Hombre en su siglo

Por : Farid Barquet Climent.

Como epígrafe a su libro Hombres en su siglo —en el que reunió ensayos de su autoría acerca de la obra de escritores, filósofos, pintores, hasta un médico— Octavio Paz escogió unas palabras de Baltasar Gracián, escritor y clérigo español del Siglo de Oro, que en su Oráculo manual y arte de prudencia, publicado en 1647, escribió:

“Los sujetos eminentemente raros dependen de los tiempos. No todos tuvieron el que merecían, y muchos, aunque lo tuviesen, no acertaron a lograrle”.

Uno de los más eminentes y con seguridad el más raro de los sujetos que ha dado el futbol, Diego Armando Maradona, lo es precisamente porque su periplo vital en mucho dependió del tiempo que le tocó vivir, pero también lo es porque él terminó por marcar, primero con su genio y luego con su figura, ese tiempo: el último tercio del siglo XX y las dos primeras décadas del XXI.

A la vez artificio y artífice de su tiempo, Maradona tuvo que morirse para hacernos mensurar en qué medida nuestro tiempo no sería el que ha sido sin su referencialidad deslumbrante ni su personalidad explosiva, siempre contradictoria, a veces incongruente, casi siempre provocativa.

A raíz de la muerte de Maradona el 25 de noviembre de 2020, el periodista y escritor argentino Alejandro Duchini se dio a la tarea de escribir con apuro, que no a las apuradas, un libro que, como bien lo describe su propio subtítulo, es una crónica sentimental, una peculiar narración del drama maradoniano que nos lleva por la historia de más de una generación. No es un libro asimilable a una biografía tradicional, y por eso no lleva por título Maradona sino Mi Diego, donde el uso del adjetivo posesivo puede entenderse tanto como forma de apropiación a la que el autor se siente autorizado por el cariño, también como sinónimo de perspectiva, de ángulo de observación, y por último a modo de fórmula de trato respetuoso, cuasi reverencial.

Publicado por Malpaso, Mi Diego no recurre al morbo que explota los escándalos de la vida privada y en cambio nos muestra a ese Maradona total para el que no encuentro una mejor caracterización que en unas palabras de Roland Barthes, quien seguro no lo conoció —el semiólogo murió en 1980, cuando Maradona todavía no era lo que fue— pero que tenía en mente a un “contra-héroe”, un “individuo que aboliría en sí mismo las barreras, las clases, las exclusiones, no por sincretismo sino por simple desembarazo de ese viejo espectro: la contradicción lógica”. Barthes se preguntaba en 1973 —cuando el mundo aún no sabía de Maradona, que tenía apenas 13 años— “¿quién sería capaz de soportar la contradicción sin vergüenza?”. Respuesta: Maradona, el habitante de los extremos: tumultuario pero solo, humilde y suntuoso, tierno e insoportable, genial y autodestructivo.

Para escribir Mi Diego Duchini se encargó de conseguir testimonios que alumbran una vida vivida a demasiadas revoluciones. Ahí aparece el Duchini entrevistador para extraer de cada testimonio la pulpa necesaria para construir un auténtico retrato de época, de una época que no se ha ido del todo. Duchini reunió voces del entorno inmediato de Maradona pero también, y sobre todo, de quienes desde la querencia le guardan un lugar especial tanto en su memoria como en su corazón: el entrenador que lo debutó, el preparador físico que más lo cuidó, el dueño actual de la primera casa que tuvo gracias al futbol y que hoy es un museo, el jugador que salió de cambio para que jugara su primer partido en Primera, el responsable de que recibiera un reconocimiento de la Universidad de Oxford, el hijo del jugador que es recordado por ser la “víctima” del primer caño de Maradona como profesional, ese que hizo con el primer balón que tocó…

“Cada uno de nosotros podría escribir su propia historia maradoniana”, escribe Duchini. Que todos podríamos intentar escribirla, seguro, pero hacerlo con tino, sensibilidad, belleza y rigurosidad, sólo los que, como Duchini, tienen muy desarrollado el sentido periodístico y consolidan cada vez más su estilo literario.

Alejandro Duchini, Mi Diego: Crónica sentimental de una gambeta que desafió al mundo, Barcelona, Malpaso, 2021, 203, pp.

El General tiene quien lo defienda

Por: Farid Barquet Climent.

A Tulio Halperin Donghi (1926-2014), uno de los más connotados historiadores argentinos, le resultaba enigmática la unanimidad con que los historiadores de su país encomian al libertador Manuel Belgrano, un consenso sin fisuras que ha elevado al prócer a un “lugar de excepción en los anales históricos de las comarcas del (Río de la) Plata”. Escribe Halperin: “Belgrano es el único entre los personajes venerados como Padres de la Patria cuyo derecho a ser tenido por tal no ha sido impugnado por una comunidad historiadora que (…) ha logrado finalmente no dejar títere con cabeza”.

Probablemente porque al general Belgrano se le atribuye el haber escogido para la bandera argentina los colores blanco y celeste, su figura goza de la “afectuosa comprensión” de quienes han investigado los avatares de la revolución de independencia. Porque a decir de Halperin, los historiadores tratan con muy diferente rasero a Belgrano que al resto de los héroes nacionales, pues lo que “denuncian agriamente” en éstos lo disculpan en aquél.

Belgrano en el billete de diez pesos argentinos

Pero los defensores de Belgrano no se agotan en el gremio de los historiadores. Hay muchos otros. Y son fáciles de identificar. Se les puede detectar porque suelen emocionarse por igual con los colores celeste y blanco que con el rojo y el negro, la combinación cromática del club de futbol que los une y que se llama precisamente así: Defensores de Belgrano.

No obstante que su denominación responde al barrio en que se asienta —Bajo Belgrano, al norte de la capital argentina— Defensores de Belgrano tiene desde su fundación el propósito de defender el ideario belgraniano. Porque así como Belgrano pensaba que al bien de Argentina “nada se haría por hombres que por sus intereses particulares posponen el del común”, en el acta que da origen al club que lleva su nombre —documento que podemos conocer gracias a Amadeo Javier Bava, historiador de Defensores— quedó asentado que la entidad pretende “formar una única comunidad de belgranenses, buscando el bien común, la fraternidad y el alto espíritu de solidaridad”.

Y vaya que Defe ha dado muestras de actuar en consecuencia. Porque fue por una iniciativa surgida en el seno de Defensores que, en mayo de 2017, se desencadenó una oleada de manifestaciones de repudio de equipos profesionales del futbol argentino en protesta por la decisión que entonces tomó una mayoría de integrantes de la Corte Suprema de Justicia consistente en aplicar a criminales de lesa humanidad el beneficio de purgar sus penas de prisión multiplicando por dos cada día de encierro a efectos de reducir su tiempo de internamiento (medida conocida como 2×1). El fin de semana siguiente al dictado de la resolución Defensores jugó contra Deportivo Riestra, y al momento en que la oncena belgranense posaba para la fotografía tradicional sus integrantes mostraron una manta con un mensaje pintado con aerosol: “El único lugar para un genocida es la cárcel común. Defe no olvida”. Y cómo Defe podría olvidar los horrores del terrorismo de Estado si nada más cruzar la calle de su entrada principal se llega a la parte trasera de la Escuela de Mecánica de la Armada (esma), el principal centro de detenciones y torturas durante la última dictadura, convertido desde 2015 en Espacio para la Memoria y para la Promoción y la Defensa de los Derechos Humanos.  

Jugadores de Defensores previo al partido contra Deportivo Riestra en 2017

En 2001 Defensores reivindicó a uno de sus socios, Ricardo Marco Zuker López, “Marquitos” Zuker, estudiante de Derecho en la Universidad de Buenos Aires desaparecido en 1980 por la dictadura militar que gobernaba el país, al ponerle su nombre a la tribuna popular local del estadio Juan Pasquale. Y el último día de febrero de 2020, para recordarlo nuevamente a 40 años de su desaparición, por iniciativa de la subcomisión de derechos humanos del club se develó una placa en el acceso a la grada a la que Zuker asistía en la que se lee: “Acá fue feliz Ricardo Marcos ‘Pato’ Zuker”. Y cómo no iba a ser feliz ahí Zuker si sobre esa cancha le tocó ver con la camiseta de Defe a un sinónimo de gambeta, uno de los jugadores que mejor encarnaron la picardía esencial al futbol barrial: René Orlando Houseman, anotador de 4 goles en mundiales y campeón del mundo en 1978.

