¿Debe existir el partido por el tercer lugar?

Por: Farid Barquet Climent

Bélgica e Inglaterra jugarán el partido por el tercer lugar de Rusia 2018. En su historial mundialista, los dos representativos que se medirán mañana en San Petersburgo tienen antecedentes no muy halagüeños en ese duelo que muchos juzgan intranscendente, casi de consolación: los belgas en México 86 y los ingleses en Italia 90 perdieron sus respectivos encuentros.

Tras caer ante la Argentina de Maradona en semifinales, la selección belga que participó en el mundial mexicano de hace 32 años disputó la medalla de bronce contra la Francia de Platini. El encuentro tuvo lugar en el estadio Cuauhtémoc de Puebla el 28 de junio. A los diez minutos de juego el emblemático mediocampista del Brujas, Jan Ceulemans, puso adelante a los diablos rojos que ese día vistieron de blanco, pero Jean-Marc Ferreri empató un cuarto de hora después y cerca del fin del primer tiempo Jean Pierre Papin dio la ventaja parcial a Francia. En la segunda mitad Nico Claesen igualó y obligó a la prórroga, en la que el camiseta ‘13’ de Francia, Bernard Genghini, venció al arquero sensación del Mundial, Jean-Marie Pfaff, para colocar nuevamente a los galos arriba en el marcador. Finalmente, mediante un penalti al minuto 110’, el francés de ascendencia valenciana Manuel Amorós dejó el marcador definitivo 4-2.

Por su parte Inglaterra tuvo que conformarse con pretender el tercer puesto en Italia 90 enfrentando en Bari a la selección anfitriona, que no pudo pasar sobre la Argentina de Maradona para llegar a la final en Roma. El conjunto británico venía de eliminar a la sorprendente selección de Camerún en cuartos de final —en uno de los pocos partidos dignos de ser recordados de aquel Mundial— y de caer ante Alemania en penaltis la noche en que las lágrimas más famosas del extraordinario Paul Gascoigne bañaron el pasto del estadio Delle Alpi de Turín. Roberto Baggio aventajó a los italianos tras una desconcentración de Peter Shilton, guardameta inglés, pero cuando faltaban diez minutos para el término del encuentro, el lateral izquierdo de Inglaterra —aunque nacido en Melbourne, Australia— Tony Dorigo, lanzó un magnífico centro que David Platt cabeceó al más puro estilo inglés para vencer a Walter Zenga. La paridad se rompió cuatro minutos después gracias al penalti a favor de Italia que el árbitro francés Joel Quiniou marcó después de una falta de Paul Parker sobre Salvatore Toto Schillaci, que el propio número ‘19’ de los azurri convirtió en el gol que le dio el tercer puesto a su selección y a él la satisfacción de ser el máximo goleador del torneo con seis anotaciones, una más que el checoslovaco Thomas Skuhravy.

Sus pretéritas derrotas en partidos por el tercer lugar pueden conducirnos a pronosticar que tanto belgas como ingleses querrán cerrar este Mundial en la posición más alta posible después de quedar fuera en semifinales, y que en consecuencia saltarán a la cancha con sus alineaciones titulares y se dejarán todo sobre el terreno de juego, pues todavía queda algo por qué competir, algo qué ganar, un reto qué lograr. Sin embargo, muchos cuestionan la pertinencia de que se siga jugando el partido por el tercer lugar, que por definición ofrece una aspiración topada. Hay quienes no encuentran razones para que continúe programándose ese encuentro que Mundial tras Mundial, como ocurre desde Italia 34, se ven obligadas a protagonizar dos selecciones abatidas por su reciente eliminación, apesadumbradas después de ver truncado su sueño de campeonar.

 

 

Los croatas: Qué eran y qué quieren ser

El desconcierto y la falta de rumbo en que se sumió la nación croata después de su última guerra, contrastan con la determinación mostrada por su selección para llegar a la final del Mundial.

Por: Farid Barquet Climent

La escritora croata Dubravka Ugrešić creó el personaje de una profesora universitaria, a la que puso por nombre Tanja Lucic´, para hacerla protagonista de su novela El Ministerio del Dolor. En su condición de alter ego de su inventora, Lucic´ da clases en Ámsterdam a jóvenes serbocroatas que al igual que ella —y que Ugrešić— se exiliaron en Holanda tras la guerra de los Balcanes que desintegró a Yugoslavia.

Al comenzar su curso de filología yugoeslava, asignatura de ficción que le toca impartir, Lucic´ “recuerda” cómo era la vida en su tierra natal cuando por fin cesó el fuego de la conflagración interétnica que hizo volar en cinco pedazos el esfuerzo unificador de Josip Broz Tito: “todos estábamos sumidos en el caos. Ya no estábamos seguros de qué éramos ni qué queríamos ser”.

Los futbolistas de la selección croata que ayer venció a la inglesa en la segunda semifinal estuvieron sumidos en el caos durante distintos momentos del partido, sobre todo tras el gol tempranero, recién al minuto 4’, que por la vía del tiro libre les hizo Kieran Trippier. Pero durante la segunda mitad y de manera destacada en los dos tiempos suplementarios, los croatas demostraron estar muy seguros de qué eran en las apuestas previas al Mundial —participantes sin mayores aspiraciones— pero sobre todo de qué quieren y pueden ser el próximo domingo: campeones del Mundo.

