Un descubridor de talentos

En entrevista con FutboLeo, Luis Alberto Pato Baeza nos cuenta la historia de cómo descubrió el talento del hoy seleccionado nacional Jesús Gallardo. También nos compartió algunas reflexiones acerca del estado que guarda la formación de futbolistas en México.

Por: Farid Barquet Climent

Su voz, del otro lado del teléfono, no es la de un hombre jactancioso. Su forma de hablar está muy alejada de la presunción. En ningún momento se atribuye ningún protagonismo, menos reclama aplausos. Luis Alberto Baeza Ramírez, mejor conocido en el mundo del futbol como Pato Baeza, es el descubridor de Jesús Gallardo. Es quien tuvo el ojo clínico para detectar el potencial del zurdo tabasqueño, es quien puso en el camino de la Primera División al lateral izquierdo que ha deslumbrado en los dos primeros partidos de la selección mexicana en el Mundial Rusia 2018.

Retirado del futbol a los veinticuatro años de edad por decisión propia, Baeza empezó a participar en la organización de torneos infantiles y juveniles, en los que vio jugar a un sinnúmero de niños, algunos de ellos con aptitudes para convertirse en profesionales. Hoy recuerda que de inmediato empezó a preguntarse: “¿A estos chavos quién los ve? ¿Cómo se puede hacer para que a estos chavos los vean los clubes profesionales?”, dice este ex jugador de los Pumas de mediados de los años ochenta.

Por la relación que trabó con Guillermo Memo Vázquez padre a su paso por el equipo universitario, Baeza comenzó a canalizar jóvenes promesas a las fuerzas básicas del Club Universidad Nacional. Uno de ellos fue Javier Cortés, quien terminó siendo el jugador clave en la conquista del séptimo campeonato de Primera División del conjunto auriazul en 2011 y acaba de coronarse nuevamente como campeón del futbol mexicano con el Santos Laguna el pasado 20 de mayo.

A la llegada de Memo Vázquez hijo a la dirección técnica del primer equipo unamita, Baeza fue invitado a colaborar como coordinador de las categorías de menor edad de las divisiones inferiores de los Pumas. Ahí diseñó programas de visoría y detección de talentos, que se nutrieron del conocimiento que adquirió acerca de cómo se trabaja la formación de futbolistas en otros países, sobre todo a partir de su asistencia consuetudinaria, en su puesto de Coordinador Deportivo de los universitarios, al torneo que desde más de siete décadas se juega cada año en Viareggio, Italia. Cuando se le pregunta qué se necesita para ser un buen visor, Pato antepone la dedicación a la intuición: “necesitas ver mucho futbol, y de todos los niveles, no sólo Primera División”, enfatiza el también jugador del Necaxa de finales de los ochenta y del Neza de principios de los noventa.

Recuerda el día que vio jugar por primera vez a Jesús Gallardo. Dice que iba a visorear a un jugador, sí, pero no era el hoy camiseta ‘23’ de la selección. Acudió al estadio de Dos Ríos, en el Estado de México, porque le habían hablado maravillas de un jugador del Tecamachalco de Tercera División. Ese día el Tecamachalco enfrentó al Jaguares de la Sección 48 del Sindicato Petrolero —la correspondiente a Tabasco—, equipo en el que jugaba Gallardo. “Desde ese momento pensé: ‘¡es una fiera!’”, dice Baeza. El marcador de aquel partido que propició el salto de Gallardo a los Pumas no fue bueno para los Jaguares, pues quedaron eliminados de la competencia. Al terminar el encuentro Baeza se apresuró a entablar contacto con sus directivos y pudo fijar una fecha cierta para que Gallardo se presentara en las instalaciones de la Cantera universitaria, pero el tabasqueño no llegó. Finalmente lo hizo dos días después, lo cual no fue impedimento para que Baeza le diera la oportunidad de incorporarse a los entrenamientos.