Houseman haciéndole gol a Italia en el Mundial de 1974

Houseman aprendió los secretos del futbol en las calles de Bajo Belgrano, luego militó en un equipo de vecinos junto a sus hermanos y sus amigos, Los Intocables, y más tarde se incorporó a las divisiones inferiores del adversario barrial de Defensores, el Club Atlético Excursionistas. Pero como Excursionistas lo dejó libre, el español José Arce Gómez, mejor conocido como el “Gallego Chele”, entonces responsable de las fuerzas básicas, lo reclutó para el Dragón, en cuyo primer equipo debutó a finales de 1971 en un partido perdido ante Nueva Chicago por el descenso a la Primera C, división en la que el año siguiente Houseman marcó 15 goles y en la que sedujo a César Luis Menotti, en aquel tiempo entrenador de Huracán, quien afirmaba en declaraciones para la revista El Gráfico en 1973 que Houseman, con tan sólo 19 años y luego de saltar en apenas un año de la Sexta División a Primera C, “sabía todo lo que debe saber un jugador de fútbol”, y por eso se lo llevó al Globo, para ponerlo a jugar, entre otros, junto a Miguel Brindisi, Carlos Babington y Alfio Basile, y así armar el mejor plantel de toda la historia del equipo de Parque Patricios, el que salió campeón en 1973 y que encaramó a Menotti al banquillo de la selección nacional, en la que Houseman sería un convocado habitual entre 1974 y 1979. Fallecido el 22 de marzo de 2018, Houseman le juraba en 2006 al periodista Martín Sánchez —autor del libro Corazón pintado— “que le debía todo a Defe”.

Cortado con la misma tijera que Houseman, 40 años después de la llegada de éste a Defensores arribó nada menos que Ariel Ortega, el “Burrito”, el que en sus primeros días con River Plate, cuando todos lo llamaban “Orteguita”, parecía el espejo de Maradona y despertó la expectativa de haber hallado en él al sucesor del genio. Ortega fue el primer futbolista en portar la ‘10’ de la albiceleste en un Mundial luego de que el Diego la dejara vacante. La extraordinaria actuación del “Burrito” contra Inglaterra en Francia 98 —que activó el recuerdo de la que tuvo Maradona doce años antes, en México 86— alimentó la esperanza argentina. Pero en el siguiente encuentro, el de cuartos de final ante Holanda, su inexplicable cabezazo al portero Edwin van der Sar, que hoy podríamos calificar a lo Zidane, truncó la ilusión: el árbitro mexicano Arturo Brizio lo expulsó y acto seguido vino la debacle en los pies de Dennis Bergkamp. Trece años después, a la edad de 37, Ortega jugó 23 partidos para el club de Comodoro Rivadavia No. 1450 y marcó 4 goles, los últimos oficiales de su carrera.

Edwin Van der Sar cae con lujo de histrionismo tras el cabezazo de Ortega en Francia 98 (AP Photo/Lionel Cironneau)

La historia de Defensores registra alegrías que se apellidan Houseman u Ortega, pero también tiene episodios verdaderamente sombríos. El 27 de junio de 2005 un joven de 17 años, Fernando Blanco, murió por causa de la brutalidad policial desatada al término de un partido por el descenso que Defensores perdió ante Chacarita Juniors en el estadio Tomás Adolfo Ducó, casa de Huracán. Más de tres lustros después continúa el reclamo de justicia.

Manuel Belgrano escribió en su Autobiografía que fue por la Revolución Francesa de 1789 —vivida por él desde España— que operó en él una transformación: “se apoderaron de mí las ideas de libertad”. En adelante, escribe Belgrano, “sólo vi tiranos”. Casi un siglo y tres cuartos después, en los años 60 del siglo XX, Defensores de Belgrano contribuyó a acabar con una de las ordenanzas más tiránicas salidas de los banquillos: la prohibición impuesta a los mediocampistas que juegan por los costados, los que en Sudamérica llaman carrileros, de jugar a lo largo de toda la banda, tanto en defensa como en ataque. Se trató de una liberación involuntaria, pero liberación al fin, tal como lo contó su protagonista Juan Carlos “Toti” Marenda a Carlos Aira:

Muchos afirman que fui el primer carrilero, y la verdad, llegué a ese puesto por una casualidad. En 1962 yo jugaba en la Quinta División de Defensores de Belgrano. Una tarde, la Selección (nacional argentina) entrenaba en Obreros Municipales, un club ubicado detrás de Defensores. Fui a ver la práctica, y de la nada, me llamó urgente Ángel Gómez, director técnico de todas las divisiones de Defensores. ¿Qué había pasado? Se ausentó el half derecho de la Selección y necesitaban un juvenil. Yo era delantero, cualquier cosa menos marcador. No tenía la idea del puesto y subí al ataque todo el tiempo.  Defendía y atacaba. Jugué realmente muy bien y cuando terminó el partido, todo el mundo preguntaba quién era yo. En los años 60 el marcador […] llegaba hasta mitad de cancha. […] Luego de aquel partido con la Selección, llegué rápido a Primera. Me proyectaba mucho, pero a los entrenadores no le gustaba. El querido José Pechito Della Torre, un bronce del fútbol argentino, no quería que pasara a ataque. Pero el hombre que confió en mí fue Ángel Labruna. Él siempre me decía: “vos pibe, cuando pasas la mitad de cancha sos delantero”.

“Toti” Marenda

Ángel Labruna, el técnico que le dio libertad a Marenda, era para entonces, como lo será por siempre, un ídolo de River Plate, integrante como lo fue de la mítica delantera millonaria conocida como “La Máquina”. En su honor se fijó como Día del Hicha de River Plate la fecha de su onomástico: 28 de septiembre. Pero fue en Defe donde Labruna tuvo su primera experiencia como entrenador, llevado en 1965 por el entonces presidente de la institución, Edgardo Pío Rodríguez. Dos años después Labruna sacó campeón al Dragón y estuvo a punto de ascenderlo a la división estelar, pero factores ajenos a lo estrictamente deportivo, como la situación patrimonial y económica del club, lo impidieron.

Dicen que el general Belgrano dijo que “los hombres no entran en razón mientras no padecen”. Si es así, Defensores de Belgrano ha llegado con creces a la edad de la razón, pues su historia de 115 años está atravesada por un padecimiento soportado estoicamente: nunca haber llegado a Primera. Pero la esperanza no fenece: si en la temporada 2020-2021 el club inglés Brentford logró volver a la máxima categoría, la hoy Premier League, luego de 74 años ¿por qué no soñar con ver pronto al Dragón en la Superliga argentina?

Fuentes:


Tulio Halperin Donghi, El enigma Belgrano: Un héroe para nuestro tiempo, Buenos Aires, Siglo XXI Editores, 2015.

Amadeo Javier Bava, Historia futbolística de Defensores de Belgrano (1906-2014), Buenos Aires, BMPress, 2015.

Martín Sánchez, Corazón pintado (pról. Diego Fucks), Buenos Aires, Alarco Ediciones, 2006

Juvenal (seudónimo de Julio César Pasquato), “René Houseman: Se parece a Corbatta y empezó como Loustau”, El Gráfico, 3 de abril de 1973.

Carlos Aira, “Juan Carlos Marenda, modelo de carrilero”, Abrí la cancha, 18 de julio de 2021.[14] Sánchez, Corazón pintado, op. cit., p. 45.

Iniesta: “Me gusta recordar de dónde vengo”

Por: Farid Barquet Climent.

En 1832 Thomas Carlyle escribió sobre el placer que a los seres humanos nos provocan las biografías de otros: desde leerlas hasta escribirlas o simplemente hablar de ellas. Al escritor escocés le resultaba “inexplicablemente grato conocer a un congénere, ver en su interior, entender sus expresiones, descifrar el corazón absoluto de su misterio; más aun, no sólo ver en su interior, sino mirar desde su perspectiva”.

La biografía de Andrés Iniesta, La jugada de mi vida, publicada por editorial Malpaso, no hace sino darle la razón a Carlyle. Porque a través de este libro de memorias, que tardó cuatro años en escribirse, se puede mirar al futbol desde la perspectiva del futbolista más polivalente de la historia, el que supo, junto a una generación fulgurante de jugadores, hacer de España ya no sólo el país con la mejor Liga del mundo sino también con la mejor selección del mundo.

Iniesta rindiendo emotivo tributo al fallecido futbolista Dani Jarque al momento de festejar el gol de su autoría que valió el único campeonato mundial con que cuenta España

El libro da cuenta de cómo el futbol fue incapaz de negársele al niño Iniesta a pesar del inconveniente de que su pueblo natal, Fuentealbilla, no contaba con una cancha propiamente dicha. Bastó un pequeño patio, cuya superficie de cemento cuarteado estaba ocupada en buena parte por el tronco de un árbol, para que el hijo de un albañil albaceteño y de la mujer que atendía el bar del pueblo iniciara su idilio con el balón, el cual se narra en el libro bajo la batuta del propio Iniesta y se nutre con las voces de quienes han formado parte de su entorno más cercano, algunas vinculadas al futbol profesional y otras no.

Iniesta en sus inicios en el Albacete Balompié

“Me gusta recordar de dónde vengo”, escribe sin alarde de humildad, más bien en muestra de sinceridad, este fantástico jugador que el 27 de abril de 2018 dijo adiós al FC Barcelona después de 22 temporadas, 669 partidos disputados y 32 títulos ganados, para incorporarse en agosto de aquel año al club japonés Vissel Kobe, donde actualmente sigue disfrutando del futbol como lo disfrutó en el Camp Nou, como lo disfrutó en el Soccer City de Johannesburgo, como lo disfrutó en Fuentealbilla.

