Un grito prestado

Por: Israel M. López.

Un monosílabo basta para desencadenar una avalancha de sentimientos, un grito desaforado que envuelve a quienes están a centímetros o a kilómetros de aquel esférico de gajos que se incrusta en una red.

Toda mi vida futbolera ha estado llena de gritos prestados y uno ahogado. El ahogado se quedó en un remate de Emilio ‘Buitre’ Butragueño. La tarde del 4 de mayo de 1996 fue la primera vez que entré al Estadio Azteca. “Me quedé duro, me aplastó ver al gigante”, canta Andrés Calamaro y describe perfectamente mi sensación de entrar por primera vez en esa mole de concreto a los 5 años.

Estadio lleno con un partido empezado. Mi padrino busca boletos para él, para su free del día, para mi hermano y para mí, y así entrar a una final trabada  y que terminaría siendo injusta (en la ida en Celaya habían quedado 1-1, por lo que el gol de visitante acabó por darle al Necaxa el trofeo de campeón con el 0-0 en la vuelta). Entramos en el último nivel del estadio, en donde dos ‘rayos’ con caguama en mano celebraban el ansiado segundo campeonato. Mi hermano mayor me agarraba de los hombros para que no me escapara, mientras mi cara se pegaba a la reja que la delimitaba de las rayas rojiblancas de los ebrios necaxistas.

Hasta el minuto 40 pude ver por lo menos una jugada, la jugada que quedó ahogada en mi garganta. No pude gritar mi primer gol en un estadio. La figura rubia del ‘7’ de los toros del Atlético Celaya se levantó en el área chica, pero su cabezazo rozó el poste que defendía Nicolás Navarro. Necaxa fue campeón. Por las rampas del estadio salí con el grito de “Celaya, Celaya” en mi párvulo paladar, para tratar de aliviar el sentimiento de mis paisanos guanajuatenses.

17 años y 22 días después, otra vez estaba ahí. Reafirmé lo que dice Calamaro: “de grande pasó lo mismo”. Días antes, mi novia me dio la noticia de que su papá nos invitaba a la final de vuelta entre América y Cruz Azul. Si bien no tengo afinidad por las águilas, tengo muy fresca la tarde del 7 de diciembre de 1997.

Antes de salir al estadio, el padre de mi novia profetizó su sentencia:

—Este partido va a hacer historia —me dijo, mientras jugueteaba con su gafete de la Federación.

Tuvo razón de vidente. El partido ha sido de los más vistos y más gritados en la historia de nuestro balompié. Final de vuelta con una expulsión antes de los 20 minutos, para después un gol cementero que ponía un global de 0-2 a su favor.

Caía una lluvia extraña en una cálida noche de mayo. Cruz Azul a punto de ser campeón antes de jugadas que pudieron matar a las águilas, dos descolgadas que quedaron muertas, una en la mano de Moisés Muñoz (que vi desde una esquina del estadio, mientras esperaba a mi novia a que saliera del baño) y otra por el poste, en una de las jugadas más dramáticas de las finales de la Liga MX, con dos rebotes que le quitaban la gloria al Azul.

En el  minuto 80 vi al padre de mi novia; caminaba por el borde de la cancha con la cabeza gacha y la lluvia le hacía su camino más pesado. “¿Qué sentirá un americanista grabar ‘Cruz Azul’ en el trofeo de campeón?”, pensaba mientras lo veía entrar a la caseta de los árbitros.

Escuché todo el partido en el radio de mi destartalado celular. Al minuto 85 lo apagué. Ya se había acabado. Ya no tenía remedio. La maldición de Comizzo quedaría en el Estadio Azteca 15 años y 5 meses después de iniciar con el gol de Carlos Hermosillo que le daba la octava estrella al Cruz Azul en el Nou Camp de León, mientras mis lágrimas se reflejaban en la vieja Hitachi.

Cruz Azul al minuto 87 era campeón. Un minuto después, un cabezazo de Aquivaldo Mosquera dio un leve estallido a la grada del Azteca. 1-2 global.

—Así no se van limpios— grité, ante la mirada de una cruzazulina que se quebrara los dedos.

Pero la sentencia de José Juan Marmolejo, que lo convirtió en leyenda del futbol mexicano, se cumplía cuatro minutos después, en la última jugada.

Las leyendas y los escritos siempre recordarán al orfebre como la persona que ya había puesto una ‘C’ en la panza del trofeo, mientras Moisés Muñoz se lanzaba de palomita y metía el gol de Butragueño no pudo hacer. Un grito prestado que liberaba el ahogo en la misma área. Un grito de gol que me hizo abrazarme con otros americanistas, mientras gritaba “Comizzo, Comizzo”. Todo el país no podía creerlo. La grada visitante sin vida en la cápsula de silencio. Personas corriendo por las calles. Un padre de familia que grita gol antes de que se fuera la luz en su casa. Una familia cruzazulina que festeja antes de tiempo. Y José Juan desde la cancha con el trofeo listo para tatuar. Un instante en donde la gloria no se llamó Cruz Azul.

Lo demás es conocido. América le propinó una cruzazuleada épica al sustantivo de ese verbo, al llevarse un trofeo tatuado con una ‘C’ convertida en ‘A’, un error que se volvió leyenda y proeza desde la banca, porque aun pienso que el grabador siempre quiso poner una ‘A’, como estaba destinado en la sentencia de sus palabras.

 

Foto: mediotiempo.com

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