El instante se hizo verbo

Recordemos con Farid Barquet Climent el relato inolvidable que Víctor Hugo Morales hizo del segundo gol de Maradona a los ingleses un día como hoy de 1986.

Por: Farid Barquet Climent

Quedarse sin palabras es sinónimo de pasmo. Sin embargo, hay quienes a pesar de quedar súbitamente invadidos por el asombro, logran convertir el silencio que suele acompañar a la estupefacción en arrebatos de emoción que verbalizan el instante, capturan la excepcionalidad del momento y lo hacen perdurable, memorable.

Una persona que ha mostrado tener esa capacidad es Víctor Hugo Morales, el relator de partidos de futbol nacido en Uruguay, que transmitía los partidos de futbol de Argentina. La evidencia de ese atributo de Morales la aporta Juan Villoro al recordar el segundo gol que Maradona le hizo a la selección de Inglaterra en el segundo Mundial disputado en México: “el 22 de junio de 1986 Diego Armando Maradona dejó sin palabras al planeta, pero no a Víctor Hugo Morales”, afirma el escritor mexicano.

Morales, inmerso tanto en un trance de júbilo desbordado como en un lapsus profético, calificó aquella genialidad de Maradona, a escasos 25 segundos de haberla presenciado in situ, como “la jugada de todos los tiempos”, misma que en su trigésimo segundo aniversario se antoja muy difícil que pueda ser desplazada del sitial que Víctor Hugo le presagió desde recién nacida.

Con micrófono en mano, Víctor Hugo solía rubricar las anotaciones de la selección albiceleste al estilo de otro narrador, Fioravanti —nombre que utilizaba Joaquín Carballo Serantes, locutor radial de los años cincuenta también nacido en suelo uruguayo— quien según Antonio Marimón, después de gritar prolongadamente “gollllllllllllll” cuando marcaba el combinado nacional, decía “con acento prístino e inaprehensible ‘¡Ar-gen-tino!’”. Con independencia de este gesto de imitación que más bien parece un homenaje, Víctor Hugo es un justo heredero de Fioravanti, pues según Marimón, en la crónica que Fiora hizo de un gol argentino a Inglaterra en 1953, “toda la emoción y complejidad del hecho viajan dentro de (la) intensidad” del relato”, y no menor elogio se puede hacer del que hoy hace 32 años hizo Morales de aquel golazo maradoniano, sin que lo demerite el hecho de que algunos escritores futboleros, como Osvaldo Soriano, advirtieran que el 22 de junio de 1986  los medios de comunicación de Argentina “retomaban un tono chauvinista que habían abandonado desde la capitulación de Puerto Argentino”, que puso fin a la guerra de las Malvinas en 1982.

En su número 3482 del mes de julio de 1986, la revista El Gráfico testimoniaba: “La piel de gallina, las lágrimas en los ojos. Así, temblorosos, nos dejó el relato de Víctor Hugo Morales, por Radio Argentina, del segundo gol de Maradona. La palabra escrita no tiene la vibración, el sentimiento, la frescura de todo lo que Víctor Hugo sintió a través de la jugada…”.

Por relatores como Víctor Hugo Morales, coincido con Federico Medina Cano en que “los narradores deportivos no son agregados a la fiesta, forman parte de ella. En su narración (…) el ambiente festivo y las faenas deportivas se magnifican, se convierten en relatos épicos donde todo exceso lírico y todo delirio son bienvenidos (…) hacen uso de la capacidad de provocar, provocan la imaginación, la fantasía, la poesía…”.

Seguramente por dedicarse a hablarlo, Víctor Hugo afirma: “yo no podría entender un futbol mudo”. Quizá por ello no sea una mera casualidad que la palabra gola, que en castellano podría pasar por el femenino del gol, en italiano significa garganta, como la que Víctor Hugo Morales ha usado, como nadie, para inmortalizar goles ajenos.

“Ese gol para mí tiene música. Y la música es el relato de Víctor Hugo Morales. (…) El relato de Víctor Hugo es único. (…) Porque hasta leyéndolo es como si lo estuviera escuchando. Y vuelvo a emocionarme como la primera vez”: Diego Armando Maradona.

 

Foto: Los Andes

 

A 32 años del Barrilete cósmico

Tan sólo un día después de una de las derrotas más dolorosas que ha sufrido la selección de Argentina en Mundiales y que la ponen al borde de la eliminación, la afición de ese país se apresta a conmemorar el aniversario 32 de la mayor gesta épica de su equipo nacional. Olivia Betancourt Mascorro nos recomienda un libro muy singular que nos retrotrae a esa fecha emblemática.

Por: Olivia Betancourt Mascorro

Antes de comenzar a leer el libro El partido (del siglo), escrito por el periodista argentino Andrés Burgo, sabía de la importancia pero no era capaz de dimensionar del todo el altísimo nivel de significación que para el futbol argentino tiene el 22 de junio de 1986, día en que se celebró uno de los partidos más polémicos y legendarios de la historia de los Mundiales: el Argentina contra Inglaterra de México 86.

