De penaltis y peluquines

Pasadas casi 72 horas de la eliminación de México, podemos recordar con humor algunas derrotas pasadas de nuestra selección en Copas del Mundo. Alejandro Álvarez Reyes nos cuenta una divertida anécdota personal.  

Por: Alejandro Álvarez Reyes

Eliminada en la misma etapa en los últimos siete Mundiales, la selección mexicana padece como una jettatura la reiterada frustración de no poder instalarse entre las ocho mejores selecciones de un Mundial. En Rusia 2018 los aficionados mexicanos no tuvimos que ser visitados por la zozobra de que nuestro representativo nacional fuera despachado en una tanda de penaltis, sí, en una de esas malditas tandas de penaltis.

Si bien por el Tri han desfilado muy buenos cobradores de tiros desde los once pasos —Alberto García Aspe, Benjamín Galindo, entre otros— el historial positivo se limita a cuando éstos son pateados en tiempo regular de un partido. Porque una vez concluidos los tiempos extras, cuando tienen que tirarse en serie, los nuestros se han caracterizado por regalar tal cantidad de historias amargas —como la debacle en Monterrey contra Alemania en México 86, nuestro waterloo ante Bulgaria en Estados Unidos 94, la eliminación de la Copa América del 95 frente a nuestro vecino del norte— que han dado lugar a toda una ley causal: penaltis = derrota, que entre nosotros es más conocida como “la maldición de los penaltis”.

Como serio aficionado que soy, aunque con un historial para el olvido en las canchas de la vida real, suelo pensar que no es tan difícil cobrar un penal. Parado en una cancha frente al marco se ve como una empresa relativamente sencilla. La portería es enorme, el manchón blanco está muy cerca y los futbolistas profesionales se entrenan literalmente años para hacerlo bien. Sin embargo, reconozco que hay dos factores que pueden complicar seriamente el cobro del un penalti: el primero es el portero. Ha habido y los hay, con unas habilidades realmente fuera de serie para conseguir atajarlos. Basta recordar al argentino Sergio Goycoechea o al legendario Lev Yashin, pero no son para nada comunes. El otro factor que siempre juega es el mental. Como dice el arquero brasileño Diego Alves: “Los penaltis son una guerra psicológica”. Este digno sucesor de Claudio Taffarel en la materia sostiene que “el arquero debe estar relajado y entrar en la cabeza del que tira. Yo veo los vídeos de los que patean y analizo qué lado prefieren y cómo inclinan el cuerpo al patear. Los últimos pasos antes del tiro son fundamentales”.

Una triste historia ocurrió en el marco de la segunda derrota mundialista de México en penaltis. Sucedió en la Copa Mundial Estados Unidos 1994. México enfrentaba a Bulgaria en octavos de final en el Giants Stadium de Nueva Jersey.  El marcador preliminar se sellaría desde los primeros minutos de acción. El legendario Hristo Stoichkov ponía por delante al combinado búlgaro apenas al minuto seis con tremendo riflazo al ángulo a pesar del valiente achique que le hizo Jorge Campos. La igualada mexicana caería solo once minutos después. Luis Roberto Alves Zague era derribado en el área y el árbitro sirio Jamal Al Sharif determinaba la pena máxima. Como era costumbre en el equipo dirigido por el Dr. Miguel Mejía Barón, el cobrador sería Alberto García Aspe, quien convirtió de forma magistral ante un tímido lance del portero de Bulgaria, Borislav Mihaylov, quien tal vez no quiso desarreglar la evidentísima peluca que usaba para ocultar su pronunciada calvicie, la misma que los mexicanos le vimos ocho años antes, en México 86, cuando su alopecia temprana hizo que no pudiera despeinarse cuando voló infructuosamente en el intento de parar el tiro de media tijera de Manuel Negrete.

El resto del partido se desarrollaría de forma trabada, con sendas amonestaciones y expulsiones de ambos lados. La historia, muy conocida, terminaba mal para México, con severas críticas a Mejía Barón por no hacer ningún cambio, en particular por no considerar la entrada de Hugo Sánchez para los tiempos extras y sobretodo para la tanda de penaltis. Con una enorme presión psicológica, empezaba cobrando el “infalible” Alberto García Aspe, quien angustiosamente voló su disparo. Jorge Campos nos regresaba la ilusión al atajar el primer tiro de los búlgaros, lanzado por Krasimir Balakov. Marcelino Bernal traicionaría su estilo de cobrar como patada de mula, y su tiro flojo era fácilmente atajado por Mihaylov. Jorge Rodríguez también fallaría su penalti y el siempre confiable Claudio Suárez acertaba, pero cuando ya era demasiado tarde. México caía eliminado con el gol del también calvo Iordan Letchkov.