Los dos finalistas de este Mundial tuvieron récord perfecto en fase de grupos: tanto franceses como croatas ganaron sus tres respectivos partidos. Pero a partir de octavos de final el camino ha sido más sinuoso para los balcánicos: mientras los galos pudieron imponerse a Argentina, Uruguay y Bélgica en tiempo regular, los del Este de Europa tuvieron que disputar tiempos extras en sus tres encuentros de eliminación directa y sólo en el de ayer no tuvieron que dirimir el resultado en tandas de penaltis. Eso puede representar un hándicap en contra de Croacia: las duraciones de las tres prórrogas que ha disputado en el torneo suman noventa minutos, lo que equivale a decir que ha jugado un partido más que el equipo dirigido por Didier Deschamps, situación que en principio haría suponer que el conjunto liderado por Luka Modrić llega al partido por la gloria con un mayor desgaste. No obstante, en la tensión dramática con la que Croacia ha superado sus etapas en este Mundial, puede estar el envión anímico, la inyección de seguridad y confianza, que conviertan a esa nación en la novena del orbe en saber y sentir qué es la verdadera supremacía.

 

Foto: as.com

El primero de una miríada

Hoy en el cumpleaños número sesenta de Hugo Sánchez, recordamos su primer gol como profesional.

Por: Farid Barquet Climent

“Me intriga esa especie de vida privada que respalda a los goles”, dice Juan Villoro. Yo también me intrigo y al mismo tiempo me emociono cuando mi imaginación se aventura a indagar, aunque sea hipotéticamente, la vida privada de un gol que sería el primero de cientos: el que marcó un joven de 18 años de edad, estudiante de Odontología en la UNAM, el 27 de marzo de 1977. Fue su tanto iniciático como goleador en Primera División. Se lo hizo al América en el Estadio Azteca.

Se jugaba la jornada 29 del torneo de Liga. A Pumas se le presentó la oportunidad de anotar en la forma de tiro libre, desde un punto no muy cercano al semicírculo del área americanista, centrado como si fuera un penalti pero casi al triple de distancia de la portería y con una barrera de siete defensores del conjunto local. Tres jugadores universitarios se alistaron como probables cobradores. Los dos primeros corrieron hacia el balón con la intención aparente de disparar al arco, pero fue el tercero quien pateó: Hugo Sánchez Márquez, quien dio a conocer al mundo en ese instante la precisión de su pierna zurda al incrustar el esférico a media altura y pegado al poste derecho del portero Francisco Paco Castrejón, guardameta que entonces contaba con doce años de experiencia en el máximo circuito del futbol nacional y era considerado por el periodismo deportivo del país como una verdadera leyenda.

 

“Vivimos una miríada de segundos y, sin embargo, es uno solo, siempre uno, el que pone en ebullición todo nuestro mundo interior”, escribió el gran biógrafo austriaco Stefan Zweig. Es verdad que Hugol anotó una miríada de goles en su carrera prodigiosa, pero fue uno solo, el que marcó en aquel mediodía de primavera, el que puso en ebullición el mundo interior de una estrella precoz, cuyo talento, inteligencia, tesón y confianza en sí mismo lo convertirían, al paso de los años, en el más grande futbolista mexicano de todos los tiempos.

 

Foto: Fritz the Flood

 

Un paseo por donde todo empezó

Farid Barquet Climent nos da una recomendación para conocer y disfrutar más del futbol de Inglaterra, cuya selección se juega hoy el pase a la final del Mundial 

Por: Farid Barquet Climent

Las islas son para vivir errantes. Carlos Pellicer

 

Si es verdad, como escribió el argentino Ricardo Piglia, que “no hay más que libros de viajes o historias policiales”, a los del primer grupo pertenece La Isla del Futbol, libro que Antonio Rosique y Rogelio Roa publicaron hace once años pero que mantiene intacta su vigencia como aproximación divertida e inteligente al futbol británico.

La Isla del Futbol es la bitácora de dos años de andanzas de Rosique y Roa por esa porción del planeta en la que nació el futbol, en tiempos de la reina Victoria,  y en la que, a pesar de su cuna aristocrática como la de todos los deportes, en muy poco tiempo terminó por convertirse en una de las aficiones permanentes de las mayorías populares, pues tal como afirma Juan Benet, en Inglaterra las formas de distraer el ocio han evolucionado al compás de las posibilidades de las clases trabajadoras de llenar su tiempo libre. Así lo sostiene también el sociólogo alemán Gerhard Vinnai, quien considera que gracias a que “a mediados del siglo XIX se inició allí (en Inglaterra) el traslado del trabajo del hombre a las máquinas (se) redujo el gasto socialmente necesario de trabajo y con ello también el tiempo de trabajo”, por lo cual “Inglaterra, la patria del capitalismo industrial, es también la patria del fútbol moderno en cuanto deporte de masas”.

Leído poco más de una década después de su aparición, La Isla del Futbol ofrece ahora un viaje adicional, ya no en el espacio sino en el tiempo: una mirada retrospectiva a la Liga Premier de Inglaterra, cuya fundación, hace un cuarto de siglo, supuso un giro copernicano en la concepción de la industria del futbol, gracias a lo cual, desde entonces, atrae muchos reflectores pero sus clubes sólo descuellan muy esporádicamente en competencias europeas, mientras su selección nacional, salvo que hoy logre llegar a la final de Rusia 2018 al superar a Croacia, no ha hecho más que confirmar que el título mundial obtenido en casa en 1966 fue tan sólo un espejismo.

