La importancia de saber defender

Por: Adrián Rentería Díaz.

Confieso que nunca he sido un apasionado del futbol, una de esas personas cuya fe en un equipo les lleva a hacer cosas incomprensibles (para los demás). Tal vez porque soy originario del norte de México, donde los deportes más populares eran, en mi niñez, el béisbol y el basquetbol. De cualquier forma, confieso que después del Mundial de México 70, al norte también llegaron ecos de las gestas del balón. Lo que me llevó inclusive a jugar en algún torneo llanero juvenil, de verdad polvoso y repleto de piedrecillas, rigurosamente como defensa, en una posición que, sin saberlo, era la del libero.[1]

Años después, en las distintas ciudades del Estado de Chihuahua que transité por razones de trabajo, entre los diferentes deportes que practiqué, siempre como amateur, el futbol ocupó un lugar más bien marginal, y en cada equipo en el que participé siempre lo hice en la misma posición. Todo esto, naturalmente, no tendría, y quizá no tiene en realidad, ninguna importancia, más allá de mis recuerdos personales. Sin embargo, me sirve como pretexto, después de haber leído un texto de Farid Barquet Climent sobre el catenaccio, publicado en esta página, para subrayar el aspecto defensivo de este noble deporte.

En los primeros años 80 del siglo pasado me desempeñaba como prefecto en una escuela secundaria, y  dado que al mismo tiempo estudiaba  en la Universidad Autónoma de Chihuahua, al deporte le dedicaba una atención mínima. Como cada año también en ese 1982, si no recuerdo mal, tenían lugar los campeonatos deportivos de las escuelas secundarias de la ciudad, en varias especialidades, desde los de pista y campo hasta los deportes de conjunto. En mi escuela, que cada año participaba, había dos profesores de educación física, dos profesoras a decir verdad, con las que yo tenía una buena amistad.

No fue por la relación amistosa con ellas, sin embargo, sino por otras razones que sucedió lo que estoy por relatar. Sucedió, en efecto, que pocos días antes de que iniciaran los campeonatos me preguntaron si estaba dispuesto a ayudarles manejando, esa fue la palabra, el equipo de futbol varonil que iba a competir. Ellas no podían, naturalmente, acompañar ni a todos los alumnos en los deportes individuales ni a los equipos de las diferentes disciplinas. Me dijeron que en los años pasados había sucedido que faltando la presencia de un adulto que impusiera un cierto orden, se habían generado problemas a la hora de alinear a los participantes, sobre todo en los juegos de conjunto. En suma, no había un responsable que decidiera quien entraba a jugar, quien salía y cosas de ese tipo.

Una vez que se consiguió la autorización del director de la escuela tuve mi primera, y única, experiencia como entrenador de futbol, como míster para decirlo como se usa ahora. Todo esto sucedía una semana antes de que iniciaran las competencias, de modo que la primera cosa que hice fue reunir a los miembros del equipo; eran prácticamente los mismos del año anterior. Me informé sobre la posición de cada uno de ellos y sobre los titulares y los de la banca. A todos los conocía, pero a uno de ellos de manera particular porque tenía una cierta mala fama, y parecía que se complacía en ello; corrían voces de que –¡horror!– fumaba mariguana. Era un chico alto y fuerte, de cuerpo atlético, y era el que mejor jugaba. Llamémosle Juan, y era el centro delantero, como se le llamaba entonces a quien –se suponía– era más hábil para hacer goles.

El equipo, me dijeron, estaba por jugar su tercer torneo, prácticamente con la misma formación. A mi pregunta de cuántos partidos habían ganado en los torneos anteriores, la respuesta, desconsolada, fue: ninguno… Y mi pregunta de cuántos goles habían marcado en los torneos recibió una respuesta aún más desconsolada: ninguno. Pero sí habían recibido muchos goles en su portería, me dijeron, sin precisar más el asunto. Oculté frente a ellos cualquier reacción, e imperturbable, le pregunté a Juan, quien era además el capitán del equipo, si no le gustaría ganar algún partido. Claro, respondió de inmediato. Entonces, le dije, dejas tu posición y juegas en defensa. Nadie, ni él ni los demás –que estaban escuchando–, pronunció palabra alguna, pero en los ojos de todos pude ver sin duda alguna que pensaban que era una locura. Me esperaba una respuesta negativa de Juan, y que frente a mi decisión dejara el equipo, pero no fue así, pues de forma lacónica dijo: «está bien», aunque con una sonrisa algo sardónica. Formé dos grupos y les dije que jugaran unos contra otros mientras yo los observaba, y así transcurrió ese día.