En La jugada de mi vida, el emblemático camiseta ‘8’ del Barcelona y de la selección española nos descubre de dónde viene y cómo logró convertirse en el mejor futbolista español que se haya conocido, verdadero patrimonio histórico de este deporte y sin cuya aportación es imposible entender lo mejor del futbol contemporáneo.

¿Quién es José Damasceno?

Por: Farid Barquet Climent.

“Una vida nueva con un nombre falso en otro lugar, no le veo las ventajas”.

Con estas palabras, el escritor español Jorge Semprún (1923-2011) respondió a sus camaradas comunistas, presos junto con él en el campo de concentración de Buchenwald durante la segunda guerra mundial, cuando éstos le propusieron armar un plan para que intercambiara su nombre con el de algún otro interno del campo que, como dramáticamente ocurría casi a diario, falleciera por aquellos días, pues pensaban que si las autoridades nazis daban por muerto a Semprún cesaría el espionaje de sus conversaciones, la revisión de su correspondencia, la inspección de sus lecturas, en fin, el seguimiento de todas sus actividades por parte de la SS, la policía de Hitler.

Apremiado por las circunstancias Semprún terminó por aceptar la propuesta de sus amigos. El relato de ese episodio trágico es narrado por él mismo en Viviré con su nombre, morirá con el mío, novela cuyo título sintetiza los extremos a que puede orillar la irracionalidad: tener que suplantar a la muerte como la única forma de aferrarnos a la vida.

Pero lo que vengo a contar aquí es la historia de una suplantación que no es trágica en modo alguno. En ella nunca estuvo en peligro la sobrevivencia de un ser humano, pero de su desenlace afortunado dependía la continuación de una carrera promisoria dentro del futbol profesional.  

La historia tuvo lugar a mediados de 1991. Pumas había salido campeón el 22 de junio, pero a partir de septiembre debía defender su título sin contar con cuatro jugadores que habían sido parte del cuadro base que obtuvo el campeonato y que tras la conquista de éste se fueron a jugar a otros equipos. Para paliar esas ausencias Pumas volteó la vista hacia Brasil, porque en México había circulado una noticia: la aparición en el país sudamericano de un joven futbolista muy prometedor, al que apodaban Tiba, pero que no es el mismo Tiba que ahora conocemos.

Por aquellos días en que elogiosamente se hablaba de un tal Tiba que jugaba en Brasil, acababa de aterrizar en suelo mexicano otro joven futbolista brasileño al que alguien consideró tan prometedor como el Tiba de la buena fama que súbitamente deambulaba en boca de los mexicanos, pero al que nadie de nuestro medio futbolístico había visto jamás.

José Santos Damasceno Filho —sin parentesco con Damasceno Monteiro, el personaje de ficción creado por Antonio Tabucchi a partir de la denominación de una calle lisboeta en la que vivió el escritor— es el nombre al que respondía el amazónico por entonces recién llegado a tierra mexicana. Con apenas 21 años, Damasceno hizo caso a la sugerencia que le hicieron de adoptar en México el alias Tiba. No le dijeron que con ese apodo se haría pasar por otro, pero lo convencieron de hacerse llamar Tiba con el argumento de que todo futbolista brasileño que se respeta tiene su apodo: Tita, Dida, Didí, Vavá, Pelé, etc.

En la búsqueda de una oportunidad, Damasceno fue llevado a probarse a un entrenamiento de los Pumas, al que asistió presentándose como Tiba. Su paisano Ricardo Tuca Ferretti —que en unas pocas semanas de aquel verano pasó de anotador del gol que valió el campeonato a DT del equipo universitario— decidió que Tiba se quedara en el plantel.

José Damsceno en Brasil, antes de su arribo a México

Desde el día de su debut con el conjunto universitario Tiba llamó la atención del público y los reporteros. El motivo no fue alguna jugada deslumbrante, sino que la camiseta blanca con el puma oro del tamaño del pecho le quedaba ostensiblemente grande. Era muy joven, sí, pero en sus primeras tardes con el equipo de la UNAM, en las que la voz del Estadio Olímpico Universitario, el Ingeniero Marco Antonio Torres H. lo anunciaba en el sonido como José Damasceno, se veía como un niño enfundado en el uniforme de un adulto.

José Damasceno “Tiba” y Antonio Torres Servín

La adultez futbolística de Tiba llegó la siguiente temporada, en la que por fin encontró su mejor acomodo en la alineación. La posición de defensa lateral izquierdo le sentó estupendamente. Daba mucha salida y tenía buena proyección hacia el frente. Pero su plena madurez llegó cuando salió de Pumas para jugar durante la temporada 1995-1996 junto a Emilio Butragueño, Richard Zambrano y otros en el recién ascendido Atlético Celaya, equipo con el que estuvo cerca de coronarse como campeón, pero el Necaxa dirigido por Manuel Lapuente lo impidió gracias al criterio de desempate del gol de visitante.

Tiba con los Toros del Atlético Celaya

Las magníficas actuaciones de Tiba con la escuadra guanajuatense motivaron que el Atlante lo contratara, previo pago de la cantidad de dinero más alta que por concepto de transferencia se erogó en el futbol mexicano en 1996.

Tiba con los Potros de Hierro

Recaló después en Santos Laguna y tuvo sus últimas apariciones en Primera División con Jaguares de Chiapas. Prolongó algunos años su carrera en el circuito de ascenso con Petroleros de Salamanca y se retiró a la edad de 40 con Reboceros de la Piedad, 19 años después de haber acertado en ver las ventajas de una vida nueva en México, con el nombre Tiba, que de falso ya no tiene nada porque le pertenece solo a él, responsable de esculpirle entre nosotros un historial de buen futbol.

31 camisetas

Por: Farid Barquet Climent.

En una época en que miles de futbolistas de todo el mundo cambian de equipo casi cada temporada, los que visten una sola camiseta a lo largo de toda su carrera son unos bichos raros. Jugadores como Francesco Totti para la AS Roma, Carles Puyol para el FC Barcelona, Paul Scholes para el Manchester United o Paolo Maldini para el AC Milán han devenido en personajes de culto en tanto epítomes de la lealtad a unos mismos colores, en tiempos en que la mayoría de sus colegas vive con las maletas siempre listas.

En las antípodas de los llamados one club men está el jugador nómada por excelencia, el dueño del récord de traspasos, el futbolista que ha militado en más equipos profesionales en la historia de este juego: el uruguayo Washington Sebastián Abreu Gallo, el “Loco” Abreu, cuyo dilatado deambular por los estadios llegó a su fin el 11 de junio de 2021.

Lo del “Loco” fueron las mudanzas incesantes a lo largo de 26 años de carrera. Precisamente incursionó en el futbol profesional gracias a una mudanza, pero de disciplina deportiva: para dedicarse de lleno a jugar con la de gajos abandonó la práctica del basquetbol y del voleibol. El escritor y periodista Sebastián Chittadini refiere desde Montevideo en exclusiva para FutboLeo.net que el sempiterno camiseta ‘13’, con el que compartió duela, “estuvo en selecciones uruguayas de categorías formativas o de preselección de básquet, y en el vóley, en su Departamento, Lavalleja, estuvo también seleccionado, no a nivel uruguayo pero sí departamental”. Del pívot que fue parece habérsele quedado a Abreu la destreza para rebotear y saltar con oportunidad: 404 goles en 787 partidos acreditan que lo aprendido debajo de un aro supo capitalizarlo después cuando se vio frente a una portería. Por eso no parece casualidad que el club Defensor Sporting, el que inaugura la prolongada lista de instituciones que figuran en su extenso currículum futbolístico, es el resultado de la fusión, en 1989, de dos entidades, Club Atlético Defensor y Sporting Club Uruguay, que destacaron antes por sus éxitos en el arte de encestar que por sus proezas balompédicas, que no son menores, pues cuenta con veintiún títulos oficiales, incluidas cuatro Ligas, que lo convierten en el tercer club más ganador del país detrás de Peñarol y Nacional. 

Abreu tiene muchas conexiones con México. De las treinta y una camisetas que vistió, una quinta parte fueron de clubes de aquí. Luego de repartir tres años (1996-1999) entre Buenos Aires, La Coruña y Porto Alegre, Abreu recaló en la Perla Tapatía: se incorporó a los Tecos de la Universidad Autónoma de Guadalajara (UAG) cuando languidecía el milenio. Ataviado con la indumentaria cuadriculada que el equipo zapopano le copió a la selección de Croacia, Abreu puso de moda los zapatos blancos, las calcetas por encima de las rodillas, su corte a rape —que al paso de los años contrastaría con la larga cabellera que lo acompañó en sus postales icónicas— y el cuello tipo polo levantado a lo Cantona, ingredientes que le dieron un look que sería imitado por un joven compañero suyo, que después haría historia en las Chivas: Adolfo “Bofo” Bautista, el verdugo de Boca Juniors en la Copa Libertadores de 2005. Abreu tenía casi cuatro años de profesional cuando “Bofo” debutó; el hidalguense se retiró 18 años después, mientras que Abreu todavía jugó por más de un lustro.