Los dos prólogos, a cargo de José Ramón Fernández y del historiador especialista en management aplicado al futbol de la Universidad de Liverpool, Rogan Taylor, preludian muy atinadamente este valioso testimonio de dos mexicanos que, honrando al arte de caminar que tanto encomiaban dos agudos observadores británicos como Robert Louis Stevenson y William Hazlitt, dan cuenta de cómo ciento cinco años después del fin de la época victoriana no fueron las capas proletarias sino los grandes capitales —no sólo ingleses, sino sobre todo árabes, asiáticos y rusos— los que operaron una segunda transformación, a saber, la conversión de un espectáculo como lo era el máximo circuito del futbol británico en su edición evolucionada gracias a la televisión satelital: la actual Premier League, y la erigieron en modelo de gestión y hasta de inversión a imitar, pues en la actualidad, de acuerdo con el periodista Édgar Valero, “se estima que 76 de los hombres más ricos del mundo y 390 de los 500 más importantes multimillonarios, están involucrados, han comprado, promueven eventos o participan en la gestión de eventos deportivos y en la adquisición de franquicias deportivas en todo el mundo”.

El lector que se adentre en La Isla del Futbol se enterará, entre otras muchas cosas, del significado profundo del torneo más antiguo del mundo y que más apasiona al pueblo inglés; de cómo los clubes de futbol y los equipos de rugby compiten por ganar mayor popularidad; del papel que desempeñan los supporters trusts en tanto grupos de seguidores organizados; de la relación entre la película Naranja mecánica del director Stanley Kubrick y el fenómeno de los hooligans; del recuerdo de los futbolistas ingleses que murieron o que ya no pudieron seguir siendo futbolistas por la Segunda Guerra Mundial; del marcaje personal que Rosique le hizo al primer futbolista mexicano que jugó en Inglaterra y también curiosidades como la historia del trofeo que disputan Inglaterra y Australia cuando se enfrentan en partidos de cricket.

Según Benet, “una de las genuinas innovaciones victorianas en materia de esparcimiento fue el pub, un invento que prevalecerá por grave y devastador que sea el paso de los tiempos y en tanto en el Reino Unido se siga fabricando y consumiendo cerveza. En La Isla del Futbol sus autores nos hablan de su itinerario por los pubs más futboleros de Reino Unido, dan sus recomendaciones de los imperdibles e inclusive aconsejan qué hacer para disfrutarlos al máximo y qué no hacer en ellos para evitar problemas.

Así como Winston Churchill reconoció que la primera muestra que dio de su poderosa retórica fue la encendida defensa que hizo de un pub para que no cerrara actividades, Rosique y Roa usan esos emblemáticos establecimientos —escalas obligadas para conseguir novia, según el escritor y aficionado al Leicester City, Julian Barnes en su libro El sentido de un final— para ambientar en ellos sus enriquecedoras entrevistas y sus inteligentes e informadas disquisiciones sobre el futbol como expresión de la cultura británica —insular siempre, pero que en tiempos del Brexit no sabemos si calificarla de aislada, como se resistía a creerlo André Maurois— con una escritura a un tiempo grácil e ilustrativa, que fluye sin los espesores pero con todo el sabor de una buena guiness.

 

Foto: Amazon

 

La Jeune Belgique

A pesar de que hoy quedó eliminada, la actual selección de Bélgica ha tenido un crecimiento tan grande como el que tuvo la literatura de ese país hace más de cien años.

Por: Farid Barquet Climent

En 1993, el poeta y ensayista mexicano Gabriel Zaid escribió sobre los jóvenes escritores belgas que a principios del siglo XX marcaron un antes y un después en las letras de ese país francoparlante. En aquel ensayo publicado en la revista Vuelta, Zaid afirma: “La emancipación literaria de Bélgica frente a París se da con la revista La Jeune Belgique (1881-1897) y con las figuras de Émile Verhaeren (1855-1916), Georges Rodenbach (1855-1898) y Maurice Maeterlink (1867-1949), cuyo premio Nobel (1911) consagra la resonancia universal del ‘milagro poético belga’”.

La emancipación de Bélgica, ya no literaria sino futbolística, no se debe a figuras como Verhaeren sino a otras cuyos nombres suenan parecidos, Vermaelen, Vertonghen, pero también a Courtois, a Kompany, a Hazard, a Lukaku y a toda esa Jeune Belgique que ha practicado el futbol más bello de este Mundial, esa joven Bélgica que esta noche en San Petersburgo fue superada por muy poco por Francia y que se despide de Rusia 2018 haciendo resonar por todo el Universo el milagro poético del futbol belga.

Fue la magnífica anticipación al minuto 50’ de Samuel Umtiti, que le ganó en el salto dentro del área al melenudo Fellaini, lo que hizo la diferencia entre belgas y franceses en la semifinal de hoy. Es cierto que Francia tuvo otras oportunidades de gol que pudieron haber hecho más abultado su triunfo, como la dejadita de Mbappé en los pies de Giroud al 33’, el tiro cruzado de Pavard tras un pase filtrado por Mbappé que salvó la pantorrilla de Courtois, o el jugadón magistral de Mbappé que dejó nuevamente a Giroud a boca de portería al 55’. Pero los belgas también pudieron haber anotado. Al 20’, un lance majestuoso del portero francés Lloris impidió que un remate de rehilete de Alderweireld se convirtiera en el primer gol del partido. Una atajada que vale una final.

Según Zaid, “la resonancia universal de los poetas de La Jeune Belgique se explica, en primer lugar, por su talento creador. Luego por la vitalidad comunicativa que los mueve al diálogo. Y finalmente, porque su obra respondía a una necesidad de la época. Una necesidad, digamos, de “progreso espiritual’”.