En esa semana me reuní con ellos un par de veces más con la misma dinámica. Los dos pequeños grupos, de alrededor de 8 chicos cada uno, jugaban, corrían, defendían, marcaban goles, es decir sucedía lo que –guardadas las proporciones debidas– acontece durante un partido “normal” de futbol. Y yo observaba.

Llegó finalmente el día de inicio del torneo. Una vez realizadas todas las formalidades, al equipo, a mi equipo, le llegó la hora de su primer partido. Escogí a los 11 titulares y los coloqué en las posiciones que mis “observaciones” me sugerían, con un módulo (si se le puede llamar así) muy conservador de 4-4-2, con Juan como defensor central ligeramente retrasado. Y el juego inició. Para mi sorpresa, pero más para sorpresa de ellos, la idea funcionaba, pues Juan era tan fuerte y hábil que todos los intentos del equipo contrario por pasar resultaban infructuosos una y otra vez. Y desde ahí, además, se encargaba de “alimentar” el juego de los mediocampistas y de los delanteros, dos chicos pequeños pero muy veloces. No la hago muy larga. Ganaron el encuentro sin recibir gol. La algarabía de los chicos era enorme y cuando en la escuela se supo del resultado, ellos caminaban con la cabeza alta y como si se movieran 5 centímetros por sobre el suelo.

Lo mismo sucedió en otros dos partidos. El estímulo que les dio el primer resultado favorable prácticamente les llevó a empeñarse como nunca y a derrotar sin muchas dificultades a los adversarios que les enfrentaron. Y finalmente llegó el momento de jugar por el primer lugar, contra un equipo que gozaba de una merecida fama por haber ganado los últimos torneos. A decir verdad para mí era una verdadera sorpresa haber llegado a disputar el trofeo, habida cuenta del poco tiempo que yo había tenido para “entrenar” el equipo y, por supuesto, porque se trataba del mismo equipo que no había marcado ningún gol en los dos torneos anteriores. De cualquier manera los chicos no supieron de mi estado de ánimo, poco optimista, y llegó el día del partido. No hubo un final feliz, de esos de película estadounidense.

Se jugó prácticamente en un llano, con las porterías sin redes, tal y como se habían jugado todos los otros partidos. Poco antes de terminar el primer tiempo, un atacante del equipo adversario pateó desde fuera del área un balón hacia nuestra portería, que pasó unos 15-20 centímetros por encima del larguero. El árbitro, el único árbitro, no había jueces de línea, estaba lejos de la acción y tuvo la buena idea de señalarlo como gol. Frente a mis protestas, y a las de los jugadores, se mantuvo inamovible, y pocos minutos después terminó el primer tiempo. Lo abordé y con calma le comuniqué mi desacuerdo. Con otras palabras, sin embargo, me confirmó lo que muchos años después Vujadin Boskov, legendario entrenador del Sampdoria de Génova en el campeonato italiano convertiría en uno de sus célebres dichos: «gol es cuando árbitro dice que es gol».

En el segundo tiempo no hubo historia y el marcador se mantuvo casi hasta el final del encuentro, a pesar de los esfuerzos de mis jugadores. Es más, cuando faltaban pocos minutos para que terminara el partido les pedí a los defensas, y a Juan en primer lugar, así como a los mediocampistas, que “subieran” hacia la portería contraria, en una búsqueda desesperada del empate. Estrategia riesgosa, claro, pero no había mucho más que perder. Y el riesgo se hizo realidad, con otro gol –éste sí regular– del equipo al que nos enfrentábamos.  Comparto estos recuerdos personales para subrayar algo que a veces se olvida en el ámbito deportivo: la importancia de una defensa eficaz. De nada vale hacer 5 goles si recibes 6, del mismo modo en que resulta inútil hacer 100 puntos en un partido de basquetbol si el equipo contrario marca 102. Una labor, la del defensor, que no recibe muchas consideraciones, porque es más sencillo celebrar los faustos de quien hace un gol o clava el balón en la canasta contraria. Pero que puede, en efecto, marcar los destinos de cualquier equipo, y, en consecuencia, de cualquier torneo.

 

[1] Posición que describe Farid Barquet Climent en la entrada “Falso catenaccio”, publicada en este portal:  https://futboleo.net/2020/04/17/falso-catenaccio/