Burgo se propuso recrear cómo se vivieron las 24 horas del día en que tuvo lugar ese encuentro. Termina describiendo algo más que la atmósfera que rodeaba a una selección de futbol que estaba en la ruta de consagrarse campeona mundial. Finalmente lo que arroja su reportaje es un retrato de la Argentina de aquellos años. Burgo se afanó en obtener entrevistas con los seleccionados de esa época, como Ruggieri, Olarticoechea, Batista, Pumpido e incluso el entrenador Bilardo. Sorprendentemente logra explicar, de manera detallada y sin siquiera entrevistar a Maradona, todo lo que sucedió antes, durante y después del partido Argentina-Inglaterra.

Pude hacer una lectura muy personal del libro, pues despertó mis recuerdos de cuando asistí a los partidos del Mundial México 86 con tan solo 10 años de edad. Leer a Burgo significó mi regreso a la infancia. En aquel tiempo yo no tenía ídolos futbolistas. Pero aquel Mundial, aunado al hecho de que mis padres fueran desde entonces aficionados de los Pumas de la UNAM, marcó mi punto de partida para convertirme en una aficionada al futbol.

Uno de los apartados que más disfruté fue el de las famosas cábalas de los jugadores argentinos. Una en particular, cuando los jugadores de la selección se fueron a un Sanborns a comer hamburguesas y tomar refrescos. El médico se aparece por el lugar expresando su descontento y los llamó irresponsables. Al final, Bilardo no sólo les permitió, sino que les ordenó hacer lo mismo, hasta el final del mundial.

Otro aspecto interesante es cómo vivieron el partido los árbitros y también los futbolistas de la selección inglesa, a los que les resultaba injusto que se diera por bueno el gol que Maradona hizo con la mano.

El partido tuvo una carga emocional fuerte porque esa rivalidad tuvo una connotación política: la guerra de las Malvinas. Para los argentinos era claro que tenían que ganar el partido contra Inglaterra.

El gol de la mano de Dios yo lo viví en el estadio Azteca como una injusticia. La gente que estaba alrededor de mí y de mi familia optó por ponerse en contra de Argentina, y es que a la distancia, no era justo que ganara de la forma más tramposa. Uno no entiende qué pasa por la cabeza del jugador cuando se atreve a hacer un gol de esta forma, pero cuando leí a Burgo comprendí que los jugadores también aprenden con el tiempo mañas, por así decirlo, en aras de elaborar jugadas que pudieran pasar desapercibidas en las decisiones arbitrales.

Todo se conjugó en el Argentina-Inglaterra: la guerra de Las Malvinas; “la mano de Dios” y “el gol del siglo”; el relato de Víctor Hugo Morales y el Barrilete cósmico, la disputa entre Menotti y Bilardo. Para Burgo, todos estos factores colocan al partido como el más importante en la historia del futbol argentino y aunque yo tenía solo 10 años y no alcanzaba a comprender lo que para el pueblo argentino significó ganarle a Inglaterra, sí puedo decir que el libro tan bien relatado por Andrés Burgo me recordó esa etapa de mi vida en la que fui muy feliz haciendo la ola, gritando cada gol, viendo a Negrete conectar ese tremendo golazo en contra de Bulgaria, incluso la solidaridad entre los mexicanos, que necesitábamos un aliento para superar las consecuencias del sismo del año anterior en la Ciudad de México.

Quien se adentre en el libro de Burgo podrá, como hice yo, viajar en el tiempo.

 

Foto: perú.com

Derrota subliminal

Mañana viernes, al igual que 28 veranos atrás, Brasil y Costa Rica se enfrentarán en la fase de grupos de un Mundial. Recordamos el curioso estratagema empleado en aquella ocasión por los ticos con el objetivo de ganarse el apoyo de los asistentes al estadio.

Por: Farid Barquet Climent

La primera vez que la selección de Costa Rica asistió a un Mundial fue en la catorceava edición, disputada en Italia en 1990.

El sorteo colocó a los ticos en el grupo que habrían de compartir con los representativos de Suecia, Escocia y Brasil. A los dos conjuntos europeos los enfrentó en Génova, mientras que con los brasileños habrían de medirse en Turín. En vista de cuál sería la ciudad donde jugarían contra el scratch du oro, los centroamericanos decidieron utilizar la subliminalidad para conseguir el apoyo de los aficionados turineses, pues se propusieron calar en la predilección de los asistentes al stadio delle Alpi de una manera peculiar: antes que por su juego, por los colores de su vestimenta.

Como en el inicio de aquella década postrera del siglo XX aún cundían los televisores en blanco y negro, la FIFA exigía que los tonos de las tres prendas que componen los uniformes de cada equipo (camiseta, short y calcetas) contrastaran con los de sus rivales: clara la camiseta de una escuadra, oscura la de la otra, y lo mismo para los shorts y las calcetas.

Los costarricenses bien podían haberse presentado a jugar contra los brasileños con su uniforme tradicional, idéntico al que en incontables ocasiones Chile ha utilizado para jugar contra Brasil: camiseta roja, short azul y medias blancas. Sin embargo, en razón de que el partido se disputaría en Turín, el entrenador de Costa Rica, el serbio Velibor Bora Milutinovic, quiso granjearse los vítores de los asistentes al estadio vistiendo a su equipo con una indumentaria igual a la del equipo más querido en la localidad, la Juventus de Turín, cuya camiseta a rayas verticales blancas y negras, acompañada de short y medias en blanco, nada tienen qué ver con el azul, el rojo y el blanco de la bandera de esa nación centroamericana.