El nativo de Minas pasó después por dos de los llamados ‘grandes’ de México, Cruz Azul y América, y también por los dos archirrivales de Monterrey: Tigres y Rayados. Más tarde arribó a Dorados de Sinaloa, donde compartió vestidor con Pep Guardiola, y también jugó para el desaparecido San Luis fc, entidad recordada como un eslabón más en la cadena de sucesivas franquicias (Atlético Potosino, Real San Luis, Atlético San Luis) que se han asentado sin lograr arraigar entre los aficionados del Estado de San Luis Potosí.

Pero la conexión mexicana más fuerte del “Loco” Abreu tiene nombre propio: Diego Abreu, su hijo, quien juega en fuerzas inferiores de Defensor Sporting y ya está en la mira de Gerardo Martino, pues el “Tata” lo ha convocado a concentraciones de la selección mayor mexicana para participar en partidos interescuadras.

A pesar de haber peregrinado por 11 países de 3 continentes, el “Loco” Abreu mantuvo —y mantiene— un amor eterno: Nacional de Montevideo. Si una actitud no vale para caracterizar el vínculo de Abreu con el Decano, es el desapego: tuvo cinco estancias en el cuadro tricolor, en las que marcó 48 goles.             Convirtió la forma de tirar los penaltis a lo Panenka en su sello personal. Muchos lo tildaron de irresponsable por no buscar asegurar sus cobros, mientras que otros encomiaron su disposición a la osadía. Pero el día en el que concitó el aplauso unánime, por el feliz desenlace, fue cuando hizo un panenka en una Copa del Mundo. Millones de personas conocíamos la costumbre que Abreu tenía de invocar al célebre checo cuando le tocaba patear desde el lunar calcáreo. Esa propensión al vértigo en mucho justifica su apodo. Y por eso los millones que vimos aquel partido por televisión intuíamos que, a pesar de que esa noche del 2 de julio de 2010 pendía de su pie izquierdo el pase de Uruguay a las semifinales, el “Loco” se sentiría tentado de retar al destino apostando por apenas picar el balón para que éste describiera una parábola tan lenta como riesgosa en su viaje a la red. El que no lo sabía fue el portero ghanés, Richard Kingson, que en su sorpresa encontró la penitencia: tener que decir adiós al Mundial de Sudáfrica en cuartos de final.

Subrayar que Abreu ostenta la marca de haber jugado en más equipos no equivale a hacer el elogio de la acumulación per se. Atesorar la mayor cantidad de camisetas diferentes puede ser el culmen para el coleccionista, no así para el futbolista. Si al hablar de Abreu se enfatiza ese dato es para dar cuenta de su universalidad, como universal es el futbol. De Quito a Salónica, de Jerusalén a Río de Janeiro, de San Sebastián a Santa Tecla, de Asunción a Puerto Montt, los narradores gritaron cientos de goles que fueron seguidos de un apellido: Abreu.

Abreu terminó por ser al futbol lo que la Reina Isabel II de Inglaterra al mundo: esa presencia que siempre va a estar ahí. Y Abreu quizá lo siga estando, no obstante su retiro del profesionalismo. Porque dudo que a sus 44 años deje de jugar. Lo que va a cambiar es que de ahora en adelante no estará esperándolo un cheque al final de cada mes. Pero no por eso Washington Sebastián Abreu dejará de ser futbolista, porque el verdadero futbolista nunca deja de serlo.

Foto: as.com

El partido que le dio una temporada al Lille

Por: Javier Parra Peña y Christian “El Cangrejo” Gasca Campuzano.

La temporada del Lille OSC se podría definir con solo dos palabras: Burak Yilmaz. El delantero turco es el gran artífice individual de la temporada del conjunto de Christophe Gatlier, siendo la pieza más desequilibrante y la que mejor interpreta la idea de su entrenador en el último tramo del a cancha. El tipo llegó de toda una carrera futbolística en Turquía, con un breve lapso en China. El reto era intentar paliar la pérdida de Victor Osimhen, el nigeriano que se fue por muchos millones al Napoli. Era tratar de compensar la ausencia con Burak y otro delantero joven de cierta proyección: Jonathan David. El turco se llevó el show. La remontada ante el Olympique de Lyon (3-2) es prueba de todo esto. Para Javier y un Cangrejo, éste es el partido que le dio el título al LOSC.

El 25 de abril de 2021, Lille y Lyon firmaron uno de los partidos más emocionantes de la Ligue 1 en toda la temporada, con un ritmo muy alto y donde los pequeños detalles fueron claves para definir al ganador. A escasas 5 jornadas de que terminara la temporada y habiendo ya hecho la mitad del trabajo al ganar en París, pero llegando a este partido en un provisional tercer lugar, los de Galtier se enfrentaron a unos locales que ejecutaron su plan a la perfección en la primera mitad, con una idea defensiva muy clara (presión adelantada para forzar el lanzamiento y bloque medio para neutralizar la progresión por carriles interiores). Al Lille le costó mucho superar al bloque de su rival. Y, cuando el partido está cerrado, son los errores los que rompen el desarrollo.

El Lyon logró ponerse en ventaja después de errores defensivos de la última línea del Lille. El primero de Domagoj Bradaric (foto) y José Fonté, quienes se durmieron ante la jugada de Caqueret, y el segundo con el portugués empujando la pelota en su propia portería. El Lyon hizo mucho daño por banda derecha, con Leo Dubois y Toko Ekambi como principales armas para generar ventajas y desbordes. Después un 2-0 en contra, parecía que sueño de Les Dogues de imponerse a los petrodólares del PSG se esfumaba.

Pero, después del 2-0, comenzó a jugar Burak Yilmaz su partido. La luz turca en el oscuro panorama lo fue todo en el plan ofensivo del Lille. Y sus números son claves espectaculares (2 goles, 1 asistencia, 4 pases clave). Pero, más allá de su sensacional golpeo en la pelota parada, siempre estuvo activo durante todo el partido, tanto con la pelota (jugando entre líneas, descendiendo para participar en el juego) como a nivel mental, como se mostró en el 2-2 cuando aprovechó el error de Lucas Paquetá (FOTO) y en el 2-3, haciendo daño ganando al espacio después del pase largo de su portero.

Hoy toca que celebremos a un modesto equipo que ha logrado su cuarta Liga y que incluso, ante un futuro incierto que ha visto las salidas del propio Galtier y antes de Luis Campos (artífice de la inteligencia deportiva que ayudó a armar a esta plantilla), es el nuevo campeón de Francia con todos los méritos, y recordamos este partido que fue punto de inflexión para lograr la hazaña.

Sobre los autores:

Javier Parra Peña es un analista venezolano del fútbol. Fanático de la táctica y un estudiante constante de la evolución del juego. Redactor y editor. Javi es la parte sensata e informada de este nuevo dúo.

Christian “El Cangrejo” Gasca es un aficionado hardcore al fútbol internacional. Agente de Seguros de profesión, que en sus ratos libres dedica sus energías a darle el cariño que se merece al deporte más hermoso del planeta Tierra.

Hernández Tejeda, minucioso y verídico

Por: Farid Barquet Climent.

Gabriel García Márquez, que fue primero periodista antes que escritor de novelas y cuentos que le valieron el premio Nobel, definía al reportaje como “la reconstrucción minuciosa y verídica del hecho”. En los tiempos en que el colombiano apenas se fogueaba en las oficinas de la redacción de un periódico, todo reportero digno de pertenecer al oficio a través de la radio “capturaba al vuelo las noticias del mundo entre silbidos siderales”, con miras a poder lograr la reconstrucción minuciosa y verídica de los hechos que iba a relatar.

En la actualidad internet y las redes sociales nos ahorran el ruido ambiente de las ondas megahertzianas a la hora de capturar al vuelo las noticias del mundo, pero la labor de reconstrucción minuciosa y verídica de los hechos sigue siendo tarea ardua. De eso da prueba el periodista deportivo veracruzano Diego Hernández Tejeda, quien reconstruye con toda minuciosidad el avance lúgubre de la pandemia para ofrecernos un mosaico verídico de sus devastadores impactos en el ámbito deportivo a través de su nuevo libro: Golpes y patadas del Covid-19 al deporte, con el que inaugura catálogo un sello de nuevo cuño y que mucho promete: la editorial deportiva Graderío.

Desde que en noviembre de 2019 tuvo noticia de la aparición del covid, pero sobre todo a partir de los primeros contagios de deportistas y en general de quienes participan de la industria del deporte, Hernández Tejeda se decidió a hacerle un férreo marcaje reporteril al virus. Su sana distancia ha sido física, no profesional. Golpes y patadas del Covid-19 al deporte recoge el seguimiento puntual de su autor a la propagación de la enfermedad y permite poner en la perspectiva que sólo da la sana distancia temporal tanto la súbita paralización de la actividad en estadios y arenas de prácticamente todo el orbe, como también el tortuoso, inacabado y en algunos casos todavía incierto regreso de las competencias. Por la información que reúne, ordena y expone con prosa ágil, se trata de un libro que nos ayuda a dimensionar el tamaño del drama y de sus implicaciones de toda índole.