Muchos años después de ese amargo 5 de Julio de 1994, por ahí del 2001, tuve el gusto de encontrarme en un estanquillo de San Ángel al Dr. Miguel Mejía Barón, hombre siempre atento y afable. Contra mi asumida timidez, y arriesgándome a caerle mal por insistir, como tantos, en responsabilizarlo por tan funesto episodio, me atreví a recordarle un simple factor que pudo haber cambiado el destino de aquella soleada tarde veraniega de 1994. Desde luego le machaqué el no haber considerado a Hugo para entrar cuando moría el partido, pero no entré en ninguna reflexión estratégica, ni en detalles del juego, ni me prodigué enlistando las habilidades específicas del jugador mexicano que conquistó España.  Solamente atiné a compartirle una reflexión personal que había elaborado tiempo atrás, sin esperar su respuesta: “¿Usted cree, Doctor, que ante el tremendo historial que significan cinco Pichichis y una Bota de Oro ¿hubiera tenido algo qué hacer un tipo tan inseguro como Mihaylov, que se puso semejante perro atropellado como peluca? Yo francamente creo que no.  ¡Psicología elemental, Doctor!”.

Acto seguido me salí deprisa del estanquillo. Siempre me ha gustado pensar que lo dejé pensando.

 

Foto: @90s_Futbol

Sobre la eliminación

por Benjamín de Buen @bdebuen

Pasan los días y queda un malestar amortiguado únicamente por el colchón anímico de las elecciones en México.

Pensamos que ya usamos todas las explicaciones para cada eliminación y, sin embargo, ahora hay una nueva: en el futbol somos simplemente inferiores.

Pienso que los aficionados tenemos derecho a perder la mesura a la hora de hacer valoraciones y por ello pregunto: ¿qué pinche explicación es esa? Es una explicación inaceptable. Con esa explicación, no hay motivos para seguir compitiendo.

A la selección no le faltó técnica ni habilidad para derrotar a Brasil. Nosotros, al igual que ellos, hemos jugado futbol desde la cuna, hemos convertido cada espacio abierto en cancha, cualquier objeto en poste de portería o en balón. Estamos obsesionados con el futbol. ¿No nos formamos en canchas de tierra? Lo que le faltó a la selección fue competitividad. No bajar los brazos, no agachar la cabeza por un gol en contra.

Quién sabe si este entrenador sea el culpable o no. Se dice que tiene habilidades tácticas. La táctica se valida en las victorias, que no llegaron. No conozco una táctica que sirva para perder.

Los números de Osorio son buenos, en general, pero los números miden todos los partidos como si fueran iguales. Si se trata de irse a números, México no metió gol en los últimos 180 minutos del mundial y recibió cinco goles.

Ochoa fue el crack de esta selección.

A otros equipos, como a nosotros, les llegó el vaporcito de las posibilidades, vieron que los grandes no son tan grandes. A nosotros nos llegó demasiado pronto, en el primer partido. Después se esfumó.

Me molesta la mesura ante el resultado. Cuatro años de nuestras vidas son cada vez más valiosos. Llegamos a 32 años sin pasar de ronda y no puedo más que pensar en las palabras de Einstein que decía, «la locura es hacer lo mismo una y otra vez esperando obtener resultados diferentes». Se nos va la vida esperando.

Hace muchos años fui a un casino y gané en la primera apuesta. Me enganché y al final salí más pobre que cuando comencé. Así me siento también ahora que, a pesar de haber iniciado con una victoria histórica, terminó el mundial para México en octavos de final.

Sepultando el rencor por ternura

El futbol como sucedáneo de la violencia y el dolor, es la historia del internacional colombiano Juan Guillermo Cuadrado.

Por: Olivia Betancourt Mascorro.

En la década de los noventa, Necoclí, uno de los municipios de la subregión de Urabá en el departamento de Antioquía en Colombia, sufrió la violencia desatada por grupos guerrilleros, paramilitares y del narcotráfico. Las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), el Ejército Popular de Liberación (EPL) y el Ejército de Liberación Nacional (ELN) tenían fuerte presencia en la región, que se disputaban con las Autodefensas Campesinas de Córdoba y Urabá. Necoclí se convirtió así en una zona de guerra, que dejó un caudal de miles de víctimas e inmenso dolor en los habitantes.

El hoy futbolista Juan Guillermo Cuadrado y su familia no fueron ajenos a esta situación. El ahora jugador de la Juventus de Turín tenía tres años cuando sus padres inventaron un “juego” para protegerlo de las balas, que consistía en que cada vez que hubiese un tiroteo, tenía que esconderse debajo de la cama. Un día, este “juego” derivó en una de las situaciones más difíciles que el jugador colombiano tuvo que enfrentar en su infancia: el asesinato de su padre.

De ahí en adelante nada sería igual. Cuadrado y su madre se repusieron y en medio de la violencia continuaron con su vida en el Urabá. El jugador entró a la escuela Mingo Fútbol Club en Necoclí y dado que las matanzas no disminuían y el empobrecimiento de la población aumentaba, su madre decidió irse a trabajar a la localidad de Apartadó, tiempo en el que Cuadrado vivió con sus abuelos.

