque en 1959 el padre de López Zarza, Enrique López Huerta, conocido como Enrique Huerta en el medio futbolístico, era portero del América, posición que ocupó en los diez años que van de 1952 a 1962. Y por eso en aquella instantánea se les ve a los dos Enriques, padre e hijo, retratados sobre la cancha del estadio de la UNAM, uno a punto de ponerse a defender el arco de los otrora cremas y el otro en su primera aproximación al que sería su destino. “En esa ocasión me tocó salir de mascota con el uniforme del América”, dice López Zarza, quien habría de jugar encuentros memorables, en ese mismo pasto, no con el uniforme azulcrema que en talla para bebé portaba aquel mediodía, sino con el de los Pumas.

Enrique López Huerta y su vástago Enrique López Zarza en la cancha del Estadio Olímpico Universitario

Luego de probarse sin éxito a los 16 años en el Atlético Español de Manuel Manzo, Juan José “La Cobra” Muñante, Benito Pardo, José Luis Trejo y Jesús “Pimienta” Rico, Enrique recibió invitación de la reserva profesional del América, a cargo del español nacido en Cuba Edelmiro “Picao” Arnauda, quien a su vez lo recomendó con el húngaro Árpád Fekete, que recién había asumido la dirección técnica del primer equipo de Pumas en 1975. La sola recomendación de Arnauda bastó para que el equipo universitario lo contratara sin siquiera verlo jugar. A los tres meses debutó en Primera División, con 18 años.

Enrique empezó a jugar futbol organizado en los torneos del entonces Departamento del Distrito Federal, hoy Gobierno de la Ciudad de México. Su equipo: el Internacional, que dirigía un tal Don Polo. Después, en las categorías infantiles de la Liga Interclubes de Futbol Soccer Amateur (LIFSA) jugó para el equipo Parma de un señor Lazcano, cuyos hijos y parientes eran los compañeros de Enrique. Pero desde los doce años ya jugaba unos pocos minutos con veteranos del Parma en la Liga mayor de la Interclubes. Y luego como estudiante de bachillerato formó parte de selecciones escolares. El tiempo lo convirtió en estelar del equipo de la UNAM, pero antes integró equipos del Instituto Politécnico Nacional (IPN), tanto la selección de la otrora Vocacional 8 Narciso Bassols —plantel educativo de los hoy denominados Centros de Estudios Científicos y Tecnológicos— como la general del Poli, con la que salió campeón de la segunda edición del Campeonato Nacional Benito Juárez.

Desde muy joven, cuando vivía en una Unidad Habitacional de trabajadores, un conjunto de viviendas para sindicalizados afiliados a la Confederación de Trabajadores de México (CTM) ubicada al norte de la ciudad, por el rumbo de Indios Verdes, a un costado de las vías, mientras jugaba simultáneamente en los terregales de Santa Isabel Tola en Gustavo A. Madero, Enrique tenía la idea de “establecer un club organizado” y dotarlo de fuerzas básicas. Eran “ideas avanzadas” para aquel tiempo, dice en entrevista con futboleo.net.

Esas fuerzas básicas a las que no pudo dar forma como proyecto autogestivo las encontró Enrique en el Club Universidad Nacional. Hacia 1974 —recuerda— “Pumas era un equipo de media tabla, supuestamente representativo del estudiantado, pero repleto de veteranos ya sin mayores aspiraciones”. Hasta que llegaron como directivos como Bernardo Quintana, Gilberto Borja, Guillermo Aguilar Álvarez, Arnoldo Levinson. Ellos, dice Enrique, “se abocaron a posicionar a Pumas en cinco años dentro de los primeros planos. Y este proceso se adelantó, fueron tres años: salieron campeones en 1977. El equipo empezó a tener un boom. Se le dio cabida al estudiantado, a la juventud, a los jugadores que se iban formando dentro de la cantera. Llegó a ser un modelo en el futbol mexicano, base de la selección nacional y de cómo organizar fuerzas básicas”.