Bien adelantó Theodore Roszak, desde mediados de los años 80 del siglo XX, que “nuestra civilización tecnológica necesita sus datos del mismo modo que los romanos necesitaban sus carreteras y los egipcios del imperio antiguo la inundación del Nilo”. Libros como el que nos entrega Hernández Tejeda responden con rigor a esa necesidad.

Retrato dinámico de un tiempo cruento, Golpes y patadas del Covid-19 al deporte tiene valor también como insumo, como fuente documental para la investigación o la sola referenciación. En sus páginas se pueden localizar datos duros: fechas, cifras, porcentajes, y se recrean las condiciones de modo, tiempo y lugar que a veces esconde su expresión numérica.

Comunicador a mucho orgullo, Hernández Tejeda no se olvida de sus colegas y empatiza con ellos y sus familias al destinar todo un capítulo a reconstruir minuciosamente la saga de contagios en el gremio del periodismo deportivo mundial, a recordar a los fallecidos, a dar cuenta de los que perdieron sus fuentes de trabajo por los recortes o al menos vieron reducidos sensiblemente sus salarios.

En esta su segunda obra —en 2009 publicó su primer libro, un racimo de semblanzas de glorias futbolísticas de su estado natal intitulado Los 10 grandes del futbol veracruzano, que ha sido recuperado por Graderío con prólogo de Raúl Orvañanos— Hernández Tejeda nos cuenta el caso de Oleksander Shovkovskiy, portero retirado y asistente técnico del exariete Andrei Shevchenko en la conducción de la selección nacional de futbol de Ucrania. Resulta que al quedar solamente un portero sano de los 4 del representativo ucraniano por culpa del covid, Shovkovskiy, a su 45 años y luego de casi un lustro de inactividad, “se volvió a poner los guantes y salió a la banca como suplente” en un partido contra Francia disputado en octubre de 2020. Y pienso que algo similar le ocurrió a Hernández Tejeda. Merecidamente jubilado luego de más de 7 lustros de trabajar tanto para periódicos locales y nacionales como también para la agencia de noticias del Estado mexicano, y de conducir programas en televisión y radio además de ejercer la corresponsalía para medios deportivos digitales y para las ediciones en español de rotativos de Estados Unidos y Canadá, el reportero alvaradeño se levantó de la mecedora en la que seguramente pasaba los días en Boca del Río para volver a reportear y legarnos un ilustrativo aunque doloroso itinerario de la pandemia. Pero a diferencia de Shovkovskiy, quien tuvo que volver a alinear por un apremio, Hernández Tejeda se sentó de nuevo al teclado de su computadora por deseo, gusto y vocación, movido por su intuición de reportero, y de hombre, acerca de lo que se le venía encima a la humanidad.

Oro dividido

Por: Farid Barquet Climent.

Durante años pensé que el único lugar en el que podía haber 2 ganadores de un mismo partido de futbol era en las quinielas Progol. Porque los compradores de las papeletas que sirven para jugar a los pronósticos deportivos pueden tachar como ganador de un encuentro al equipo local y al mismo tiempo al visitante si están dispuestos a pagar más dinero para aumentar su probabilidad de acertar. Pero con el tiempo me enteré de que eso no sólo era concebible en las apuestas, pues en la década de los 70 el hecho de que 2 contendientes salieran simultáneamente victoriosos no era una completa excentricidad.

En 1973 los equipos brasileños Santos y Portuguesa fueron declarados vencedores del partido en el que se enfrentaron por la final del torneo paulista, luego de que en aquel encuentro, el último oficial de Pelé en suelo brasileño antes de marcharse al Cosmos de Nueva York, el árbitro hiciera mal la cuenta de los cobros desde los 11 pasos a la hora del desempate en series de penaltis, por lo cual, salomónicamente, fueron laureados como campeones tanto la oncena albinegra de O’Rey como el conjunto luso, que tenía a Cabinho en su alineación. Y 2 años después, a otro conjunto brasileño, un representativo nacional con límite de edad, le ocurrió lo mismo al enfrentar a su similar de México, con el que tuvo que compartir la victoria.

La noche del 25 de octubre de 1975 se midieron en la cancha del estadio Azteca las selecciones mexicana y brasileña por la medalla de oro de los Juegos Deportivos Panamericanos México 75, certamen que desde su planeación estuvo atravesado por una serie de avatares. Porque la capital mexicana no fue la ciudad elegida originalmente como sede. En agosto de 1969 la Organización Deportiva Panamericana (ODEPA) designó a Santiago de Chile para albergar el evento. Casi 3 años después, el 21 de abril de 1972, para dar inicio a los trabajos organizativos el presidente chileno Salvador Allende pronunció un discurso en el que, además de ponderar las bondades del deporte para la salud, aprovechó para declararse públicamente hincha del equipo de la Universidad de Chile, institución educativa en la que estudió la carrera de medicina —“soy de la ‘U’”, dijo—, aunque contradictoriamente manifestó ser también aficionado del archirrival Colo Colo —“¿Cómo es eso?”, se extrañó él mismo al confesarse adepto al Cacique— e incluso reconoció su querencia por un tercer equipo, que desde 2017 permanece desafiliado del futbol profesional: el Club Naval de Talcahuano. Pero el Golpe de Estado de Augusto Pinochet del 11 de septiembre de 1973, que segó la vida del doctor Allende en el Palacio de La Moneda y que para noviembre siguiente tenía a la Base Naval de Talcahuano convertida en centro de detención de 158 presos políticos, incluidas 2 mujeres, obligó a buscar sede en otro país. Y el elegido fue Brasil, cuya urbe más poblada, Sao Paulo, aceptó hospedar en reemplazo de Santiago la VII edición de los Juegos. Sin embargo, un brote de meningitis que amenazó con desatar una epidemia en octubre de 1974, hizo que la ODEPA desistiera de celebrarlos ahí. Fue así como, luego de un doble rebote, faltando apenas 10 meses para el encendido del pebetero, se decidió que los Panamericanos de 1975 recalaran en una tercera alternativa que 20 años antes ya había alojado la justa: la Ciudad de México.

Para llegar al partido por la presea áurea entre mexicanos y brasileños —que se jugó el día inmediato anterior a la clausura— los juveniles de casa, entre los que destacaba un zurdo prometedor de 17 años, Hugo Sánchez, golearon 6-1 a Trinidad y Tobago, se impusieron a Estados Unidos por marcador 3-1, empataron con Cuba a 2 goles y luego tundieron 7-0 a Costa Rica con 4 goles de Hugol, mientras que en su trayecto los noveles integrantes de la canarinha le ganaron también a los trinitarios (7-0) y a los ticos (3-1), superaron a El Salvador (2-0) y a Bolivia (6-0), empataron con Argentina (0-0) y le propinaron a Nicaragua la goleada más abultada que jamás haya asestado una selección brasileña: 14-0. A los 22 minutos el mediocampista cruzazulino José Luis Caballero mandó un largo servicio sobre el costado derecho que Víctor Rangel rescató cuando parecía que el balón iba a abandonar la cancha por la línea de meta, pero el delantero de las Chivas del Guadalajara alcanzó a llegar antes de que saliera, alzó la vista y lo retrasó a los pies del entonces canterano sensación de los Pumas de la UNAM y futuro pentapichichi, quien con una fina dejadita con parte interna puso el balón a merced de Héctor Tapia, que entró al área como un aluvión para poner adelante a México venciendo al portero Carlos Roberto Gallo, que 9 años después volvería a tierras mexicanas como arquero titular de la selección mayor de Brasil en el Mundial México 86.

Pero a falta de un minuto para el término del partido, la defensa mexicana fue presa de los nervios y propició el empate brasileño al cometer una falta dentro del área sancionada con un penalti, convertido en gol por Claudio Adao, quien a sus 19 años ya hacía pareja con Pelé en el ataque del Santos y cuyo apellido sirvió para bautizar por esos días a un bebé mexicano, futuro defensor de los Pumas e integrante del Pachuca que logró el ascenso de los Tuzos a la Primera División en 1998: Adao Martínez, nacido en la Ciudad de México el 24 de septiembre de 1975, un mes antes de la final panamericana.

Empatado, el partido se fue a la prórroga. Luego del gol de Adao, en cuanto arrancó el primer tiempo suplementario el equipo mexicano empezó a desdibujarse. Se antojaba más probable la remontada brasileña que una nueva puesta en ventaja del Tri. Fue entonces cuando ocurrió lo insólito: la parte oeste del alumbrado del Azteca dejó de funcionar. Con iluminación atenuada, como si estuviera jugándose a la luz de las velas, el partido continuó, pero el dominio brasileño se recrudeció y a los pocos minutos el apagón se hizo total: sólo la llama del fuego panamericano resplandecía.

