Elogio de las manos

Por Farid Barquet Climent.

Fueron pocos los días de mi infancia en los que no vi su cara. No era la de una maestra de mi escuela ni la de algún compañero de estudios ni la de un vecino. Su rostro era de los primeros que miraba cuando me despertaba y de los últimos sobre los que se posaban mis ojos antes de irme a dormir. Pero tampoco estoy escribiendo de mi madre.

La cotidianidad de esa presencia facial tenía un motivo distinto: a pesar de que en aquel tiempo yo no sabía con exactitud a qué se dedicaba ni qué hacía, su efigie era la más reproducida en las paredes de mi recámara.

Mi vista topaba a diario con sus facciones porque a los aficionados de Pumas, al inicio de cada temporada, se nos obsequiaba el póster con la fotografía del plantel que habría de encarar, en representación de la UNAM, el torneo por comenzar. Esas instantáneas que se iban acumulando en mi cuarto y que pendían colgadas con chinchetas no eran las que retratan a los once jugadores titulares antes de cada partido, sino esas en las que aparece el equipo completo, incluidos algunos directivos y todos los miembros del cuerpo técnico.

Por ser el presente un texto de futbol, su título alusivo a las manos podría hacer pensar que su protagonista es un portero. Pero no es así. Es verdad que, al igual que los guardametas, nuestro personaje también trabajaba con las manos, pero a diferencia de éstos él no se especializó en un único puesto. Desempeñó cuando menos tres —si no es que cinco, pues se dice que también fue zapatero y boxeador— y su estancia en Pumas fue mucho, pero mucho más prolongada que la del arquero de carrera más longeva que se pueda imaginar.

Él no aparecía en los posters anuales de Pumas con el suéter de los encargados de evitar los goles, tampoco portando la camiseta de los jugadores de campo ni enfundado en un saco elegante con corbata al cuello. Él salía siempre en los márgenes de la fotografía grupal de cada año vistiendo los pants del cuerpo técnico del que formaba parte. Entrenadores, preparadores físicos y asistentes aparecían con la misma indumentaria que él en sucesivos posters durante un puñado de años, pero al cabo de algunas temporadas varios de ellos ya no repetían.

En cambio él, ese moreno enjuto de riguroso bigote, siempre estaba ahí, con su nombre rulfiano: Librado Pineda.

Nacido en Iguala, Guerrero, el 17 de agosto de 1932, ingresó a prestar sus servicios al equipo de la UNAM en labores de intendencia desde antes de que se diera el ascenso a la Primera División en 1962. Llegó a Pumas por invitación del Dr. Arturo Heredia, primer médico deportivo del conjunto auriazul.

Poco después de su incorporación, Librado —al que todos llamaban Flaco o Coyote— se convirtió en utilero, oficio al que se dedicó durante quince años, en los que vivió la fundación del Club Universidad Nacional A. C. en 1975 y la obtención del primer título en el máximo circuito en 1977.

Su siguiente ocupación fue la de masajista, en la que convirtió a sus manos, como diría el historiador del arte Henri Focillon, en sus “compañeras incansables que durante tantos años han hecho su tarea”. Porque Librado las puso, con la mayor entrega y con bastante ungüento de simpatía, al servicio de tareas necesarísimas: el alistamiento, la recuperación, la relajación y la sanación de los jugadores de Pumas durante tres décadas.

En su libro Elogio de la mano, Focillon escribió que en las palmas de las manos podemos leer “la huella y una especie de memoria de nuestra vida”. En las palmas de las manos de Librado Pineda Flores, fallecido el pasado 28 de agosto de 2017, quedaron grabadas la huella y la memoria de 44 años de la historia más íntima de los Pumas de la Universidad Nacional Autónoma de México, cuyos jugadores veteranos lo despidieron con el cariño que le profesaron y con el que lo recordarán por siempre, como también lo recordará el que, siendo niño y a través de fotografías, vio su cara todos y cada uno de aquellos inolvidables días.

 

Foto: Cortesía de Miguel Ángel Curiel Torres.