El General tiene quien lo defienda

Por: Farid Barquet Climent.

A Tulio Halperin Donghi (1926-2014), uno de los más connotados historiadores argentinos, le resultaba enigmática la unanimidad con que los historiadores de su país encomian al libertador Manuel Belgrano, un consenso sin fisuras que ha elevado al prócer a un “lugar de excepción en los anales históricos de las comarcas del (Río de la) Plata”. Escribe Halperin: “Belgrano es el único entre los personajes venerados como Padres de la Patria cuyo derecho a ser tenido por tal no ha sido impugnado por una comunidad historiadora que (…) ha logrado finalmente no dejar títere con cabeza”.

Probablemente porque al general Belgrano se le atribuye el haber escogido para la bandera argentina los colores blanco y celeste, su figura goza de la “afectuosa comprensión” de quienes han investigado los avatares de la revolución de independencia. Porque a decir de Halperin, los historiadores tratan con muy diferente rasero a Belgrano que al resto de los héroes nacionales, pues lo que “denuncian agriamente” en éstos lo disculpan en aquél.

Belgrano en el billete de diez pesos argentinos

Pero los defensores de Belgrano no se agotan en el gremio de los historiadores. Hay muchos otros. Y son fáciles de identificar. Se les puede detectar porque suelen emocionarse por igual con los colores celeste y blanco que con el rojo y el negro, la combinación cromática del club de futbol que los une y que se llama precisamente así: Defensores de Belgrano.

No obstante que su denominación responde al barrio en que se asienta —Bajo Belgrano, al norte de la capital argentina— Defensores de Belgrano tiene desde su fundación el propósito de defender el ideario belgraniano. Porque así como Belgrano pensaba que al bien de Argentina “nada se haría por hombres que por sus intereses particulares posponen el del común”, en el acta que da origen al club que lleva su nombre —documento que podemos conocer gracias a Amadeo Javier Bava, historiador de Defensores— quedó asentado que la entidad pretende “formar una única comunidad de belgranenses, buscando el bien común, la fraternidad y el alto espíritu de solidaridad”.

Y vaya que Defe ha dado muestras de actuar en consecuencia. Porque fue por una iniciativa surgida en el seno de Defensores que, en mayo de 2017, se desencadenó una oleada de manifestaciones de repudio de equipos profesionales del futbol argentino en protesta por la decisión que entonces tomó una mayoría de integrantes de la Corte Suprema de Justicia consistente en aplicar a criminales de lesa humanidad el beneficio de purgar sus penas de prisión multiplicando por dos cada día de encierro a efectos de reducir su tiempo de internamiento (medida conocida como 2×1). El fin de semana siguiente al dictado de la resolución Defensores jugó contra Deportivo Riestra, y al momento en que la oncena belgranense posaba para la fotografía tradicional sus integrantes mostraron una manta con un mensaje pintado con aerosol: “El único lugar para un genocida es la cárcel común. Defe no olvida”. Y cómo Defe podría olvidar los horrores del terrorismo de Estado si nada más cruzar la calle de su entrada principal se llega a la parte trasera de la Escuela de Mecánica de la Armada (esma), el principal centro de detenciones y torturas durante la última dictadura, convertido desde 2015 en Espacio para la Memoria y para la Promoción y la Defensa de los Derechos Humanos.  

Jugadores de Defensores previo al partido contra Deportivo Riestra en 2017

En 2001 Defensores reivindicó a uno de sus socios, Ricardo Marco Zuker López, “Marquitos” Zuker, estudiante de Derecho en la Universidad de Buenos Aires desaparecido en 1980 por la dictadura militar que gobernaba el país, al ponerle su nombre a la tribuna popular local del estadio Juan Pasquale. Y el último día de febrero de 2020, para recordarlo nuevamente a 40 años de su desaparición, por iniciativa de la subcomisión de derechos humanos del club se develó una placa en el acceso a la grada a la que Zuker asistía en la que se lee: “Acá fue feliz Ricardo Marcos ‘Pato’ Zuker”. Y cómo no iba a ser feliz ahí Zuker si sobre esa cancha le tocó ver con la camiseta de Defe a un sinónimo de gambeta, uno de los jugadores que mejor encarnaron la picardía esencial al futbol barrial: René Orlando Houseman, anotador de 4 goles en mundiales y campeón del mundo en 1978.

