Calibrar el envite

Por: Farid Barquet Climent.

En la vida y en el futbol, algunas veces, muy pocas, el débil triunfa. Y son muy pocas porque en otras ocasiones, muchas más, a pesar de encontrarse cerca de la gloria, ésta al final se le escapa.

En 1589 el poderío marítimo del imperio británico era inmensamente superior al de la corona española. Dos años atrás el pirata inglés Francis Drake había tomado Cádiz por asalto y apenas el año anterior sus huestes habían repelido con éxito, en la costa de Plymouth y en la isla de Portland, el intento de invasión de la paradójicamente llamada Armada Invencible, la más ambiciosa empresa bélica financiada bajo el reinado de Felipe II, rey de España. Mientras las naves ibéricas aún continuaban en reparación en los astilleros de Santander tras el fallido ataque, vino la reacción inglesa: la flota de Drake fue avistada desde el puerto gallego de La Coruña el 4 de mayo de 1589. España se encontraba en indefensión, pues la aventura frustrada de la Armada Invencible le causó la pérdida de 18 de sus 41 barcos mercantes. Todo auguraba una rápida victoria del invasor, al que se creía imbatible en el mar. Sin embargo, la campaña terminó en la mayor catástrofe naval en la historia de Inglaterra, pues una heroína coruñesa, María Mayor Fernández de Cámara y Pita, que pasó a la posteridad como María Pita, se encaramó a la muralla que cerca la ciudad y desde ahí encabezó la resistencia popular, que culminó con la retirada inglesa el 16 de junio. En esa ocasión el débil triunfó.

Cuatro siglos y un lustro después, el 14 de mayo de 1994, otra muralla de La Coruña, aunque nacida en Serbia, de 1.85 metros de estatura, Miroslav Djukic, corazón de la zaga del equipo del Real Club Deportivo La Coruña, tenía a sus pies la gloria para la ciudad. A lo largo del torneo 1993-1994 el modesto club coruñés —conocido por todos como El Dépor— que en 1988 se había salvado en el último partido de caer hasta la tercera división —a la que finalmente sucumbió en el coronavírico verano de 2020—, sacudió el establishment del futbol español y de paso sorprendió a todo el planeta al hacer peligrar el duopolio históricamente ejercido en la Liga por el Real Madrid y el FC Barcelona. Sobre una base de talento local personificado en el fino mediocampista Fran, fortalecida con el aporte de jugadores provenientes de otras regiones de España que no habían sido suficientemente valorados hasta entonces (el solvente portero cántabro Paco Liaño; los valencianos Nando y Voro; el eterno suplente de Hugo Sánchez en el Real Madrid: Adolfo Aldana; el atacante asturiano Javier Manjarín, que jugara después en México para Atlético Celaya y Santos Laguna) o que se encontraban de plano en trance de retiro (el lateral guipuzcoano López Rekarte), eficientada y abrillantada por estrellas brasileñas (Donato, recién desechado por el Atlético de Madrid con lujo de grosería de Jesús Gil y Gil; Mauro Silva, traído directamente del Bragantino, pequeño club paulista absorbido en 2019, al igual que otros equipos en varios países, por una marca de bebidas energetizantes; y Bebeto, la estrella goleadora de los clubes cariocas Vasco da Gama y Flamengo, que abandonó Brasil sólo porque le aseguraron que Riazor era una playa tan atlántica como Copacabana) y el todo sostenido en la parte baja por el líbero Djukic, aquel Súper Dépor goleó 4-0 al Real Madrid de Benito Floro apenas en la segunda jornada, primera gran muestra de los tamaños de ese plantel, que logró mantener la regularidad casi todo el torneo, imprimiéndole un dramatismo a su desenlace como no se recordaba alguno tan vibrante en las poco menos de 7 décadas de competencias ligueras profesionales disputadas hasta entonces.

El romanticismo ínsito en la gesta de un equipo débil que amenazó con entrometerse en el coto cerrado de la gloria, reservado casi exclusivamente a los dos más fuertes, no podía ser desdeñado por la literatura. Lo recogió uno de los máximos narradores españoles de las últimas décadas, el leonés Julio Llamazares, quien subraya que aquel conjunto gallego

“Hasta seis puntos había llegado a sacarle de ventaja al Barcelona, su perseguidor más cercano y persistente, ventaja que había ido perdiendo en los últimos partidos, sin duda por la presión, hasta el extremo de llegar a la última jornada igualados a puntos al frente de la tabla”.

