Treviño

Por: Alfredo Farid Barquet Rodríguez.

Por su apellido podría pensarse que el protagonista de esta breve historia es norteño, pero no. Nació en el Distrito Federal (capital del país hoy llamada con pertinencia y propiedad Ciudad de México) aunque de familia originaria del estado de Nuevo León. No obstante este ascendiente, su afición al futbol no se manifestó en favor del equipo Rayados de Monterrey (los Tigres de la Universidad Autónoma de Nuevo León, fundados en 1960, no existían en los años en que transcurre buena parte de este relato) sino que se inclinó desde muy temprana edad y con acendrada devoción por el Rebaño Sagrado: Las Chivas Rayadas del Guadalajara.

Dos fueron los factores determinantes de su pasión por el equipo de la Perla de Occidente. Resulta que el padre de un querido amigo de entonces formó un equipo amateur. Y siendo el señor de progenie tapatía, el equipo no podía más que llamarse Guadalajara y portar el uniforme ya tradicional desde esos años. Ahí hizo sus pininos Treviño junto con otros aspirantes a futbolistas (nosotros, sus amigos) categoría sub-12 o menos. A pesar de que los habitantes de la ciudad padecíamos la era uruchurtiana (eran los tiempos del llamado Regente de Hierro, Ernesto P. Uruchurtu), jugábamos en los prados del Bosque de Chapultepec, específicamente a un costado de la Pérgola Ángela Peralta, con la única prohibición, a cargo de los guardabosques de uniforme azul y gris, de no poner porterías fijas, por lo que teníamos que marcarlas con suéteres o chamarras. El hijo del fundador del equipo era, y sin favoritismo alguno de su padre, el estrella, el crack, de ese Guadalajara infantil. Pero el mejor vestido, el del uniforme impecable, el que se cuidaba de no ensuciarlo, evitando barridas y otras asperezas, ese era Treviño. Pero además eran los años gloriosos del Guadalajara, los tiempos del Campeonísimo, que marcaron no sólo una época sino a toda una generación. Treviño se sumó a la fiebre por las Chivas. Con qué gusto y a la menor provocación nos recitaba la alineación titular del conjunto tapatío.

Pero esa fijación infantil de Treviño no sólo no se atenuó con el paso del tiempo sino que se acentuó y creció hasta alturas impensables. No se perdía uno solo de los partidos del equipo de sus amores que se transmitían por televisión, y cuando jugaba cerca de la capital acudía sin falta a verlo, no sólo a los estadios, pues se las ingeniaba para conocer los hoteles donde el equipo se concentraba previo a sus partidos y conformarse con ver a sus jugadores aunque sea de lejitos. A mi hijo y a mí, que somos de piel azul y oro con mucho orgullo, llegó a engancharnos en una de estas incursiones. En ocasión de que las Chivas jugarían en la Ciudad de México, nos hizo acompañarlo a un hotel cercano al aeropuerto, en donde sabía que estaban hospedados los jugadores. Y aunque identificaba quiénes eran todos y cada uno de los miembros de la plantilla y ellos lo conocían a él (de tanto verlo), cuando no tenía la confianza suficiente con alguno de ellos mandaba a sus dos encantadoras hijas, que también iban con nosotros, a que pidieran el autógrafo anhelado para la colección de su papá. También nos envolvió con su chivismo irreductible en otro momento en que lo acompañamos al estadio Azteca. Fue el domingo 10 de enero de 1993. Se jugaba el clásico América-Guadalajara. El ídolo máximo de Treviño, un jugador fuera de serie que tenía un chut magnífico con las dos piernas, que antes de jugar con Chivas debutó en Primera División con el Tampico Madero, salió expulsado del partido (los conocedores saben que se trata de Benjamín Galindo). Po “coincidencia” o “casualidad” Galindo vio los minutos finales del encuentro sentado en el palco contiguo al que ocupábamos nosotros. Fue entonces que Treviño, ni tardo ni perezoso, al advertir que su prócer traía un reloj promocional de las Chivas, de esos que los jugadores regalan a diestra y siniestra como propaganda, , Treviño le propuso un canje que sorprendió al propio Galindo: Treviño le ofreció el reloj que le había regalado su esposa con motivo de un aniversario de bodas (de un precio ostensiblemente superior) a cambio del que Galindo portaba, igual a otros varios ejemplares idénticos que sin duda el futbolista traía en su maleta para regalar. Galindo se opuso a ese desigual intercambio, pero viendo la determinación, yo diría más bien encaprichamiento de Treviño, no tuvo más que aceptarlo. ¡Imagínense la reacción de su mujer ante semejante desmesura!

Otro hecho digno de contarse se refiere a su costumbre de coleccionar camisetas. Es cierto que muchos aficionados la cultivan, pero Treviño conseguía las que habían sudado los jugadores en los partidos y las guardaba sin lavar. En una ocasión en que su mujer no aguantó la pestilencia del cajón en que las conservaba, las lavó. Si el asunto del reloj no provocó el divorcio de la pareja, el sumergimiento de las camisetas en detergente sí estuvo a punto de disolver el vínculo matrimonial por iniciativa del cónyuge profundamente ofendido: Treviño.

Para no cansar, les cuento la última de Treviño (aunque hubo muchas más): por reciprocidad, mi hijo y yo lo invitamos al estadio de CU un domingo al mediodía. Tuvimos la fortuna de ver el partido de los Pumas desde el palomar. De repente se escuchó un grito emocionado que no coincidía con lo que estaba ocurriendo en la cancha, pues el marcador permanecía empatado a cero goles. Resulta que nuestro personaje había introducido un diminuto televisor y se había puesto audífonos (muy respetuoso). Y cuando más silencio había en el palomar y en todo el estadio, se escuchó un grito estentóreo que sorprendió a todos. No nos explicábamos qué estaba sucediendo. Pues había sido Treviño celebrando un gol anotado por sus Chivas en ese momento pero en otro estadio, un tanto que en el Olímpico Universitario solamente él había visto y oído.

Muchos aficionados o fanáticos de algún equipo de futbol suelen expresar de diversas formas su preferencia: adornan sus recámaras con posters de futbolistas, elijen para sus carros los colores de su equipo, se tatúan el emblema de su club, bautizan incluso a sus vástagos con el nombre de su equipo o jugador favorito, pero no alcanzan, creo, las dimensiones de Treviño en su inconmensurable apoyo por las Chivas.

 

Foto: Publimetro