López Zarza en sus inicios con Pumas

Bajo esa política de fomento a los jóvenes Enrique debutó con la oncena auriazul, pero a los tres meses, en virtud de que en aquella época se podían hacer contrataciones en cualquier momento del torneo, arribó al equipo un fichaje estelar que, para colmo, jugaba en la posición de Enrique, extremo derecho: Juan José Muñante. “Me afectó mucho porque tuve que regresar a la reserva. Decidí que si en un año no regresaba a jugar en primera me iba a dedicar a la escuela”.

Por aquellos días lo convocaron a la selección nacional juvenil que habría de participar en el premundial celebrado en Puerto Rico con miras al primer mundial de la categoría, celebrado en Túnez en 1977. Pero prácticamente bajaron a Enrique del avión antes de que despegara del aeropuerto Benito Juárez rumbo al de San Juan. Sin embargo, una vez conseguida la calificación en la isla caribeña lo volvieron a llamar. Dice que por la forma como lo descartaron con anterioridad ya no quería ir, pero el entonces asistente técnico de Pumas, Velibor “Bora” Milutinovic, le dijo que iba o iba. Si no, lo multaban o lo despedían.

Finalmente acudió al llamado y salió subcampeón de la primera edición de una Copa del Mundo con límite de edad, tras caer México en la final en tandas de penaltis ante la Unión Soviética. Dirigido por Alfonso “Pescado” Portugal con Horacio Casarín como asistente, aquel representativo mexicano, además de Enrique, lo integraron, entre otros, Luis Plascencia, Agustín Manzo, Guillermo Cosío, Hugo Rodríguez, Marco Paredes, Carlos García, Leonardo Álvarez, Sergio Rubio, Fernando Garduño, Jacinto Ambriz, Eduardo Rergis, Jorge “Vikingo” Dávalos y Eduardo Moses. Por quedarse en México a jugar su primera liguilla, que culminó con la obtención del primer título de Liga en la historia de Pumas, no acudió al mundial tunecino el que había sido el eje del ataque mexicano durante la eliminatoria puertorriqueña: Hugo Sánchez.

Selección juvenil mexicana que participó en Túnez 77.
López Zarza es el tercero de derecha a izquierda en la fila de abajo

El buen desempeño de López Zarza en Túnez llamó la atención del seleccionador nacional de categoría mayor, José Antonio Roca, quien lo incluyó en la lista de jugadores que habrían de acudir al mundial de Argentina 78, donde Enrique vio actividad en uno de los tres partidos que México disputó en aquella infortunada participación mundialista.

López Zarza con la selección en el Mundial Argentina 78. Es el primero por la izquierda de la fila de arriba (Foto: Cortesía de Juan Valdez de Archivo Gráfico Juvagol)

De vuelta en México, López Zarza se convirtió en factor dentro del esquema táctico dispuesto por Bora Milutinovic con el auxilio de Mario Velarde —a quien Enrique reconoce como “el cimiento de la continuidad de lo que dejó como legado Renato Cesarini en la institución de Pumas”— que habría de traducirse en la conquista del segundo título de Liga de los Pumas. Cuando Enrique llegó al club Bora todavía era jugador, pero ya trabajaba con jóvenes. Ya retirado, el serbio se volvió auxiliar de György “Jorge” Marik y luego sucedió al húngaro en el banquillo. Fue entonces cuando Enrique se consolidó como titular. Era el motor que le imprimía dinamismo a un mediocampo desde el que se gestaron 79 goles en temporada regular. Fue un gol suyo, llegando de atrás, a pase de Ricardo “Tuca” Ferreti, el que selló la victoria 4-1 de los Pumas cuando faltaba un cuarto de hora para que llegara a su término el partido de vuelta de la final por el campeonato 1980-81.

El joven López Zarza (izq.) le disputa el balón a Manuel Manzo (cent.) y a Leonardo Cuéllar (der.) en un entrenamiento de los Pumas

Para la temporada 1983-84, llevado por el entrenador Manuel Lapuente, López Zarza es contratado por el equipo campeón, el Puebla, del que salió para reencontrarse con Lapuente en el Atlante de cara al torneo 1987-88. Al hombre de la boina, técnico nacional en el mundial Francia 98, López Zarza lo considera uno “de los técnicos más significativos para afianzar conceptos”.