El gusto por el futbol las más de las veces proviene del núcleo familiar, pero Juan Guillermo tuvo que construir el gusto por jugar y la aspiración de ser futbolista sin su padre, en medio de una guerra, en la playa como se le ve en la foto, con solo un balón. Su madre fue esencial en este proceso, pues un amigo de ella, Luis Ayala, quien dirigía el club Manchester en el municipio de Apartadó, le prometió hacer de Neco un profesional. Lo matriculó en la Escuela Integrada Barrio Vélez y después al Colegio Agrícola. Ayala no se equivocó: el joven metió doce goles en un partido del Manchester contra San Juan de Urabá.

Nelson Gallego, un entrenador del Deportivo Cali, fue quien descubrió la aptitud de Cuadrado para el profesionalismo. Sin embargo, no fue en el club caleño donde terminó de convertirse en profesional, pues fue desdeñado, al parecer, por su baja estatura. Donde recibió la oportunidad fue en un equipo antioqueño, Deportivo Independiente Medellín, en el que demostró el talento necesario para que el Udinese de Italia lo contratara. Ya en Europa, Cuadrado fue llamado a la selección colombiana en 2010.

Posteriormente, pasó al Lecce y después a la Fiorentina. Tras su participación en el Mundial de Brasil 2014, dio el salto a la Premier League inglesa con el Chelsea, para posteriormente recalar en el club que domina la Serie A Italiana desde hace siete años ininterrumpidos: la Juventus de Turín, donde juega actualmente.

El entorno social de violencia que marcó su niñez no fue obstáculo para que Cuadrado se haya instalado con éxito en el futbol de más alta competencia internacional. Ni la pérdida  de su padre, de la manera más desgarradora que un niño puede soportar, acabó con su voluntad de vivir y de vivir con la alegría de jugar. Como dice el himno de su natal Necoclí, “sepultando el rencor por ternura”. Sabe que hoy millones de colombianos, que también sufrieron la violencia, deposita en sus pies la esperanza de cobrarse revancha deportiva, hoy en Moscú, de la eliminación ante los ingleses hace veinte años, y dar así un paso más en el sueño de ser campeones del Mundo.

 

Foto: Sergio Ríos Mena

 

Los congoleños: el motor futbolístico de Bélgica

Las vueltas del colonialismo: una selección nacional de futbol se apunta como seria aspirante a ganar el Mundial gracias al talento de jugadores con orígenes en uno de sus ex diminios.

Por: Alejandro Olvera Fuentes

La mente de un hombre es capaz de todo, porque todo está en ella, el pasado y el futuro. Joseph Conrad

 

En lo que hoy conocemos como la República Democrática del Congo, aún quedan vestigios de las atrocidades cometidas durante la primera mitad del XX por el rey Leopoldo de Bélgica. Todavía suenan los latigazos inhumanos que Henry Morton Stanley, enviado del rey Leopoldo a tierras congoleñas, descargaba a los trabajadores nativos. En la memoria de los congoleños todavía perviven las jornadas extenuantes a las que fueron sometidos sus antepasados, no olvidan las hambrunas colectivas ni las mutilaciones de sus colonizadores con ambiciones imperialistas. Con justa razón, los congoleños no logran dejar de lado el calvario belga y menos aún porque les siguen extrayendo tesoros de sus tierras, aunque a diferencia de lo que ocurría en tiempos del rey Leopoldo, ahora lo que se llevan los oriundos del mar del Norte son las grandes joyas futbolísticas congolesas.

Posiciones medulares en la alineación de la selección de Bélgica son cubiertas por guerreros de origen congolés. La defensa de los “diablos rojos” cuenta entre sus filas con el experimentado Vicent Kompany y con el efectivo Dedryck Boyat. Dos elementos que juntos le han dado solidez y seguridad a la defensa belga, trabajo que se vio reflejado durante la eliminatoria europea rumbo al Mundial, ya que la selección belga fue uno de los conjuntos que menos goles recibieron. Sin embargo, en esta Copa del Mundo una lesión en la ingle sólo le ha permitido a Kompany pisar el césped ruso por unos minutos. No así Boyat, que junto a sus compañeros defensas que brillan en el Tottenham Hotspur inglés, han mantenido a raya a los delanteros rivales. Por algo Bélgica sólo ha recibido 2 goles en los tres partidos de la fase de grupos de Rusia 2018.

Otras estrellas cuyo esplendor ilumina el juego de Bélgica son los delanteros Michy Batshuayi y Romelu Lukaku. El primero sigue sorprendiendo con sus goles a propios y extraños, por ende, no sorprende que desde Londres hasta Alemania se hable de la joya que creció jugando en las calles del municipio belga de Berchem-Sainte-Agathe. En este Mundial, Batshuayi ya se estrenó con un gol ante los tunecinos, con lo cual dejó claro que Bélgica no sólo cuenta con Lukaku, sino también con este delantero letal ante la portería y de juventud rebelde, que fue expulsado de las juveniles del Anderlecht de Bruselas por temperamental.

