Menem: De los sueños a las pesadillas

Por: Farid Barquet Climent.

A Modesto Vázquez, gran argentino y gran mexicano

El pasado 14 de febrero murió a los 90 años Carlos Saúl Menem, presidente de la República Argentina de 1989 a 1999. Si un gobernante quiso simbiotizar los éxitos deportivos de sus connacionales con su proyecto político y económico e incluso con su imagen pública, ese fue Menem. En 1989, cuando ya detentaba la máxima investidura, jugó con el equipo nacional de basquetbol sobre la duela del mayor centro de espectáculos de Buenos Aires, el Luna Park, y 3 años después, durante un partido de exhibición, fue pareja de dobles de la más destacada tenista argentina de la historia, Gabriela Sabatini, ganadora del Abierto de Estados Unidos 1990. Pero con el que Menem llevó a los extremos del narcicismo su afán de notoriedad fue con el futbol.

En plan Calígula, Menem se hizo convocar a la selección nacional dirigida por Carlos Salvador Bilardo. A sus 59 años Menem jugó, junto a Maradona y sus compañeros entonces campeones mundiales, el Gran Partido de la Solidaridad —celebrado el 21 de julio de 1989 en el estadio José Amalfitani, casa del Club Atlético Vélez Sarsfield, con aforo para 40 000 asistentes—, organizado para recaudar fondos “a beneficio de los más necesitados”. El periodista Enrique Macaya Márquez ingresó al vestidor y encontró al masajista histórico de la selección, Miguel Di Lorenzo “Galíndez”, frotando las piernas de un debutante con la camiseta albiceleste: Menem. A preguntas previsibles de Macaya Márquez —“¿Qué le dice Bilardo?” “¿Qué habla usted con los muchachos antes de salir (a la cancha)?”— el presidente devenido en futbolista, recostado en la cama de masajes, enfundado en la número ‘5’ que esa noche le fue confiscada al “Tata” José Luis Brown y portando el gafete de capitán que le usurpó a Maradona, responde sin asomo de humildad: “No hace falta. Los que tenemos conocimiento del futbol no hace falta que hablemos”.

Menem jugando con la selección campeona mundial

Pero si algo hizo Menem para llegar a la presidencia fue precisamente hablar. Y hablar mucho. A fuerza de discursos y entrevistas, durante la campaña electoral se construyó una imagen: la de adalid de las causas sociales que el peronismo decía abanderar. Pero una vez que tuvo en sus manos el cetro presidencial, se dedicó a hacer todo lo contrario de lo que pregonó. Tal como afirma el periodista Luis Bruschtein, “su gobierno fue lo más opuesto a los principios que había profesado en su ingreso a la política: ladrillo por ladrillo, hizo lo que ni siquiera los gobiernos militares habían podido hacer. Se dedicó a desmontar lo que aún quedaba en pie de los primeros gobiernos peronistas: privatizó todos los servicios de agua, gas y electricidad, las comunicaciones, los altos hornos y el acero, los ferrocarriles, Aerolíneas, desreguló la economía. Hizo lo que ni siquiera los gobiernos más neoliberales del mundo habían hecho: privatizó la petrolera estatal ypf (Yacimientos Petrolíferos Fiscales)”.

Con el menemismo “llegó el imperio de las camas solares, los trajes millonarios italianos, las intervenciones estéticas de glúteos, las cocaine decisions”, escriben Cune Molinero y Alejandro Turner en las primeras páginas de su libro El último mundial. Evaporada la “primavera democrática” de los años de Raúl Alfonsín en la presidencia (1983-1989), Menem implantó una realidad en la que —sostienen esos autores— “no se podía sobrevivir sin una mínima cuota de cinismo. Con menos alegría y más teléfonos. Con menos almacenes que hipermercados. Con menos Humor y más Caras”.

A Menem no le bastó montar una pantomima para meterse a jugar con los seleccionados y exhibirse triunfante —como escribió el recientemente fallecido José Nun— “en esos dos lugares mitologizados del ascenso social como son el deporte y el mundo de la farándula”. Menem quiso también incidir en la confección de la lista de jugadores que participarían en el Mundial Italia 90. Socio de River Plate, el presidente deseaba ver a un referente del club “Millonario”, Ramón “Pelado” Díaz, entre los 22 llamados por Bilardo para la Copa del Mundo. Con ese propósito citó a una reunión en la que estuvieron presentes un empresario periodístico y dos periodistas deportivos, además, por supuesto, del entrenador nacional, al que pasados unos minutos Menem invitó a pasar a solas con él a una habitación aparte. Bilardo no accedió a la petición. “No hubo caso”, fueron las palabras de Menem después de que el técnico se retiró. Cuando la solicitud trascendió, el propio Maradona, según la prensa de entonces, “le recordó al jefe del Estado que él debía ocuparse de ‘cosas más importantes’”.