Según información disponible en el portal de FIFA, la Federación del país sin soldados nunca confesó que se disfrazó de la Vecchia Signora di calcio, sino que quiso hacer pasar la treta como una simple coincidencia, pues adujo que la elección de la camiseta albinegra a rayas era un “homenaje al club decano de Costa Rica, el CS Libertad, entonces desaparecido”.

El 16 de junio, día del partido, en el delle Alpi hubo muchos más aficionados brasileños que turineses. Y quizá por eso el ardid costarricense de nada sirvió. Es más, parece haberles resultado contraproducente: la verdeamarela ganó el partido 1-0, con gol anotado al minuto 33’ por Müller, delantero que en aquel tiempo jugaba nada menos que para el archirrival citadino de la Juve: el Torino FC. Seguramente el goleador nacido en el estado brasileño de Mato Grosso habrá pensado que se enfrentaba al acérrimo adversario de su club y no a una selección camuflada. La maniobra cromática se le revirtió a los entonces debutantes mundialistas.

A diferencia de hace 28 años, mañana no estarán Müller, ni Careca, ni Branco del lado brasileño, como tampoco Gabelo Conejo, Hernán Medford o Juan Cayasso en el bando tico. Para mañana apuntan como protagonistas, por Brasil, Marcelo, Coutinho y Neymar Jr. si se recupera de la molestia que resintió durante un entrenamiento, mientras que por Costa Rica darán la cara principalmente su Capitán, Bryan Ruiz, el portero Keylor Navas y probablemente Joel Campbell, que en el partido contra Serbia entró de cambio. Como en las maletas de los jugadores centroamericanos sólo hay dos camisetas, rojas y blancas, no podrán ceder a la  tentación de intentar seducir a los nativos de San Petersburgo, ciudad donde se disputará el partido, vistiendo con el color azul del Zenit FC, el club de la localidad. Imposibilitados de recurrir a artificios visuales, los costarricenses deberán ganarse el aliento del público con lo que están llamados a desplegar: su mejor futbol.

 

Foto: el pais.cr

Cuando Maradona pudo ser cementero

En redes sociales circula una foto a modo de explicación de la derrota que hoy sufrió la selección argentina. En la imagen aparece un aficionado del equipo Cruz Azul de México en medio de hinchas argentinos, durante el partido que terminó hace unas cuantas horas en Nizhni Nóvgorod. La foto busca instalar una conclusión: que la albiceleste la cruzazuleó ante Croacia por la presencia del cruzazulino, culpable del infortunio pampero. Lo que seguramente no saben quienes difunden la instantánea, es que el gran astro argentino, Diego Armando Maradona, estuvo a punto de convertirse en cementero. Farid Barquet nos trae esa historia.

Por: Farid Barquet Climent

En una ocasión Maradona estuvo a punto de convertirse en cementero.

Cuando el Diez pasó de Argentinos Juniors a Boca Juniors en febrero de 1981, este último club no saldó en un solo pago el total de la transferencia, sino que se comprometió a liquidar la parte faltante con posterioridad.

Los meses pasaban, Diego ya jugaba y deslumbraba portando la camiseta azul y amarillo pero el adeudo con Argentinos persistía. La única solución visible sonaba extrema: vender el pase del crack a un club extranjero y con el dinero obtenido cubrir lo que Boca le debía al club rojo del barrio La Paternal.

Pero faltaba menos de un año para el Mundial de España 82 y lo que menos querían el entrenador nacional César Luis Menotti y 29 millones de argentinos era que Diego se distrajera del objetivo de repetir el título mundial para Argentina en la Copa por venir. La emigración intempestiva del ‘10’ a un futbol desconocido no parecía lo más aconsejable si Argentina quería campeonar por segunda vez consecutiva.

Llegó agosto y el pago restante seguía sin realizarse, por lo que Argentinos, según el relato del periodista Eduardo Bolaños, “se presentó en la justicia, reclamando por las deudas de Boca”.

De repente, en aquellos días en que, según Bolaños, “los abogados eran más protagonistas que los propios jugadores”, irrumpió una señora: María Amalia Sara Lacroze Reyes Oribe, mejor conocida como Amalita de Fortabat, viuda y heredera del empresario Alfredo Fortabat, dueño de una de las fortunas más grandes de Argentina, fallecido el el 19 de enero de 1976.

La señora de Fortabat tenía fama de filántropa. Y como su paisano Borges nos enseña que los filántropos históricamente suelen incurrir en curiosas variaciones, Doña Amalita se ofreció en aquel mes agosto de 1981 para interceder en una causa que ella quiso pasar por pía, por caritativa, pero que en el fondo se antojaba como un gran negocio.

Doña Amalita ofreció destinar unos cuantos de sus muchos millones al noble propósito de que el Diego no se fuera del país y que siguiera jugando en Argentina. Pero Doña Amalita no iba a prestarle ni mucho menos a regalarle esa porción de sus fondos inmensos a Boca para que éste se liberara de su obligación.

Lo que pretendía la millonaria era contratar a Maradona para que jugara en el equipo de su propiedad: el Club Social y Deportivo Loma Negra, que se llamaba así porque Loma Negra es la marca del emporio cementero que la viuda heredó de su esposo, que ella acrecentó durante la dictadura militar (1976-1983) y que desde hace más de una década fue absorbido por un corporativo brasileño.