Caso aparte es el de Romelu Lukaku. El hombre gol del Manchester United es la pesadilla de los defensores mundialistas y no es para menos. Su desempeño en la cancha ha sido sensacional. Hay que aclarar, que esa tenacidad que demuestra en el campo de juego es producto del carácter que le forjó su pasado. No sería el Lukaku de hoy, si no hubiera asistido a los entrenamientos juveniles del Anderlecht con los zapatos de su padre o si no hubiera probado leche y pan todas las tardes de su niñez porque los ingresos familiares no daban para más. Por todo lo vivido y como en una emulación de la novela Corazón de las tinieblas de Joseph Conrad, supo sobreponerse a las circunstancias que la vida belga le impuso. Una lástima que por una lesión en el tobillo, Bélgica no contó con sus servicios contra los ingleses, pero créanme que sembrará terror en el área japonesa durante los octavos de final.

Las vueltas que da el destino y la Historia. El atroz Leopoldo jamás imaginó que la nación congoleña vestida de “diablo rojo” le daría tantas alegrías futbolísticas a Bélgica. En contraste, la República Democrática del Congo resiente las manos belgas que le arrebatan sus más preciados tesoros.

La selección de Bélgica tiene como columna vertebral a sangre africana, jugadores de élite que buscan darle a los antiguos opresores de la nación de origen de sus padres una Copa del Mundo.

 

Foto: weaintgotonhistory.sbnation.com

 

Conclusiones rápidas de la derrota

por Benjamín de Buen @bdebuen

La sensación al terminar el juego fue parecida a la que vivimos cada vez que se nos termina un mundial.

Nos salvó el colchón de las dos victorias anteriores.

Salimos del grupo de la muerte. Salimos vivos de Ekaterinburgo con sus tribunas postizas que dan desconfianza. El desplome fue en la cancha.

Corea del Sur tuvo que ver con la calificación de México, pero no fue su artífice. Los coreanos fueron un ejemplo de dignidad en el futbol. No tiraron el juego por estar ya eliminados.

La victoria de México contra Alemania no se devalúa. México encaminó la debacle alemana, no se benefició de ella.

No es lo mismo esta Alemania que la Francia de hace ocho años.

Chicharito ha sido el más grande fuera de la cancha. Dentro de ella pierde sorpresa. Es un jugador perfecto para periodos cortos.

Suecia siempre iba a ser el rival más difícil. No recuerdo una victoria de México ante un equipo escandinavo.

Lo peor del partido, más que el resultado, fue el desplome moral del equipo, las cabezas caídas.

Faltó estudiar mejor a Suecia. Tal vez hubo exceso de confianza. Tal vez los nórdicos «no se nos dan».

Ninguna selección fue dominante en la totalidad de los 270 minutos de la fase de grupos. Todas tienen debilidades incluyendo a Brasil. Todas batallaron.

Neymar se va a tirar. Uno pensaría que el 10 de Brasil y del PSG no tiene derecho a tirarse con todo lo que representa, que tendría mejores recursos, pero lo hace. Cuidado con NeyVAR.

Perder así contra Suecia sirve como toque de atención. Tal vez ayude a que los brasileños se confíen.

Pesará la ausencia de Moreno, como ocurrió hace cuatro años cuando se lesionó en el partido contra Holanda.

Que Layún no tire a gol si no tiene opciones claras.

Sería bueno ver más al Tecatito.

Ánimo Álvarez. Has sido pieza importante de lo logrado hasta ahora.

Volvemos al mismo lugar de cada cuatro años.

Ojalá descubramos qué hay más allá.

Los inicios de Manuel Negrete en el futbol

A pocas horas del tercer partido de México en Rusia 2018, cómo no pensar en el golazo de Manuel Negrete, que de acuerdo con una encuesta levantada por FIFA, es el más bello de la historia de los Mundiales. Farid Barquet Climent nos remonta hasta los inicios de todo un histórico de nuestro futbol.

Por: Farid Barquet Climent

El domingo 23 de septiembre de 1979 los Pumas de la UNAM jugaron, contra Unión de Curtidores, su primer partido como locales del torneo de Liga que concluiría el año siguiente. En la cancha del Olímpico Universitario estuvo presente el entonces Rector, Guillermo Soberón, para dar la patada inicial. Pero el que ese día ya no estuvo para dar patadas al balón defendiendo los colores de la máxima casa de estudios de México era el ausente más difícil de sustituir: Evanivaldo Castro Cabinho, jugador brasileño que había salido campeón goleador del futbol mexicano las últimas cuatro temporadas y que se había marchado al Atlante.

Ya sin Cabinho, Pumas estaba urgido de encontrar un nuevo socio que acompañara a Hugo Sánchez a la ofensiva. Fue entonces que el entrenador auriazul, el serbio (en aquel entonces yugoslavo) Velibor Bora Milutinovic, por consejo de su asistente Mario Velarde se convenció de que el reemplazante debía ser un joven de veinte años de edad, nacido en Ciudad Altamirano, Guerrero, y criado en la colonia Doctores de la capital del país, que apenas once días antes había formado parte del representativo que ganó para México la medalla de oro en la Universiada Mundial. Su nombre: Manuel Negrete Arias.

