Mayo me gustó pa’ que te vayas

Por: Farid Barquet Climent.

Compraventa que en realidad es despojo, el traspaso de la franquicia de Morelia a Mazatlán es un golpe bajo a la afición michoacana, y hunde en todavía mayor descrédito a la Liga MX, de por sí devaluada en credibilidad, en la que los dueños de los equipos ven a los aficionados como huestes desechables, de úsese y tírese.

Por más que presuma actuar “con enfoque en la creación de valor y en el mejoramiento de la sociedad” —como engoladamente se lee en la página web del Morelia— el corporativo propietario de la franquicia sólo tiene interés en el valor económico, que tratándose de clubes de futbol se nutre de un tipo de capital, que el sociólogo francés Pierre Bourdieu conceptualizó bajo el rótulo “capital simbólico”,[1] generado y alimentado por su identificación con las comunidades en las que se asientan, que en el caso del Morelia es de tal alcance que desborda a la ciudad que le da nombre, llega a todos los confines del Estado de Michoacán y comprende también a los 4 millones de migrantes de esa entidad que viven en Estados Unidos.

Se puede vender la licencia para jugar en Primera División, pero lo que no se puede enajenar, porque nadie se lo puede apropiar, es lo que el antropólogo Carlos Prigollini, siguiendo a Bourdieu, denomina “patrimonio simbólico exclusivo”[2] de la comunidad de aficionados. Ese patrimonio es el que llevó al filósofo y poeta Ramón Xirau a escribir que “la camiseta en fútbol no es poco”.[3] El autor de Palabra y silencio y Tiempo vivido sabía muy bien que la camiseta funge como una bandera. Y vaya que la de la franja roja atravesada en diagonal sobre fondo canario es la representación iconográfica de una historia labrada con el fragor de 70 años. Fundado en 1950, el Morelia consiguió instalarse en Primera División 7 temporadas después, permaneció ahí durante 11 pero en 1968 regresó al circuito de ascenso, hasta que un zurdazo de Horacio Rocha desde los 11 pasos mientras transcurría el minuto 28 de la final disputada contra el Tapatío —filial de las Chivas— el 26 de julio de 1981 en la entonces casa de los ates, el estadio Venustiano Carranza, le dio otra vez el ascenso a la máxima categoría, en la que, no sin serios sobresaltos como el vivido a mediados de los 90 y más recientemente en 2017, se ha mantenido ininterrumpidamente a lo largo de 4 décadas, sin vitrinas atestadas pero con una propuesta futbolística generalmente atrevida, de apuesta ofensiva, constitutiva de todo un capital simbólico forjado por todos los planteles que han portado su camiseta desde entonces, incluido desde luego el que ganó la Liga en el torneo Invierno 2000, pero al que contribuyeron de manera muy destacada los de los años 80 y 90, que hicieron época en tiempos en que competir en Primera División no suponía las comodidades de hoy.

Aquel Atlético Morelia, que cuando lo recordamos nos remite a la imagen de Marco Antonio Figueroa con la cara cubierta por el torso de su camiseta en cada festejo de gol —la que le valió al chileno el apodo de “Fantasma”—, no contaba siquiera con servicio de lavandería, pues todos sus integrantes, desde los importados Juan Carlos Vera y Ángel Bustos hasta los jóvenes debutantes, tenían que lavar en sus casas la ropa de entrenamiento. Por causa de la precariedad aquel plantel en el que figuraron, entre otros, el portero mundialista Olaf Heredia, el duro central orizabeño Pedro Osorio, un mediocampista de fino trato al balón como Mario Díaz y un defensor de mucho oficio como Ricardo Campos, viajaba en camiones a todas las ciudades a las que iba a disputar partidos. Era un club gestionado de manera muy modesta pero muy digna. Su operación descansaba sobre los hombros de solo tres empleados: Glafira Rodríguez y su hermana Griselda más el apoyo de Gabriel.

