Ni para arriba ni para abajo

Por: Farid Barquet Climent.

El ascenso y el descenso entre categorías son consustanciales al futbol. La posibilidad del primero siembra el deseo de superación que mantiene viva la ilusión, mientras que el riesgo del segundo le imprime fuertes dosis de tensión dramática.

Es evidente que cuando no se alcanza el sueño de escalar a la división superior se frustran proyectos, se malogran inversiones y se acendra la percepción de estancamiento, mientras que precipitarse al peldaño inferior evapora los beneficios (no sólo económicos) a los que se estaba acostumbrado (o empezando a acostumbrar) y pone carreras en predicamento. No es que la comunidad mundial del futbol (empresarios, empleados administrativos, cuerpos técnicos y futbolistas) se divierta atestiguando cómo su patrimonio, sus ingresos y hasta su autoestima penden en la incertidumbre. Lo que existe en cambio es un consenso —en modo alguno admitido resignadamente como si se tratara de una fatalidad, sino voluntariamente asumido con deportividad— de acuerdo con el cual la permanencia en cada uno de los circuitos del futbol profesional no se conquista de una vez y para siempre, sino que debe merecerse y además acreditarlo periódicamente. Y como la única manera conocida de hacer medibles los merecimientos es sometiéndolos a la lógica de los resultados, son éstos los que determinan el sitial que le corresponde a cada cual, como casi todo en la vida. Sin que ello implique abrazar una visión ganancial ni hacer nuestra la ambición sin freno ni tampoco la maximización del propio beneficio a toda costa como criterio de valor. De eso ya se encargó la sociedad. El futbol simplemente tuvo que hacerse cargo de un hecho incontrovertible: que el triunfo deportivo es un bien escaso. Y para que uno gane alguien tiene que perder.

Por eso es lamentable la decisión, adoptada por la Asamblea de la Federación Mexicana de Futbol (FMF), de suprimir la escalera de subida y de bajada que hasta el verano de 2019 compartieron las dos divisiones de mayor jerarquía del futbol nacional. Porque al hacer del máximo circuito un coto vedado que impide la llegada de nuevos participantes, se entroniza la mediocridad: “para qué aumento mi competitividad si tengo mi sitio asegurado”. Y entonces nos tocará ver cómo los equipos que durante décadas fueron cumplidos inquilinos del penthouse de nuestro futbol, esforzados en “pagar la renta” puntualmente año con año mediante el despliegue del mejor nivel de futbol a su alcance, serán convertidos gracias a la arbitrariedad de la mayoría de los dueños de equipos y a la obediencia cómplice de nuestros federativos en comodinos dueños mancomunados, vacunados todos por decreto contra el peligro de que sus malas decisiones, sus erróneas planificaciones, sus improvisaciones y sus intereses enquistados abiertamente malsanos los hagan sucumbir. La FMF ha construido el mejor de los mundos posibles para cualquier alérgico a la competencia: negocio asegurado con solo montarlo.

Cerrar la puerta de entrada a la planta alta dejará en penumbra a la de abajo. ¿Qué incentivos tendrán sus habitantes si saben que nunca saldrán de ahí? Por más que en defensa de la decisión aduzcan que la medida es por 6 años ¿qué garantías existen de que transcurrido ese tiempo no se dicte una prórroga igual o incluso a perpetuidad? Sin el estímulo de albergar la esperanza de que su equipo algún día ascienda, el apoyo de la afición decrecerá. Y sin éste, no veo cómo puedan seguir siendo entidades socialmente relevantes ni mucho menos financieramente sostenibles.

Pero además de injustificada y colisionante con los usos mundiales, la eliminación del ascenso es además cobarde: fue tomada y anunciada durante la vigencia de las medidas de aislamiento social derivadas de la pandemia de coronavirus, es decir, en el momento en que a los afectados les resulta más complicado que nunca defenderse. Con los agentes sociales y económicos funcionando al mínimo, apenas lo necesario para mantener signos vitales, la FMF instrumentó en una sesión virtual la muerte del descenso y el ascenso. Utilizó la emergencia sanitaria como pretexto para abaratar a capricho el valor de mercado del trabajo de cientos de personas. Tuvo prisa para dar el albazo: asestó un golpe mortal cuando fue más difícil meter las manos.

Un agravante es la desmemoria de los que consumaron la defenestración. En la reñida votación (8 contra 7) la mayoría de los que votaron a favor de la impermeabilidad social en nuestro futbol está integrada por franquicias que alguna vez (o algunas veces) tuvieron que ascender para estar donde facciosamente van a apoltronarse. Mientras que el fiel de la balanza, el voto que inclinó el sentido de la decisión, lo emitió un club que no tuvo que ganarse en la cancha su lugar en la Primera: es el hijo del rico que nunca ha tenido que luchar por nada porque todo se lo compran.

Convertir a la primera y a la segunda divisiones del futbol mexicano en estancos rígidos e infranqueables parece ser la proyección del modo de ser y de la concepción empresarial de quienes así lo decidieron, alérgicos como son a la genuina competencia, usufructuarios de oligopolios o de concesiones estatales que les han permitido construir fortunas sin pasar por la molestia de medirse con otros.