Parafraseando a Zaid, yo digo que la resonancia universal de los futbolistas de La Jeune Belgique se explica, en primer lugar, por el talento creador de Hazard y De Bruyne. Luego por la vitalidad comunicativa que mueve a sus integrantes a un diálogo cosmopolita en el que se funden la potencia africana de Lukaku y la precisión europea de Mertens. Y finalmente, porque la obra conjunta de todo el equipo ha terminado por responder a una necesidad de nuestra época, una necesidad de progreso espiritual del futbol: que en la era post-Tiki-Taka seamos capaces de creer nuevamente que el preciosismo no está reñido con la eficacia.

 

Foto: Todo Sobre Camisetas

 

El ritual de lo habitual

Su personalísimo recuento de los daños que dejan los últimos siete ciclos mundialistas, es lo que nos regala Israel Martínez López con su primera entrega para futboleo.net.

Por: Israel Martínez López

El rito es aquel acto fundacional que se repite constantemente en una sociedad. En efecto, el fútbol mexicano en los mundiales convierte, desde 1994, su rito en el cuarto partido.

Después de siete ocasiones, el quinto partido se está volviendo un mito para el fútbol mexicano a nivel selección mexicana. No hay más repetición que meter máximo un gol y caer en la misma instancia.

Aún recuerdo ver al colorido Jorge Campos llorar bajo el atardecer neoyorquino de un martes 5 de julio del 94. El fusilamiento del acapulqueño comenzó con los medusinos penales. Petrificadas las lágrimas de Campos a los consuelos del máximo crack búlgaro, Hristo Stoichkov, que había dado el primer dardo de octavos de final.

Como el ritual lo marca, cuatro años después se repitió el mismo dolor. Sí, me acuerdo bien de aquel gol del “Matador” Hernández, aquella anotación a los tumbos que ocasionó que un niño cayera sobre mi dedo gordo del pie izquierdo. Después, no supe nada. Mi clase de inglés se dilató. La profesora, su perico mecánico y aquel peinado de casco de la NFL llegaron con la devastadora noticia. Ahora, los bávaros volvían a recordarnos los lacerantes seis goles de Argentina 78 y a la caldera volcánica del Monterrey del 86. Una vez más, el Tri volvía a la a casa después de cuatro partidos.

Una vez más el calendario volvió a correr los cuatro ritualescos años. En el primer mundial celebrado en Asia, se trataba de no volver a caer y menos después de aguantar a los croatas, de callar a los ecuatorianos y de dominar a los azzurros en la primera fase. No se podía caer. No aquella madrugada. No. Era imposible. No se debía perder. Como dice Juan Pablo Villalobos, ese mundial lo teníamos que haber ganado. Sí, porque contra Estados Unidos se tiene prohibido perder. Ahí no se debe caer. Pero este maldito ritual siguió rodando y el “dos a cerou” se volvió una oración, una plegaria para que no olvidemos que esto es un ritual.

Y sí, ahora caminando llegamos a otro ritual, ahora con brujas, dragones y demás espíritus. La limpia se iba a hacer. Porque ahí estaba (implícita) la mano de Menotti y la Argentina campeona del 78. Pero se empezó con un maquillado 3-1 contra Irán, un aburrido 0-0 contra Angola (porque somos expertos en regalar puntos y victorias a precoces mundialistas) y el atemorizante 2-1 ante Portugal. Pero ahí teníamos a Argentina, y en la banca el mostacho pampero se mostraba confiado. Y los teníamos en la mano. No descifraban aquella caja fuerte mexiceleste. Pero se tenía que cumplir el ritual. Genialidad era la única forma de hacernos valer nuestro destino. Un gol imposible que jamás volverá  a hacer en su vida Maxi Rodríguez. Y sí, otros cuatro partidos para regresar a casa.

Sin embargo, se volvió a intentar y calcar el trayecto de Corea-Japón. Vasco Bombero nos volvió a meter al mundial, a la jungla del 2010. Y sí, se ganó a un campeón del mundo, pero se volvió a perder humillantemente. Y sí, se dejó conseguir un punto al anfitrión. Y sí, esa gorra blanca sin mostrar la mirada nos decía que debíamos cumplir con el ritual. Fuera de lugar o no, Argentina iba a ganar. El Bofo y los sueños de Carrillo. Esos disparos de Guardado y Salcido que raspaban el poste diciendo que no, que México no rompería el cero hasta terminar el ritual. Y, sí, otra vez, cuatro juegos y ya.

Bajo gritos prestados regresamos al ritual. Noches podridas nos llevaron a Brasil. Un gol que jamás debía gritar y un equipo amateur oceánico nos pusieron el ritual. Y sí, ahí se veía la orilla sagrada, aquellas mieles sin años en probar. Un partido más que detuviera el rumbo del país, un camino que ponía a Costa Rica y Argentina para el quinto y sexto partido. Pero no, los dioses mitológicos dijeron que no. Diez minutos bastaron. Holanda tenía el quinto partido; con penal o no, fue gol. El fútbol es de goles, no de encerrarse como murciélagos colgados del poste. Y sí, se quedó en cuatro partidos, en los mismo cuatro partidos que siempre vemos.

