José Luis Brown

Por: Farid Barquet Climent.

El defensa central argentino José Luis Brown, el Tata Brown, arribó a México en abril de 1986. Su estancia no podía ser mayor a cuarenta días, pues vino exclusivamente a jugar la Copa del Mundo. Llegó con casi treinta años, lesionado, desempleado, sin club que le diera la seguridad de que al finalizar el Mundial lo estaría esperando un trabajo. Con el ligamento cruzado anterior y el menisco de la rodilla derecha rotos desde agosto de 1984, muy pocos creyeron que Brown pudiera ser convocado al Mundial y menos estar en condiciones para para suplir a Daniel Pasarella, el capitán de la selección que ocho años atrás había alzado el trofeo de campeón mundial.

Durante aquella treceava edición del máximo certamen del futbol disputada en suelo mexicano, Brown tuvo que arreglárselas con el viático diario de 25 dólares diarios que le daba la Asociación del Futbol Argentino, institución que no le dio ni un par de zapatos para jugar el torneo. Maradona tuvo que hablar con su patrocinador personal, la marca del felino, para que le facilitara calzado a varios de los seleccionados, incluido Brown.

Brown terminó jugando como titular los siete partidos que disputó su selección en el Mundial, y en el séptimo, en el encuentro por el campeonato, fue él quien supo dar con la llave que abrió el camino de una nueva gloria mundialista para el futbol argentino, al anotar el primero de los tres goles que valieron la segunda conquista argentina del título más codiciado del futbol.

Aquella tarde del 29 de junio de 1986, Brown no sólo marcó el primer gol del encuentro tras cabecear un centro de Jorge Burruchaga a balón parado, sino que también emuló la famosa hombrada de Franz Beckenbauer de jugar un encuentro mundialista con un hombro dislocado. Dieciséis años antes, durante el Mundial México 70, en la misma cancha del estadio Azteca, el Káiser jugó buena parte del llamado partido del siglo (la semifinal contra Italia) con un vendaje a modo de cabestrillo para sostener inmovilizado su brazo derecho, tras un choque con el defensor (y posterior directivo) Giacinto Facchetti. En la final de México 86 Brown padeció lo mismo que el mítico alemán y lo afrontó de la misma manera, pero sin cabestrillo: decidió hacerle un pequeño agujero a su camiseta con los dientes, un orificio apenas suficiente para colgar de ahí su dedo pulgar derecho y poder soportar el dolor de la luxación.

Porque Brown no se iba a rendir. Estaba acostumbrado a las adversidades. Pasó su infancia en una escuela-hogar, Virgen del Pilar, “para tener un lugar donde comer”, según su propio dicho. Brown recordaba en 2011, en entrevista con Diego Borinsky, que de niño permanecía en la escuela desde las siete de la mañana hasta las seis de la tarde para que le dieran ahí las tres comidas y con eso aligerar la carga económica de su familia, cuyos ingresos se limitaban a los que podían aportar su madre, empleada doméstica, y su padre, trabajador de un almacén.

A treinta y tres años de distancia parece no existir un solo argentino que no guarde el recuerdo imborrable del gol de Brown a los 23 minutos de la final de México 86. Quien ya no lo recordó tan nítidamente, incluso quizá lo olvidó por completo durante los últimos meses de su vida, fue José Luis Brown, el Tata, aquejado desde hace poco más de medio año por un maldito alzheimer hasta su muerte, a la edad de sesenta y dos, el 12 de agosto de 2019 en la ciudad de La Plata.

Foto: Marca Claro