“Me gusta recordar de dónde vengo”

Para calentar motores de cara al Mundial, Farid Barquet Climent nos recomienda una lectura dominical llena de futbol: la autobiografía de Andrés Iniesta.

En 1832 Thomas Carlyle escribió sobre el placer que a los seres humanos nos provocan las biografías de otros: ya sea escribirlas, leerlas o simplemente hablar de ellas. Al escritor escocés le resultaba “inexplicablemente grato conocer a un congénere, ver en su interior, entender sus expresiones, descifrar el corazón absoluto de su misterio; más aun, no sólo ver en su interior, sino mirar desde su perspectiva”.

La biografía de Andrés Iniesta, La jugada de mi vida, publicada por editorial Malpaso, no hace sino darle la razón a Carlyle. Porque a través de este libro de memorias, que tardó cuatro años en escribirse, se puede mirar al futbol desde la perspectiva del futbolista más polivalente de la historia; del que supo, junto a una generación fulgurante de jugadores, hacer de España ya no sólo el país con la mejor Liga del mundo sino también con la mejor selección del mundo.

El libro da cuenta de cómo el futbol fue incapaz de negársele al niño Iniesta a pesar del inconveniente de que su pueblo natal, Fuentealbilla, no contara con una cancha propiamente dicha. Bastó un pequeño patio, cuya superficie de cemento cuarteado estaba ocupada en buena parte por el tronco de un árbol, para que el hijo de un albañil albaceteño y de la mujer que atendía el bar del pueblo iniciara su idilio con el balón, que aparece narrado de manera fresca bajo la batuta del propio biografiado, nutrido por las voces de quienes han formado parte de su entorno más cercano, algunas vinculadas al futbol profesional y otras no.

“Me gusta recordar de dónde vengo”, escribe este fantástico jugador que el 27 de abril de 2018 acaba de decir adiós al FC Barcelona después de 22 temporadas, 669 partidos disputados y 32 títulos ganados, pues lo más probable es que se incorpore a un club de China al terminar el Mundial de Rusia. En La jugada de mi vida, el camiseta ‘8’ del Barcelona y de la selección española nos descubre de dónde viene y cómo logró convertirse en el mejor futbolista español que se haya conocido, verdadero patrimonio histórico de este deporte y sin cuya aportación es imposible entender lo mejor del futbol contemporáneo.

Por: Farid Barquet Climent

Un rey y dos presidentes

A propósito del reciente cambio en la presidencia del gobierno español, Farid Barquet Climent relata cómo gracias al futbol el primer Presidente posterior a la dictadura franquista se enteró de su futura investidura

Ocurrió el sábado 26 de junio de 1976. Atlético de Madrid y Real Zaragoza disputaban en el Estadio Santiago Bernabéu la final del torneo que, durante la dictadura franquista y hasta esa noche, se llamó Copa del Generalísimo, y que desde la edición del año siguiente recibe el nombre de Copa del Rey.

Tras la muerte de Franco el 20 de noviembre de 1975, el mando de España pasó a manos de Juan Carlos de Borbón, quien convertido en rey como Juan Carlos I, asistió aquella noche de junio de 1976 al partido entre colchoneros y maños para entregar la Copa al capitán del equipo ganador del encuentro. Pero en el palco principal del Bernabéu el rey hizo algo más que simplemente cumplir con el protocolo de premiación, pues además de galardonar al campeón aprovechó para dejar entrever, sin revelarla totalmente a las claras, una decisión política que poco antes se había convencido de tomar, que materializó e hizo pública una semana después y que marcó el futuro de España.

Por aquellos días el recién ungido monarca quería contar con un nuevo Presidente del Gobierno que sustituyera a Carlos Arias Navarro, quien venía ocupando el cargo desde las postrimerías del franquismo, después de que fuera asesinado el Almirante Luis Carrero Blanco en diciembre de 1973.

Muchos eran los aspirantes —y más los suspirantes— a suceder a Arias. En el Consejo del Reino se barajaron hasta treinta y dos nombres, que luego se redujeron a diecinueve. Pero las opciones entre las que verdaderamente oscilaba Juan Carlos para sustituir a Arias se reducían a dos: el casi septuagenario José María de Areilza y el cuarentón Adolfo Suárez, seis años menor que el rey.

