De penaltis y peluquines

Pasadas casi 72 horas de la eliminación de México, podemos recordar con humor algunas derrotas pasadas de nuestra selección en Copas del Mundo. Alejandro Álvarez Reyes nos cuenta una divertida anécdota personal.  

Por: Alejandro Álvarez Reyes

Eliminada en la misma etapa en los últimos siete Mundiales, la selección mexicana padece como una jettatura la reiterada frustración de no poder instalarse entre las ocho mejores selecciones de un Mundial. En Rusia 2018 los aficionados mexicanos no tuvimos que ser visitados por la zozobra de que nuestro representativo nacional fuera despachado en una tanda de penaltis, sí, en una de esas malditas tandas de penaltis.

Si bien por el Tri han desfilado muy buenos cobradores de tiros desde los once pasos —Alberto García Aspe, Benjamín Galindo, entre otros— el historial positivo se limita a cuando éstos son pateados en tiempo regular de un partido. Porque una vez concluidos los tiempos extras, cuando tienen que tirarse en serie, los nuestros se han caracterizado por regalar tal cantidad de historias amargas —como la debacle en Monterrey contra Alemania en México 86, nuestro waterloo ante Bulgaria en Estados Unidos 94, la eliminación de la Copa América del 95 frente a nuestro vecino del norte— que han dado lugar a toda una ley causal: penaltis = derrota, que entre nosotros es más conocida como “la maldición de los penaltis”.

Como serio aficionado que soy, aunque con un historial para el olvido en las canchas de la vida real, suelo pensar que no es tan difícil cobrar un penal. Parado en una cancha frente al marco se ve como una empresa relativamente sencilla. La portería es enorme, el manchón blanco está muy cerca y los futbolistas profesionales se entrenan literalmente años para hacerlo bien. Sin embargo, reconozco que hay dos factores que pueden complicar seriamente el cobro del un penalti: el primero es el portero. Ha habido y los hay, con unas habilidades realmente fuera de serie para conseguir atajarlos. Basta recordar al argentino Sergio Goycoechea o al legendario Lev Yashin, pero no son para nada comunes. El otro factor que siempre juega es el mental. Como dice el arquero brasileño Diego Alves: “Los penaltis son una guerra psicológica”. Este digno sucesor de Claudio Taffarel en la materia sostiene que “el arquero debe estar relajado y entrar en la cabeza del que tira. Yo veo los vídeos de los que patean y analizo qué lado prefieren y cómo inclinan el cuerpo al patear. Los últimos pasos antes del tiro son fundamentales”.

Una triste historia ocurrió en el marco de la segunda derrota mundialista de México en penaltis. Sucedió en la Copa Mundial Estados Unidos 1994. México enfrentaba a Bulgaria en octavos de final en el Giants Stadium de Nueva Jersey.  El marcador preliminar se sellaría desde los primeros minutos de acción. El legendario Hristo Stoichkov ponía por delante al combinado búlgaro apenas al minuto seis con tremendo riflazo al ángulo a pesar del valiente achique que le hizo Jorge Campos. La igualada mexicana caería solo once minutos después. Luis Roberto Alves Zague era derribado en el área y el árbitro sirio Jamal Al Sharif determinaba la pena máxima. Como era costumbre en el equipo dirigido por el Dr. Miguel Mejía Barón, el cobrador sería Alberto García Aspe, quien convirtió de forma magistral ante un tímido lance del portero de Bulgaria, Borislav Mihaylov, quien tal vez no quiso desarreglar la evidentísima peluca que usaba para ocultar su pronunciada calvicie, la misma que los mexicanos le vimos ocho años antes, en México 86, cuando su alopecia temprana hizo que no pudiera despeinarse cuando voló infructuosamente en el intento de parar el tiro de media tijera de Manuel Negrete.

El resto del partido se desarrollaría de forma trabada, con sendas amonestaciones y expulsiones de ambos lados. La historia, muy conocida, terminaba mal para México, con severas críticas a Mejía Barón por no hacer ningún cambio, en particular por no considerar la entrada de Hugo Sánchez para los tiempos extras y sobretodo para la tanda de penaltis. Con una enorme presión psicológica, empezaba cobrando el “infalible” Alberto García Aspe, quien angustiosamente voló su disparo. Jorge Campos nos regresaba la ilusión al atajar el primer tiro de los búlgaros, lanzado por Krasimir Balakov. Marcelino Bernal traicionaría su estilo de cobrar como patada de mula, y su tiro flojo era fácilmente atajado por Mihaylov. Jorge Rodríguez también fallaría su penalti y el siempre confiable Claudio Suárez acertaba, pero cuando ya era demasiado tarde. México caía eliminado con el gol del también calvo Iordan Letchkov.

Muchos años después de ese amargo 5 de Julio de 1994, por ahí del 2001, tuve el gusto de encontrarme en un estanquillo de San Ángel al Dr. Miguel Mejía Barón, hombre siempre atento y afable. Contra mi asumida timidez, y arriesgándome a caerle mal por insistir, como tantos, en responsabilizarlo por tan funesto episodio, me atreví a recordarle un simple factor que pudo haber cambiado el destino de aquella soleada tarde veraniega de 1994. Desde luego le machaqué el no haber considerado a Hugo para entrar cuando moría el partido, pero no entré en ninguna reflexión estratégica, ni en detalles del juego, ni me prodigué enlistando las habilidades específicas del jugador mexicano que conquistó España.  Solamente atiné a compartirle una reflexión personal que había elaborado tiempo atrás, sin esperar su respuesta: “¿Usted cree, Doctor, que ante el tremendo historial que significan cinco Pichichis y una Bota de Oro ¿hubiera tenido algo qué hacer un tipo tan inseguro como Mihaylov, que se puso semejante perro atropellado como peluca? Yo francamente creo que no.  ¡Psicología elemental, Doctor!”.

Acto seguido me salí deprisa del estanquillo. Siempre me ha gustado pensar que lo dejé pensando.

 

Foto: @90s_Futbol

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