Mucho lamento si, llegado este punto, algún incauto cruzazulino pensó que, de no haber continuado en Boca, Maradona pudo haber arribado al equipo cementero mexicano. Quizá en su candidez y en su hambre de excusas, algún aficionado del Cruz Azul —equipo propiedad de una cooperativa fabricante de cemento, pero carente de estadio propio— habrá llegado hasta el final de este relato con la esperanza de haber encontrado la explicación del maleficio que persiguió a su equipo, ícono de la pusilanimidad, a lo largo de toda aquella década de los ochenta, durante poco más de la mitad de la siguiente y que desde hace 20 años se sigue ensañando sobre esa escuadra como una malaria que mantiene a su decreciente afición, como dice León Krauze, en “luto deportivo”: sin título de Liga y sin calificar siquiera a la Liguilla en siete de los últimos ocho torneos.

Perdón, no era mi intención —y creo que tampoco la de Doña Amalita— generar en vano tamaña expectativa.

Amalita de Fortabat falleció el 18 de febrero de 2012. El Club Social y Deportivo Loma Negra sobrevive en el futbol amateur. Maradona es directivo de un equipo bielorruso.

 

Foto: Máquina Cementera

De Charlton a Kane: los killers de la Rosa

Con sus goles de ayer contra Túnez, Harry Kane demuestra que está llamado a convertirse en digno heredero de la histórica camiseta ‘9’ de Bobby Charlton. Alejandro Olvera Fuentes escribe sobre estos dos grandes del futbol inglés.   

Por: Alejandro Olvera Fuentes.

En el mundial de Suecia 1958, la selección inglesa no pudo acceder a la segunda ronda. No era fácil vencer al poderoso Brasil del joven promesa Pelé, ni a la férrea debutante Unión Soviética, ni a la entonces difícil Austria. De los tres partidos, la selección de la rosa no ganó ninguno, los empató todos, por ende tuvo que jugar un tercer partido más contra los soviéticos para saber cuál sería el afortunado que se enfrentaría al anfitrión. Sin embargo, un gol solitario de Anatoli Ilín, jugador del Spartak de Moscú, sentenció las aspiraciones de los ingleses.

Una tragedia se sumaba de nueva cuenta al fútbol inglés, ya que en febrero de ese año había ocurrido el accidente aéreo del Manchester United en Munich, en el que fallecieron ocho jugadores del equipo. No obstante, bien dicen que de la tragedia nacen los grandes hombres y Bobby Charlton es un claro ejemplo. Con tan sólo 21 años, el destino le permitió sobrevivir al accidente aéreo de Munich y ver desde su convalecencia cómo Inglaterra era eliminada del Mundial sueco. Bien sabía la fortuna, que este joven con estrella debía realizar cosas grandes no sólo con el Manchester United, sino también con la selección inglesa.

Aquel chico al que sus familiares llamaban Bobby, logró conducir a su selección hasta convertirla en campeona del mundo. En el Mundial de Inglaterra 1966, México y Portugal fueron víctimas del olfato goleador del diablo rojo. No marcó en el mítico partido final contra Alemania, pero Sir Bobby alzó en Wembley la copa Jules Rimet y unos meses más tarde obtuvo el Balón de Oro. El buen Charlton no sólo hizo olvidar las malas actuaciones de Inglaterra en las ediciones pasadas, sino que también honró a sus compañeros caídos.

En Rusia 2018 hay un personaje que quiere emular la grandeza de Sir Bobby y catapultar a la selección de la rosa a la cima del éxito. Su nombre: Harry Kane. Este romperredes de tan sólo 24 años le ha regresado la esperanza no sólo a los aficionados de su club, el Tottenham Hotspur, sino a toda una nación. Este chico disciplinado que gusta de jugar golf en su tiempo libre, ha sido una revelación porque en tan sólo tres temporadas se ha consolidado como un poderoso goleador: su media de goles está encima de los 20 por temporada. Un fenómeno en ascenso…

En el mundial ruso se está haciendo cargo de la responsabilidad de comandar al equipo inglés. Ayer en el debut contra Túnez marcó los dos goles que valieron la victoria. Por algo el entrenador Gareth Southgate lo nombró indiscutible capitán. Actuaciones como la de ayer demuestran que atrás quedó aquel niño regordete que todos despreciaban en las divisiones inferiores, ahora es un killer que, al igual que Bobby Charlton, sabe sobreponerse a los reveses tanto futbolísticos como de la vida. Hace unos años nadie le daba una oportunidad para debutar en un equipo de Primera, hoy está valuado entre los cinco mejores jugadores del mundo. Las vueltas que da la vida.

Es la luz de Inglaterra, que busca ser Sir y campeón del mundo.

 

Foto: gettyimages.com

De polacos y baobabs

Un célebre reportero se asombra por la majestuosidad del árbol símbolo de un país. Una historia que viene a cuento con motivo del segundo partido del sexto día de actividades de Rusia 2018

Por: Farid Barquet Climent

El gran reportero y escritor polaco Ryszard Kapuściński viajó por Senegal a mediados de los años setenta, enviado por PAP, la agencia oficial de noticias de Polonia. De la travesía que hizo para llegar desde Dakar, la capital senegalesa, hasta Abdallah Wallo, una aldea remota y pobre, el afamado periodista recuerda —en su libro Ébano— haber pasado por “una avenida bordeada por unos baobabs tan imponentes, enormes, altivos y monumentales que nos da la impresión de movernos entre los rascacielos de Manhattan. Como el elefante entre los animales, el baobab no tiene igual entre los árboles”.