Según Paul Preston —biógrafo de Juan Carlos— aquella noche en el Bernabéu Adolfo Suárez, en la condición que entonces tenía de “ministro a cargo de la Delegación de Deportes, se encontraba sentado junto al Rey”. Fue entonces cuando, “señalando hacia el joven presidente del Real Zaragoza, que contrastaba fuertemente con el presidente del equipo contrincante, Atlético de Madrid, ya entrado en años, Juan Carlos le preguntó (a Suárez) si se había fijado en ‘qué majos son los presidentes jóvenes’”.

No fue en una audiencia en el Palacio Real de La Zarzuela, sino en una de las butacas de honor del estadio del Real Madrid, donde Suárez por fin recibió, apenas cifrado, el mensaje que tanto había esperado del rey y que lo llevaría a tomar parte principalísima en la difícil operación política que paulatinamente desmontó la dictadura y alumbró la moderna democracia española.

Seguramente Suárez no prestó mayor atención al solitario gol de José Eulogio Gárate a centro de Ignacio Salcedo que le dio al Atlético aquella Copa. No tanto porque Suárez era aficionado al Deportivo La Coruña —al que vería desde ese mismo palco ganar esa misma Copa en su edición de 2002, y del que sería nombrado Presidente de Honor y socio número 30,000 cuando el club se impuso llegar a esa cifra con motivo de su centenario; incluso, según información de la agencia efe, el político abulense probó suerte como futbolista en el equipo juvenil del Depor a finales de los cuarenta y principios de los cincuenta— sino porque su mente política estaría desde ese momento ocupada en otros asuntos: ideando cómo sobrevivir tanto a las intrigas de los más rancios franquistas desplazados del banquete del poder como a la desconfianza que su pasado al servicio de la dictadura despertaba en los sectores progresistas.

A principios de los años noventa, más de tres lustros después de aquella conversación definitoria, Juan Carlos I dijo en entrevista con José Luis de Vilallonga que “para tener éxito en ese paso (de la dictadura a la democracia) se necesitaban hombres nuevos, jóvenes, hombres con una visión del mundo que sus mayores no osaban tener”. Incluso afirmó que llegó a sentir: “una necesidad casi física de rodearme de hombres jóvenes como yo”. Y por eso eligió a Suárez.

Aquellas palabras del rey a Suarez en la platea principal del Bernabéu, que en abstracto resultarían anodinas, que fuera de contexto parecerían vacuas pero que auguraban una investidura, sólo podían ser decodificadas y su sentido interpretado si Suárez volteaba a ver uno solo de entre los rostros que esa noche lo circundaban: el de José Ángel Zalba Luengo, entonces Presidente del Zaragoza, el Presidente en el que se vio un Presidente.

Zalba presidía al Zaragoza aquella noche de final de Copa. Tenía entonces la edad de treinta y tres y ocupaba el máximo cargo directivo de su club desde cuatro años antes. Fue él quien contrató a los tres futbolistas legendarios que serían conocidos como Los Zaraguayos por ser los paraguayos del Zaragoza: el mediocampista Saturnino Arrúa y los atacantes Felipe Ocampos y Carlos Diarte, jugadores clave en aquel 1976, año que no pudieron coronar con un título, pero en el que obtuvieron el subcampeonato tanto en la Liga como en la Copa. Por aquellos días Zalba encabezaba también el Comité Organizador del Mundial que España alojaría seis años después.

De esa final por la Copa que su equipo perdió, en la que sin saberlo sirvió como símil para transmitir a su destinatario exclusivo una de las decisiones políticas más trascendentales de aquel tiempo, Zalba recuerda en entrevista concedida a El Periódico de Aragón: “…había mucha presión en el campo… muchos condicionantes. A mí me afectó mucho aquel partido”.

