Les guste o no les guste

Por: Álvaro Clemente Molina Enríquez Guízar.

Hoy 18 de abril es el aniversario del Atlante, el 104, y éste tiene la peculiaridad de coincidir con la contingencia sanitaria derivada del Coronavirus. Sin embargo, en lo particular no le veo diferencia alguna con los aniversarios de los últimos años. Con o sin el virus de origen chino, el festejo sería el mismo. Salvo por su origen, su historia, sus años dorados y sus títulos, no hay nada que festejar y el presente  y el futuro lucen muy poco alentadores.

Se fundó el Atlante en 1916 justo en donde hoy son las calles de Sinaloa y Valladolid en la Colonia Roma, en la Ciudad de México. Su inicio fue marcado por un vertiginoso ascenso. Equipo provisto de trabajadores incansables que empezó ganando títulos y encumbrando a varios de los máximos ídolos no sólo del atlantismo sino también del futbol mexicano. Después vendría una sequía importante de títulos aunque se mantuvo la esencia del equipo de garra, así como jugadores emblemáticos identificados con la tribuna brava del Atlante. Las épocas de gloria regresarían en los años noventa, aunque para entonces, ya sin darse cuenta, el Atlante se encontraba festejando con una afición escasa y en su mayoría envejecida.

Es en esos tiempos cuando comenzó mi afición por el Atlante. Le voy al Atlante desde los 8 años de edad. Entre los motivos estaban (o están) el gusto por sus colores, el que mi cumpleaños sea un día después de su aniversario, el hecho de que jugaba el equipo en la misma colonia en la que vivo, por ser un equipo identificado con las clases populares, un equipo de garra, de mucho corazón y “güevos”. Tenía todo para ser un equipo grande, afición, estilo de juego, títulos e identidad.

Aún recuerdo esa sensación de mariposas en el estómago, mismas que revoloteaban con mayor fuerza cuando entraba al Estadio Azulgrana, el celebrar sus goles, sus triunfos sufrir las derrotas, el jugar en la cascarita a ser Félix Fernández si me tocaba parar, o Roberto Andrade, Memo Cantú, Miguel Herrera o Luis Miguel Salvador si me tocaba jugar en campo. Celebrar mis goles con el brinco característico del 9 atlantista de aquella época y llenar mis cuadernos escolares con dibujos alusivos a los Potros de Hierro del Atlante.

De manera coincidente o posterior a esa generación siguieron pasando grandes jugadores, ídolos del futbol nacional incluso, como Hugo Sánchez, Jorge Campos, Zague, Luis García y ya en los primeros años de este siglo otros estandartes del equipo como Federico Vilar, Luis Gabriel Rey, Chamagol, el Chícharo González, “El Hobbit” Bermúdez, Gabriel Pereyra y Giancarlo Maldonado.

Recuerdo aún que en el último título de liga, en el Apertura 2007, recibí más mensajes y llamadas de felicitación que el día de mi cumpleaños. Paradójicamente aquel título sería el principio de una decadencia que hoy nos tiene al borde de la desaparición y más cerca de los libros de historia que de la primera división.

Aún soy Atlantista y no dejaré de serlo, a pesar de que los fracasos, los malos manejos, la impersonalidad, el desarraigo y de que ahora juega a más de mil kilómetros de distancia de su casa, en un destino turístico, en un estadio de preparatoria, al que a lo mucho asisten dos mil personas cada quince días. Todo esto se ha encargado de restar intensidad a mi pasión.

Sin embargo, hay aún una luz al final del túnel. Históricamente el Atlante ha sido un equipo que rompe quinielas, que se levanta cuando nadie lo espera, sorprendiendo a propios y extraños. Un cumpleaños es como un año nuevo, en el que como diría Mecano, “hacemos un balance de lo bueno y malo”. Más aún en esta época de Coronavirus que deberá servir a la humanidad como reflexión sobre la explotación de los recursos naturales y del sistema económico que genera injusticias sociales y capitalismo de cuates. En lo particular cada quién deberá hacer su respectiva reflexión. En el caso del Atlante, es imperante un análisis serio y plantear la urgencia de regresar a la Ciudad de México. Una vez ahí, se definirá si regresa a primera división por la vía deportiva (sería lo ideal) o por decreto (de los males el menor).

Mientras tanto, lo poco que le queda al Atlante de fe y de esperanza, somos sus aficionados (la gran mayoría en la capital mexicana), que seguimos viviendo del pasado y que cada que nos encontramos con otro atlantista, emocionados, seguiremos coreando el tradicional: ¡Les guste o no les guste, les cuadre o no les cuadre, el Atlante es su padre y si no, ¡chinguen a su madre!

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