Uruguayo busca equipo

Era tanto el amor de Mario Benedetti por el futbol, que los botes del balón resuenan en su obra literaria. Entre los lectores futboleros es muy conocido su cuento “El césped”, pero lo es menos una novela en la que el futbol juega de titular, de la cual escribe Farid Barquet Climent en esta nueva entrega.

Por: Farid Barquet Climent

En su libro Andamios, el escritor uruguayo Mario Benedetti reconstruye, en forma de novela, su exilio en España, que aparece dividido en dos etapas separadas por… ¡el futbol!

La primera etapa es aquella en que “te negás a deshacer las maletas (bueno, las valijas) porque tenés la ilusión de que el regreso será mañana”. Y por eso, dice Benedetti, es una etapa en la que, “cuando escuchás los noticieros, sólo ponés atención a los sucesos internacionales, esperando (inútilmente, claro) que digan algo, alguito, de tu país y de tu gente”.

La segunda etapa inicia cuando, a fuerza de realidad, el exiliado empieza a asumir que la vuelta a su país de origen no está tan próxima, pero aún se resiste a reconocer cuán lejana se vislumbra. A partir de ese momento intenta aclimatarse al país que lo acoge. Ya no vive pendiente de las noticias de su país; procura, en cambio, enterarse de lo que pasa a su alrededor y hasta busca desarrollar un interés por el entorno. Así lo explica el autor de Pedro y el Capitán: “ya que nadie te informa de cómo van Peñarol o Nacional o Wanderers o Rampla Juniors, te vas convirtiendo paulatinamente en forofo (hincha, digamos) del Zaragoza o del Albacete o del Tenerife, o de cualquier equipo en el que juegue un uruguayo, o por lo menos algún argentino o mexicano o chileno o brasileño”.

Quizá los familiares y amigos de Benedetti sepan de qué equipo español se volvió forofo el escritor, pero no hay constancia que nos permita saberlo. No obstante, si tomamos en cuenta que Benedetti salió rumbo al exilio en 1977, en principio no resulta difícil hipotetizar que fueron dos los futbolistas uruguayos que, encontrándose ambos jugando en la Liga española en aquel tiempo, pudieron servirle al poeta como alternativas justificatorias de su fabricada identificación con algún equipo ibérico. Uno era el portero Ladislao Mazurkiewicz, que se hizo famoso en el Mundial México 70 por ser la victima de la finta mejor fraguada por Pelé en toda su carrera —más vista y recordada que muchos de sus goles—, pues en 1978 el guardameta jugaba para el Granada. El otro jugador era Fernando Morena, siete veces campeón de goleo del campeonato uruguayo, quien arribó al Rayo Vallecano en 1979.

Pero si analizamos más detenidamente esas dos opciones que Benedetti tenía a la mano, nos daremos cuenta de que ambas le estaban vedadas: no podría haberse vuelto seguidor de la escuadra andaluza ni tampoco del conjunto madrileño porque Mazurkiewicz y Morena eran ídolos del equipo archirrival del que Benedetti fue hincha toda su vida: el escritor era de Nacional, los futbolistas de Peñarol.

Salvo que hubiera relajado su fidelidad al Nacional para hacerse seguidor del club español de alguno de esos dos ex aurinegros, Benedetti seguramente se habrá visto en la necesidad de buscar, tal como escribió, “algún argentino o mexicano o chileno o brasileño” que fuera su punto de contacto con algún conjunto español. El subterfugio no pudo haber provenido de un jugador mexicano, pues faltaban algunos años para que Hugo Sánchez llegara al Atlético de Madrid; tampoco pudo ser un brasileño, en vista de que Roberto Dinamita de Oliveira nunca explotó, contra lo que su mote exigía, con el FC Barcelona, en el que estuvo solamente una temporada y marcó nada más tres goles. Probablemente el elegido fue el chileno del RCD Español de Barcelona, Carlos Caszely —cuya familia fue cobardemente represaliada por la dictadura de Pinochet—, o bien el argentino Mario Alberto Matador Kempes, entonces ariete del Valencia, si no es que otro también argentino, Rubén Panadero Díaz, corazón de la defensa del Atlético.

No puedo asegurar que por Caszely o por Kempes o por el Panadero Benedetti se hiciera forofo del Español, del Valencia o del Atlético, pero de lo que estoy casi seguro es de que tuvo que descartar a sus dos paisanos, porque tal como dejó asentado en Andamios, “que un hincha de Peñarol se enamore de una chica de Nacional, o viceversa, puede originar resentimientos familiares de tal envergadura, que los conviertan en los Montescos y Capuletos del subdesarrollo”.

La República Oriental del Uruguay registra la más alta concentración de virtuosismo balompédico por kilómetro cuadrado. Bien lo dice Benedetti: “Como país de apenas tres millones de habitantes, somos tal vez el que produce el mayor porcentaje de buenos futbolistas”. Pero en aquellos años en que Benedetti necesitaba asirse a un equipo en el exilio, Uruguay no exportó a España uno solo que, por provenir de Nacional, a Benedetti le quedara a medida, que le fuera naturalmente afín.

Pero si bien es muy probable que Benedetti no quiso confraternar futbolísticamente en España con Fernando Morena por ser éste un símbolo de Peñarol, sí terminó por alinear junto al máximo goleador de la historia del futbol uruguayo. Y lo hizo en un equipo que de verdad importaba. A principios de los años dos mil, Benedetti y Morena integraron —al igual que otros futboleros, como el relator Víctor Hugo Morales y el crack Enzo Francescoli— la Comisión que se creó para construir, con aportaciones privadas, un Memorial, inaugurado el 10 de diciembre de 2001, que busca darle reparación simbólica a las víctimas de la dictadura que implantó en Uruguay el terrorismo de Estado y que mandó al exilio a miles de uruguayos, entre ellos, a uno de sus mayores escritores: Mario Benedetti.

 

Fotos: padreydecano.com, gatoviejo.com y wikipedia.com

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