A pesar de que llevaba un año en la Reserva del conjunto universitario, la inclusión de Negrete en el Primer Equipo de cara a ese último torneo de la década de los setenta no estaba prevista. Tan no lo estaba que terminaron por asignarle la camiseta ‘22’, la última del plantel, que entonces se integraba sólo por once titulares más igual cantidad de suplentes. Por decisión propia, Manolo ya nunca se desharía de la ’22’ —excepto a su paso de una temporada por el futbol portugués con el Sporting de Lisboa, donde vistió la ‘10’— y por ese ese motivo el Ing. Marco Aurelio Torres H., voz histórica del sonido local del estadio de Ciudad Universitaria, pronunció durante años, siempre juntos, inseparables, un número y un nombre: “…con el número 22, Manuel Negrete”, decía partido tras partido el Profesor Emérito de la Facultad de Ingeniería al anunciar las alineaciones.

La cobertura periodística del primer partido de Negrete con los estelares de Pumas se vio eclipsada en la prensa del día siguiente por la noticia que acaparó todas las primeras planas: la muerte en un accidente automovilístico de Fernando Bustos, jugador que recién a principios de ese año se había retirado del futbol profesional con Cruz Azul, equipo para el que jugó casi toda su carrera y a cuyo ascenso al máximo circuito en 1964 contribuyó decisivamente junto a sus coequiperos, entre ellos, un tío de Manuel, hermano de su padre: Felipe Negrete.

No obstante la atención principal que con toda justicia le dieron a la tragedia de Bustos, los diarios deportivos del lunes 24 destinaron al triunfo universitario del día anterior crónicas que son los primeros testimonios escritos del promisorio futuro que se le vislumbraba al novel auriazul. El periódico La Afición se refirió a él como “el chamaco Negrete que tuvo un buen debut” con “algunos destellos de lo que mostró en la Universiada” mientras que Ignacio Matus, del diario Esto, veía “tierno” al guerrerense sobre el campo, pero eso sí, “con gran toque”, como también lo percibió José Manuel Flores M., de Ovaciones, quien resaltó en su crónica un “gran centro” que Manuel envió a José Luis Pareja López y que éste no pudo meter en la portería visitante.

Buen ojo tuvo el reportero de La Afición, pues aquel domingo vaticinó acertadamente que a Negrete “si continúan dándole confianza pronto será titular”. Y así fue. De inmediato se hizo de un puesto en el equipo de la unam, con el que ganó la Copa de Campeones de Concacaf y la Copa Interamericana en 1980 y salió campeón de Liga en 1981.

Titular indiscutible en Pumas, a Negrete le faltaba por hacerse de un lugar en la selección nacional. Participó en la eliminatoria fallida en Honduras en 1981, que privó a México de acudir al Mundial de España 82. Pero supo lamerse las heridas y para la siguiente edición del máximo evento del futbol internacional, disputada en suelo mexicano, Negrete provocó que los mismos periodistas que emitieron opiniones favorables cuando lo vieron debutar con Pumas, siete años después no pudieran más que desvivirse en elogiar su actuación del 15 de junio de 1986, día en que Negrete anotó el gol de mayor plasticidad, emotividad y trascendencia en la historia de la selección mexicana: el de media tijera contra Bulgaria en el Azteca.

Matus calificó aquel tanto como “estupendo, soberbio”, como “¡un gol hermoso en su concepción y bello, extraordinariamente bello en su ejecución a cargo de Manuel Negrete!”, gracias a “esa zurda de prodigio que tiene”. Flores M. consideró aquella anotación como una “obra de arte futbolística”, en sintonía con Rafael Huidobro, de La Afición, que se limitó a exclamar: “¡Qué obra de arte, señor Negrete”, estupefacto ante ese portento de gol por el que siempre será recordado su autor, finísimo mediocampista que parecía jugar sobre las puntas de sus pies, y que abrió el camino para que México lograra llegar al quinto partido de aquel Mundial, esa instancia que tenemos la esperanza de que sea alcanzada por la selección mexicana que tan buen paso lleva en Rusia 2018.

 

Foto: AS México

Vargas Llosa y la selección peruana

Hoy concluyó la participación de Perú en Rusia 2018. Farid Barquet Climent nos lleva a recorrer las andanzas mundialistas de La Blanquirroja de la mano del escritor peruano Mario Vargas Llosa, Premio Nobel de Literatura.

 A Melesio Beltrán

Por: Farid Barquet Climent

Los años setenta fueron la época de oro del futbol peruano, pero las tres décadas siguientes —ochentas, noventas y dos miles— y la primera mitad de la actual serán recordadas como un periodo de oscurantismo, siete lustros de franca involución. Y digo involución porque antes de que empezara su declive, Perú llegó a ser campeón de América, calificó a Mundiales dejando en el camino a potencias sudamericanas como Argentina y Uruguay, y se perfilaba para convertirse en un asistente asiduo a las Copas del Mundo.

Pero el vaticinio no se cumplió. La selección de la franja diagonal se ausentó de ocho ediciones consecutivas, treinta y dos años en que las palabras Perú y Mundial no pudieron conjugarse en una misma oración.