Se trató de un evidente ardid para terminar anticipadamente el partido y que México no perdiera. Así lo delató la actitud del entrenador mexicano Diego Mercado, que ingresó al campo clamándole al árbitro argentino Arturo Andrés Ithurralde que no continuaran las acciones. Las autoridades de la ODEPA ofrecieron como solución que los minutos que faltaban por disputarse se jugaran el día siguiente, pero su propuesta fue desestimada. Finalmente el interventor de la FIFA, complaciente con quienes tramaron el apagón, acordó que los metales dorados se hicieran colgar de los cuellos tanto de mexicanos como de brasileños. Nunca ha vuelto a repetirse un apagón en el Coloso de Santa Úrsula —como lo bautizó el locutor Ángel Fernández— ni la gloria continental ha tenido que trozarse de nuevo en ninguna de las 12 ediciones de los Panamericanos celebradas desde entonces.

En la penumbra de aquella noche de otoño se hizo perdidizo el único que no admite divisiones ni duplicados sobre una cancha de futbol: el balón. Porque aquel 25 de octubre de 1975 el futbol sorprendió al demostrar que no es necesariamente un juego de suma cero y que puede darse el lujo de parir 2 ganadores, pero jamás ha osado jugarse con 2 balones. Y al balón con que se jugó aquella final panamericana la oscuridad reinante le deparó un destino insospechado. No acabó dentro de la maleta del árbitro, no lo conservó un utilero ni tampoco se lo llevó a casa alguno de los anotadores. Aquel Estrella Super Crack con cámara en el vientre, “autorizado por la Comisión de Arbitraje de la Federación Mexicana de Futbol” según se lee en letras verdes estampadas junto al logotipo de México 75, terminó en manos de un amigo de mi padre, Gerardo Duque, quien a sabiendas de lo futbolero que es su amigo se lo obsequió hace más o menos 30 años. Y fue así como de rebote, igual que los Panamericanos a México hace 9 lustros, ese balón me cayó a mí.

Por eso hoy, mientras escribo, tengo frente a mí a ese Estrella Super Crack, hecho en México —más específicamente en el Barrio San Miguel, en Iztapalapa, donde Zeferino Alarcón abrió en 1954 un taller de fabricación artesanal, tradición que continuó su hijo José y que pervive gracias a los vástagos de éste, José Gabriel e Israel Alarcón Valdés—, cosido a mano, ya casi cincuentón, levemente raspado, que se resiste a ser tratado como una reliquia de un tiempo ido, cuyos redondos y ásperos gajos color hueso transpiran el relato de ese partido sin par con par de baños de oro.

P. D. Para saldar la sensación de cuenta pendiente que dejó el haber declarado tablas aquella final y tener que compartir el sitial más alto del podio, en mayo del año siguiente la selección de Brasil fue invitada a jugar contra la de México un partido amistoso en el Azteca con motivo del décimo aniversario de la inauguración del recinto, pero ese encuentro terminó también en empate, sin goles. Por cortesía, el anfitrión cedió al visitante el trofeo que se puso en disputa para la ocasión. Se desconoce el paradero del balón con que se jugó.

Tata Brown, por una cabeza

Por Farid Barquet Climent.

Por una cabeza

Carlos Gardel

El defensa central argentino José Luis Brown, el “Tata” Brown, arribó a México en abril de 1986 para una estancia que no podía ser mayor a 2 meses, pues vino exclusivamente a jugar la XIII edición de la Copa del Mundo, a la que su selección calificó a duras penas gracias a un empate agónico en casa ante Perú en el último partido de la eliminatoria, disputado el domingo 30 de junio de 1985.

Brown llegó a México con casi 30 años, lesionado, desempleado, sin club que le diera la seguridad de que al finalizar el Mundial lo estaría esperando un trabajo. Porque a principios de 1986, el que era su club, Deportivo Español, le avisó que los Óscares, la dupla de entrenadores conformada por Oscar López y Oscar Cavallero, no lo contemplaban dentro de los planes de la institución porque tenía rotos el ligamento cruzado anterior y un menisco de la rodilla derecha desde agosto de 1984. Sin equipo y con una pierna de lisiado, muy pocos creyeron que Brown sería convocado al Mundial, y menos que estaría en condiciones de ocupar el lugar de Daniel Pasarella, el capitán de la selección que 8 años atrás había alzado el trofeo de campeón mundial.

Pero a pesar de su difícil situación, el Director Técnico del representativo argentino, Carlos Salvador Bilardo, decidió incluir a Brown en el plantel que viajaría a México, cuya lista de integrantes dio a conocer el 17 de abril. Bilardo conocía bien a Brown: fue el Doctor quien lo debutó en Primera División en 1975, cuando el zaguero tenía 19 años, en un empate a ceros contra River Plate en el estadio Monumental durante la segunda de 4 estancias del “Narigón” en el banquillo del club Estudiantes de la Plata. Además, Brown tuvo mucho que ver en la designación de Bilardo como entrenador nacional, pues gracias a 2 de los 7 goles que anotó esa temporada para Estudiantes, conseguidos en los 2 últimos partidos del torneo metropolitano de 1982 —uno, para no variar, con la cabeza, contra Vélez Sarsfield, y el otro mediante el cobro de un penalti con un fuerte derechazo ante Talleres de Córdoba—, el conjunto pincharrata obtuvo el título de campeón local el 14 de febrero de 1983, logro que justificó la contratación de su timonel 10 días después por la Asociación del Fútbol Argentino (AFA) para que condujera a la Argentina rumbo a la cita mundialista del 86.

Ya en el Mundial de México, Brown tuvo que arreglárselas, al igual que el resto de sus coequiperos, con el viático de 25 dólares diarios que daba la AFA, institución que no les dio ni un par de zapatos para jugar el torneo. Según averiguaciones del periodista Andrés Burgo, Maradona tuvo que hablar con su patrocinador personal, la marca del felino, para que les facilitara calzado a varios de sus compañeros seleccionados, Brown entre ellos.

Contra todo pronóstico, Brown terminó jugando como titular los 7 partidos que disputó su selección en el Mundial. En el último, el decisivo por el campeonato, “aportó su cuota de heroísmo”, como escribió el periodista Alejandro Duchini. Porque fue Brown quien supo dar con la llave que abrió el camino del segundo título de campeón del mundo que ostenta el futbol argentino, al anotar el primero de los 3 goles de su equipo en aquella final. Fue el único tanto que Brown marcó como seleccionado nacional en los 36 partidos en que representó al futbol de su país a lo largo de 7 años. A los 23 minutos de haber iniciado el encuentro, Brown tuvo que atropellar a Maradona para mandar a la red un centro pasado enviado por Jorge Burruchaga desde la banda derecha a balón parado, cuya trayectoria fue mal calculada por el arquero alemán, Harald Anton “Toni” Schumacher, quien recuerda así aquella jugada en su libro Tarjeta roja:

“Después del primer paso ya lo sé: no ‘la’ atrapo. Cien milésimas de segundo duran una eternidad. Navego por el área de castigo como un Lohengrin al que se le ha escapado su cisne. Última esperanza: ‘Ojalá algún alemán despeje la pelota con la cabeza’. Pero el buen Dios no lo ha querido así. Una cabeza argentina se ha interpuesto…”.

Y esa cabeza fue la del “Tata” Brown.

Además de anotar el gol que abrió el marcador aquella tarde del 29 de junio de 1986, Brown emuló ese día la famosa hombrada de Franz Beckenbauer —que esa tarde por cierto dirigía a la selección rival— de jugar un encuentro mundialista con el omóplato dislocado. Dieciséis años antes de la gran tarde de Brown, durante el Mundial México 70, en la misma cancha del estadio Azteca, Beckenbauer jugó buena parte del llamado partido del siglo —la semifinal contra Italia— con un vendaje a modo de cabestrillo, que le sirvió para sostener inmovilizado su brazo derecho luxado como consecuencia de un choque con Giacinto Facchetti, el sempiterno defensor del Inter de Milán que vistió la camiseta aurinegra en 634 partidos a lo largo de 18 temporadas. En la final de México 86, al impactarse en un cruce con Norbert Eder en el segundo tiempo, Brown también se luxó el hombro y le hizo frente de la misma manera que el “Káiser” alemán, pero sin cabestrillo: Brown decidió hacerle a su camiseta, con los dientes, un pequeño agujero a la altura del ombligo, un orificio apenas suficiente para colgar de ahí su dedo pulgar derecho, poder soportar el dolor y seguir jugando. Porque Brown no se iba a rendir. Por su cabeza no pasó siquiera un instante la posibilidad de abandonar el campo. Estaba acostumbrado a las adversidades. Pasó su infancia no en una escuela regular, sino en la escuela-hogar Virgen del Pilar “para tener un lugar donde comer”, según su propio dicho. Brown recordaba en 2011, en entrevista con Diego Borinsky para la revista El Gráfico, que de niño permanecía en la escuela desde las 7 de la mañana hasta las 6 de la tarde para que le dieran ahí las tres comidas y con eso aligerar la carga económica que recaía sobre su familia, cuyos ingresos se limitaban a los que podían aportar su madre, empleada doméstica, y su padre, trabajador de un almacén.

