El éxito de Croacia no es de ahora

Por: Alejandro Olvera Fuentes.

A principios de los años noventa, los tambores de guerra comenzaban a sonar en la antigua Yugoslavia. Desde la muerte de Josip Broz “Tito” en 1980, vientos de ruptura amenazaban a la siempre frágil federación balcánica. El sueño de mantener unidas en un país a las naciones eslavas estaba a punto de llegar a su fin, lo poco que compartían se estaba diluyendo. Los valores que alguna vez unieron a Yugoslavia se evaporaban y las canchas de fútbol yugoslavas fueron fiel reflejo de ello.

Los partidos de fútbol disputados entre el equipo croata Dinamo Zagreb y el combinado serbio Estrella Roja de Belgrado generalmente terminaban en verdaderas batallas campales. Ejemplos sobran, pero destaca aquel encuentro del 13 de mayo de 1990 en que Zvonimir Boban, entonces defensa del Dinamo y que después jugara diez temporadas en el AC Milan, pateó a un policía serbio que estaba reprimiendo con dureza a los aficionados de su equipo, lo que provocó la ebullición del estadio a favor del croata por tan “valiente” acción. Sin embargo, con ello provocó la fuerte reacción por parte del aparato de seguridad yugoslavo que, siendo mayoritariamente serbio, no tuvo compasión en reprimir a los aficionados del Zagreb, que por cierto ya para esas fechas se sentían croatas y no yugoslavos.

Ante la inestabilidad política de Yugoslavia y su proyección en los estadios, la FIFA tomó la decisión en 1992 de excluir a la selección yugoslava de participar en la Eurocopa de ese año y en su lugar puso a la selección de Dinamarca. A la FIFA no le tembló la mano para dejar fuera del torneo continental a una generación dorada de Yugoslavia, la de los montenegrinos Pedja Mijatovic y Dejan Savicevic, el macedonio Darko Pancev, el serbio Dragan Stojkovic y los croatas Sinisa Mihajlovic, Alen Boksic, el ya mencionado Boban, los Roberts, Prosinecki y Jarni, y el goleador Davor Suker, talentosos jugadores que brillaron en el mundial de 1990 y que esperaban participar en la Eurocopa para lograr su consolidación.

Pero Yugoslavia ya no podía aguantar un respiro más, su desintegración era inminente. Los sucesos se precipitaron en cascada, y en 1993, como Estado independiente, Croacia se afilió a la FIFA. No obstante, se vio impedida de participar en las eliminatorias europeas rumbo al mundial Estados Unidos 94, ya que los grupos eliminatorios de Europa quedaron definidos desde 1991, es decir, antes de su inscripción al máximo organismo internacional de futbol.

A pesar de ello, la generación dorada guardó paciencia y como si se tratara de una tragedia romana, después de la tempestad vino el resurgimiento, porque de las ruinas de Yugoslavia nació un país cuya selección logró obtener el tercer lugar en el mundial de Francia 98. Sí, de la mano de Prosinecki y Suker, el representativo croata tuvo la fortaleza de vencer a los rumanos en los octavos de final. Enseguida aplastaron a los alemanes en los cuartos de final y ya en las seminales tuvieron la desgracia de enfrentarse a una selección francesa envalentonada que quería conseguir la hazaña de salir campeona Mundial en su tierra y que no dudó en clavarle dos goles certeros que mandaban de vuelta a Croacia a las orillas del mar Adriático.

Aquella generación dorada logró no sólo colocar el nombre de Croacia en el mundo, sino también deslumbrar con un fútbol que no se conocía en Europa. El destino no quiso que Prosinecki y compañía brillaran con la camiseta yugoslava, sino que el destino les deparó que el éxito les llegara con la camiseta con la que realmente se sentían identificados, esa excepcional, cuadriculada, que representa la bandera de esa nación que luchó a sangre y fuego por su independencia.

 

Fotos: Libertad Digital y Diario As.