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Por: Farid Barquet Climent.

En el futbol aficionado todos hemos perdido al menos un partido por default. No hay equipo amateur al que alguna vez los astros no se le hayan alineado en contra para hacer coincidir, por ejemplo, la desvelada incapacitante del centro delantero, la falta de dinero para el pasaje del lateral izquierdo, el viaje del portero para asistir a una boda lejos de donde se disputará el encuentro, las lesiones de isquiotibiales de los dos centrales y la suspensión por doble amarilla del medio de contención, que en conjunto impiden completar la alienación reglamentaria compuesta por al menos 7 jugadores.

Lo sorprendente es que semejante incompletitud le ocurra a un equipo profesional. Resulta todavía más sorprendente si se trata de uno de Primera División, y más aún si compite en la Liga considerada de mayor nivel futbolístico y que mueve más dinero en el mundo. Una historia así se acerca a lo inverosímil si la entidad involucrada pertenece a la élite internacional del futbol, y se hace de plano imposible de creer cuando nos enteramos de que se trata del Fútbol Club Barcelona. Y no en un pasado remoto, sino hoy hace 20 años.

El 24 de abril de 2000 el conjunto azulgrana debía jugar en su estadio el partido de vuelta de las semifinales de la Copa del Rey contra el Atlético de Madrid. En la ida, disputada en el Vicente Calderón, entonces casa del Atlético, los colchoneros se impusieron por marcador 3-0. En los días previos al segundo encuentro, la Real Federación Española de Fútbol (RFEF) no aceptó la solicitud de posponerlo, formulada por el club de la ciudad Condal. El argumento para pedir la reprogramación del cotejo era la indisponibilidad de varios jugadores culés en virtud de que la cita copera coincidía con lo que hoy sería una “fecha FIFA”, esa pausa en los torneos nacionales durante la cual se disputan exclusivamente partidos entre selecciones, pero que entonces no existía, por lo cual los clubes tenían que encarar sus encuentros no obstante que al mismo tiempo una parte de su plantilla estuviera jugando con selecciones. Por ese motivo, el FC Barcelona estaba imposibilitado de contar para aquella semifinal con el portugués Luis Figo, con el brasileño Rivaldo, con el finlandés Jari Litmanen y con 6 de sus 8 futbolistas holandeses (los hermanos Ronald y Frank De Boer, Cocu, Reiziger, Hesp, Zenden, Bogarde y Kluivert) porque todos salieron de España para jugar partidos amistosos con los representativos de sus respectivos países. A esas bajas había que sumar por lesiones la del nigeriano Amunike y la de quien, con el paso del tiempo, sería un exitoso entrenador del primer equipo y hoy dirige al seleccionado nacional español: Luis Enrique.

En vez de echar mano de la cantera —la misma que tanto prestigiaría a la institución en los años venideros— y así colmar la alineación con jóvenes talentos deseosos de una oportunidad, la Junta Directiva del FC Barcelona, presidida por José Luis Núñez, y el entrenador Louis Van Gaal, decidieron que era mejor perder por default. Ni porque era la temporada del centenario del club les pasó por la mente salvar el honor y afrontar el compromiso. Lo que hubo, en cambio, fue una escena que el abogado e historiador del futbol Álvaro Pinuaga califica con toda razón como “dantesca”:[1] pocos minutos después de que los jugadores del Atlético saltaron a la cancha e incluso se tomaron la foto grupal ante las lentes de la prensa, el capitán del Barcelona, Pep Guardiola, el  “jugador étnico” del equipo catalán —calificativo que le puso el escritor Manuel Vázquez Montalbán—,[2] a pesar de ir vestido con uniforme de juego tuvo que cumplir la orden de dirigirse al centro de la cancha para informar al árbitro asturiano Manuel Díaz Vega —postrero director técnico del Comité de Árbitros durante 16 años— la incomparecencia de su equipo por supuesta falta de jugadores.[3]

Con la frivolidad irresponsable de quien decide no ir a trabajar un día en que no puede vestir sus mejores ropas, el FC Barcelona careció de la mínima sensatez para cometer el acierto elemental de salir a luchar con los futbolistas disponibles, como si en este deporte uno eligiera cuáles batallas librar y cuáles no, muy lejos tanto de comprender que un equipo no son solamente sus estelares sino todos los que lo integran, como también que los aficionados, por encima de todo, lo que esperan siempre es ver a su equipo, esté como esté, porque desde el momento en que abrazan unos colores celebran un pacto implícito de confianza hacia quienes los defienden en la cancha, aunque tenga que ser “en ocasiones a regañadientes”,[4] como dice José Woldenberg. Tan honroso que habría sido decir “hoy el FC Barcelona somos los que estamos” e ir para adelante. Pero no. Los entonces mandamases del club barcelonés se decantaron, tal como ironizó Vázquez Montalbán, por “integrarse con todos los honores en una posible Historia Futura del sentido del ridículo, en el capítulo especialmente dedicado a los que carecen de sentido del ridículo”.[5]

Consumada tan oprobiosa salida de la competencia que además trajo consigo la sanción consistente en no poder participar en la siguiente edición del torneo (castigo que después fue perdonado por la RFEF), el presidente Núñez terminó por dimitir al finalizar el ciclo y a los pocos días detrás de él se fue Van Gaal. Mientras el capitán Guardiola, al que sus jefes —que no tuvieron el valor de dar la cara por sus decisiones— enviaron ignominiosamente a resignar aquella eliminatoria, se tuvo que tragar la vergüenza. Y la vergüenza, como lo escribió Octavio Paz, “es ira vuelta contra uno mismo”.[6] Pero Guardiola supo trocar esa ira, esa rabia punzante de la humillación autoinfligida, en sed de revancha. Pero para obtenerla tuvo que esperar ocho años, hasta ser él el de las decisiones. Así como esa vez él y sus compañeros fueron obligados a renunciar sin pelear en su propia casa, el Barcelona con Guardiola al mando peleó todo y ganó todo: en 2009 los listones azul y grana colgaron de los 6 trofeos oficiales por los que el Barça compitió ese año: Liga, Copa, Champions, Supercopa de España, Supercopa de Europa y Mundial de Clubes. Fue el primer —y hasta ahora único— entrenador de la historia del futbol en conseguirlo. Y lo consiguió, al igual que los otros 8 títulos que acumuló durante su estancia de cuatro años (2008-2012) en la dirección técnica, gracias a una base de futbolistas noveles, provenientes como él de La Masía —el complejo que aloja y donde se forman los futuros valores culés—, el semillero en el que no confió la noche infausta de hoy hace 20 años la institución que dice ser més que un club (más que un club), pero que carente del más mínimo orgullo deportivo ese día prefirió capitular sin siquiera jugar.

[1] Álvaro Pinuaga, El fútbol de los 90. Del ‘Dream Team’ a la Francia de Zidane, Madrid, T&B Editores, 2014, p. 46.
[2] Manuel Vázquez Montalbán, Fútbol. Una religión en busca de un dios, Buenos Aires, Debolsillo, 2006, p. 106.
[3] Ángels Piñol, “El Barcelona se negó a jugar contra el Atlético alegando falta de jugadores”, El País, 25 de abril de 2000.
[4] José Woldenberg, “La industria del futbol”, Revista de la Universidad de México No. 126, agosto 2014, p. 84.
[5] Vázquez Montalbán, Fútbol, op. cit., p. 111.
[6] Octavio Paz, “México: Olimpiada de 1968”, en México en la obra de Octavio Paz. El peregrino en su patria. Presente fluido, México, Fondo de Cultura Económica, 2ª ed, 1989, p. 269.