“¿En qué momento se había jodido el Perú?”, es la pregunta que se hace Santiago Zavala, Zavalita, el personaje principal de Conversación en La Catedral, la novela señera del Premio Nobel peruano Mario Vargas Llosa. Por lo que toca al futbol, la respuesta a esa interrogante la da el propio escritor nacido en Arequipa: el futbol del Perú se jodió durante el Mundial de España 82, específicamente el 22 de junio, día en que su selección fue arrasada 5-1 por el representativo de Polonia en su tercer partido de aquella justa, disputado en el estadio Riazor de La Coruña.

“Hay partidos buenos, regulares, malos y pésimos, y partidos como el de Polonia”, escribió por aquellos días Vargas Llosa en una colaboración para el diario peruano El Comercio. El también recipiendario de los premios Cervantes y Príncipe de Asturias, ubica el inicio de la hecatombe futbolística del Perú al minuto 50’ de aquel infausto encuentro. En ese instante, en el que los peruanos recibieron el primer gol, “se produjo su desintegración moral”, pues “de no jugar nada que pudiera llamarse fútbol, mis compatriotas pasaron a hacer una conmovedora exhibición de masoquismo colectivo”, de tal magnitud que “la seguidilla de tantos no acaba de dar una idea de lo que ocurrió en la cancha, porque los cinco goles pudieron ser seis, ocho…”, escribió el también autor de La ciudad y los perros, el fanático más célebre del club Universitario de Deportes, al que se aficionó a los diecisiete años de edad gracias a las hazañas de Teodoro Lolo Fernández Meyzán, máximo ídolo histórico del equipo crema y granate de la ciudad capital del país, Lima.

Según escribe Vargas Llosa en El viaje a la ficción, el quehacer que “define de manera más genuina la naturaleza humana” consiste en que cada individuo pueda “salir de sí mismo y de la vida tal como es mediante un movimiento de la fantasía para vivir por unos minutos o unas horas un sucedáneo de la realidad real”. Fue hasta hoy, ya eliminada, sin más aspiración que una despedida digna en el tercer partido del Mundial de su reaparición, que la selección peruana logró hacer los movimientos de fantasía que le permitieron al pueblo peruano vivir por unas horas un sucedáneo de la realidad real. Cuando habían transcurrido 17 minutos y 3 segundos del juego contra Australia, André Carrillo marcó un estupendo gol mediante una volea de fantasía, que abrió el marcador y el camino del reencuentro de Perú con la victoria en Mundiales después de cuarenta años, triunfo que habría de remachar Paolo Guerrero en el complemento, al marcar el segundo gol peruano.

En una entrevista reciente, concedida a la revista Gatopardo, Vargas Llosa reconoce: “Si dejo de escribir mucho tiempo me cuesta horrores volver a comenzar”. Ojalá la selección de su país no deje de aparecer mucho tiempo en Mundiales, para que no le vuelva a costar horrores comenzar la escritura de nuevas páginas de su historia mundialista.

 

Foto: Peru.com

VAR: cuándo sí y cuándo no

Desde que se anunció su uso, el VAR polarizó las opiniones: unos le dieron la bienvenida, otros lo rechazaron. En aquellos días, tanto sus apologetas como sus detractores no hacían más que especular sobre las consecuencias de su implementación durante el Mundial. Ahora que ya se han disputado los primeros cuarenta partidos de Rusia 2018, Olivia Betancourt hace un corte de caja que nos ayuda a ponderar las bondades y las imperfecciones de esta innovación.  

Por: Olivia Betancourt Mascorro

El Video Assistant Referee, mejor conocido por sus siglas VAR, está generando polémica en el Mundial. En el minuto 83 del partido Irán-Portugal, Cristiano Ronaldo derribó al jugador iraní Morteza Pouraliganji. No obstante que, según algunos comentaristas, merecía la expulsión, el árbitro decidió solamente amonestarlo.

En otros encuentros del certamen el uso del VAR también ha generado controversia. Al minuto 78 del Brasil-Costa Rica se marcó un penalti a favor de Brasil por un leve contacto de González sobre Neymar, que este último aprovechó para dejarse caer. En un principio el árbitro central concedió el tiro desde los once pasos, sin embargo acto seguido consultó el VAR tras el aviso de un posible error, después de lo cual terminó revocando su determinación inicial, es decir, no marcó el penalti.

En el partido de Serbia-Suiza, en el 56’, el delantero serbio Aleksandar Mitrović fue derribado por dos jugadores suizos en el área. Sorpresivamente el árbitro marcó falta, pero a favor de los suizos, y ni siquiera se auxilió del VAR.

En el duelo de España-Marruecos el VAR fue fundamental, pues sirvió para validar un gol magistral anotado por el delantero del celta de Vigo lago Aspas al 91’, el cual fue anulado en un primer momento por un supuesto offside señalado por el juez de línea, pero tras la consulta al VAR el árbitro central lo dio por bueno. Ese gol significó el empate que colocó a España en octavos de final. Desde luego, los marroquíes protestaron, en especial, Noureddine Amrabat, quien ante la decisión del árbitro respecto al gol de Aspas, lanzó la frase en inglés “El VAR es una mierda”.