Y así terminamos esta historia que en cuatro años se volverá a repetir. Una historia que estamos viviendo. Cuatro partidos y ya. Sí, se ganó a (la peor) Alemania de la historia mundialista. Se le ganó a Corea y se dejó humillarse ante los suecos. Y ahí llegaron los de las cosas chingonas, los del pelo teñido… la selección más mediática de la historia, escupía un comentarista. Sí, una selección aburguesada, tomando prestado el adjetivo del Tuca. Y Brasil es Brasil.

¿Debemos acostumbrarnos al ritual de lo habitual?

 

Foto: Futbol Total

 

Ecos de Argelia en Francia

Por: Farid Barquet Climent

Gracias a un estupendo remate de cabeza de Raphaël Varane y a un tiro de Antoine Griezmann que fue mal acometido por el portero uruguayo Fernando Muslera, la selección de Francia se instaló en semifinales, etapa que hace sesenta años, en el Mundial de Suecia 58, no pudo superar al quedar eliminada por el representativo de Brasil, que era comandado por Vavá y Didí y apuntalado por sus dos jóvenes y descollantes revelaciones: Pelé y Garrincha.

Si bien la superioridad de los sudamericanos —reflejada en el marcador 5-2— fue inapelable, un segmento de la afición francesa se quedó con la sensación de que su equipo nacional pudo haber pasado a la final de haber contado con tres jugadores que habían sido convocados para integrar el combinado galo pero que la víspera del Mundial decidieron no jugar para Francia por tomar partido en una causa política: la independencia de Argelia, que entonces era una colonia francesa.

En la primavera de 1958, aproximadamente dos meses antes del Mundial sueco, tres jugadores con pasaporte francés pero nacidos en Argelia, Rachid Mekhloufi, Mustafa Zitouni y Said Brahimi, no acudieron a la convocatoria de Albert Batteaux, entrenador de les bleus, porque resolvieron aceptar el llamado a integrar una selección nacional argelina a pesar de que Argelia aún no era un país independiente y en consecuencia no contaba con una federación nacional de futbol reconocida por la fifa.

El Frente de Liberación Nacional (FLN), movimiento político que encabezó la lucha por la independencia de Argelia —considerado por el gobierno francés como una organización terrorista— encontró en el futbol un vehículo de propaganda para difundir por el mundo la legitimidad de su reclamo soberanista. Desde septiembre de 1957, Mohamed Boumezrag, un futbolista retirado que después se convertiría en el director técnico de la escuadra magrebí, empezó a tener acercamientos con los futbolistas argelinos que jugaban en clubes franceses y que formaban parte de la selección francesa con el propósito de exhortarlos a que se fugaran a hurtadillas de Francia para conformar un equipo que, bajo las siglas del FLN, disputara partidos como visitante contra selecciones de otras naciones para darle proyección internacional a la demanda de autodeterminación del pueblo argelino.

Una vez que los futbolistas aceptaron sacrificar sus carreras en Francia para integrar el equipo del FLN, Boumezrag ideó el plan de fuga. Los futbolistas que habrían de abandonar Francia, incluidos los tres seleccionados galos, debían dejar el país en grupos y por fronteras distintas para no despertar sospechas de una salida masiva. Unos partieron por Italia mientras que otros, como Rachid Mekhloufi, goleador del Saint-Etienne, lo hicieron vía Suiza para después reunirse todos en Túnez, nación independizada de Francia apenas dos años atrás y en la que residía el autoproclamado Gobierno Provisional Revolucionario Argelino (gpra).

Ya en la capital tunecina, Mekhloufi y sus compañeros anunciaron la creación del equipo del FLN y ahí mismo tuvieron su primer partido el 9 de mayo contra la selección de Marruecos, a la que vencieron. De acuerdo con datos de Anne Marie Mergier publicados por el semanario Proceso, entre 1958 y 1962 —año en que se consumó la independencia de Argelia— disputaron noventa partidos más, ninguno en suelo argelino, de los cuales ganaron 65, perdieron 13 y empataron 13. Viajaron por aproximadamente 40 países del norte de África, Europa oriental y Asia, anotando 349 goles y recibiendo 119.

Conseguido el objetivo independentista, algunos futbolistas de aquel equipo se quedaron a jugar en Argelia en clubes pertenecientes a las empresas públicas que les daban empleo parcial, mientras que otros regresaron a Francia, como Mekhloufi, quien volvió a enfundarse en la camiseta verde del Saint-Etienne para ayudarle a ese club a regresar a la Primera División en 1963 y luego a ganar tres Campeonatos de Liga y la Copa de Francia de 1968, en un partido en el que “el mediapunta argelino firmó un doblete”, según documenta Alberto Cosín en las páginas de Kaiser Football Magazine.

Sobre su decisión de abandonar el confort de jugar en el futbol galo, Mekhloufi sentenció: “Me llamaba mi país, no podía negarme”. Sus convicciones lo llevaron a perderse el Mundial de Suecia y con ello renunciar a jugar una Copa del Mundo junto a grandes jugadores como Raymond Kopa y Just Fontaine, quien se alzaría como el máximo goleador del certamen con 13 anotaciones —récord hasta la fecha de más goles marcados por un solo jugador en una misma edición— y que también nació en lo que fue un dominio francés, Marruecos, en 1933.