En la edición de hoy del diario español El País aparece una “noticia alarmante”, según el propio medio: “Muchos de los baobabs más legendarios del sur de África están muriendo y no está del todo claro el porqué, según un estudio publicado recientemente en la revista Nature Plants. Aunque en el artículo se apunta al aumento de las temperaturas y a la sequía de esa área del planeta provocadas por el cambio climático como las causas más probables”.

Los baobabs, árboles símbolo de Senegal, que hace más de cuarenta años impresionaron tan fuertemente al insigne reportero polaco por su imponencia, altura, altivez y monumentalidad, mañana deberán brotar, en tierra tan poco propicia como Moscú, para impresionar a otro polaco, ya no periodista sino futbolista: Robert Lewandowski, el temible goleador de la selección de Polonia y del Bayern Munich, que tendrá su primera aparición en un Mundial contra el equipo representativo de Senegal.

Los encargados de erguirse como imponentes, enormes, altivos y monumentales baobabs senegaleses para complicarle la tarde a Lewandowski, miden respectivamente 1.95 y 1.92 centímetros de estatura y juegan para el Nápoles y el Anderlecht como defensores centrales: Kalidou Koulibaly y Kara Mbodji, autor este último, del gol de cabeza que valió la clasificación de su selección a Rusia 2018 en el último partido de la eliminatoria, contra Sudáfrica.

Si según la Real Academia de la Lengua Española la palabra bosque admite ser entendida, en una de sus acepciones, como “confusión, cuestión intrincada”, Koulibaly y Mbodji deberán convertir el área senegalesa en un bosque de baobabs, que confunda a Lewandowski y que haga de su afanosa búsqueda del gol una cuestión intricada.

De acuerdo con John R. Platt —colaborador habitual de la prestigiada revista Scientific American y que no es pariente de David Platt, futbolista inglés que jugó el Mundial de Italia 90— en África es usual escuchar un dicho: “La sabiduría es como un baobab: una persona sola no puede abarcarla”. Si los baobabs Koulibaly y Mbodji actúan con sabiduría defensiva mañana en el estadio del Spartak moscovita, un solo hombre, Lewandowski, no podrá abarcarla ni superarla. Para lograrlo, el ‘9’ de Polonia tendrá que contar con el auxilio de sus compañeros Arkadiusz Milik y Łukasz Teodorczyk, que juegan, respectivamente, en los mismos clubes que Koulibaly y Mbodji, el Nápoles y el Anderlecht, así que algo deben conocer de la sabiduría de los africanos. Pero si no lo consiguen, lo que mañana empezará a dar visos de extinción ya no serán los baobabs, sino la letalidad goleadora de los paisanos de Kapuściński.

 

Foto: elcuerpo.es

La pasión futbolera de Laura Restrepo

Colombia inicia mañana su participación en Rusia 2018 ante Japón, bajo la mirada atenta de una dilecta aficionada, a un tiempo lúcida y enfebrecida: la escritora Laura Restrepo.

Por: Farid Barquet Climent

En La Isla de la Pasión, su novela sobre los expedicionarios mexicanos enviados por el gobierno para ejercer soberanía sobre la isla Clipperton, la escritora colombiana Laura Restrepo subraya la ambivalencia de la palabra a que alude ese topónimo: “pasión significa amor y dolor, entusiasmo febril y tormento”, sentimientos contrastantes que seguramente le son provocados a la escritora por sus tres pasiones futboleras: Independiente Santa Fe, Boca Juniors y la selección de Colombia.

La estirpe futbolera de Restrepo está fuera de duda. Su abuelo, Luis Camacho Matiz, donó el predio sobre el que se levanta El Campín, el estadio de la capital colombiana, bajo la condición de que llevara el nombre de su padre, el abogado, político y empresario Nemesio Camacho Macías, bisabuelo de la escritora. Por eso, al inmueble en que juegan como locales los clubes bogotanos Santa Fe y Millonarios se le conoce como Estadio Nemesio Camacho El Campín. En su relato “Mi curriculum-futbolae”, la ganadora del Premio Alfaguara 2004 escribe: “Durante mis primeros años de vida creí que El Campín era un apellido y conté con orgullo que mi bisabuelo se llamaba Nemesio Camacho Elcampín. Así que díganme, ¿cómo no ha de correr por mis venas la pasión futbolera, si poco faltó para que me llamara Laura Restrepo Elcampín?”.

La narradora da cuenta de cuál es el club bogotano que le apasiona: “crecí y me formé en el odio jarocho contra Millonarios y en la adoración incondicional por Santafecito lindo, al pie del cual sigo estando, estaré hasta el final y he estado desde cuando era un equipo pichón y promisorio que entrenaba los sábados en un potrero”. Es de imaginarse la gran alegría que la habrá traído a la autora de Delirio la conquista por los albirrojos de la Copa Sudamericana 2015.