A Brown le acomoda a la perfección la etiqueta de guerrero. No esa que se suele endilgar a cierta clase de forajidos de las canchas que actúan con agresividad antideportiva. Bien lo decía Lao-Tse: el buen guerrero no es belicoso. Brown fue un guerrero del tipo que tanto gusta a su paisano periodista Walter Vargas: “un jugador que insiste, resiste y persiste”. Bien lo dijo su mentor Bilardo: Brown fue “de esos tipos que quieren”. Para expresarlo en palabras Eamon Dunphy, futbolista irlandés en los 60 y 70, Brown reúne los atributos del “verdadero profesional”: “el verdadero profesional es el auténtico héroe del deporte. Él no es necesariamente un gran jugador, o el mejor jugador del equipo, aunque puede ser ambas cosas. Su grandeza está más relacionada con su disposición que con su talento. El buen profesional siempre acepta la responsabilidad, la suya y, cuando las cosas se ponen duras, la de los demás compañeros”.

“El Tata” fue el arquetipo del jugador de su posición. En una entrevista que Bilardo concedió 3 lustros después del mundial mexicano, al creer que su entrevistador —también Borinsky— le había preguntado qué futbolista consideraba como la personificación más acabada del líbero, de inmediato pronunció un apellido: “Brown”. Pero resultó que el entrenador escuchó mal la pregunta del periodista, pues éste no le había pedido que mencionara el nombre de un líbero, sino el título de un libro. Hecha la aclaración Bilardo dio otra contestación, ya no tan asertiva: “Ah, un libro. Tengo el Martín Fierro y la Biblia”. Creo que al final las respuestas de Bilardo a preguntas aparentemente inconexas terminaron por converger, pues algo tiene que ver Brown tanto con el Martín Fierro como con la Biblia: su vida fue un poema nacional al ímpetu y al coraje, mientras que en las canchas escribió el libro sagrado de las coberturas defensivas.

A más de 34 años de distancia parece no existir un solo argentino, que tuviera uso de razón en 1986, que no recuerde el gol de Brown en la final de aquel Mundial. Pero quien ya no lo recordó tan nítidamente, quizá hasta llegó a olvidarlo por completo, fue José Luis“El Tata” Brown, aquejada su cabeza durante medio año por un maldito alzheimer. Falleció el 12 de agosto de 2019, a la edad de 62, en la ciudad de La Plata. Para homenajearlo, en los partidos de la jornada de la Superliga argentina que siguió a su muerte, los jugadores de todos los equipos salieron a las canchas con camisetas agujereadas a la altura del ombligo, como la que improvisó Brown en el partido de su vida.

Menem: De los sueños a las pesadillas

Por: Farid Barquet Climent.

A Modesto Vázquez, gran argentino y gran mexicano

El pasado 14 de febrero murió a los 90 años Carlos Saúl Menem, presidente de la República Argentina de 1989 a 1999. Si un gobernante quiso simbiotizar los éxitos deportivos de sus connacionales con su proyecto político y económico e incluso con su imagen pública, ese fue Menem. En 1989, cuando ya detentaba la máxima investidura, jugó con el equipo nacional de basquetbol sobre la duela del mayor centro de espectáculos de Buenos Aires, el Luna Park, y 3 años después, durante un partido de exhibición, fue pareja de dobles de la más destacada tenista argentina de la historia, Gabriela Sabatini, ganadora del Abierto de Estados Unidos 1990. Pero con el que Menem llevó a los extremos del narcicismo su afán de notoriedad fue con el futbol.

En plan Calígula, Menem se hizo convocar a la selección nacional dirigida por Carlos Salvador Bilardo. A sus 59 años Menem jugó, junto a Maradona y sus compañeros entonces campeones mundiales, el Gran Partido de la Solidaridad —celebrado el 21 de julio de 1989 en el estadio José Amalfitani, casa del Club Atlético Vélez Sarsfield, con aforo para 40 000 asistentes—, organizado para recaudar fondos “a beneficio de los más necesitados”. El periodista Enrique Macaya Márquez ingresó al vestidor y encontró al masajista histórico de la selección, Miguel Di Lorenzo “Galíndez”, frotando las piernas de un debutante con la camiseta albiceleste: Menem. A preguntas previsibles de Macaya Márquez —“¿Qué le dice Bilardo?” “¿Qué habla usted con los muchachos antes de salir (a la cancha)?”— el presidente devenido en futbolista, recostado en la cama de masajes, enfundado en la número ‘5’ que esa noche le fue confiscada al “Tata” José Luis Brown y portando el gafete de capitán que le usurpó a Maradona, responde sin asomo de humildad: “No hace falta. Los que tenemos conocimiento del futbol no hace falta que hablemos”.

Menem jugando con la selección campeona mundial

Pero si algo hizo Menem para llegar a la presidencia fue precisamente hablar. Y hablar mucho. A fuerza de discursos y entrevistas, durante la campaña electoral se construyó una imagen: la de adalid de las causas sociales que el peronismo decía abanderar. Pero una vez que tuvo en sus manos el cetro presidencial, se dedicó a hacer todo lo contrario de lo que pregonó. Tal como afirma el periodista Luis Bruschtein, “su gobierno fue lo más opuesto a los principios que había profesado en su ingreso a la política: ladrillo por ladrillo, hizo lo que ni siquiera los gobiernos militares habían podido hacer. Se dedicó a desmontar lo que aún quedaba en pie de los primeros gobiernos peronistas: privatizó todos los servicios de agua, gas y electricidad, las comunicaciones, los altos hornos y el acero, los ferrocarriles, Aerolíneas, desreguló la economía. Hizo lo que ni siquiera los gobiernos más neoliberales del mundo habían hecho: privatizó la petrolera estatal ypf (Yacimientos Petrolíferos Fiscales)”.

Con el menemismo “llegó el imperio de las camas solares, los trajes millonarios italianos, las intervenciones estéticas de glúteos, las cocaine decisions”, escriben Cune Molinero y Alejandro Turner en las primeras páginas de su libro El último mundial. Evaporada la “primavera democrática” de los años de Raúl Alfonsín en la presidencia (1983-1989), Menem implantó una realidad en la que —sostienen esos autores— “no se podía sobrevivir sin una mínima cuota de cinismo. Con menos alegría y más teléfonos. Con menos almacenes que hipermercados. Con menos Humor y más Caras”.

A Menem no le bastó montar una pantomima para meterse a jugar con los seleccionados y exhibirse triunfante —como escribió el recientemente fallecido José Nun— “en esos dos lugares mitologizados del ascenso social como son el deporte y el mundo de la farándula”. Menem quiso también incidir en la confección de la lista de jugadores que participarían en el Mundial Italia 90. Socio de River Plate, el presidente deseaba ver a un referente del club “Millonario”, Ramón “Pelado” Díaz, entre los 22 llamados por Bilardo para la Copa del Mundo. Con ese propósito citó a una reunión en la que estuvieron presentes un empresario periodístico y dos periodistas deportivos, además, por supuesto, del entrenador nacional, al que pasados unos minutos Menem invitó a pasar a solas con él a una habitación aparte. Bilardo no accedió a la petición. “No hubo caso”, fueron las palabras de Menem después de que el técnico se retiró. Cuando la solicitud trascendió, el propio Maradona, según la prensa de entonces, “le recordó al jefe del Estado que él debía ocuparse de ‘cosas más importantes’”.

Cuando Menem llegó al poder en julio de 1989 Maradona era la mayor celebridad deportiva mundial. Ni siquiera el nombre de Michael Jordan resonaba como el del Diego en todos los confines del planeta. Menem vio la oportunidad de hacer diplomacia con la popularidad del ‘10’: lo nombró Embajador Deportivo el 7 de junio de 1990, 24 horas antes de que la selección argentina inaugurara el Mundial de Italia, en el que habría de defender —y casi lo consigue— su título de campeón del mundo. Menem le entregó el pasaporte diplomático a Maradona en una ceremonia realizada en la sala de prensa del estadio Giuseppe Meazza —que para el certamen estrenó el tercer piso de su graderío además de un techo sostenido por 11 pilares—, no sin antes darse el gusto de caminar sobre el pasto de la Scala del calcio junto a los jugadores durante el recorrido habitual de reconocimiento de la cancha, cual si fuera un seleccionado más que Bilardo tuviera contemplado para alinear.

