#YoSoy132

Por: Farid Barquet Climent.

Lo de repartir bebidas le viene de toda la vida. Desde niño todos los días salía de Moroleón a las siete de la mañana en bicicleta rumbo a Uriangato, de donde partía hacia Tarimoro, escala necesaria entre Salvatierra y Celaya antes de arribar a Morelia, o en su defecto a Abasolo, para ahí cargar y después distribuir, en ciudades, pueblos y rancherías de la zona, los refrescos de una marca regional de aquel tiempo y que hoy sólo se dedica a la distribución de agua.

Eran los últimos años cincuenta. En el Bajío la economía tradicional empezaba a desmoronarse y la migración hacia los Estados Unidos a acrecentarse. Como siempre que se trata de trabajar él alza la mano, se enroló para laborar por temporadas, junto a uno de sus hermanos, en la recolección de limón, algodón, fresa y betabel allende el río Bravo. Pero en la siguiente década se acabó el programa que ofrecía empleo legal eventual a los braceros mexicanos. Sin embargo, lo que estaba lejos de acabarse eran las ingentes necesidades de la gente de su lugar natal. Por eso había que seguirse buscando el sustento lejos del terruño. Unos insistieron en cruzar la frontera, otros voltearon hacia la capital del país. Su hermano siguió yéndose a los iunáites; él se vino al defe.

Así fue como Antonio Quintino Mora llegó a la Ciudad de México en los albores de la década de los sesenta. Y llegó para quedarse. Ingresó a trabajar al Instituto de Geología de la UNAM cuando estaba ubicado en el edificio en forma de “L” que hoy alberga al Centro de Lenguas Extranjeras, junto a la Facultad de Ingeniería. Su primer puesto fue de laboratorista. ¿Qué hace un laboratorista? Moler rocas y bloques de sedimento de tierra, que después se deben diseccionar para averiguar qué fósiles contienen. A veces extraía roedores enteros, piezas molares, vértebras, que luego limpiaba y juntaba. Como si se tratara de un rompecabezas, en el laboratorio llegaron a armar un esqueleto de rinoceronte, cuyas partes faltantes se elaboraban con resina. Pero sus hallazgos no se circunscribían a la fauna: auxiliado por un microscopio, también espulgaba arena en búsqueda de minerales.

Avezado ya en la disección de rocas y pedazos terregosos, Antonio empezó al mismo tiempo a diseccionar algo parecido, aunque de mucho mayor tamaño: segmentos de concreto. Pero no lo hacía a la espera de encontrar fragmentos de fósiles, sino clientes sedientos de beber una buena cerveza mientras disfrutan un partido de futbol desde la tribuna. Para espulgar el graderío no necesitó un microscopio, con mantener la vista alerta era suficiente. A diferencia del laboratorio, en el estadio lo que terminaba molido no era la piedra sino sus pies, de tanto caminar entre filas y subir escalones charola en mano. Cuando estaba acompañado por paleontólogos su función era elaborar moldes multiformes con silicón, mientras que rodeado de aficionados le tocaba verter, en cilíndricos moldes de cartón acerado, el muy demandado elíxir de cebada.

Fósiles y cervezas se convirtieron así en fuentes complementarias de ingresos para mantener a su numerosa familia. Como los calendarios escolar y de juegos no lo dejaban apartarse ni del auxilio a la investigación científica ni de la hidratación de la fanaticada futbolística, no volvió a irse a Estados Unidos. Pero su hermano Alfredo sí lo siguió haciendo. La última vez que lo hizo fue en 1968, pero en el intento le llegó la muerte junto a otros treinta y cinco paisanos con los que compartía la misma travesía.