Durante los cuatro años que vivió clandestinamente en Argentina en la época de la dictadura, su pasión por Santa Fe la hizo extensiva a Boca Juniors. De aquel tiempo en Buenos Aires, la novelista bogotana dice: “me avergüenza reconocer que me dejé arrastrar por la pasión colectiva hasta llegar a gritarles a los de River gallinas mariconas y otras cosas peores, como Qué feo, qué feo/ qué feo es ser gallina/ la hinchada más puta/ de toda la Argentina, y si vale exagerar en aras de la exaltación del deporte de deportes, casi diría que fue por amor a Boca que me aficioné al mate amargo, me casé con un porteño y tuve un hijo pibe”. A Restrepo le tocó el Boca de 1977, el plantel que por primera vez salió campeón de la Copa Libertadores, dirigido por el Toto Lorenzo, con el Loco Gatti en el arco, el Conejo Tarantini de lateral izquierdo, Mario Zanabria y Chapa Suñé en medio campo, Mastrángelo en el ataque…

La también recipiendaria del Premio de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara en 1997 no titubea al asegurar: “entre mis momentos personales de mayor felicidad cuento el cinco a cero de Colombia contra Argentina y la atajada de alacrán del otrora feo Higuita en Wembley”. Parece que, a los ojos de la autora de Leopardo al sol, el portero antioqueño se embelleció súbitamente gracias a aquel lance insospechado, a esa “acrobacia asombrosa” —como la calificó el astro holandés Ruud Gullit— que el 6 de septiembre de 1995 elevó al arquero a la categoría de prócer del fútbol espectáculo.

A partir de mañana, día en que inicia su participación en Rusia 2018 enfrentando a Japón, la selección colombiana podrá darle a Restrepo —y a todo el país cafetero— nuevos momentos de la mayor felicidad. Al menos la escritora ha dejado claro que estará permanentemente atenta a sus partidos: “cada cuatro años suspendo de plano cualquier otra actividad para dedicarme de lleno al Mundial”, escribe Restrepo, para quien es una costumbre convertir el mes que cada cuatro años destina exclusivamente a seguir la Copa del Mundo en una auténtica isla de la pasión, de la pasión por el futbol.

 

Foto: eltiempo.com

 

Fin de una larga espera

Panamá jugará el primer partido mundialista de su historia. Farid Barquet Climent narra el largo periplo de los canaleros para llegar a una fase final. 

Por: Farid Barquet Climent

Aún contra su temperamento, el General Omar Torrijos, líder de la revolución panameña y jefe del Estado entre 1968 y 1981, tuvo que hacer acopio de paciencia, “aquella condenada agotadora paciencia”, para lograr por una vía negociada que los Estados Unidos pactaran entregarles a los panameños el control del Canal de Panamá.

Según el escritor inglés Graham Greene, amigo de Torrijos, al General “en verdad no le resultaba fácil” mostrarse paciente. Pero a sabiendas de que, como dice José Woldenberg, “los medios no son anodinos sino que modelan a los fines y a quienes los utilizan”, Torrijos decidió actuar “recurriendo a medios que exigían una paciencia infinita”, como recuerda Greene en Descubriendo al General, libro en que relata sus encuentros con Torrijos.

Infinita como la de Torrijos ha sido la paciencia de los panameños aficionados al futbol, pues tuvieron que esperar más de cuatro décadas para que su selección nacional por fin debute en un Mundial, tal como lo hará mañana al enfrentar a Bélgica.

Pablo Alabarces, sociólogo argentino especializado en futbol, documenta que Panamá fue invitada a participar en el primer Mundial, Uruguay 1930, pero no pudo aceptar. En consecuencia, se puede afirmar que la primera vez que Panamá realmente se propuso estar presente en una fase final de Copa del Mundo fue más de nueve lustros después, en 1976, precisamente en los días en que Torrijos tuvo los primeros acercamientos con enviados del Presidente de Estados Unidos, James Carter, para que ambos países pudieran acordar los términos en que debería transferirse la jurisdicción sobre la zona del Canal, acuerdos que finalmente se alcanzaron y desembocaron el año siguiente, 1977, en la firma de los tratados Torrijos-Carter.

Aquella primera tentativa de ir al Mundial que habría de celebrarse en 1978 en Argentina, no fue exitosa para los panameños. Obtuvieron apenas una cuarta parte de los puntos disputados: tres de doce. De los seis partidos que jugaron, ganaron uno —como locales ante Costa Rica—, empataron otro y perdieron los cuatro restantes, incluyendo una goleada 7-0 en su visita a Ciudad de Guatemala.

En el verano de 1980, un año antes de la muerte de Torrijos en un avionazo calificado como “sospechoso” por el historiador y analista de la política latinoamericana James D. Cockroft, los panameños intentaron por segunda ocasión llegar a un Mundial. Compitieron en las eliminatorias para España 82, con resultados aún peores que los de cuatro años atrás: perdieron siete de ocho partidos, cosechando solamente un empate.