Yo pienso que había más presión en el palco que en la cancha. Y más que en el palco y en la cancha, había sobre todo presión en la calle. Sabemos que Zalba ayudó involuntariamente a liberar esa presión, a canalizarla. Hoy sostiene que le afectó mucho aquel partido, mientras Adolfo Suárez, si aún viviera, tendría que reconocer que fue el mayor beneficiario.

¿Qué ha sido de José Ángel Zalba? ¿Qué hace ahora a sus setenta y cinco años de edad? Como Suárez en sus tiempos de Presidente del Gobierno, hoy Zalba está empeñado en lograr una transición, pero de índole distinta: que la mayoría de los equipos españoles abandonen la naturaleza jurídica que desde los años noventa tienen de sociedades anónimas deportivas (SAD) dirigidas a la explotación del espectáculo, y vuelvan a ser clubes deportivos, dedicados a la práctica y promoción del deporte competitivo. Actualmente, en la Primera División española perviven nada más tres clubes deportivos, los cuales, en ningún momento de su historia, han dejado de serlo: el Real Madrid, el FC Barcelona y el Athletic de Bilbao.

Zalba actualmente es Presidente otra vez: desde hace casi una década encabeza la Federación de Accionistas y Socios del Fútbol Español, que agrupa a más de un cuarto de millón de tenedores minoritarios de partes sociales de clubes. Sus afiliados desean recuperar la incidencia que algún día tuvieron en las entidades que el descomunal poder económico de grandes inversionistas, bajo el parapeto de una supuesta coherencia en la gestión empresarial, les ha arrebatado desde la entrada en vigor de la Ley 10/1990, que creó las SAD y permite que éstas coticen en la Bolsa de Valores.

Zalba opina que el futbol español está financiera y políticamente en un caos. Para salir de éste propone una solución radical: “acabar con las S.A.D”, bajo el argumento de que “ahora son casi todas unipersonales”. En el debate entre sociedades anónimas y asociaciones civiles sin fines de lucro, Zalba se decanta a favor de estas últimas, pues considera que las SAD en ocasiones “adoptan posturas de absoluto menosprecio a miles de personas que, en su día, se sacrificaron y compraron acciones por valor de miles de millones de pesetas que ya están malgastados hace tiempo”, entre otros motivos, porque “en empresas en quiebra no caben sueldos descomunales entre sus dirigentes”.

Creo que Zalba suscribiría una frase del sociólogo inglés David Goldblatt, que conocemos gracias al argentino Jorge Ridao, Presidente del Alumni Azuleño, y a su paisano periodista Ezequiel Fernández Moores: “Los clubes tienen una deuda de lealtad con una comunidad que los antecede”.

Misma convicción tienen algunos de quienes se han ocupado de analizar la estructura societaria de los clubes de futbol desde la perspectiva del Derecho: “Un club es mucho más que la ficción de una persona jurídica. Es un lugar o espacio de gran importancia social (…) El vínculo que une a un asociado con el club al cual pertenece es absolutamente diferente al del socio de una de una sociedad comercial de la que forma parte (…) Por eso hablamos de ‘cubes sociales’. Porque son espacios destinados a la sociedad, a la comunidad toda”.

José Angel Zalba apuesta hoy por una gestión de los equipos de futbol que se rija menos por la especulación financiera y más por la participación democrática, “ese sistema de convivencia” que Adolfo Suárez —a quien Zalba sirvió por una noche como involuntario alter ego— deseaba que no fuera, tal como dijo cuando dimitió como Presidente del Gobierno el 29 de enero de 1981, tan sólo “un paréntesis en la historia de España”.

Por Farid Barquet Climent

 

Extraño logro

A escasos días del arranque de Rusia 2018, Farid Barquet recuerda la carrera del que podría ser el único futbolista que nunca quiso jugar un Mundial.

Jugar en un Mundial es el sueño de todos los que amamos el futbol y la meta de todo futbolista. Por eso sorprende que Bernhard Schuster, un jugador cuya extraordinaria calidad le puso en bandeja asistir al menos a tres, haya dilapidado deliberadamente la posibilidad de estar presente siquiera en uno. Los historiadores del futbol no podrían colocar su expediente en el anaquel de los rebeldes impertérritos que fueron vetados por su valentía, sino más bien en el de los talentosos pero desobedientes sin remedio, que por sistema viven en eterno conflicto con entrenadores y directivos y hasta con sus compañeros.