“Chucho era un garbanzo de a libra. Era muy diferente a lo que había en la cantera”, afirma hoy Baeza desde su escuela de futbol en el municipio de Texcoco, en la que se recrean y divierten más de 200 niños. Recuerda que más que cuestiones técnicas, con Gallardo se trabajó sobre todo el aspecto físico en gimnasio, que al principio no era del agrado del joven, hasta que paulatinamente fue internalizando el hábito, siempre asesorado por personal experto para evitar lesiones o incurrir en sobreentrenamiento que pudiera perjudicar su desempeño.

Precisamente porque sabe que “el trabajo mental en México es muy pobre”, Baeza destaca la “fortaleza mental” del hoy futbolista de 23 años de edad, al que con la familiaridad del afecto respetuosamente llama Chucho, al que vio adaptarse, no sin dificultades. al cambio de vida que supone mudarse, a temprana edad, de la pequeña ciudad tabasqueña de Cárdenas a la capital del país.

¿Cómo lograr que la proyección de jugadores como Gallardo sea algo habitual y no la excepción? Baeza considera que en las categorías infantiles y juveniles debe haber entrenadores “con vocación de fuerzas básicas”, que no entiendan su estancia en la dirección de categorías inferiores sólo como un paso necesario para algún día llegar a dirigir en Primera. Para que haya gente especializada en el futbol formativo, Baeza considera necesaria la dignificación de las remuneraciones de quienes tienen a su cargo a los futuros futbolistas: “La gente formadora debe tener sueldos importantes”, afirma.

El entorno familiar y social de los jóvenes incide en que su carrera profesional se logre o se trunque. Las familias de los prospectos muchas veces los presionan excesivamente, depositando en ellos expectativas de ascenso social que no es aconsejable descargar sobre sus hombros a edades tan tempranas. Baeza propone brindarles apoyo profesional, que se les deberá seguir proporcionando cuando tengan sus primeros contactos con la fama concomitante al deporte de élite. Recuerda cómo Gallardo, apenas seis meses después de dejar Tabasco, ya jugaba al lado de Darío Verón, al que antes veía por televisión.

A pesar de que fue convocado habitualmente a la selección nacional por Juan Carlos Osorio durante toda la eliminatoria, el altísimo nivel mostrado por Gallardo en los dos primeros partidos del Mundial lo ha convertido en toda una revelación para la afición mexicana y también para los clubes europeos que ya lo tienen en su radar de contrataciones. Pero quien seguramente no se siente tan sorprendido, aunque sí muy emocionado, es Pato Baeza, el hombre que tuvo el acierto de impulsarlo, el que para fortuna del futbol lo encontró cuando no iba a buscarlo.

 

Foto: ADN Deportivo

Desinterés favorecedor

Paradójicamente, la selección inglesa resultó favorecida por el desinterés que durante décadas los habitantes de Panamá tuvieron hacia una costumbre tan inglesa como el futbol.  

Por: Farid Barquet Climent

El desapego histórico del pueblo panameño hacia las aficiones y costumbres inglesas parece ser la causa remota de la goliza 6-1 que le propinó la selección de Inglaterra a la de Panamá ayer en Nizhny Novgorod.

Al igual que en casi todas las naciones del continente americano, el futbol llegó a Panamá traído por inmigrantes ingleses. De acuerdo con Pablo Alabarces, sociólogo argentino especializado en futbol, fueron trabajadores de empresas navieras los que introdujeron el futbol en el país del Canal. Mientras en naciones como Argentina o Uruguay fueron ferrocarrileros los introductores del futbol, en Panamá el balón redondo llegó a través de los tripulantes de navíos pertenecientes a compañías como la West Indian Co., la Royal Mail Steam Packet Company y la Pacific Steam Navigation Company. En Panamá no habrían podido ser los miembros del gremio de los trenes los encargados de llevar y después popularizar el futbol, porque en ese país el ferrocarril lo construyeron estadounidenses, no ingleses.

Al descender de sus embarcaciones, los navieros ingleses que arribaron a Panamá en la última década del siglo XIX se encontraron con una tierra en la que ya había una práctica deportiva fuertemente arraigada, el beisbol, implantado y propagado por los estadounidenses que habían participado tanto de la construcción del ferrocarril Transístmico como del Canal de Panamá.