En un documental a cargo de Gilles Peres y Gilles Rof, Mekhloufi le dice al intelectual Bernard Pivot, su entrevistador: “Perdóneme por decir esto, pero la emoción con el equipo de Argelia era más grande que la emoción con el equipo de Francia”. En cambio ahora, en 2018, dos de los que en el Mundial de Rusia están jugando con toda emoción con el equipo de Francia son futbolistas con orígenes familiares en Argelia. Uno es Nabil Fekir, el jugador de cambio que recurrentemente envía a la cancha el entrenador Didier Deschamps, y el otro es el joven que asombra al mundo sin llegar aún a la veintena de edad y que va en la ruta de convertirse en la figura de este Mundial: Kylian Mbappé. Fekir, delantero que en la pasada temporada marcó 23 goles en 40 partidos para el Olimpyque de su natal Lyon, tiene raíces argelinas por parte de padre, mientras que el joven maravilla del Paris Saint Germain es hijo de madre argelina, aunque nacido en la localidad de Bondy, en la periferia parisina.

Fue la epopeya de Mekhloufi y su generación la que dio lugar al desarrollo del futbol en Argelia, cuya selección nacional asistió por primera vez a un Mundial en España 82, dirigida por Mekhloufi, y repitió su participación en la siguiente edición, México 86. Se cuenta que el gol de tiro libre anotado a Irlanda del Norte por Djamel Zidane en el estadio 3 de Marzo de Zapopan durante el Mundial mexicano, fue la inspiración para un niño francés, de su mismo apellido y descendiente de argelinos, que doce años después, en 1998, sería el puntal de la selección de Francia que conquistó la única Copa del Mundo que ostenta ese país: Zinedine Zidane. Como en tiempos de Mekhloufi, como en tiempos de Zizou, hoy nuevamente, con Mbappé y Fekir, ecos de Argelia resuenan en las esperanzas francesas de ganar el Mundial.

 

Foto: neville.es

Hay quienes necesitan escribir su propia historia

La selección anfitriona sorprendió al llegar a una instancia que muchos no le presagiaban antes de la justa mundialista. Olivia Betancourt Mascorro nos cuenta la historia de uno de los artífices de tan digna actuación del equipo ruso. 

Por: Olivia Betancourt Mascorro

El anfitrión del actual Mundial cayó ante Croacia en la ronda de penaltis en uno de los partidos más emocionantes de la etapa de cuartos de final. Y si hay alguien que hoy es feliz de estar con la selección rusa a pesar de no ser ruso de nacimiento es el lateral derecho Mário Figueira Fernandes, oriundo de Brasil. Pudo defender los colores de Rusia en los cinco partidos que disputó en el certamen porque el 14 de julio de 2016 el Presidente Vladimir Putin le concedió por decreto la ciudadanía al brasileño nacido en São Caetano do Sul, Estado de São Paulo, quien juega en el CSKA Moscú y que, como sabemos, desató la locura al lograr el empate ruso con un gol de cabeza en el minuto 115 contra Croacia, aunque después erró el tiro que le tocó patear desde los once pasos en la ronda de penaltis.

Antes de su llegada al CSKA de Moscú, Fernandes jugó en el equipo de su ciudad de origen, el São Caetano, y posteriormente fue traspasado al Gremio de Portoalegre, cuando tenía 18 años. Su llegada a un club grande a tan temprana edad y las altas expectativas depositadas en él, al parecer le provocaron una depresión que se tradujo en una escapada de tres días sin que se supiera de su paradero. Reconoció padecer problemas de alcoholismo que hacían peligrar su carrera a pesar de que se le auguraba un futuro promisorio. El Real Madrid lo tuvo en la mira cuando se encontraba en el Gremio, pero los rusos le ganaron la partida.

Fernandes probó primero como central por sus 189 centímetros de estatura, pero su  rapidez lo convirtió en lateral derecho, posición que actualmente juega. Empezó a llamar la atención desde que jugaba en Brasil no sólo por su potencial, sino también por haber rechazado la posibilidad de jugar con la selección brasileña cuando fue convocado en 2011 para disputar un partido contra Argentina, negativa que la afición no le perdonó. Tanto Gremio como él justificaron esa falta por “motivos personales”, lo que le costó que la selección no lo volviera a convocar en tres años. Para 2014, tras el Mundial de Brasil, fue nuevamente convocado para jugar un amistoso internacional contra Japón. En esta segunda ocasión sí acudió al llamado, pero es probable que, por ya encontrarse jugando en Rusia y al empezar a sentir a este último país como su casa, decidió perfilarse para obtener la nacionalidad rusa.

Mário ni siquiera habla ruso, pero en Rusia encontró el lugar que necesitaba para dejar atrás la persona que ya no quería ser y convertirse en un futbolista reconocido y dueño de un puesto en la selección de aquel país. El decreto presidencial que le otorgó la nacionalidad express es la causa de que pudiera estar presente en este Mundial. Al final Fernandes falló un penalti decisivo para su selección, pero en modo alguno puede atribuírsele falta de compromiso con el representativo de su país de acogida. “Un soldado no hace un ejército”, comentó el defensa previo al partido contra Croacia, lo que demuestra su convicción de que en el futbol son importantes las historias individuales, como la suya de superación, pero sobre todo la historia en este deporte la escriben los esfuerzos colectivos.

 

Foto: La Razón

Uruguayo busca equipo

Era tanto el amor de Mario Benedetti por el futbol, que los botes del balón resuenan en su obra literaria. Entre los lectores futboleros es muy conocido su cuento «El césped», pero lo es menos una novela en la que el futbol juega de titular, de la cual escribe Farid Barquet Climent en esta nueva entrega.

Por: Farid Barquet Climent

En su libro Andamios, el escritor uruguayo Mario Benedetti reconstruye, en forma de novela, su exilio en España, que aparece dividido en dos etapas separadas por… ¡el futbol!