​Schuster nació en los últimos días de 1959 en Augsburgo, la misma ciudad en que vino al mundo otro personaje brillante, polémico y desafiante perpetuo de la autoridad: el dramaturgo Bertold Brecht.

Debutó en 1976 en el equipo de esa localidad, el Augsburgo FC, y antes de cumplir diecinueve años su nombre ya era habitual en las primeras planas de la prensa bávara.

En 1978 fue contratado por el FC Colonia, equipo al que ayudó el año siguiente a escalar hasta las semifinales de la Copa de Campeones de Europa, por lo que llamó tan poderosamente la atención que fue convocado a la selección mayor de la otrora Alemania Federal para disputar la Eurocopa de 1980 en Italia, en la que los teutones fueron los campeones. Las actuaciones de Bernd en el certamen continental de selecciones fueron tan sobresalientes que se hizo merecedor al Balón de Plata, premio que entonces otorgaba la revista France Football al segundo mejor jugador europeo del año, solo detrás de su compatriota Karl-Heinz Rummenigge y por encima del francés Michel Platini.

​Transcurrida apenas una semana después de la final de la Euro, el Colonia recibió del FC Barcelona una cuantiosa oferta económica para que el rubio melenudo se fuera a jugar con el equipo de la ciudad condal, que después de veinte años era nuevamente dirigido por el mítico trotamundos Helenio Herrera.

​Fue así como Schuster se convirtió en blaugrana. Pero las desavenencias entre el flamante mediocampista y su nuevo entrenador, el perfeccionador del catenaccio, no se hicieron esperar demasiado. La relación entre Schuster y Herrera empezó a torcerse el 1 de marzo de 1981, día en que el goleador del equipo, el ovetense Enrique Castro Quini, fue secuestrado después de un partido en Barcelona contra el Hércules de Alicante. El delantero permaneció privado de la libertad durante veinticuatro días y fue liberado después de que la directiva culé depositó una cantidad no publicada de dinero en un banco suizo, pero que se estimó cercana a los 100 millones de pesetas.

Schuster, con “los nervios destrozados”, se negaba a jugar mientras el delantero estuviera en cautiverio. El fin de semana siguiente al rapto el Barça debía enfrentar al Atlético de Madrid en el Vicente Calderón. El alemán no quería viajar a la capital española. Dijo tener miedo de perjudicar a su compañero si el equipo se presentaba al compromiso e hizo manifiesta la angustia que lo invadía: “llevo sin dormir dos días. Estoy muy preocupado. Quini ha sido la persona que más me ha ayudado de los compañeros en algunos momentos difíciles. Ningún jugador de la plantilla está en condiciones de jugar este domingo. Es demasiada la tensión nerviosa que soportamos”. Finalmente Schuster participó en el encuentro  —según él, lo hizo por presiones de los directivos— que la desencajada escuadra catalana perdió en Madrid, como cayó también en su siguiente encuentro contra el Salamanca con el germánico en la cancha, derrotas tan costosas en lo deportivo que le impidieron al Barcelona salir campeón de aquel torneo de Liga 1980-1981.

Por plegarse a las decisiones de los dirigentes y no secundar a los jugadores en su intención de abstenerse de jugar partidos mientras el entonces Pichichi estuviera secuestrado, Herrera se convirtió en el primer entrenador en ser blanco de los dardos declarativos del futbolista bávaro, pues éste lo responsabilizó ante los medios de comunicación de haber manejado mal la crisis y dejar ir el campeonato.

Herrera dejó de ser el entrenador y en su reemplazo llegó un paisano de Schuster: Udo Lattek. A pesar de su origen común, la convivencia entre ellos fue pésima: el camiseta ‘8’ se refería públicamente a su nuevo entrenador como un borracho, aunque luego se retractó. Se enzarzó también en graves diferendos con el entrenador que a mediados de los ochenta arribó al club: Terry Venables. Con el DT inglés, Schuster tuvo incidentes de toda índole, desde marcharse a su casa de descanso en la playa sin volver a tiempo al entrenamiento, hasta pleitos en que se blandieron abogados.