Cuando Menem llegó al poder en julio de 1989 Maradona era la mayor celebridad deportiva mundial. Ni siquiera el nombre de Michael Jordan resonaba como el del Diego en todos los confines del planeta. Menem vio la oportunidad de hacer diplomacia con la popularidad del ‘10’: lo nombró Embajador Deportivo el 7 de junio de 1990, 24 horas antes de que la selección argentina inaugurara el Mundial de Italia, en el que habría de defender —y casi lo consigue— su título de campeón del mundo. Menem le entregó el pasaporte diplomático a Maradona en una ceremonia realizada en la sala de prensa del estadio Giuseppe Meazza —que para el certamen estrenó el tercer piso de su graderío además de un techo sostenido por 11 pilares—, no sin antes darse el gusto de caminar sobre el pasto de la Scala del calcio junto a los jugadores durante el recorrido habitual de reconocimiento de la cancha, cual si fuera un seleccionado más que Bilardo tuviera contemplado para alinear.

El día siguiente Menem observó desde el palco de los poderosos la derrota argentina ante Camerún gracias al gol imposible de Francois Omam Biyik, el que se comió el portero Nery Pumpido porque nunca imaginó que el futuro delantero del América de México fuera capaz, como lo fue, de rematar desde la estratósfera. Mientras Menem volaba de vuelta a Argentina y Maradona y sus compañeros aguardaban en Nápoles su segundo partido del Mundial ante el representativo de la URSS, en Buenos Aires se cumplimentaba el decreto 1026, que Menem había dejado firmado en alguno de los cajones próximos al “Sillón de Rivadavia”. A través de ese documento Menem ordenó a personal militar desalojar a su esposa, Zulema Yoma, de la residencia presidencial de la Quinta de Olivos, en presencia de los dos hijos de ambos y de los medios de comunicación, que fueron avisados con la mínima pero suficiente anticipación, al más puro estilo Menem, de que un performance estaba por ocurrir a las puertas del número 2100 de la avenida Maipú.

En el otrora lecho conyugal, habitado ya por él solo, Menem vio por televisión el tortuoso avance mundialista de la selección, que contra lo que vaticinaban los malos presagios que dejó el tropiezo inaugural ante los leones indomables logró llegar a la gran final. No obstante que el dólar se cotizaba en 5,850 australes —moneda nacional argentina de ese tiempo— y el costo del servicio telefónico había aumentado 1,000% durante el año que llevaba al frente del gobierno, Menem viajó nuevamente a Italia para presenciar el partido definitivo contra Alemania en el Olímpico de Roma. Encuentro trabado, se resolvió a favor de los teutones por un polémico penal marcado por el árbitro uruguayo-mexicano Edgardo Codesal y anotado por Andreas Brehme. Maradona aún no se secaba las lágrimas rezumantes de impotencia que regó mientras esperaba la medalla de plata, cuando Menem ya estaba en el aeropuerto de Fiumicino despegando rumbo al de Ezeiza. Se apresuró a regresar a la Argentina antes que lo hiciera la selección en aerolínea comercial para ponerse al frente del apoteósico recibimiento popular a los subcampeones mundiales. Fue otra puesta en escena más de su propensión a intentar capitalizar políticamente el gusto del pueblo argentino por el futbol, una constante a lo largo de sus 2 periodos presidenciales. En contraste con su antecesor, Raúl Alfonsín, que 4 años antes cedió el balcón de la Casa Rosada —sede del gobierno— a los integrantes del plantel que ganó la Copa fifa en México 86, Menem salió al encuentro de la multitud reunida en la Plaza de Mayo acompañado de Maradona y se quedó de pie entre los jugadores y el cuerpo técnico durante los 20 minutos de ovación. Detrás de las cilíndricas columnas de piedra que el 1 de mayo de 1952 atestiguaron el último discurso de Eva Perón, la noche del 9 de julio —Día de la Independencia argentina— de 1990 las patillas tupidas de Menem a lo Facundo Quiroga —caudillesco gobernador de la provincia de La Rioja en la primera mitad del siglo XIX como Menem lo fue en la segunda del XX— estuvieron estratégicamente flanqueadas por la melena rubia de Claudio Caniggia, por la mano de Bilardo esclavizada por el tic de acomodarse la corbata, por el aura heroica de Sergio Goycochea y por la sonrisa plena del Diez. “Ahí está el presidente Menem con Diego Maradona, es el momento culminante”, gritaba el reportero de la televisión.