En esa última jornada el FC Barcelona debía recibir al Sevilla y el Dépor hacer lo propio con el Valencia. De ganar su partido el de la ciudad Condal, el blanquiazul de Galicia tenía necesariamente que imponerse en su respectivo encuentro para salir campeón. Tal como lo sintetiza Llamazares, el conjunto dirigido por Arsenio Iglesias “se jugaba a una carta el campeonato que durante toda la temporada había tenido en la mano”. Como en tiempos de María Pita, el panorama no pintaba favorable para los coruñeses, pues la oncena catalana le pasó por encima a la andaluza por marcador 5-2, obligando al Dépor a ganar sí o sí.

Durante los primeros 89 minutos de juego estuvo más cerca la puesta en ventaja del Valencia, a través del montenegrino Pedja Mijatovic, que la llegada del gol del campeonato para La Coruña. La desilusión ante la inminente difuminación de la conquista del título se apoderó de los asistentes al estadio Riazor. Llamazares recrea el momento:

“Quedaba sólo un minuto —más lo que añadiese el árbitro— para que se produjese un milagro. Y se produjo. Llegó el milagro cuando ya nadie en el campo y en las gradas lo esperaba (…) Aunque parecía imposible, el milagro se había producido. Mejor dicho: se podía producir. Porque el árbitro había pitado penalti, pero el penalti había que convertirlo ¡Y a ver quién era el valiente que lo tiraba en esas circunstancias!”.

Bebeto ya había fallado 2 penaltis en el último mes, mientras que el cobrador habitual, Donato, había salido de cambio por Alfredo, también mediocampista, pero de características más ofensivas. En el orden de prelación de tiradores el tercero era Djukic. “Fue justo en ese momento —escribe Llamazares— cuando Djukic calibró el envite”: al serbio “le pareció que todo el estadio se apoyaba de repente sobre él”.

405 años atrás María Pita calibró el envite que suponía resistir el desembarco inglés y gracias a su temple y entereza salió airosa, pero Djukic, tras calibrar el envite que se le había sobrevenido en la soledad del manchón penal, no pudo resistir el embate de los nervios. Dudó hacia dónde y cómo dirigir su disparo, que salió flojito, raso, apenas a un paso sobre el costado derecho del portero valencianista, José Luis González, quien con sólo recostarse atajó el envío. Djukic, “arrodillado en el césped, como un boxeador caído, sólo pensaba en huir de allí”. En esa nueva ocasión, en la antesala de la gloria, el débil cayó.

La tensión dramática y el final trágico de esa temporada irrepetible los narró Llamazares en ese relato al que intituló precisamente “El penalti de Djukic”. Pero esas mismas incidencias parecen haber sido prefiguradas por Llamazares desde 6 años antes, pues diversos pasajes de su novela La lluvia amarilla, publicada en 1988, leídas a la luz de los hechos de aquella noche de primavera de 1994 captan la desolación de aquella escena. Es como si Llamazares hubiera escrito dos veces sobre la misma tragedia, una antes y otra después de ésta. “Una sombra de miedo y de inquietud envolverá esa noche sus ojos y sus pasos”, se lee en el primer párrafo de la novela, enunciado que bien podría calificar como metáfora de las emociones que invadieron al futbolista balcánico cuando tuvo a merced la oportunidad de destronar al Barcelona impidiéndole conquistar la Liga por cuarto año consecutivo, instante único respecto del cual el zaguero bien podría decir, aún hoy, como dijo el personaje del monólogo novelístico de Llamazares: “sólo yo lo he pisado en todos estos años”. Otra frase, “el silencio y la quietud serán totales”, vale como descripción figurada por anticipado de la atmósfera que habría de apoderarse de las tribunas del Riazor cuando Djukic malogradamente pateó desde los 11 pasos. En resumen, cualquier aficionado deportivista suscribiría, en primera persona, que la del 14 de mayo de 1994 ha sido, como escribe Llamazares en su novela profética, “la más larga y desolada de las noches de mi vida”.

 

Fuentes:

Elliott, John H., La Europa dividida (1559-1598) (trad. Rafael Sánchez Mantero), Barcelona, Crítica, 2010.

Gorrochategui Santos, Luis, Contra Armada. La mayor catástrofe naval de la historia de Inglaterra, Madrid, Ministerio de Defensa, 2011.

Llamazares, Julio, La lluvia amarilla, Seix Barral, Barcelona, 15ª ed., 1990.

Llamazares, Julio, “El penalti de Djukic”, en Tanta pasión para nada, Alfaguara, Madrid, 2011.

 

Foto: Sport.

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