Moisés Garduño, de Tepepan a CU

Por: Farid Barquet Climent.

En los últimos años setenta, durante todos los ochenta y hasta mediados de los noventa, para cada puesto de su alineación Pumas solía tener al menos dos jugadores de probada aptitud. Los sucesivos entrenadores ponían desde el arranque a los futbolistas que tuvieran ganada cierta jerarquía o a los que pasaban por mejor momento, pero los que iban a la banca eran también muy buenos. Los niveles de juego de unos y de otros no distaban mucho.

La alta calidad de los suplentes universitarios dejaba la impresión de que serían dueños de un puesto en cualquier otro equipo, y que si en Pumas entraban a jugar sólo por vía de cambio era porque los responsables de su eclipse eran nada menos que los futbolistas que conformaban la base de la selección nacional. Aunque no atrajeron muchos reflectores, esos sustitutos habituales o titulares esporádicos fueron eslabones de la cadena virtuosa que Pumas supo concatenar para erigirse en lo que durante un tiempo fue y debería volver a ser: la gran cantera de futbolistas mexicanos.

De entre esos jugadores que no tuvieron más actividad en Primera División porque paradójicamente les tocó jugar durante una época dorada del club, hay uno, Moisés Garduño, que fue integrante del plantel que salió campeón de Liga en la temporada 1990-1991 —en ese torneo lo debutó Miguel Mejía Barón contra Toluca  y marcó el gol del triunfo contra Cobras de Ciudad Juárez— y que fue descubierto donde está el talento en estado puro: en el barrio, en la calle, mientras jugaba cascaritas en la improvisada canchita del Callejón Texcalpa, un auténtico Maracaná para los niños de Santa María Tepepan.

En esa losa de cemento enclavada entre las torres de luz de uno de los viejos pueblos de Xochimilco, Moisés fue visto por Hugo Hernández en 1986, cuando el hoy asistente técnico de Tuca Ferreti dirigía a la 4ª División de las Fuerzas Básicas de Pumas, a donde de inmediato se incorporó Moisés con quince años de edad y donde habría de escalar todos los peldaños de las divisiones inferiores —reserva central, reserva profesional— hasta llegar al Primer Equipo, después de su buena actuación con los juveniles auriazules en la edición de 1990 del torneo de Bellinzona, Suiza.

Moisés se distinguía por ser encarador, por hacer hendiduras en las defensas rivales serpenteando la banda izquierda. Por su habilidad como extremo, después de tres temporadas con Pumas fue contratado en 1993 por los Rayados del Monterrey, equipo con el que salió campeón de Concacaf ese mismo año. En aquel plantel regiomontano figuraban el portero paraguayo Rubén La Bomba Ruiz Díaz, el delantero argentino Sergio Verdirame, un desequilibrante y entonces muy joven Jesús Cabrito Arellano, Luis El Matador Hernández y tres de quienes fueron compañeros de Moisés en Pumas: David Patiño, José Antonio Tato Noriega y Ramón Villazeballos, los dos últimos, de su misma generación de las fuerzas básicas universitarias.

Mientras Moisés jugaba para Rayados, se puso de moda el indoor soccer, en español futbol rápido, con sus seis jugadores, sus cambios ilimitados, su muro perimetral de la cancha que servía para hacer paredes y su extraña modalización de los penaltis: los shoot outs. El entonces dueño del Monterrey, Jorge Lankenau, enseñoreado en la cima de su emporio bancario y bursátil, lejos todavía la acusación de fraude que lo mantuvo ocho años en prisión, apoyó la apertura de una franquicia para hacer negocio también con esa variante, novedosa en aquel tiempo, del futbol. Al equipo se le puso por nombre La Raza, entró a competir en la Liga de Estados Unidos —la Continental Indoor Soccer League (CISL)— y Moisés, con la camiseta ‘19’, dio muestras de su gran clase con el balón.

 

 

Durante sus años en La Raza Moisés jugó al lado, entre otros, de quien fuera el velocísimo lateral izquierdo de la selección mexicana de la era Menotti, Guillermo Turbo Muñoz; del ex puma Alejandro Cárdenas; de Marco El Chikis López, sinónimo de futbol rápido, quizá el mejor jugador mexicano que haya practicado este deporte; y también de un brasileño, pernambucano para mayor referencia, que llegó a México en 1980 contratado por el América a pedido del entrenador José Antonio Roca y que en suelo mexicano se convirtió en padre de los hoy seleccionados nacionales Giovani y Jonathan dos Santos: Geraldo Francisco Zizhino dos Santos, mexicanizado por la afición como Pancho Zizinho.