En su selección la situación no fue mejor. Apenas dos años después de salir campeón europeo, arremetió en la prensa contra el timonel nacional, Jupp Derwall, y contra dos sus compañeros, el ya mencionado Rummenigge y el entonces centrocampista del Real Madrid Uli Stielike.

La revista Don Balón lo presagiaba a pocos meses de la Copa del Mundo celebrada precisamente en España: “a pesar del mucho futbol que lleva en sus botas y de su corto pero brillante historial internacional, es probable que no juegue el Mundial’82. (…) No es normal que a su edad y con sus condiciones tire la toalla con tanta facilidad en las vísperas de un gran acontecimiento al que pocos futbolistas pueden llegar a los 21 años”.

El vaticinio de Don Balón se cumplió, pues Schuster no formó parte de la selección alemana que salió subcampeona en el Mundial español. Schuster no estuvo con Alemania la noche que sucumbió en el Bernabéu ante la Italia de Paolo Rossi.

Don Balón tenía la esperanza de que algún día Schuster ya no tuviera roces con la dirección técnica del representativo de su país: “es un problema de inmadurez que puede solucionarse con el paso del tiempo y la recopilación de experiencia”, se lee en las páginas hoy amarillentas de la publicación. Pero esa profecía jamás ocurrió, pues a partir de su primera declinación a una convocatoria para jugar el 17 de noviembre de 1982 contra Irlanda del Norte bajo el argumento de encontrarse “demasiado débil” y apenas al 60 por ciento de su forma habitual, nunca más apareció con la selección alemana. O porque no aceptó integrarla o porque a fuerza de tantas negativas dejó de ser llamado. En una ocasión sí tuvo justificación atendible para no defender los colores de Alemania: quiso estar presente en el nacimiento de uno de sus hijos. Pero en un mar de rechazos, las razones que adujo no fueron valoradas en sus méritos, por lo que aquella indisposición pasó a engrosar su ya larga lista de soslayos.

Franz Beckenbauer, que tomó la rienda de la selección alemana en 1984, lo convocó para el Mundial de México 86, pero el mostachón prefirió mantenerse fuera del equipo nacional, convencido, según sus palabras en tercera persona, de que “Alemania y Schuster no casan juntos”. Por eso no estuvo en la cancha del estadio Azteca para ayudar al representativo de su país a ganar el partido final que perdió ante la Argentina de Maradona, ni tampoco cuatro años después pudo alzar la Copa fifa que en Italia 90 los dirigidos por Beckenbauer le ganaron en el Olímpico de Roma a la Argentina de Maradona.

Cuando Schuster era compañero de Maradona en el Barcelona, ambos protagonizaron un zafarrancho derivado de una de sus varias confrontaciones con la dirigencia. Ocurrió cuando ambos fueron invitados por Paul Breitner —campeón mundial en 1974, estrella del Bayern Munich y del Real Madrid, “amante de los automóviles deportivos, lector de Marx y apodado ‘el maoísta’”— a su partido de despedida en Alemania. El argentino y el alemán blaugranas estaban entusiasmados en poder asistir al homenaje, pero al advertir que sus pasaportes estaban en poder del club para el que jugaban y que éste se negaba a entregárselos, armaron un auténtico sainete para que se los devolvieran: Diego amenazó con romper trofeos de las vitrinas si no les daban los cuadernillos que les permitirían salir de España. Los directivos presentes (y también el propio Schuster) jamás se imaginaron que se atrevería a hacerlo, pero en cuanto el ‘10’ dejó caer al suelo y convirtió en trizas un trofeo Teresa Herrera, a los directivos no les quedó otro remedio que regresarles sus documentos de identidad. Maradona afirma que lo hizo porque la retención de los pasaportes era “anticonstitucional”, pero para Schuster fue un episodio más que abonó a su fama de conflictivo.