La mayoritaria inclinación de los habitantes de Panamá hacia el beisbol, es una de las claves explicativas del desarrollo tardío y lento del futbol en el país centroamericano. Según información que aporta Alabarces en su libro Historia mínima del futbol en América Latina, los futbolistas panameños se convirtieron en profesionales en sentido estricto apenas hace treinta años.

No hay que soslayar el peso de la historia a la hora de explicar algunos resultados deportivos. El marcador de ayer entre ingleses y panameños así lo demostró.

 

Foto: La Estrella

 

El instante se hizo verbo

Recordemos con Farid Barquet Climent el relato inolvidable que Víctor Hugo Morales hizo del segundo gol de Maradona a los ingleses un día como hoy de 1986.

Por: Farid Barquet Climent

Quedarse sin palabras es sinónimo de pasmo. Sin embargo, hay quienes a pesar de quedar súbitamente invadidos por el asombro, logran convertir el silencio que suele acompañar a la estupefacción en arrebatos de emoción que verbalizan el instante, capturan la excepcionalidad del momento y lo hacen perdurable, memorable.

Una persona que ha mostrado tener esa capacidad es Víctor Hugo Morales, el relator de partidos de futbol nacido en Uruguay, que transmitía los partidos de futbol de Argentina. La evidencia de ese atributo de Morales la aporta Juan Villoro al recordar el segundo gol que Maradona le hizo a la selección de Inglaterra en el segundo Mundial disputado en México: “el 22 de junio de 1986 Diego Armando Maradona dejó sin palabras al planeta, pero no a Víctor Hugo Morales”, afirma el escritor mexicano.

Morales, inmerso tanto en un trance de júbilo desbordado como en un lapsus profético, calificó aquella genialidad de Maradona, a escasos 25 segundos de haberla presenciado in situ, como “la jugada de todos los tiempos”, misma que en su trigésimo segundo aniversario se antoja muy difícil que pueda ser desplazada del sitial que Víctor Hugo le presagió desde recién nacida.

Con micrófono en mano, Víctor Hugo solía rubricar las anotaciones de la selección albiceleste al estilo de otro narrador, Fioravanti —nombre que utilizaba Joaquín Carballo Serantes, locutor radial de los años cincuenta también nacido en suelo uruguayo— quien según Antonio Marimón, después de gritar prolongadamente “gollllllllllllll” cuando marcaba el combinado nacional, decía “con acento prístino e inaprehensible ‘¡Ar-gen-tino!’”. Con independencia de este gesto de imitación que más bien parece un homenaje, Víctor Hugo es un justo heredero de Fioravanti, pues según Marimón, en la crónica que Fiora hizo de un gol argentino a Inglaterra en 1953, “toda la emoción y complejidad del hecho viajan dentro de (la) intensidad” del relato”, y no menor elogio se puede hacer del que hoy hace 32 años hizo Morales de aquel golazo maradoniano, sin que lo demerite el hecho de que algunos escritores futboleros, como Osvaldo Soriano, advirtieran que el 22 de junio de 1986  los medios de comunicación de Argentina “retomaban un tono chauvinista que habían abandonado desde la capitulación de Puerto Argentino”, que puso fin a la guerra de las Malvinas en 1982.

En su número 3482 del mes de julio de 1986, la revista El Gráfico testimoniaba: “La piel de gallina, las lágrimas en los ojos. Así, temblorosos, nos dejó el relato de Víctor Hugo Morales, por Radio Argentina, del segundo gol de Maradona. La palabra escrita no tiene la vibración, el sentimiento, la frescura de todo lo que Víctor Hugo sintió a través de la jugada…”.

Por relatores como Víctor Hugo Morales, coincido con Federico Medina Cano en que “los narradores deportivos no son agregados a la fiesta, forman parte de ella. En su narración (…) el ambiente festivo y las faenas deportivas se magnifican, se convierten en relatos épicos donde todo exceso lírico y todo delirio son bienvenidos (…) hacen uso de la capacidad de provocar, provocan la imaginación, la fantasía, la poesía…”.