Moisés jugó con La Raza hasta 1995, pues al año siguiente se fue a otro equipo de ascendencia mexicana en la Liga estadounidense, Toros México, en el que estuvo una sola temporada, pues en 1997 se incorporó a la franquicia más exitosa de la historia del futbol rápido en Estados Unidos: el San Diego Sockers, catorce veces campeón de esa disciplina y que en los tiempos en que no era un equipo de futbol rápido sino de futbol soccer tuvo entre sus filas al mejor futbolista mexicano de la historia, Hugo Sánchez, quien jugó para ese equipo en los veranos de 1979 y 1980, es decir, durante sus vacaciones con los Pumas, club que en las pausas de la competencia en México le permitió a Hugo jugar con el conjunto californiano, entonces miembro de la National Soccer League (NASL), antecesora de la Major League Soccer (MLS) del presente.

De San Diego Moisés se mudó a Detroit, la ciudad estadounidense del automóvil, para jugar con el Safari Soccer, equipo de nombre tan poco futbolero por un imperativo publicitario: Safari era una camioneta fabricada por la compañía patrocinadora del equipo, Chrysler, una de las más emblemáticas de la industria automovilística estadounidense, fundada en 1925 y que hoy tiene su sede en Auburn Hills, localidad de la zona metropolitana de Detroit en la que funcionó, hasta su cierre en abril de 2017, The Palace of Auburn Hills, la arena que en su tiempo fue la de mayor aforo de todo Estados Unidos —tenía capacidad para veintidós mil espectadores— y que fue el escenario tanto de los partidos de local de los Pistones de Detroit de la NBA como de las grandes noches de Moisés con la camiseta del Safari.

Regresó a La Raza en 1999 y ahí puso fin a su carrera tras salir campeón en 2001.  Al año siguiente, el ya mencionado José Antonio Roca —supuesto inventor de algo que no se sabe bien qué es pero que algunos le llaman americanismo—invitó a Moisés a trabajar como entrenador de futbol rápido de los estudiantes del Tec de Monterrey Campus Ciudad de México, institución de educación superior cuyo equipo femenil salió campeón en 2003 bajo la dirección técnica de Moisés.

“Aprendí que no es necesario jugar veinte años para que te recuerden. Con unas gambetas puedes ser recordado por muchos”, dice hoy Moisés, ese todo-terreno del futbol, no tanto porque sea de los que recorren toda la cancha —lo suyo siempre fue jugar pegado al contorno del campo— sino porque igual colabora en la apertura de canchas públicas en la demarcación más apartada y rural de la Ciudad de México, que entrena a los equipos representativos de las universidades más exclusivas. Lo mismo se le ve enseñando a niños de zonas marginadas, que como auxiliar técnico de la selección nacional que consiguió el tercer lugar en la Universidad Mundial celebrada en Taipei en 2017.  A Moy todos lo quieren: los hijos tanto de las familias que viven con más estrecheces económicas, como de las que tienen una mayor holgura en lo material. Así se mueve el buen Moy, yendo y viniendo entre esos dos méxicos que, a pesar de la desigualdad, son uno solo.

Solidario y entusiasta como es, Moy se ha sumado a un nutrido grupo de veteranos de Pumas que se ha empeñado en cometer un acierto, más que futbolístico, por sobre todo humano: abrir y alimentar un chat, que funciona como un vestidor virtual, mediante el cual mantienen contacto entre sí para apoyarse, para reunirse periódicamente y poder seguir jugando futbol juntos. En el chat-vestidor hay miembros de distintas camadas de Pumas, pero predominan los que en sus inicios iban a la fonda El Gnomo Perezoso, los que viviendo en la Casa Club sólo podían comer opíparamente si el dueño de la taquería de la esquina los invitaba, los que antes de partidos estelares desayunaban en los puestos de tortas afuera de la parada del trolebús que habría de llevarlos a jugar al Estadio Olímpico Universitario.

Se trata de un equipo de estupendos ex jugadores, pero mejores personas, que como dijera Marco Tulio Cicerón, saben que “la amistad es más hija de la naturaleza que de la necesidad, y más de la aplicación del ánimo con cierto sentido de amar, que del pensamiento acerca de las utilidades que podrá traer”. Aquí todos son titulares, porque saben que cada amigo es insustituible.

En este grupo de veteranos vive un rico acervo de experiencia directa sobre lo que se hizo bien durante los años en que Pumas pudo formar y promover a varios jóvenes para el alto rendimiento futbolístico. Sus recuerdos son un amplio inventario, muy atendible, de lo que habría que retomar y de lo que no debe repetirse. Sus reflexiones a la distancia desmitifican algunas prácticas que, con pobres resultados, se han enquistado de un tiempo a la fecha en la supuesta búsqueda y perfeccionamiento de talentos en el futbol nacional.

Ojalá los veteranos sean más escuchados, como yo tengo la dicha de escucharlos, de tanto en tanto, adicionadas sus conversaciones con la alegría que siempre aporta ese extremo izquierdo que, como el tecuish de Tepepan, esa especie azulada el ajolote xochimilca que se convierte en salamandra, empezó a hacerse futbolista en el Callejón Texcalpa y creció hasta llegar a jugar en el Olímpico Universitario: Moisés Garduño.

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