La primera etapa es aquella en que “te negás a deshacer las maletas (bueno, las valijas) porque tenés la ilusión de que el regreso será mañana”. Y por eso, dice Benedetti, es una etapa en la que, “cuando escuchás los noticieros, sólo ponés atención a los sucesos internacionales, esperando (inútilmente, claro) que digan algo, alguito, de tu país y de tu gente”.

La segunda etapa inicia cuando, a fuerza de realidad, el exiliado empieza a asumir que la vuelta a su país de origen no está tan próxima, pero aún se resiste a reconocer cuán lejana se vislumbra. A partir de ese momento intenta aclimatarse al país que lo acoge. Ya no vive pendiente de las noticias de su país; procura, en cambio, enterarse de lo que pasa a su alrededor y hasta busca desarrollar un interés por el entorno. Así lo explica el autor de Pedro y el Capitán: “ya que nadie te informa de cómo van Peñarol o Nacional o Wanderers o Rampla Juniors, te vas convirtiendo paulatinamente en forofo (hincha, digamos) del Zaragoza o del Albacete o del Tenerife, o de cualquier equipo en el que juegue un uruguayo, o por lo menos algún argentino o mexicano o chileno o brasileño”.

Quizá los familiares y amigos de Benedetti sepan de qué equipo español se volvió forofo el escritor, pero no hay constancia que nos permita saberlo. No obstante, si tomamos en cuenta que Benedetti salió rumbo al exilio en 1977, en principio no resulta difícil hipotetizar que fueron dos los futbolistas uruguayos que, encontrándose ambos jugando en la Liga española en aquel tiempo, pudieron servirle al poeta como alternativas justificatorias de su fabricada identificación con algún equipo ibérico. Uno era el portero Ladislao Mazurkiewicz, que se hizo famoso en el Mundial México 70 por ser la victima de la finta mejor fraguada por Pelé en toda su carrera —más vista y recordada que muchos de sus goles—, pues en 1978 el guardameta jugaba para el Granada. El otro jugador era Fernando Morena, siete veces campeón de goleo del campeonato uruguayo, quien arribó al Rayo Vallecano en 1979.

Pero si analizamos más detenidamente esas dos opciones que Benedetti tenía a la mano, nos daremos cuenta de que ambas le estaban vedadas: no podría haberse vuelto seguidor de la escuadra andaluza ni tampoco del conjunto madrileño porque Mazurkiewicz y Morena eran ídolos del equipo archirrival del que Benedetti fue hincha toda su vida: el escritor era de Nacional, los futbolistas de Peñarol.

Salvo que hubiera relajado su fidelidad al Nacional para hacerse seguidor del club español de alguno de esos dos ex aurinegros, Benedetti seguramente se habrá visto en la necesidad de buscar, tal como escribió, “algún argentino o mexicano o chileno o brasileño” que fuera su punto de contacto con algún conjunto español. El subterfugio no pudo haber provenido de un jugador mexicano, pues faltaban algunos años para que Hugo Sánchez llegara al Atlético de Madrid; tampoco pudo ser un brasileño, en vista de que Roberto Dinamita de Oliveira nunca explotó, contra lo que su mote exigía, con el FC Barcelona, en el que estuvo solamente una temporada y marcó nada más tres goles. Probablemente el elegido fue el chileno del RCD Español de Barcelona, Carlos Caszely —cuya familia fue cobardemente represaliada por la dictadura de Pinochet—, o bien el argentino Mario Alberto Matador Kempes, entonces ariete del Valencia, si no es que otro también argentino, Rubén Panadero Díaz, corazón de la defensa del Atlético.

No puedo asegurar que por Caszely o por Kempes o por el Panadero Benedetti se hiciera forofo del Español, del Valencia o del Atlético, pero de lo que estoy casi seguro es de que tuvo que descartar a sus dos paisanos, porque tal como dejó asentado en Andamios, “que un hincha de Peñarol se enamore de una chica de Nacional, o viceversa, puede originar resentimientos familiares de tal envergadura, que los conviertan en los Montescos y Capuletos del subdesarrollo”.

La República Oriental del Uruguay registra la más alta concentración de virtuosismo balompédico por kilómetro cuadrado. Bien lo dice Benedetti: “Como país de apenas tres millones de habitantes, somos tal vez el que produce el mayor porcentaje de buenos futbolistas”. Pero en aquellos años en que Benedetti necesitaba asirse a un equipo en el exilio, Uruguay no exportó a España uno solo que, por provenir de Nacional, a Benedetti le quedara a medida, que le fuera naturalmente afín.

Pero si bien es muy probable que Benedetti no quiso confraternar futbolísticamente en España con Fernando Morena por ser éste un símbolo de Peñarol, sí terminó por alinear junto al máximo goleador de la historia del futbol uruguayo. Y lo hizo en un equipo que de verdad importaba. A principios de los años dos mil, Benedetti y Morena integraron —al igual que otros futboleros, como el relator Víctor Hugo Morales y el crack Enzo Francescoli— la Comisión que se creó para construir, con aportaciones privadas, un Memorial, inaugurado el 10 de diciembre de 2001, que busca darle reparación simbólica a las víctimas de la dictadura que implantó en Uruguay el terrorismo de Estado y que mandó al exilio a miles de uruguayos, entre ellos, a uno de sus mayores escritores: Mario Benedetti.