Seguramente por dedicarse a hablarlo, Víctor Hugo afirma: “yo no podría entender un futbol mudo”. Quizá por ello no sea una mera casualidad que la palabra gola, que en castellano podría pasar por el femenino del gol, en italiano significa garganta, como la que Víctor Hugo Morales ha usado, como nadie, para inmortalizar goles ajenos.

“Ese gol para mí tiene música. Y la música es el relato de Víctor Hugo Morales. (…) El relato de Víctor Hugo es único. (…) Porque hasta leyéndolo es como si lo estuviera escuchando. Y vuelvo a emocionarme como la primera vez”: Diego Armando Maradona.

 

Foto: Los Andes

 

A 32 años del Barrilete cósmico

Tan sólo un día después de una de las derrotas más dolorosas que ha sufrido la selección de Argentina en Mundiales y que la ponen al borde de la eliminación, la afición de ese país se apresta a conmemorar el aniversario 32 de la mayor gesta épica de su equipo nacional. Olivia Betancourt Mascorro nos recomienda un libro muy singular que nos retrotrae a esa fecha emblemática.

Por: Olivia Betancourt Mascorro

Antes de comenzar a leer el libro El partido (del siglo), escrito por el periodista argentino Andrés Burgo, sabía de la importancia pero no era capaz de dimensionar del todo el altísimo nivel de significación que para el futbol argentino tiene el 22 de junio de 1986, día en que se celebró uno de los partidos más polémicos y legendarios de la historia de los Mundiales: el Argentina contra Inglaterra de México 86.

Burgo se propuso recrear cómo se vivieron las 24 horas del día en que tuvo lugar ese encuentro. Termina describiendo algo más que la atmósfera que rodeaba a una selección de futbol que estaba en la ruta de consagrarse campeona mundial. Finalmente lo que arroja su reportaje es un retrato de la Argentina de aquellos años. Burgo se afanó en obtener entrevistas con los seleccionados de esa época, como Ruggieri, Olarticoechea, Batista, Pumpido e incluso el entrenador Bilardo. Sorprendentemente logra explicar, de manera detallada y sin siquiera entrevistar a Maradona, todo lo que sucedió antes, durante y después del partido Argentina-Inglaterra.

Pude hacer una lectura muy personal del libro, pues despertó mis recuerdos de cuando asistí a los partidos del Mundial México 86 con tan solo 10 años de edad. Leer a Burgo significó mi regreso a la infancia. En aquel tiempo yo no tenía ídolos futbolistas. Pero aquel Mundial, aunado al hecho de que mis padres fueran desde entonces aficionados de los Pumas de la UNAM, marcó mi punto de partida para convertirme en una aficionada al futbol.

Uno de los apartados que más disfruté fue el de las famosas cábalas de los jugadores argentinos. Una en particular, cuando los jugadores de la selección se fueron a un Sanborns a comer hamburguesas y tomar refrescos. El médico se aparece por el lugar expresando su descontento y los llamó irresponsables. Al final, Bilardo no sólo les permitió, sino que les ordenó hacer lo mismo, hasta el final del mundial.

Otro aspecto interesante es cómo vivieron el partido los árbitros y también los futbolistas de la selección inglesa, a los que les resultaba injusto que se diera por bueno el gol que Maradona hizo con la mano.

El partido tuvo una carga emocional fuerte porque esa rivalidad tuvo una connotación política: la guerra de las Malvinas. Para los argentinos era claro que tenían que ganar el partido contra Inglaterra.

El gol de la mano de Dios yo lo viví en el estadio Azteca como una injusticia. La gente que estaba alrededor de mí y de mi familia optó por ponerse en contra de Argentina, y es que a la distancia, no era justo que ganara de la forma más tramposa. Uno no entiende qué pasa por la cabeza del jugador cuando se atreve a hacer un gol de esta forma, pero cuando leí a Burgo comprendí que los jugadores también aprenden con el tiempo mañas, por así decirlo, en aras de elaborar jugadas que pudieran pasar desapercibidas en las decisiones arbitrales.