Con miras a México 86 fueron vencidos por Honduras en los dos partidos de la serie. En el camino a Italia 90 se toparon con la que habría de ser una de las revelaciones de ese Mundial por su inesperado pase a octavos de final: la selección de Costa Rica, a la que los panameños lograron sacarle un empate a un gol como visitantes en Alajuela, en un partido en el que los canaleros  llegaron a estar en ventaja gracias a un gol al minuto 18’, anotado por René Mendieta, que en aquellos días recién se había contratado con un club mexicano, los Correcaminos de la Universidad Autónoma de Tamaulipas. A pesar de la igualada obtenida en el estadio Alejandro Morera, los panameños vieron malogrado su deseo de estar bajo el cielo de un verano italiano, como rezaba el himno de aquel Mundial, tras caer el 31 de julio de 1988 por marcador 0-2, con goles de Juan Cayasso y Hernán Medford, en el partido de vuelta disputado en el entonces Revolución de Panamá, rebautizado como Rommel Fernández en 1993 en homenaje al que hasta el día de hoy es considerado el mejor futbolista de la historia de Panamá, fallecido el 6 de mayo de ese año en un accidente automovilístico en España, mientras era jugador del Albacete.

No habían transcurrido ni tres años desde de la última invasión de Estados Unidos a Panamá —20 de diciembre de 1989— cuando a mediados de 1992 Panamá quiso estar presente en el Mundial que se celebraría precisamente en Estados Unidos en 1994. Para lograrlo, los panameños tendrían que verse las caras nuevamente con la selección de Costa Rica. El partido de ida en Ciudad de Panamá lo ganaron 1-0, con gol de Mendieta mediante un tiro penal. Pero en la vuelta en San José fueron goleados 5-1, con el tanto del descuento a cargo, nuevamente, de Mendieta.

Rumbo a Francia 98 Panamá se impuso ampliamente a Belice en la primera ronda eliminatoria, pero en la segunda tuvo un descalabro insospechado que frustró sus propósitos: el 22 de septiembre de 1996 perdió 1-3 en casa, nada menos que ante Cuba, país que tiene al béisbol y no al futbol como su deporte nacional.

En la ruta hacia Corea-Japón 2002 los panameños se quedaron en la segunda ronda eliminatoria, mientras que en la siguiente oportunidad, Alemania 2006, lograron avanzar hasta el hexagonal final, pero en éste no pudieron ganar uno solo de sus diez partidos: perdieron ocho y empataron dos. Uno de los que perdieron fue nuevamente contra Costa Rica, 1-3 en el Rommel Fernández, y uno de los que empataron fue en el mismo estadio ante México, gracias a un golazo de chilena de Luis Tejada, quien años después jugaría en el futbol mexicano con Toluca y Veracruz.

Sudáfrica 2010 no marcaría el debut mundialista de Panamá, pues sucumbió en el estadio Cuscatlán de San Salvador al recibir de los locales tres goles en menos de veinte minutos.

Pero la eliminación más dolorosa fue la de 2013. A punto de conseguir el boleto para el Mundial del año siguiente, en el encuentro decisivo Panamá no supo conservar la ventaja en casa 2-1 sobre Estados Unidos, que en tiempo de compensación le dio la vuelta al partido con dos goles en menos de un minuto, anotaciones que terminaron por darle indirectamente a México —a pesar de perder su último partido del hexagonal contra Costa Rica— la oportunidad de disputar contra Nueva Zelanda el repechaje que finalmente lo llevaría a Brasil 2014.

Según Greene, el General Torrijos tenía una frase que le gustaba repetir: “No me interesa entrar en la Historia. Lo que quiero es entrar en la Zona del Canal”. Gracias a los tratados que Torrijos firmó, los panameños de la actualidad ya no ven como un deseo inalcanzado entrar en la Zona del Canal, pues desde hace casi dieciocho años les pertenece. Pero lo que sí lograrán los seleccionados y su entrenador colombiano Hernán Darío Gómez mañana 18 de junio de 2018, será entrar en la historia de las Mundiales. Tendrán su estreno mundialista ante el representativo de Bélgica, que en la eliminatoria para llegar a Rusia no perdió un solo partido y que cuenta con jugadores que descuellan en la Premier League de Inglaterra, como Eden Hazard, Kevin de Bruyne o Romelu Lukaku, un equipo que es todo un habitué de las Copas de Mundo, presente como ha estado en doce de diecinueve ediciones.

Si Panamá quiere tener una iniciación decorosa en el máximo evento del futbol internacional ante tan duro rival, sus seleccionados deberán batirse, sobre el pasto del estadio Fisht de Sochi, con la “tenacidad heroica” que Torrijos, orgulloso, veía en el pueblo de Panamá, esa “tenacidad heroica” que el General le atribuyó a los panameños mientras lo escuchaba todo el mundo pronunciar, en Washington, su más célebre discurso, el día en que pactó la devolución del Canal.

 

Foto: Noticias Telemicro

 

México-Alemania, una reflexión

Por Olivia Betancourt Mascorro

Cada vez que la selección mexicana se enfrenta a un equipo tan poderoso como Alemania, la pregunta necesaria es si se tiene lo que se requiere para salir triunfante o quizás lograr un empate que nos haga sentir esperanzados.

En la historia de los mundiales, México y Alemania se han enfrentado tres veces: en 1978, los teutones derrotaron al equipo mexicano 6-0; en 1986, cuartos de final, se fueron a penales en donde México cayó 1-4, y en 1998 Alemania derrotó a México 2-1 en octavos de final.