Después de ocho temporadas en el Barcelona, Schuster se marchó al Real Madrid en 1988 y dos años después al Atlético de Madrid, concatenando así una cadena de eslabones archirrivales. Volvió al futbol alemán un par de torneos con las aspirinas del Bayer Leverkusen; emigró nuevamente, con destino a Estados Unidos, donde tuvo un paso efímero por el San José Clash; y finalmente encalló, con treinta y siete años de edad, en el equipo con el que quiso poner broche de (azul y) oro a su carrera: los Pumas de la UNAM. Pero de su paso por el equipo universitario nada quedó para el recuerdo, pues para no desentonar con su propio pasado, Schuster nuevamente se insubordinó y terminó por huir de México, mucho antes de que finalizara su contrato y tras haber participado en apenas nueve partidos.

Grandes jugadores de todas las épocas cambiarían su alma al diablo con tal de jugar en un Mundial. Alfredo Di Stéfano, George Best, Eric Cantona o George Weah se cuentan entre ellos. En cambio, Bernd Schuster hizo todo para que la palabra mundialista no figure en su biografía. Y lo logró.

El último partido, México-Holanda

Han pasado cuatro años y no se ha superado el malestar. Texto de Benjamín de Buen, escrito al finalizar el partido contra Holanda.

@bdebuen

Después de silbatazo final de Proença en Fortaleza no quedó más que lanzarse sobre las acolchonadas redes sociales a buscar alguna muestra de empatía, a alguien con una voz pública que compartiera el sentimiento, el dolor, la devastación y las palabras perdidas en la derrota, algún portavoz damnificado por la misma herida. Lo primero que apareció fue una extraña rencilla entre una aerolínea holandesa y un actor mexicano, portavoz del ovalado sentido nacional del humor, efectivo únicamente como emisor de los chistes.

Fue un desenlace cruel, el más cruel de los ahora famosos seis resultados consecutivos. Nos encontró la bala perdida. Otra vez. Resucitó el dolor de todas las ocasiones previas. Fue una de esas derrotas que hacen cuestionar nuestra relación de espectador con el balón profesional, por la unilateralidad de las agresiones y el pésimo tipo de cambio ofrecido en el canje de nuestras grandes esperanzas; siempre sale la papa en la catafixia. Cada cuatro años se juega el partido de nuestras vidas, el más importante de todos, el del todo o nada, el que más cuenta y entre tantas tradiciones auténticamente mexicanas, se vislumbra la derrota en ese cuarto partido mundialista como la más reciente inclusión, porque responde al reclamo de autenticidad y al rigor de la costumbre. Lo típico.

Los aficionados, y no los jugadores, tenemos derecho a responder con malas actitudes, negatividad, recriminaciones –pretextos. Es lo que nos queda. Podemos incluso hablar con envidia y rencor sobre aquellos países que nunca iban a los mundiales y ahora sobreviven a la edición actual con pericia. Los aficionados somos los que no estuvimos en el campo para cambiar el destino del juego. Nos entregamos por completo a las decisiones del técnico y las habilidades de los jugadores. No tenemos –pese a tantos años en esto- el dato preciso para determinar la causa en la jugada determinante. El futbol profesional es un juego de mirar y no tocar. Y ese es parte del problema, el futbol no es una ciencia por más que se estudien las estadísticas y los movimientos, por más que analicemos cada aspecto. Es más narrativa y menos fórmula. Aquí todas las verdades –el clavado, el árbitro, la historia, la cosmovisión- tienen algo de cierto y algo de falso como motivos de la debacle. De todos los seis viajes a octavos con nuestra selección este ha sido el más cruel pero tal vez el que menos explicaciones tiene.

Hasta el minuto 88 del más reciente [des]encuentro, vivimos en un estado relativamente desconocido, nuevo, el de la ventaja en un partido de octavos de final. Algunos pensábamos en nuestro chaparrito y simpático entrenador y nos dábamos cuenta que tantos años erramos la estrategia entregando el mando a grandes personalidades, científicos, ex campeones del mundo, en lugar de mirar hacia adentro para encontrar una solución en el más mexicano de todos los entrenadores. A pesar del desenlace fatídico, al técnico actual se le agradecerá su honestidad y su consistencia en todas las situaciones. Nunca se escondió y nunca trató a la selección como si fuera una institución privada en el país de la exclusividad. Se sintió un equipo de todos.