Todo se conjugó en el Argentina-Inglaterra: la guerra de Las Malvinas; “la mano de Dios” y “el gol del siglo”; el relato de Víctor Hugo Morales y el Barrilete cósmico, la disputa entre Menotti y Bilardo. Para Burgo, todos estos factores colocan al partido como el más importante en la historia del futbol argentino y aunque yo tenía solo 10 años y no alcanzaba a comprender lo que para el pueblo argentino significó ganarle a Inglaterra, sí puedo decir que el libro tan bien relatado por Andrés Burgo me recordó esa etapa de mi vida en la que fui muy feliz haciendo la ola, gritando cada gol, viendo a Negrete conectar ese tremendo golazo en contra de Bulgaria, incluso la solidaridad entre los mexicanos, que necesitábamos un aliento para superar las consecuencias del sismo del año anterior en la Ciudad de México.

Quien se adentre en el libro de Burgo podrá, como hice yo, viajar en el tiempo.

 

Foto: perú.com

Derrota subliminal

Mañana viernes, al igual que 28 veranos atrás, Brasil y Costa Rica se enfrentarán en la fase de grupos de un Mundial. Recordamos el curioso estratagema empleado en aquella ocasión por los ticos con el objetivo de ganarse el apoyo de los asistentes al estadio.

Por: Farid Barquet Climent

La primera vez que la selección de Costa Rica asistió a un Mundial fue en la catorceava edición, disputada en Italia en 1990.

El sorteo colocó a los ticos en el grupo que habrían de compartir con los representativos de Suecia, Escocia y Brasil. A los dos conjuntos europeos los enfrentó en Génova, mientras que con los brasileños habrían de medirse en Turín. En vista de cuál sería la ciudad donde jugarían contra el scratch du oro, los centroamericanos decidieron utilizar la subliminalidad para conseguir el apoyo de los aficionados turineses, pues se propusieron calar en la predilección de los asistentes al stadio delle Alpi de una manera peculiar: antes que por su juego, por los colores de su vestimenta.

Como en el inicio de aquella década postrera del siglo XX aún cundían los televisores en blanco y negro, la FIFA exigía que los tonos de las tres prendas que componen los uniformes de cada equipo (camiseta, short y calcetas) contrastaran con los de sus rivales: clara la camiseta de una escuadra, oscura la de la otra, y lo mismo para los shorts y las calcetas.

Los costarricenses bien podían haberse presentado a jugar contra los brasileños con su uniforme tradicional, idéntico al que en incontables ocasiones Chile ha utilizado para jugar contra Brasil: camiseta roja, short azul y medias blancas. Sin embargo, en razón de que el partido se disputaría en Turín, el entrenador de Costa Rica, el serbio Velibor Bora Milutinovic, quiso granjearse los vítores de los asistentes al estadio vistiendo a su equipo con una indumentaria igual a la del equipo más querido en la localidad, la Juventus de Turín, cuya camiseta a rayas verticales blancas y negras, acompañada de short y medias en blanco, nada tienen qué ver con el azul, el rojo y el blanco de la bandera de esa nación centroamericana.

Según información disponible en el portal de FIFA, la Federación del país sin soldados nunca confesó que se disfrazó de la Vecchia Signora di calcio, sino que quiso hacer pasar la treta como una simple coincidencia, pues adujo que la elección de la camiseta albinegra a rayas era un “homenaje al club decano de Costa Rica, el CS Libertad, entonces desaparecido”.

El 16 de junio, día del partido, en el delle Alpi hubo muchos más aficionados brasileños que turineses. Y quizá por eso el ardid costarricense de nada sirvió. Es más, parece haberles resultado contraproducente: la verdeamarela ganó el partido 1-0, con gol anotado al minuto 33’ por Müller, delantero que en aquel tiempo jugaba nada menos que para el archirrival citadino de la Juve: el Torino FC. Seguramente el goleador nacido en el estado brasileño de Mato Grosso habrá pensado que se enfrentaba al acérrimo adversario de su club y no a una selección camuflada. La maniobra cromática se le revirtió a los entonces debutantes mundialistas.