El día siguiente Menem observó desde el palco de los poderosos la derrota argentina ante Camerún gracias al gol imposible de Francois Omam Biyik, el que se comió el portero Nery Pumpido porque nunca imaginó que el futuro delantero del América de México fuera capaz, como lo fue, de rematar desde la estratósfera. Mientras Menem volaba de vuelta a Argentina y Maradona y sus compañeros aguardaban en Nápoles su segundo partido del Mundial ante el representativo de la URSS, en Buenos Aires se cumplimentaba el decreto 1026, que Menem había dejado firmado en alguno de los cajones próximos al “Sillón de Rivadavia”. A través de ese documento Menem ordenó a personal militar desalojar a su esposa, Zulema Yoma, de la residencia presidencial de la Quinta de Olivos, en presencia de los dos hijos de ambos y de los medios de comunicación, que fueron avisados con la mínima pero suficiente anticipación, al más puro estilo Menem, de que un performance estaba por ocurrir a las puertas del número 2100 de la avenida Maipú.

En el otrora lecho conyugal, habitado ya por él solo, Menem vio por televisión el tortuoso avance mundialista de la selección, que contra lo que vaticinaban los malos presagios que dejó el tropiezo inaugural ante los leones indomables logró llegar a la gran final. No obstante que el dólar se cotizaba en 5,850 australes —moneda nacional argentina de ese tiempo— y el costo del servicio telefónico había aumentado 1,000% durante el año que llevaba al frente del gobierno, Menem viajó nuevamente a Italia para presenciar el partido definitivo contra Alemania en el Olímpico de Roma. Encuentro trabado, se resolvió a favor de los teutones por un polémico penal marcado por el árbitro uruguayo-mexicano Edgardo Codesal y anotado por Andreas Brehme. Maradona aún no se secaba las lágrimas rezumantes de impotencia que regó mientras esperaba la medalla de plata, cuando Menem ya estaba en el aeropuerto de Fiumicino despegando rumbo al de Ezeiza. Se apresuró a regresar a la Argentina antes que lo hiciera la selección en aerolínea comercial para ponerse al frente del apoteósico recibimiento popular a los subcampeones mundiales. Fue otra puesta en escena más de su propensión a intentar capitalizar políticamente el gusto del pueblo argentino por el futbol, una constante a lo largo de sus 2 periodos presidenciales. En contraste con su antecesor, Raúl Alfonsín, que 4 años antes cedió el balcón de la Casa Rosada —sede del gobierno— a los integrantes del plantel que ganó la Copa fifa en México 86, Menem salió al encuentro de la multitud reunida en la Plaza de Mayo acompañado de Maradona y se quedó de pie entre los jugadores y el cuerpo técnico durante los 20 minutos de ovación. Detrás de las cilíndricas columnas de piedra que el 1 de mayo de 1952 atestiguaron el último discurso de Eva Perón, la noche del 9 de julio —Día de la Independencia argentina— de 1990 las patillas tupidas de Menem a lo Facundo Quiroga —caudillesco gobernador de la provincia de La Rioja en la primera mitad del siglo XIX como Menem lo fue en la segunda del XX— estuvieron estratégicamente flanqueadas por la melena rubia de Claudio Caniggia, por la mano de Bilardo esclavizada por el tic de acomodarse la corbata, por el aura heroica de Sergio Goycochea y por la sonrisa plena del Diez. “Ahí está el presidente Menem con Diego Maradona, es el momento culminante”, gritaba el reportero de la televisión.

El subcampeonato en el Mundial de Italia lo consiguió el representativo argentino tras eliminar a la selección anfitriona en la semifinal, dejándola fuera de la competencia nada menos que en el santuario maradoniano de la península: el estadio San Paolo de Nápoles, que desde el 25 de noviembre de 2020, día de la muerte de Maradona, lleva su nombre. Salvatore “Toto” Schillaci había puesto en ventaja a los azurri a los 17 minutos, pero en el complemento la igualada llegó por una peinada de Caniggia auxiliada de una mala salida de Walter Zenga, quien hasta ese momento no había recibido gol en el Mundial. El empate 1-1 del tiempo regular no se rompió durante la prórroga, por lo que hubo que dirimir el pase a la final mediante tandas de penaltis, en las que Goycochea se ganó su apodo, “Atajapenales”, al detener 2 disparos —de Aldo Serena y Roberto Donadoni— mientras que los sudamericanos no erraron ninguno. Por haber frustrado el sueño italiano de campeonar en casa por segunda vez —pero en esa nueva oportunidad del 90 sin sospechas de ayuda mussoliniana como las que ensombrecieron la conquista de 1934— a Maradona, il figli adottivo del Vesuvio, se le dictó, nunca mejor dicho, una auténtica vendetta. La venganza llegó 10 meses después, aprovechando una debilidad humana del crack, hoy de todos conocida: a principios de abril de 1991 el Comité de Disciplina de la Liga italiana impuso a Maradona una sanción de 15 meses, que expiró hasta el 30 de junio de 1992, por haber dado positivo por consumo de cocaína en el control antidoping efectuado al término del partido que el Napoli le ganó 1-0 al Bari el 17 de marzo. Impedido de jugar en cualquier Liga del mundo, Maradona se refugió en Buenos Aires. No era un regreso fulgurante, como los del 86 y del 90, de balcón festivo y plaza rebosante. Pero si un común denominador había entre los regresos del 86, del 90 y del 91, era la persistencia de la crisis económica en Argentina. Así como el poder explotó la estrella de Maradona en su auge, también lo haría en su caída. Así como sacó rédito de su gloria, sabría usufructuar su desgracia a modo de distractor: el 26 de abril por posesión de drogas Maradona era “arrestado en un departamento del barrio porteño de Caballito al que los medios de comunicación llegaron antes que la policía”, como recuerda el periodista Alejandro Duchini. La detención, que mostró al ídolo intoxicado y esposado ante las cámaras, la efectuó la Policía Federal, y Menem dijo sentirse “sumamente conmovido”, de acuerdo con información del periódico español El País. Un cable noticioso de la época, reproducido en 2020 por el diario La Nación, informaba: “Desde poco antes de las seis de la tarde, las radios desplazaron sus unidades móviles a las inmediaciones del lugar y comenzaron la transmisión de los hechos como si se tratase de un partido”. A 30 años de distancia Duchini interpreta esa detención y el vuelo mediático que se le dio como “un golpe sin anestesia para tapar problemas sociales”.

Los 90, la década de Menem en el poder, fueron a la Argentina lo que el sexenio presidencial de Carlos Salinas de Gortari a México: espejismos de entradas al primer mundo que terminaron en nuevas devaluaciones, en más crisis, en más desigualdad. Tal como escriben Molinero y Turner, desde los tiempos de Menem la democracia argentina “empezaba a parecerse más a la que habitamos ahora: con menos temor al poder militar. Pero también con menos ilusiones”. Porque después de la larga noche de la dictadura (1976-1983) revivieron las esperanzas de ver por fin una Argentina a la altura de las expectativas que despertó en su fundación, las que le auguraban convertirse en algo así como Canadá o Australia del Cono Sur, tal como escribe Alejandro Grimson en su inteligente y divertido libro sobre los mitos argentinos, publicado por Siglo XXI Editores. El regreso de la democracia invitaba a soñar no sólo con un país menos sometido, sino también más justo y menos pauperizado. Pero al igual que ocurrió con los “viejos sueños” decimonónicos que, como escribe Andrés Kozel, descansaban en la supuesta ineluctabilidad de un “destino de grandeza” del que la nación “se había ‘extraviado’” en algún momento de su historia difícil de precisar, los sueños de los años de Menem —alumbrar la prosperidad, domar la inflación, acceder a bienes importados gracias a la ilusoria conversión por decreto del dólar americano en moneda nacional— también “pasaron a destilar unas pesadillas que acabaron devorándoselos casi por entero”.

Fuentes:

Carlos Ares, “Maradona ataca con dureza a Menem”, El País, 23 de octubre de 1991.

Luis Bruschtein, “Murió Carlos Menem”, Página/12, 14 de febrero de 2021.

Clarín, Año XLV, No. 15,927, 13 de junio de 1990.

José Comas, “Menem, conmovido por el ‘caso Maradona’”, El País, 27 de abril de 1991.

Alejandro Duchini, “Carlos Menem: La Patria deportista”, Página/12, 14 de febrero de 2021.

Alejandro Grimson, Mitomanías argentinas: Cómo hablamos de nosotros mismos, Buenos Aires, Siglo XXI Editores, 2013.

Andrés Kozel, La Argentina como desilusión. Contribución a la historia de la idea del fracaso argentino (1890-1955), México, Nostromo Ediciones-unam, 2008.

La Nación, “Maradona: el día que fue preso por drogas y conmocionó al mundo”, 26 de abril de 2020.

Cune Molinero y Alejandro Turner, El último mundial, Buenos Aires, Planeta, 2020.

José Nun, “Populismo, representación y menemismo”, en Felipe Burbano de Lara (ed.), El fantasma del populismo. Aproximación a un tema (siempre) actual, Caracas, ildis-flacso-Nueva Sociedad, 1998, pp. 49-79. Mauro Palacios, La enfermedad del doctor: una biografía de Carlos Salvador Bilardo, Buenos Aires, Corregidor, 2009.