Houseman haciéndole gol a Italia en el Mundial de 1974

Houseman aprendió los secretos del futbol en las calles de Bajo Belgrano, luego militó en un equipo de vecinos junto a sus hermanos y sus amigos, Los Intocables, y más tarde se incorporó a las divisiones inferiores del adversario barrial de Defensores, el Club Atlético Excursionistas. Pero como Excursionistas lo dejó libre, el español José Arce Gómez, mejor conocido como el “Gallego Chele”, entonces responsable de las fuerzas básicas, lo reclutó para el Dragón, en cuyo primer equipo debutó a finales de 1971 en un partido perdido ante Nueva Chicago por el descenso a la Primera C, división en la que el año siguiente Houseman marcó 15 goles y en la que sedujo a César Luis Menotti, en aquel tiempo entrenador de Huracán, quien afirmaba en declaraciones para la revista El Gráfico en 1973 que Houseman, con tan sólo 19 años y luego de saltar en apenas un año de la Sexta División a Primera C, “sabía todo lo que debe saber un jugador de fútbol”, y por eso se lo llevó al Globo, para ponerlo a jugar, entre otros, junto a Miguel Brindisi, Carlos Babington y Alfio Basile, y así armar el mejor plantel de toda la historia del equipo de Parque Patricios, el que salió campeón en 1973 y que encaramó a Menotti al banquillo de la selección nacional, en la que Houseman sería un convocado habitual entre 1974 y 1979. Fallecido el 22 de marzo de 2018, Houseman le juraba en 2006 al periodista Martín Sánchez —autor del libro Corazón pintado— “que le debía todo a Defe”.

Cortado con la misma tijera que Houseman, 40 años después de la llegada de éste a Defensores arribó nada menos que Ariel Ortega, el “Burrito”, el que en sus primeros días con River Plate, cuando todos lo llamaban “Orteguita”, parecía el espejo de Maradona y despertó la expectativa de haber hallado en él al sucesor del genio. Ortega fue el primer futbolista en portar la ‘10’ de la albiceleste en un Mundial luego de que el Diego la dejara vacante. La extraordinaria actuación del “Burrito” contra Inglaterra en Francia 98 —que activó el recuerdo de la que tuvo Maradona doce años antes, en México 86— alimentó la esperanza argentina. Pero en el siguiente encuentro, el de cuartos de final ante Holanda, su inexplicable cabezazo al portero Edwin van der Sar, que hoy podríamos calificar a lo Zidane, truncó la ilusión: el árbitro mexicano Arturo Brizio lo expulsó y acto seguido vino la debacle en los pies de Dennis Bergkamp. Trece años después, a la edad de 37, Ortega jugó 23 partidos para el club de Comodoro Rivadavia No. 1450 y marcó 4 goles, los últimos oficiales de su carrera.

Edwin Van der Sar cae con lujo de histrionismo tras el cabezazo de Ortega en Francia 98 (AP Photo/Lionel Cironneau)

La historia de Defensores registra alegrías que se apellidan Houseman u Ortega, pero también tiene episodios verdaderamente sombríos. El 27 de junio de 2005 un joven de 17 años, Fernando Blanco, murió por causa de la brutalidad policial desatada al término de un partido por el descenso que Defensores perdió ante Chacarita Juniors en el estadio Tomás Adolfo Ducó, casa de Huracán. Más de tres lustros después continúa el reclamo de justicia.