A diferencia de hace 28 años, mañana no estarán Müller, ni Careca, ni Branco del lado brasileño, como tampoco Gabelo Conejo, Hernán Medford o Juan Cayasso en el bando tico. Para mañana apuntan como protagonistas, por Brasil, Marcelo, Coutinho y Neymar Jr. si se recupera de la molestia que resintió durante un entrenamiento, mientras que por Costa Rica darán la cara principalmente su Capitán, Bryan Ruiz, el portero Keylor Navas y probablemente Joel Campbell, que en el partido contra Serbia entró de cambio. Como en las maletas de los jugadores centroamericanos sólo hay dos camisetas, rojas y blancas, no podrán ceder a la  tentación de intentar seducir a los nativos de San Petersburgo, ciudad donde se disputará el partido, vistiendo con el color azul del Zenit FC, el club de la localidad. Imposibilitados de recurrir a artificios visuales, los costarricenses deberán ganarse el aliento del público con lo que están llamados a desplegar: su mejor futbol.

 

Foto: el pais.cr

Cuando Maradona pudo ser cementero

En redes sociales circula una foto a modo de explicación de la derrota que hoy sufrió la selección argentina. En la imagen aparece un aficionado del equipo Cruz Azul de México en medio de hinchas argentinos, durante el partido que terminó hace unas cuantas horas en Nizhni Nóvgorod. La foto busca instalar una conclusión: que la albiceleste la cruzazuleó ante Croacia por la presencia del cruzazulino, culpable del infortunio pampero. Lo que seguramente no saben quienes difunden la instantánea, es que el gran astro argentino, Diego Armando Maradona, estuvo a punto de convertirse en cementero. Farid Barquet nos trae esa historia.

Por: Farid Barquet Climent

En una ocasión Maradona estuvo a punto de convertirse en cementero.

Cuando el Diez pasó de Argentinos Juniors a Boca Juniors en febrero de 1981, este último club no saldó en un solo pago el total de la transferencia, sino que se comprometió a liquidar la parte faltante con posterioridad.

Los meses pasaban, Diego ya jugaba y deslumbraba portando la camiseta azul y amarillo pero el adeudo con Argentinos persistía. La única solución visible sonaba extrema: vender el pase del crack a un club extranjero y con el dinero obtenido cubrir lo que Boca le debía al club rojo del barrio La Paternal.

Pero faltaba menos de un año para el Mundial de España 82 y lo que menos querían el entrenador nacional César Luis Menotti y 29 millones de argentinos era que Diego se distrajera del objetivo de repetir el título mundial para Argentina en la Copa por venir. La emigración intempestiva del ‘10’ a un futbol desconocido no parecía lo más aconsejable si Argentina quería campeonar por segunda vez consecutiva.

Llegó agosto y el pago restante seguía sin realizarse, por lo que Argentinos, según el relato del periodista Eduardo Bolaños, “se presentó en la justicia, reclamando por las deudas de Boca”.

De repente, en aquellos días en que, según Bolaños, “los abogados eran más protagonistas que los propios jugadores”, irrumpió una señora: María Amalia Sara Lacroze Reyes Oribe, mejor conocida como Amalita de Fortabat, viuda y heredera del empresario Alfredo Fortabat, dueño de una de las fortunas más grandes de Argentina, fallecido el el 19 de enero de 1976.

La señora de Fortabat tenía fama de filántropa. Y como su paisano Borges nos enseña que los filántropos históricamente suelen incurrir en curiosas variaciones, Doña Amalita se ofreció en aquel mes agosto de 1981 para interceder en una causa que ella quiso pasar por pía, por caritativa, pero que en el fondo se antojaba como un gran negocio.

Doña Amalita ofreció destinar unos cuantos de sus muchos millones al noble propósito de que el Diego no se fuera del país y que siguiera jugando en Argentina. Pero Doña Amalita no iba a prestarle ni mucho menos a regalarle esa porción de sus fondos inmensos a Boca para que éste se liberara de su obligación.

Lo que pretendía la millonaria era contratar a Maradona para que jugara en el equipo de su propiedad: el Club Social y Deportivo Loma Negra, que se llamaba así porque Loma Negra es la marca del emporio cementero que la viuda heredó de su esposo, que ella acrecentó durante la dictadura militar (1976-1983) y que desde hace más de una década fue absorbido por un corporativo brasileño.