Pero ¿qué es y cómo funciona el VAR? Es una herramienta que permite monitorear que las decisiones del árbitro sean apegadas a la realidad de los hechos. El Reglamento oficial de FIFA para el VAR establece cuatro situaciones que el árbitro puede repasar en video: a) Goles, es decir, si existe alguna situación que impida concederlos, sea por faltas o fueras de juego; b) Penaltis, se trata de garantizar que no se tomen decisiones erróneas respecto a la señalización de estos; c) Tarjetas rojas, implica evitar que se tomen decisiones erróneas respecto a las infracciones cometidas, y d) Confusión de identidad, esto es, si un árbitro no amonesta o expulsa a un jugador que cometió una infracción.

El primer paso lo da el árbitro o uno de sus asistentes que se encuentra en una sala donde se siguen todas las acciones por televisión. Cuando uno de los dos interpreta que hay una acción que debe ser revisada, avisa al otro. Aquí se revisa la jugada una y otra vez y se informa al árbitro principal de la conclusión a la que llegaron. El árbitro central es quien toma la decisión de dar por buena la opinión de sus asistentes o de detener el partido para revisar la acción a través de la televisión. El proceso no debería durar más de dos minutos.

De entrada, debo decir que estoy de acuerdo con la implementación del VAR porque además de prevenir injusticias, no se puede ignorar que los jugadores también tienen sus mañas para provocar ciertas jugadas que pretenden engañar al árbitro y me parece que el VAR ayuda a combatir el error arbitral en la apreciación de hechos determinantes para el resultado de un partido. Muchos lo critican por la pérdida de tiempo. Pero me parece que no es argumento para desechar esta herramienta. Por el contrario, se debe perfeccionar para superar ese inconveniente. En el partido Egipto-Arabia Saudita, el árbitro tardó alrededor de cinco minutos en confirmar gracias al VAR su decisión de sancionar un penalti. Pero son más los casos en que el VAR se empleó adecuadamente, con efectos benéficos para la correcta aplicación del Reglamento.

No obstante, lo que me sigue preocupando y me impide apoyar del todo el uso del VAR es la discrecionalidad con que se aplica. Unas veces se revisa y otras no, y con eso hay una impresión de que sólo provoca incertidumbre. Creo que el futuro del VAR debe ser su perfeccionamiento y mejora, no su desaparición. El paso del tiempo y la acumulación de casos concretos ayudarán en esa tarea.

Foto: Football Technology- FIFA

 

Evitar dudas históricas

por Benjamín de Buen / Canberra

En los últimos días se ha generalizado la solicitud de que Tim Cahill, el mejor futbolista australiano de la historia, tenga algunos minutos contra Perú.

En Twitter hay voces que acusan de ignorantes a quienes reclaman la entrada de Cahill.

Ya se anunció que no será titular y no hay indicios de que vaya a jugar en este partido de vida o muerte para los Socceroos.

Aunque sea breve el comentario, recuerdo un episodio en la historia del futbol mexicano que tal vez sirva para callar esas voces: cuando teníamos a Hugo Sánchez y el técnico no lo metió (como todos sabemos).

Pasan los años y a la fecha nos preguntamos lo que pudo ser si Miguel Mejía Barón hubiera hecho ingresar al delantero más letal de nuestra historia.

La situación con Cahill es similar, el técnico parece encaprichado con no hacer caso a voces externas. El ataque australiano es plano y toda la pólvora (Cahill, Luongo y Arzani) está en la banca. Los dos goles de los Socceroos en el torneo han sido de penal, uno cortesía del VAR.

Tienen la oportunidad de no vivir el resto de su historia preguntándose lo que pudo ser si hubiera entrado Cahill aunque fuera unos minutos.

Parece que se quedarán con la duda. Al igual que nosotros con esos fatídicos octavos ante Bulgaria.

Un descubridor de talentos

En entrevista con FutboLeo, Luis Alberto Pato Baeza nos cuenta la historia de cómo descubrió el talento del hoy seleccionado nacional Jesús Gallardo. También nos compartió algunas reflexiones acerca del estado que guarda la formación de futbolistas en México.

Por: Farid Barquet Climent

Su voz, del otro lado del teléfono, no es la de un hombre jactancioso. Su forma de hablar está muy alejada de la presunción. En ningún momento se atribuye ningún protagonismo, menos reclama aplausos. Luis Alberto Baeza Ramírez, mejor conocido en el mundo del futbol como Pato Baeza, es el descubridor de Jesús Gallardo. Es quien tuvo el ojo clínico para detectar el potencial del zurdo tabasqueño, es quien puso en el camino de la Primera División al lateral izquierdo que ha deslumbrado en los dos primeros partidos de la selección mexicana en el Mundial Rusia 2018.

Retirado del futbol a los veinticuatro años de edad por decisión propia, Baeza empezó a participar en la organización de torneos infantiles y juveniles, en los que vio jugar a un sinnúmero de niños, algunos de ellos con aptitudes para convertirse en profesionales. Hoy recuerda que de inmediato empezó a preguntarse: “¿A estos chavos quién los ve? ¿Cómo se puede hacer para que a estos chavos los vean los clubes profesionales?”, dice este ex jugador de los Pumas de mediados de los años ochenta.