México nunca ha podido ganarle a Alemania, y ese hecho nos hace cuestionarnos por qué creemos o por qué siempre tenemos «la fe y esperanza» de que esa historia puede cambiar. Voy más allá. ¿Qué nos hace pensar que México puede llegar a ser campeón del mundo? Estos cuestionamientos me surgen porque si hay algo que ya me resulta absurdo, es el bombardeo publicitario que surge en cada partido y en cada mundial de que dejemos esa negatividad y apoyemos a la selección. Pero vuelvo al planteamiento anterior, qué hemos hecho para construir el camino hacia la copa del mundo.

Cuando Alemania fracasó en la Eurocopa 2000, el futbol alemán tuvo que reinventarse. Los alemanes se dieron cuenta que debía implementarse un proceso de renovación, lo que implicó, de entrada, la formación de talentos (jóvenes de 11 a 17 años) y el reforzamiento de la élite de jugadores existente. Por supuesto la serie de medidas tomadas es mucho más amplia. Se trató de la creación de escuelas de futbol en todo el país, centros de formación de nuevos talentos en cada uno de los equipos profesionales que integran la Bundesliga, la subvención de centros dependientes de las escuelas profesionales, entre otras, lo que implicó una inversión de millones de euros. La culminación de este esfuerzo fue Brasil 2014, la Copa Confederaciones y la Eurocopa Sub 21, lo que de suyo los apuntala como uno de los favoritos para ganar el Mundial en Rusia. En la mentalidad de los alemanes ya no está el fracaso de la Eurocopa, ni mucho menos la mala racha que atravesó el futbol alemán en el Mundial de 1998.

Alemania tomó cartas en el asunto, ¿y nosotros? ¿Seguiremos esperanzados a pesar de que no se ha concientizado en que el futbol mexicano requiere una cirugía mayor? No creo que el futbol sea esperanza. Se requiere de factores como la disciplina y la constancia para cambiar la mentalidad, pero sobre todo es necesario invertir en la formación de nuevos talentos. No quiero decir que busquemos seguir el modelo alemán, sino que no hemos asumido que México no podrá trascender en un Mundial hasta que no trabajemos en áreas como la captación y formación de talentos. Así que sin ahondar más en el asunto, esperemos que mañana la selección mexicana pueda lograr algo diferente de lo que la historia nos arroja al enfrentar a la Mannschaft.

Foto: extraída de http://elcirculobeatle.com/mexico-vs-alemania-el-suceso-musical-del-mundial-mexico-86.

Giménez hizo un godín

El central uruguayo Josema Giménez emuló a su compañero Diego Godín para darle la victoria a Uruguay en su debut en Rusia 2018 

Por: Farid Barquet Climent

Hace cuatro años, con motivo del Mundial Brasil 2014, escribí una propuesta: que el vocabulario del futbol acuñara una nueva locución: el gol de godina, el gol a lo Godín, el gol godino o cualquier derivación semejante.

¿Qué es para mí un gol de godina? No un gol anotado por un Godínez, arquetipo de oficinista mexicano construido por las redes sociales, sino la clase de gol típica del capitán de la selección uruguaya Diego Godín, quien tiene por costumbre anotar goles clones no sólo en cuanto a su factura sino también idénticos en dramatismo.

Un gol de godina exige siete condiciones sine qua non para ser considerado como tal: a) ocurrir en los minutos postreros del partido o al menos en el segundo tiempo; b) provenir de un tiro de esquina o de una falta próxima al córner; c) que el autor sea un defensor central; d) que conseguir anidar el balón en la red suponga abrir una brecha imposible entre una nube de marcadores; e) que el contacto último con la pelota sea con la frente, el pómulo, el hombro o la clavícula; f) que el contexto sea de máxima tensión y que las hinchadas enfrentadas lo vivan con el sufrimiento que puede desembocar en hazaña o descalabro y g) que la feliz consecución del tanto suponga un logro o la antesala de uno de auténtica trascendencia: la calificación a una siguiente ronda, la obtención de un título…

Hoy en Ekaterinburgo no fue Diego Godín, sino su compañero en la defensa central, José María Giménez, quien anotó un gol de godina. En el último minuto del tiempo reglamentario del partido contra Egipto, el jugador del Atlético de Madrid —mismo equipo de Godín— malogró la excelente actuación del portero del representativo saharaui, Mohamed El-Shenawy, que había atajado goles cantados, al asestar al balón que le envío su compatriota Carlos Sánchez un certero frentazo entre tres defensores egipcios, anidándolo en la red y con ello decidir el encuentro a favor de los sudamericanos.

De no haber logrado Giménez cabecear el balón, presto estaba a sus espaldas para hacerlo nada menos que Godín.

Por eso, cuatro años después vuelvo a insistir: mientras al checo Antonin Panenka le bastó anotar tan sólo un penalti —en la final de la Eurocopa de fútbol de 1976— para que su célebre forma de ejecución de tiros desde los once pasos lleve desde entonces su nombre, Godín mete o propicia o al menos ronda el entorno de goles que llevan su sello pero seguimos sin hacerle justicia al crear un vocablo que lo asocie con el tipo de jugada que a fuerza de repetición ya lo caracteriza.

Honorables Miembros de la Academia de la Lengua del Futbol: con su godín de hoy, Giménez les abre una oportunidad de enmendar su omisión. No la desperdicien.

 

Foto: elbocon.pe