 

Fotos: padreydecano.com, gatoviejo.com y wikipedia.com

Fernando Signorini, una concepción crítica de la preparación física

Las selecciones que continúan con vida en Rusia 2018 se aprestan a encarar el quinto de los siete partidos que deben disputar si quieren ser campeones. Los cuartos de final que inician mañana, son una etapa en la que los jugadores empiezan a sentir los estragos físicos causados por la competencia. Para entender la complejidad de la preparación física, Farid Barquet Climent nos recomienda un libro escrito por toda una autoridad en la materia: Fernando Signorini. 

Por: Farid Barquet Climent

Al cumplirse en 2016 el trigésimo aniversario de la conquista argentina del Mundial de México 86, Diego Armando Maradona evocó en un libro aquellos días, los de su mayor gloria futbolística. En las páginas de México 86. Mi Mundial. Mi verdad. Así ganamos la Copa, el ‘10’ escribió: “Recuerdo que me preparé para volar. Y volé.”.

Fernando Signorini, la persona que estuvo junto al crack argentino ayudándolo a prepararse para volar como voló en los siete partidos que disputó en aquella justa; el hombre que, a decir del crack de Fiorito, “conocía mi cuerpo como nadie”, escribió también un libro, publicado por la editorial Corregidor, acerca del oficio que ejerce desde hace más de cuatro décadas: la preparación física de futbolistas.

El libro de Signorini no es un tratado sobre la materia, porque ni busca abordar todas las aristas de la preparación física ni tiene pretensiones de cientificidad; tampoco es un instructivo con recetas aplicables a cualquier equipo de futbol en todo tiempo y lugar; menos un racimo de anécdotas que, engalanadas por la cercanía del autor con grandes figuras del futbol mundial (Maradona, Messi, Menotti), hagan descansar en ésta el valor de sus conclusiones. Fútbol, llamado a la rebelión: la deshumanización del deporte, es un inteligente llamado a rescatar el sentido común para no perpetuar ciertas formas de entrenamiento físico que, a fuerza de repetición irreflexiva, se han instalado en los equipos de futbol como incuestionables pero que, en vista de sus resultados, dejan serias dudas.

A diferencia de muchos de sus colegas, que se asumen superiores a esos viejos entrenadores “tal vez pobres en su bagaje dialéctico pero riquísimos en el dominio de los esquivos secretos”, Signorini nos invita a escuchar a estos últimos, a volver con ellos a los rudimentos básicos del juego para, desde ahí, desenmascarar a quienes falazmente han propalado una dañina sobrevaloración de la importancia de los preparadores físicos, al tiempo que denuncia que el futbol haya importado acríticamente de otros deportes planes de trabajo corporal que le son del todo ajenos.

El Premio Nobel de Literatura mexicano Octavio Paz escribió que la palabra rebelión “desde el principio fue romántica, guerrera”. Por eso me parece acertado que Signorini haya intitulado su libro como un llamado a la rebelión, pues en sus páginas, a contracorriente de la “uniformidad de los modelos de entrenamiento” y sin desconocer que, como dice Ezequiel Fernández Moores, “el deporte de suma cero, el de la alta competencia, tiene mucho más de trabajo que de placer”, el gran preparador físico argentino arremete con argumentos sugerentes contra las generalizadas y extenuantes pretemporadas en mar y montaña —de las que se quejaba mucho el tenista estadounidense Andre Agassi— y de las que no hay evidencia de que se traduzcan en la disminución del promedio de lesionados al año, como ha documentado Marcelo Gantman; desnuda también el absurdo de que tales encerronas dejen a los jugadores “endurecidos” para los primeros partidos de la competencia; aboga asimismo por colocar en el centro del entrenamiento el mejoramiento técnico, pues como dice un fenómeno como Michael Jordan: “usted puede practicar el tiro ocho horas diarias, pero si la técnica es errónea, sólo se convertirá en un individuo que es bueno para tirar mal”.

En esta imperdible obra, Signorini exige que la preparación física de los futbolistas se compadezca de lo que son, futbolistas, y en consecuencia reclama que pasen más tiempo en contacto con el balón; insiste en la importancia del reposo, desdeñada por quienes confeccionan los incesantes calendarios de juegos, quienes no respetan ni “siquiera elementales leyes biológicas que tienen que ver con la defensa de algo tan importante como es la salud de los deportistas”; alerta sobre los riesgos de fatiga por sobreentrenamiento y clama por dar una justa dimensión a los tests de evaluación, a los que reconoce innegable utilidad “para establecer un correcto diagnóstico sobre las posibilidades de entrenabilidad de un sujeto, o para detectar patologías que pueden resultar dañinas y hasta invalidantes para la práctica deportiva”, pero objeta que se les haya enseñoreado en los clubes como aportantes del veredicto último sobre la idoneidad de una contratación, por encima de valoraciones acerca de las destrezas del evaluado con la pelota.

Según Paz, en el arquetipo del rebelde caben: “el héroe maldito, el poeta solitario, los enamorados que pisotean las leyes sociales…”. Por todo lo que escribe en Fútbol, llamado a la rebelión, podemos saber por qué al rebelde Signorini no le importaría quedarse solitario en un medio plagado de repetidores inerciales, muchos de los cuales, muy probablemente, lo tildarán de maldito por pregonar una concepción “contracultural” —como la ha denominado Ángel Cappa— de la preparación física, concepción que, enamorada del futbol, desafía con razones las leyes que en ese rubro predominan de un tiempo a esta parte y que, en varias ocasiones, han terminado por pisotear al juego.

 

Foto: clarin.com