Manuel Belgrano escribió en su Autobiografía que fue por la Revolución Francesa de 1789 —vivida por él desde España— que operó en él una transformación: “se apoderaron de mí las ideas de libertad”. En adelante, escribe Belgrano, “sólo vi tiranos”. Casi un siglo y tres cuartos después, en los años 60 del siglo XX, Defensores de Belgrano contribuyó a acabar con una de las ordenanzas más tiránicas salidas de los banquillos: la prohibición impuesta a los mediocampistas que juegan por los costados, los que en Sudamérica llaman carrileros, de jugar a lo largo de toda la banda, tanto en defensa como en ataque. Se trató de una liberación involuntaria, pero liberación al fin, tal como lo contó su protagonista Juan Carlos “Toti” Marenda a Carlos Aira:

Muchos afirman que fui el primer carrilero, y la verdad, llegué a ese puesto por una casualidad. En 1962 yo jugaba en la Quinta División de Defensores de Belgrano. Una tarde, la Selección (nacional argentina) entrenaba en Obreros Municipales, un club ubicado detrás de Defensores. Fui a ver la práctica, y de la nada, me llamó urgente Ángel Gómez, director técnico de todas las divisiones de Defensores. ¿Qué había pasado? Se ausentó el half derecho de la Selección y necesitaban un juvenil. Yo era delantero, cualquier cosa menos marcador. No tenía la idea del puesto y subí al ataque todo el tiempo.  Defendía y atacaba. Jugué realmente muy bien y cuando terminó el partido, todo el mundo preguntaba quién era yo. En los años 60 el marcador […] llegaba hasta mitad de cancha. […] Luego de aquel partido con la Selección, llegué rápido a Primera. Me proyectaba mucho, pero a los entrenadores no le gustaba. El querido José Pechito Della Torre, un bronce del fútbol argentino, no quería que pasara a ataque. Pero el hombre que confió en mí fue Ángel Labruna. Él siempre me decía: “vos pibe, cuando pasas la mitad de cancha sos delantero”.

“Toti” Marenda

Ángel Labruna, el técnico que le dio libertad a Marenda, era para entonces, como lo será por siempre, un ídolo de River Plate, integrante como lo fue de la mítica delantera millonaria conocida como “La Máquina”. En su honor se fijó como Día del Hicha de River Plate la fecha de su onomástico: 28 de septiembre. Pero fue en Defe donde Labruna tuvo su primera experiencia como entrenador, llevado en 1965 por el entonces presidente de la institución, Edgardo Pío Rodríguez. Dos años después Labruna sacó campeón al Dragón y estuvo a punto de ascenderlo a la división estelar, pero factores ajenos a lo estrictamente deportivo, como la situación patrimonial y económica del club, lo impidieron.

Dicen que el general Belgrano dijo que “los hombres no entran en razón mientras no padecen”. Si es así, Defensores de Belgrano ha llegado con creces a la edad de la razón, pues su historia de 115 años está atravesada por un padecimiento soportado estoicamente: nunca haber llegado a Primera. Pero la esperanza no fenece: si en la temporada 2020-2021 el club inglés Brentford logró volver a la máxima categoría, la hoy Premier League, luego de 74 años ¿por qué no soñar con ver pronto al Dragón en la Superliga argentina?

Fuentes:


Tulio Halperin Donghi, El enigma Belgrano: Un héroe para nuestro tiempo, Buenos Aires, Siglo XXI Editores, 2015.

Amadeo Javier Bava, Historia futbolística de Defensores de Belgrano (1906-2014), Buenos Aires, BMPress, 2015.

Martín Sánchez, Corazón pintado (pról. Diego Fucks), Buenos Aires, Alarco Ediciones, 2006

Juvenal (seudónimo de Julio César Pasquato), “René Houseman: Se parece a Corbatta y empezó como Loustau”, El Gráfico, 3 de abril de 1973.

Carlos Aira, “Juan Carlos Marenda, modelo de carrilero”, Abrí la cancha, 18 de julio de 2021.[14] Sánchez, Corazón pintado, op. cit., p. 45.

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