¿Quién es José Damasceno?

Por: Farid Barquet Climent.

“Una vida nueva con un nombre falso en otro lugar, no le veo las ventajas”.

Con estas palabras, el escritor español Jorge Semprún (1923-2011) respondió a sus camaradas comunistas, presos junto con él en el campo de concentración de Buchenwald durante la segunda guerra mundial, cuando éstos le propusieron armar un plan para que intercambiara su nombre con el de algún otro interno del campo que, como dramáticamente ocurría casi a diario, falleciera por aquellos días, pues pensaban que si las autoridades nazis daban por muerto a Semprún cesaría el espionaje de sus conversaciones, la revisión de su correspondencia, la inspección de sus lecturas, en fin, el seguimiento de todas sus actividades por parte de la SS, la policía de Hitler.

Apremiado por las circunstancias Semprún terminó por aceptar la propuesta de sus amigos. El relato de ese episodio trágico es narrado por él mismo en Viviré con su nombre, morirá con el mío, novela cuyo título sintetiza los extremos a que puede orillar la irracionalidad: tener que suplantar a la muerte como la única forma de aferrarnos a la vida.

Pero lo que vengo a contar aquí es la historia de una suplantación que no es trágica en modo alguno. En ella nunca estuvo en peligro la sobrevivencia de un ser humano, pero de su desenlace afortunado dependía la continuación de una carrera promisoria dentro del futbol profesional.  

La historia tuvo lugar a mediados de 1991. Pumas había salido campeón el 22 de junio, pero a partir de septiembre debía defender su título sin contar con cuatro jugadores que habían sido parte del cuadro base que obtuvo el campeonato y que tras la conquista de éste se fueron a jugar a otros equipos. Para paliar esas ausencias Pumas volteó la vista hacia Brasil, porque en México había circulado una noticia: la aparición en el país sudamericano de un joven futbolista muy prometedor, al que apodaban Tiba, pero que no es el mismo Tiba que ahora conocemos.

Por aquellos días en que elogiosamente se hablaba de un tal Tiba que jugaba en Brasil, acababa de aterrizar en suelo mexicano otro joven futbolista brasileño al que alguien consideró tan prometedor como el Tiba de la buena fama que súbitamente deambulaba en boca de los mexicanos, pero al que nadie de nuestro medio futbolístico había visto jamás.

José Santos Damasceno Filho —sin parentesco con Damasceno Monteiro, el personaje de ficción creado por Antonio Tabucchi a partir de la denominación de una calle lisboeta en la que vivió el escritor— es el nombre al que respondía el amazónico por entonces recién llegado a tierra mexicana. Con apenas 21 años, Damasceno hizo caso a la sugerencia que le hicieron de adoptar en México el alias Tiba. No le dijeron que con ese apodo se haría pasar por otro, pero lo convencieron de hacerse llamar Tiba con el argumento de que todo futbolista brasileño que se respeta tiene su apodo: Tita, Dida, Didí, Vavá, Pelé, etc.

En la búsqueda de una oportunidad, Damasceno fue llevado a probarse a un entrenamiento de los Pumas, al que asistió presentándose como Tiba. Su paisano Ricardo Tuca Ferretti —que en unas pocas semanas de aquel verano pasó de anotador del gol que valió el campeonato a DT del equipo universitario— decidió que Tiba se quedara en el plantel.

José Damsceno en Brasil, antes de su arribo a México

Desde el día de su debut con el conjunto universitario Tiba llamó la atención del público y los reporteros. El motivo no fue alguna jugada deslumbrante, sino que la camiseta blanca con el puma oro del tamaño del pecho le quedaba ostensiblemente grande. Era muy joven, sí, pero en sus primeras tardes con el equipo de la UNAM, en las que la voz del Estadio Olímpico Universitario, el Ingeniero Marco Antonio Torres H. lo anunciaba en el sonido como José Damasceno, se veía como un niño enfundado en el uniforme de un adulto.

José Damasceno “Tiba” y Antonio Torres Servín

La adultez futbolística de Tiba llegó la siguiente temporada, en la que por fin encontró su mejor acomodo en la alineación. La posición de defensa lateral izquierdo le sentó estupendamente. Daba mucha salida y tenía buena proyección hacia el frente. Pero su plena madurez llegó cuando salió de Pumas para jugar durante la temporada 1995-1996 junto a Emilio Butragueño, Richard Zambrano y otros en el recién ascendido Atlético Celaya, equipo con el que estuvo cerca de coronarse como campeón, pero el Necaxa dirigido por Manuel Lapuente lo impidió gracias al criterio de desempate del gol de visitante.

Tiba con los Toros del Atlético Celaya

Las magníficas actuaciones de Tiba con la escuadra guanajuatense motivaron que el Atlante lo contratara, previo pago de la cantidad de dinero más alta que por concepto de transferencia se erogó en el futbol mexicano en 1996.

Tiba con los Potros de Hierro

Recaló después en Santos Laguna y tuvo sus últimas apariciones en Primera División con Jaguares de Chiapas. Prolongó algunos años su carrera en el circuito de ascenso con Petroleros de Salamanca y se retiró a la edad de 40 con Reboceros de la Piedad, 19 años después de haber acertado en ver las ventajas de una vida nueva en México, con el nombre Tiba, que de falso ya no tiene nada porque le pertenece solo a él, responsable de esculpirle entre nosotros un historial de buen futbol.

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