Mucho lamento si, llegado este punto, algún incauto cruzazulino pensó que, de no haber continuado en Boca, Maradona pudo haber arribado al equipo cementero mexicano. Quizá en su candidez y en su hambre de excusas, algún aficionado del Cruz Azul —equipo propiedad de una cooperativa fabricante de cemento, pero carente de estadio propio— habrá llegado hasta el final de este relato con la esperanza de haber encontrado la explicación del maleficio que persiguió a su equipo, ícono de la pusilanimidad, a lo largo de toda aquella década de los ochenta, durante poco más de la mitad de la siguiente y que desde hace 20 años se sigue ensañando sobre esa escuadra como una malaria que mantiene a su decreciente afición, como dice León Krauze, en “luto deportivo”: sin título de Liga y sin calificar siquiera a la Liguilla en siete de los últimos ocho torneos.

Perdón, no era mi intención —y creo que tampoco la de Doña Amalita— generar en vano tamaña expectativa.

Amalita de Fortabat falleció el 18 de febrero de 2012. El Club Social y Deportivo Loma Negra sobrevive en el futbol amateur. Maradona es directivo de un equipo bielorruso.

 

Foto: Máquina Cementera

De Charlton a Kane: los killers de la Rosa

Con sus goles de ayer contra Túnez, Harry Kane demuestra que está llamado a convertirse en digno heredero de la histórica camiseta ‘9’ de Bobby Charlton. Alejandro Olvera Fuentes escribe sobre estos dos grandes del futbol inglés.   

Por: Alejandro Olvera Fuentes.

En el mundial de Suecia 1958, la selección inglesa no pudo acceder a la segunda ronda. No era fácil vencer al poderoso Brasil del joven promesa Pelé, ni a la férrea debutante Unión Soviética, ni a la entonces difícil Austria. De los tres partidos, la selección de la rosa no ganó ninguno, los empató todos, por ende tuvo que jugar un tercer partido más contra los soviéticos para saber cuál sería el afortunado que se enfrentaría al anfitrión. Sin embargo, un gol solitario de Anatoli Ilín, jugador del Spartak de Moscú, sentenció las aspiraciones de los ingleses.

Una tragedia se sumaba de nueva cuenta al fútbol inglés, ya que en febrero de ese año había ocurrido el accidente aéreo del Manchester United en Munich, en el que fallecieron ocho jugadores del equipo. No obstante, bien dicen que de la tragedia nacen los grandes hombres y Bobby Charlton es un claro ejemplo. Con tan sólo 21 años, el destino le permitió sobrevivir al accidente aéreo de Munich y ver desde su convalecencia cómo Inglaterra era eliminada del Mundial sueco. Bien sabía la fortuna, que este joven con estrella debía realizar cosas grandes no sólo con el Manchester United, sino también con la selección inglesa.

Aquel chico al que sus familiares llamaban Bobby, logró conducir a su selección hasta convertirla en campeona del mundo. En el Mundial de Inglaterra 1966, México y Portugal fueron víctimas del olfato goleador del diablo rojo. No marcó en el mítico partido final contra Alemania, pero Sir Bobby alzó en Wembley la copa Jules Rimet y unos meses más tarde obtuvo el Balón de Oro. El buen Charlton no sólo hizo olvidar las malas actuaciones de Inglaterra en las ediciones pasadas, sino que también honró a sus compañeros caídos.

En Rusia 2018 hay un personaje que quiere emular la grandeza de Sir Bobby y catapultar a la selección de la rosa a la cima del éxito. Su nombre: Harry Kane. Este romperredes de tan sólo 24 años le ha regresado la esperanza no sólo a los aficionados de su club, el Tottenham Hotspur, sino a toda una nación. Este chico disciplinado que gusta de jugar golf en su tiempo libre, ha sido una revelación porque en tan sólo tres temporadas se ha consolidado como un poderoso goleador: su media de goles está encima de los 20 por temporada. Un fenómeno en ascenso…

En el mundial ruso se está haciendo cargo de la responsabilidad de comandar al equipo inglés. Ayer en el debut contra Túnez marcó los dos goles que valieron la victoria. Por algo el entrenador Gareth Southgate lo nombró indiscutible capitán. Actuaciones como la de ayer demuestran que atrás quedó aquel niño regordete que todos despreciaban en las divisiones inferiores, ahora es un killer que, al igual que Bobby Charlton, sabe sobreponerse a los reveses tanto futbolísticos como de la vida. Hace unos años nadie le daba una oportunidad para debutar en un equipo de Primera, hoy está valuado entre los cinco mejores jugadores del mundo. Las vueltas que da la vida.