El subcampeonato en el Mundial de Italia lo consiguió el representativo argentino tras eliminar a la selección anfitriona en la semifinal, dejándola fuera de la competencia nada menos que en el santuario maradoniano de la península: el estadio San Paolo de Nápoles, que desde el 25 de noviembre de 2020, día de la muerte de Maradona, lleva su nombre. Salvatore “Toto” Schillaci había puesto en ventaja a los azurri a los 17 minutos, pero en el complemento la igualada llegó por una peinada de Caniggia auxiliada de una mala salida de Walter Zenga, quien hasta ese momento no había recibido gol en el Mundial. El empate 1-1 del tiempo regular no se rompió durante la prórroga, por lo que hubo que dirimir el pase a la final mediante tandas de penaltis, en las que Goycochea se ganó su apodo, “Atajapenales”, al detener 2 disparos —de Aldo Serena y Roberto Donadoni— mientras que los sudamericanos no erraron ninguno. Por haber frustrado el sueño italiano de campeonar en casa por segunda vez —pero en esa nueva oportunidad del 90 sin sospechas de ayuda mussoliniana como las que ensombrecieron la conquista de 1934— a Maradona, il figli adottivo del Vesuvio, se le dictó, nunca mejor dicho, una auténtica vendetta. La venganza llegó 10 meses después, aprovechando una debilidad humana del crack, hoy de todos conocida: a principios de abril de 1991 el Comité de Disciplina de la Liga italiana impuso a Maradona una sanción de 15 meses, que expiró hasta el 30 de junio de 1992, por haber dado positivo por consumo de cocaína en el control antidoping efectuado al término del partido que el Napoli le ganó 1-0 al Bari el 17 de marzo. Impedido de jugar en cualquier Liga del mundo, Maradona se refugió en Buenos Aires. No era un regreso fulgurante, como los del 86 y del 90, de balcón festivo y plaza rebosante. Pero si un común denominador había entre los regresos del 86, del 90 y del 91, era la persistencia de la crisis económica en Argentina. Así como el poder explotó la estrella de Maradona en su auge, también lo haría en su caída. Así como sacó rédito de su gloria, sabría usufructuar su desgracia a modo de distractor: el 26 de abril por posesión de drogas Maradona era “arrestado en un departamento del barrio porteño de Caballito al que los medios de comunicación llegaron antes que la policía”, como recuerda el periodista Alejandro Duchini. La detención, que mostró al ídolo intoxicado y esposado ante las cámaras, la efectuó la Policía Federal, y Menem dijo sentirse “sumamente conmovido”, de acuerdo con información del periódico español El País. Un cable noticioso de la época, reproducido en 2020 por el diario La Nación, informaba: “Desde poco antes de las seis de la tarde, las radios desplazaron sus unidades móviles a las inmediaciones del lugar y comenzaron la transmisión de los hechos como si se tratase de un partido”. A 30 años de distancia Duchini interpreta esa detención y el vuelo mediático que se le dio como “un golpe sin anestesia para tapar problemas sociales”.

Los 90, la década de Menem en el poder, fueron a la Argentina lo que el sexenio presidencial de Carlos Salinas de Gortari a México: espejismos de entradas al primer mundo que terminaron en nuevas devaluaciones, en más crisis, en más desigualdad. Tal como escriben Molinero y Turner, desde los tiempos de Menem la democracia argentina “empezaba a parecerse más a la que habitamos ahora: con menos temor al poder militar. Pero también con menos ilusiones”. Porque después de la larga noche de la dictadura (1976-1983) revivieron las esperanzas de ver por fin una Argentina a la altura de las expectativas que despertó en su fundación, las que le auguraban convertirse en algo así como Canadá o Australia del Cono Sur, tal como escribe Alejandro Grimson en su inteligente y divertido libro sobre los mitos argentinos, publicado por Siglo XXI Editores. El regreso de la democracia invitaba a soñar no sólo con un país menos sometido, sino también más justo y menos pauperizado. Pero al igual que ocurrió con los “viejos sueños” decimonónicos que, como escribe Andrés Kozel, descansaban en la supuesta ineluctabilidad de un “destino de grandeza” del que la nación “se había ‘extraviado’” en algún momento de su historia difícil de precisar, los sueños de los años de Menem —alumbrar la prosperidad, domar la inflación, acceder a bienes importados gracias a la ilusoria conversión por decreto del dólar americano en moneda nacional— también “pasaron a destilar unas pesadillas que acabaron devorándoselos casi por entero”.

Fuentes:

Carlos Ares, “Maradona ataca con dureza a Menem”, El País, 23 de octubre de 1991.

Luis Bruschtein, “Murió Carlos Menem”, Página/12, 14 de febrero de 2021.

Clarín, Año XLV, No. 15,927, 13 de junio de 1990.

José Comas, “Menem, conmovido por el ‘caso Maradona’”, El País, 27 de abril de 1991.

Alejandro Duchini, “Carlos Menem: La Patria deportista”, Página/12, 14 de febrero de 2021.

Alejandro Grimson, Mitomanías argentinas: Cómo hablamos de nosotros mismos, Buenos Aires, Siglo XXI Editores, 2013.

Andrés Kozel, La Argentina como desilusión. Contribución a la historia de la idea del fracaso argentino (1890-1955), México, Nostromo Ediciones-unam, 2008.

La Nación, “Maradona: el día que fue preso por drogas y conmocionó al mundo”, 26 de abril de 2020.

Cune Molinero y Alejandro Turner, El último mundial, Buenos Aires, Planeta, 2020.

José Nun, “Populismo, representación y menemismo”, en Felipe Burbano de Lara (ed.), El fantasma del populismo. Aproximación a un tema (siempre) actual, Caracas, ildis-flacso-Nueva Sociedad, 1998, pp. 49-79. Mauro Palacios, La enfermedad del doctor: una biografía de Carlos Salvador Bilardo, Buenos Aires, Corregidor, 2009.

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