Fue un rato de alegría que se vio cortado por cuestiones de futbol. Porque Holanda anotó dos veces y México sólo una. Porque ellos pelearon cuando iban perdiendo. Entonces regresamos a esta terminal a envinagrarnos en el quebranto, origen de tantas de nuestras expresiones musicales, destilado principal de las cantinas. Es así como nos identificamos mejor. Finalmente prolongamos el estado perpetuo que nos ha dado desde 1986 una razón de ser y el derecho a las concesiones furiosas, naturales del dolor.

 

 

Brasil 2014, el Mundial de los memes

por Benjamín de Buen

@bdebuen

En 1998, el stunt-man Pepinno Moretonni, con su traje negro y su capa amarilla, rodó por los escalones de Mont Martre y se levantó ileso al pie del cerrito parisino. Ese mismo año, el Dr. Chunga inventó la barriga artificial para contrabandear cervezas a los estadios de Francia ‘98. Y Horacio Cascarín, al lado de sus Mazacotes de Chicontepec creó una barrera expansible para tapar tiros libres, un balón de cerámica para descontar rivales en el saque de banda y por último, una alfombra de astroturf para ocultar delanteros que se sumarían al ataque en el momento preciso.

Pocos mexicanos han tenido tanto protagonismo en mundiales consecutivos como lo tuvo el comediante Andrés Bustamante. Si la selección fallaba, Andrés no. Si los partidos se mostraban insípidos, Andrés se lucía y además se servía de la rectitud y el rígido señorío de su anfitrión, José Ramón Fernández.

Sin entrar en una discusión sobre la historia de la televisión en México, lo que sí se puede decir es que en esa época el canal que transmitía a Fernández y Bustamante se presentaba como alternativa al poderío económico de Televisa. Sin tener los mismos recursos para cubrir el mundial, lograba simpatizar con los espectadores por virtud de sus contenidos, donde la cereza en el pastel era el trato entre el comediante y el comentarista. Joserra era el jefe supremo en el escenario de Los Protagonistas, exigía el respeto de sus colocutores y se imponía por la fuerza de su carácter al grado de ningunear a sus compañeros. Bustamante era el único capaz de convertir a José Ramón en su patiño.

Cada vez más, el futbol se vuelve noticia por jugadas que no terminan en la red: mordidas, clavados, cabezazos, peinados –cambios de portero (en lugar de Krul, bien pudo ser el Higuita de Atotonilco parando penales de última hora). Tal vez sea la realidad de un torneo que tiene 64 partidos o el eterno problema de la cantidad y la calidad. Irónico, pero los equipos que más emoción, futbol y alegría aportaron a la historia de esta edición, ya se han ido a casa.

En la versión del futbol que se presenta en los anuncios de televisión, la excepción se convierte en lo normal: las rabonas, chilenas, bicicletas, hasta las cuauteminhas, aparecen en una misma jugada para llevar a la pelota a la línea de gol. Esta versión del futbol no permite el aburrimiento. Pero es lógico que un torneo con 64 partidos tenga ratos insufribles. Pues resulta que las chilenas son una rareza y que las rencillas históricas entre los equipos sobrevivientes no se traducirán necesariamente en partidos para el recuerdo si se entiende este concepto como un partido que le hereda a la afición un debate para la posteridad como hizo Beckenbauer con el brazo vendado al cuerpo o la ‘Mano de Dios’.

Ponchito y compañía han sido uno de los percusores de la fabulosa química entre el humor y el mundial. Y además, la gracia de los personajes de Bustamante le hacían un servicio a la Copa del Mundo: suplían las carencias de los partidos que no cumplían con la etiqueta mundialista, detectaban los absurdos del futbol y desmitificaban aquello que había sido glorificado sin mérito. Es lo que en Brasil se ha logrado los memes.