Es la luz de Inglaterra, que busca ser Sir y campeón del mundo.

 

Foto: gettyimages.com

De polacos y baobabs

Un célebre reportero se asombra por la majestuosidad del árbol símbolo de un país. Una historia que viene a cuento con motivo del segundo partido del sexto día de actividades de Rusia 2018

Por: Farid Barquet Climent

El gran reportero y escritor polaco Ryszard Kapuściński viajó por Senegal a mediados de los años setenta, enviado por PAP, la agencia oficial de noticias de Polonia. De la travesía que hizo para llegar desde Dakar, la capital senegalesa, hasta Abdallah Wallo, una aldea remota y pobre, el afamado periodista recuerda —en su libro Ébano— haber pasado por “una avenida bordeada por unos baobabs tan imponentes, enormes, altivos y monumentales que nos da la impresión de movernos entre los rascacielos de Manhattan. Como el elefante entre los animales, el baobab no tiene igual entre los árboles”.

En la edición de hoy del diario español El País aparece una “noticia alarmante”, según el propio medio: “Muchos de los baobabs más legendarios del sur de África están muriendo y no está del todo claro el porqué, según un estudio publicado recientemente en la revista Nature Plants. Aunque en el artículo se apunta al aumento de las temperaturas y a la sequía de esa área del planeta provocadas por el cambio climático como las causas más probables”.

Los baobabs, árboles símbolo de Senegal, que hace más de cuarenta años impresionaron tan fuertemente al insigne reportero polaco por su imponencia, altura, altivez y monumentalidad, mañana deberán brotar, en tierra tan poco propicia como Moscú, para impresionar a otro polaco, ya no periodista sino futbolista: Robert Lewandowski, el temible goleador de la selección de Polonia y del Bayern Munich, que tendrá su primera aparición en un Mundial contra el equipo representativo de Senegal.

Los encargados de erguirse como imponentes, enormes, altivos y monumentales baobabs senegaleses para complicarle la tarde a Lewandowski, miden respectivamente 1.95 y 1.92 centímetros de estatura y juegan para el Nápoles y el Anderlecht como defensores centrales: Kalidou Koulibaly y Kara Mbodji, autor este último, del gol de cabeza que valió la clasificación de su selección a Rusia 2018 en el último partido de la eliminatoria, contra Sudáfrica.

Si según la Real Academia de la Lengua Española la palabra bosque admite ser entendida, en una de sus acepciones, como “confusión, cuestión intrincada”, Koulibaly y Mbodji deberán convertir el área senegalesa en un bosque de baobabs, que confunda a Lewandowski y que haga de su afanosa búsqueda del gol una cuestión intricada.

De acuerdo con John R. Platt —colaborador habitual de la prestigiada revista Scientific American y que no es pariente de David Platt, futbolista inglés que jugó el Mundial de Italia 90— en África es usual escuchar un dicho: “La sabiduría es como un baobab: una persona sola no puede abarcarla”. Si los baobabs Koulibaly y Mbodji actúan con sabiduría defensiva mañana en el estadio del Spartak moscovita, un solo hombre, Lewandowski, no podrá abarcarla ni superarla. Para lograrlo, el ‘9’ de Polonia tendrá que contar con el auxilio de sus compañeros Arkadiusz Milik y Łukasz Teodorczyk, que juegan, respectivamente, en los mismos clubes que Koulibaly y Mbodji, el Nápoles y el Anderlecht, así que algo deben conocer de la sabiduría de los africanos. Pero si no lo consiguen, lo que mañana empezará a dar visos de extinción ya no serán los baobabs, sino la letalidad goleadora de los paisanos de Kapuściński.

 

Foto: elcuerpo.es