Miles de asistentes al estadio de futbol ignoraban que en aquellos días aciagos Antonio cargaba una tristeza inconmensurable, que se empeñó en arrinconar en su fuero interno; tampoco sabían que las ostensibles manifestaciones de su natural simpatía eran el sucedáneo de la consciencia, dolorosamente adquirida, de que vivir vale la pena. Renunció a repetir el tradicional grito ¡Cervezas! ¡Cervezas! y lo sustituyó por un divertido repertorio de su invención, no apto para neófitos: A ver señores, una Goya a las tres, toque de clarín para la afición Puma; Denle un pellizquito al cheque, exhortación al consumo en los partidos de quincena; Tomando se ve doble, ilusión de que el boleto no es tan caro; Se aceptan vales, anuncio de que sabe contemporizar con innovadoras formas de pago; Cerveza pa’l coraje, receta para hacer más llevadero el gol en contra; Hay que tomar aunque la familia sufra, clímax egoísta del deudor alimenticio, apología más burlesca que cínica, de la irresponsabilidad que yuxtapone prioridades.

Hacia 1965 en Moroleón, su lugar de origen, se dejaron de producir rebosos por la aparición del suéter. Al igual que sus coterráneos, Antonio ha mostrado una gran capacidad de adaptación al cambio tecnológico y a las exigencias del mercado: supo acoplarse mejor que cualquiera de sus colegas cuando ocurrió el salto cuántico de la botella al barril, ese parteaguas que prohibió la introducción de envases de vidrio al estadio y ordenó su reemplazo por contenedores metálicos provistos de mangueras despachadoras.

Después de sus años como laboratorista, Antonio fue adscrito a la Biblioteca del Instituto de Geología. Ahí sacaba los llamados maduros, que son copias heliográficas de mapas. Entrenado en la cartografía, su mente desarrolló simultáneamente mapeos muy precisos de la tribuna y sus ocupantes. Conoce perfectamente la ruta para acortar el trayecto que va del bodeguero al consumidor final; ubica por algún rasgo distintivo a cada asistente, y lo incluye en el inventario que lleva en la cabeza; calcula cuántas cervezas lleva el que siempre se excede y acaba perdiendo la cuenta; intuye por dónde intentará escabullirse el vivales que se quiere ir sin pagar…

Conocido por los más recientes rectores de la UNAM; mencionado como parte de un equipo de trabajo cuyos resultados aparecieron publicados en el Journal of Palentology de la Universidad Cambridge bajo la firma de una prestigiada investigadora unamita; recipiendario del premio Cartero de Oro, condecoración recibida de manos de ese emblema del cine de arte que es Rafael Inclán (si quieren ver sus películas, sólo podrán hacerlo en la Cineteca Nacional); aplaudido afectuosamente por la afición y referente para los de su gremio, Antonio Quintino Mora ostenta orgulloso, colgada de la filipina que lleva bordado su nombre, la credencial número 132 del Sindicato de Trabajadores y Empleados de Centros Deportivos Similares y Conexos del Distrito Federal. Por eso digo que #YoSoy132, porque cuando me pregunto por qué voy a insolarme cada quince días en vez de conseguirme lugares en sombra; o por qué no me desplazo a una zona del estadio que ofrezca una mejor visibilidad, me respondo que no me sabe igual ir al Olímpico Universitario si no voy a verlo a él.

Un día me platicó que cuando dejó de vivir por los rumbos del Olivar del Conde y se mudó a la Colonia Isidro Fabela —mejor conocida como Pedregal de Carrasco— la propiedad de los terrenos se marcaba en las piedras. Me confió que tuvo que pintar su nombre sobre las rocas que delimitaban su predio, so pena de que se lo invadieran si no lo hacía. En el Estadio de la UNAM jamás hará algo similar en las largas tiras de cemento que hacen las veces de asientos y que él recorre una y otra vez todos los días de partido —además de que está prohibidísimo: el inmueble fue declarado Patrimonio Mundial por la UNESCO en 2007— porque él no le obstaculiza el trabajo al resto de sus compañeros vendedores (“el sol sale para todos”, le gusta decir) y éstos, a su vez, saben, al igual que los aficionados asiduos, que si un nombre inspira reconocimiento y aprecio en esas gradas, es el de nuestro querido Toño: mi amigo Antonio Quintino Mora.

 

Foto: Cortesía de Olivia Betancourt Mascorro.

 

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