Por la relación que trabó con Guillermo Memo Vázquez padre a su paso por el equipo universitario, Baeza comenzó a canalizar jóvenes promesas a las fuerzas básicas del Club Universidad Nacional. Uno de ellos fue Javier Cortés, quien terminó siendo el jugador clave en la conquista del séptimo campeonato de Primera División del conjunto auriazul en 2011 y acaba de coronarse nuevamente como campeón del futbol mexicano con el Santos Laguna el pasado 20 de mayo.

A la llegada de Memo Vázquez hijo a la dirección técnica del primer equipo unamita, Baeza fue invitado a colaborar como coordinador de las categorías de menor edad de las divisiones inferiores de los Pumas. Ahí diseñó programas de visoría y detección de talentos, que se nutrieron del conocimiento que adquirió acerca de cómo se trabaja la formación de futbolistas en otros países, sobre todo a partir de su asistencia consuetudinaria, en su puesto de Coordinador Deportivo de los universitarios, al torneo que desde más de siete décadas se juega cada año en Viareggio, Italia. Cuando se le pregunta qué se necesita para ser un buen visor, Pato antepone la dedicación a la intuición: “necesitas ver mucho futbol, y de todos los niveles, no sólo Primera División”, enfatiza el también jugador del Necaxa de finales de los ochenta y del Neza de principios de los noventa.

Recuerda el día que vio jugar por primera vez a Jesús Gallardo. Dice que iba a visorear a un jugador, sí, pero no era el hoy camiseta ‘23’ de la selección. Acudió al estadio de Dos Ríos, en el Estado de México, porque le habían hablado maravillas de un jugador del Tecamachalco de Tercera División. Ese día el Tecamachalco enfrentó al Jaguares de la Sección 48 del Sindicato Petrolero —la correspondiente a Tabasco—, equipo en el que jugaba Gallardo. “Desde ese momento pensé: ‘¡es una fiera!’”, dice Baeza. El marcador de aquel partido que propició el salto de Gallardo a los Pumas no fue bueno para los Jaguares, pues quedaron eliminados de la competencia. Al terminar el encuentro Baeza se apresuró a entablar contacto con sus directivos y pudo fijar una fecha cierta para que Gallardo se presentara en las instalaciones de la Cantera universitaria, pero el tabasqueño no llegó. Finalmente lo hizo dos días después, lo cual no fue impedimento para que Baeza le diera la oportunidad de incorporarse a los entrenamientos.

“Chucho era un garbanzo de a libra. Era muy diferente a lo que había en la cantera”, afirma hoy Baeza desde su escuela de futbol en el municipio de Texcoco, en la que se recrean y divierten más de 200 niños. Recuerda que más que cuestiones técnicas, con Gallardo se trabajó sobre todo el aspecto físico en gimnasio, que al principio no era del agrado del joven, hasta que paulatinamente fue internalizando el hábito, siempre asesorado por personal experto para evitar lesiones o incurrir en sobreentrenamiento que pudiera perjudicar su desempeño.

Precisamente porque sabe que “el trabajo mental en México es muy pobre”, Baeza destaca la “fortaleza mental” del hoy futbolista de 23 años de edad, al que con la familiaridad del afecto respetuosamente llama Chucho, al que vio adaptarse, no sin dificultades. al cambio de vida que supone mudarse, a temprana edad, de la pequeña ciudad tabasqueña de Cárdenas a la capital del país.

¿Cómo lograr que la proyección de jugadores como Gallardo sea algo habitual y no la excepción? Baeza considera que en las categorías infantiles y juveniles debe haber entrenadores “con vocación de fuerzas básicas”, que no entiendan su estancia en la dirección de categorías inferiores sólo como un paso necesario para algún día llegar a dirigir en Primera. Para que haya gente especializada en el futbol formativo, Baeza considera necesaria la dignificación de las remuneraciones de quienes tienen a su cargo a los futuros futbolistas: “La gente formadora debe tener sueldos importantes”, afirma.

El entorno familiar y social de los jóvenes incide en que su carrera profesional se logre o se trunque. Las familias de los prospectos muchas veces los presionan excesivamente, depositando en ellos expectativas de ascenso social que no es aconsejable descargar sobre sus hombros a edades tan tempranas. Baeza propone brindarles apoyo profesional, que se les deberá seguir proporcionando cuando tengan sus primeros contactos con la fama concomitante al deporte de élite. Recuerda cómo Gallardo, apenas seis meses después de dejar Tabasco, ya jugaba al lado de Darío Verón, al que antes veía por televisión.

A pesar de que fue convocado habitualmente a la selección nacional por Juan Carlos Osorio durante toda la eliminatoria, el altísimo nivel mostrado por Gallardo en los dos primeros partidos del Mundial lo ha convertido en toda una revelación para la afición mexicana y también para los clubes europeos que ya lo tienen en su radar de contrataciones. Pero quien seguramente no se siente tan sorprendido, aunque sí muy emocionado, es Pato Baeza, el hombre que tuvo el acierto de impulsarlo, el que para fortuna del futbol lo encontró cuando no iba a buscarlo.

 

Foto: ADN Deportivo