De 1988 a 1991 López Zarza jugó para un club que recién nacía, una franquicia que había sido trasladada desde Querétaro hasta el extremo norte del país: Cobras de Ciudad Juárez, a pedido del entrenador Rubén “Ratón” Ayala. Ahí conoce al Ing. Federico de la Vega, al que califica como “el primer impulsor del futbol profesional en Juárez”, padre de Alejandra de la Vega, propietaria del FC Juárez que actualmente representa a los juarenses en primera división.

Cuando se le pregunta por su estancia en la ciudad del Noa Noa, dice López Zarza: “Ciudad Juárez era un ambiente con la influencia norteamericana. El equipo buscó reforzar lo que el equipo en segunda había logrado: una identidad con la población tanto de Juárez como de El Paso, Texas”.

Alineación de Cobras de Ciudad Juárez. Enrique es el segundo de derecha a izquierda en la fila de abajo

Tras un primer torneo complicado, que no culminó el “Ratón” Ayala al frente del plantel, quedó como timonel Ignacio “Gallo” Jáuregui, que antes del inicio del siguiente torneo salió tras la pretemporada en Nuevo México. En su relevo llegó Carlos Miloc, que una vez cesado fue sustituido por su asistente, el también uruguayo Héctor Hugo Eugui, bajo cuyas órdenes estuvo López Zarza hasta su salida del club. En la primera temporada que disputaron sin Enrique entre sus filas las Cobras descendieron y no volvió a haber futbol de primera división en la ciudad fronteriza sino hasta la feliz aparición de los Indios de Juárez.

Al igual que como lo hizo el Puebla en 1983, de nuevo un flamante campeón, el León, pidió la incorporación de López Zarza para la temporada en que se pondría en juego su supremacía. En 1992 llegó a los panzasverdes, que dirigidos por Víctor Manuel Vucetich se habían coronado en el ascenso y acto seguido en el máximo circuito. Con Vucetich —otro beneficiario de la visión y la generosidad del “Picao” Arnauda, pues éste supo abrirle al actual DT de Rayados del Monterrey un horizonte vocacional como entrenador tras su retiro prematuro por una apendicitis incapacitante— López Zarza vivió su última temporada con los botines puestos. Fue por Vucetich, al que considera “un técnico ejemplar”, que nació en Enrique, según sus palabras, “la inquietud de mantenerme dentro del futbol”.

Como diagnóstico general pero al mismo tiempo como una proyección autobiográfica, López Zarza afirma: “Los entrenadores en México padecen la dictadura de lo mediático y lo inmediato”. Nada afecto a los alardes histriónicos en la zona técnica y renuente por su personalidad, alejada de toda ostentación, a usar trajes de diseñador que tanto atraen a las cámaras de televisión, López Zarza es de los entrenadores que no han sido suficientemente valorados en sus méritos deportivos por el medio futbolístico nacional.

En su primera experiencia como timonel, en la que dirigió a los Pumas en dupla junto con Luis Flores en 1997, debutaron en el conjunto auriazul ocho jóvenes, entre ellos el tres veces mundialista Gerardo Torrado.

A pesar de que no recibió el pago ni de su salario ni de los premios convenidos, López Zarza salvó del descenso a los Tiburones Rojos del Veracruz en 2019, pero tras la desafiliación de la franquicia por motivos administrativos, no deportivos, se quedó sin empleo.

Y si actualmente compite en la Liga de Expansión el equipo de Tepatitlán es porque Enrique supo instalarlo en esa categoría de nuestro futbol, cuando se llamaba Liga de Ascenso, al sacarlo campeón del torneo 2017-2018 de la Segunda División.

En vez de ponerse en manos de representantes que operan como meras agencias de colocaciones que no piensan en los clubes más que para esquilmarlos con sus comisiones, ojalá los directivos volteen la vista hacia entrenadores como Enrique López Zarza, que con seriedad y discreción, sin adicción a los reflectores, manteniéndose permanentemente actualizados en cuanto a innovaciones tácticas y métodos de entrenamiento, cuentan con la capacidad y la experiencia para emprender proyectos deportivos sostenibles: financieramente viables y futbolísticamente exitosos.