La vía para preservar el capital simbólico del Morelia la formula con acierto nada menos que Juan Carlos Vera. Así como repartía juego, hoy pone la solución para que el Morelia sobreviva. En declaraciones al suplemento deportivo Cancha del diario Reforma, Vera propuso lo que en otro texto he sostenido para los equipos abandonados a su suerte: la conveniencia de formar una asociación civil que les dé continuidad. Vera vislumbra la refundación del Morelia bajo esa modalidad societaria para que sea, en palabras del andino, “un equipo a donde existan los socios, donde todos tengan derecho a opinar del equipo y elegir un presidente. Es lo mejor que podría pasarle que socios compren acciones, es lo más tranquilo y seguro para que nunca más pase eso (la venta de la franquicia a una ciudad foránea) en el futbol de Michoacán”.[4]

Amarga Navidad, la canción más popular de la intérprete michoacana Amalia Mendoza “La Tariácuri”, dice en su primera estrofa: “Si va a llegar el día en que me abandones, prefiero, corazón, que sea esta noche”. El día en que Grupo Salinas abandonó al Morelia ya llegó, y no en navidad, sino en las postrimerías de este mayo de pandemia. Pero ese solo golpe no será suficiente, como en la canción de la artista de Huetamo, para acabar con el Morelia. Porque el Morelia ya existía desde mucho antes y sabrá trascender su marcha.

El escritor estadounidense J. R. Moehringer —el que escribió la colosal autobiografía del tenista Andre Agassi— en uno de los prólogos a su novela autobiográfica El bar de las grandes esperanzas escribe: “todo el mundo tiene un lugar sagrado, un refugio, un lugar en el que su corazón es más puro, su mente es más clara”.[5] Para 4 y medio millones de michoacanos en Michoacán y para otros 4 millones que radican en Estados Unidos, hay un lugar simbólico en el que su corazón es más puro y su mente es más clara: el Morelia. Y por eso un solo golpe no bastará para que lo pierdan.

 

[1] Pierre Bourdieu, Curso de sociología general I. Conceptos fundamentales (Cursos del Collège de France 1981-1983) (trad. Ezequiel Martínez Kolodens), Madrid, Siglo XXI Editores Argentina, 2019, pp. 116-151.
[2] Carlos Prigollini, Racing: Pasión y lealtad, México, Colectivo Fútbol y Sociedad, 2020, p. 32.
[3] Ramón Xirau, “El futbol”, en Arte fotográfico futbolístico mexicano, México, Museo Rufino Tamayo, febrero-marzo 1985, p. 13.
[4] Omar Fares, “Vera propone formar Morelia AC”, Cancha, 28 de mayo de 2020.
[5] J. R. Moehringer, El bar de las grandes esperanzas, Barcelona, Duomo, 3ª ed., 2015.

 

Foto:

Archivo Gráfico Juvagoool. 

FutboLeo.net agradece a Juan Valdés la cortesía de la fotografía.

 

Farsa

Por: Farid Barquet Climent.

 

Nadie asalta la tribuna. No hay banderas,
sólo una farsa para la televisión y la fotografía.

 

Estos versos los escribió el poeta Jaime Labastida[1] en 1974 en ocasión del funeral del muralista David Alfaro Siqueiros, pero leídos hoy resultan ser la más certera y fiel descripción de lo acontecido en el estadio del club alemán Borussia Mönchengladbach el sábado 23 de mayo de 2020, durante el primer partido disputado ahí en el marco de la reanudación de la actividad de la Bundesliga tras la suspensión por la pandemia.

 

Nadie asalta la tribuna. No hay banderas,
sólo una farsa para la televisión y la fotografía.

 

Nadie asalta la tribuna del Borussia-Park porque el protocolo sanitario mantiene vedado el ingreso al público, en consecuencia tampoco hay banderas porque no hay brazos que las ondeen. Lo que sí hay es una farsa para la televisión y la fotografía. Y no es que tilde de farsa al partido que ahí se disputó ni mucho menos de farsantes a los jugadores. La farsa ocurrió en la tribuna.

De acuerdo con información de la agencia EFE difundida por el diario Milenio, durante el duelo de la jornada 27 que perdió 1-3 ante Bayer Leverkusen “el Borussia Mönchengladbach colocó en las tribunas de su estadio 12 mil figuras de cartón que simularon la asistencia de algunos aficionados”.[2] Parecidas a los bastidores con forma de siluetas humanas que utilizan los cobradores de tiros libres para entrenar, cada una de las figuras que aparecieron en el graderío llevó estampada la fotografía, en tamaño superior al real, del busto de cada aficionado que para poner su efigie pagó 19 euros, aproximadamente 475 pesos mexicanos.

Los fotografiados ni siquiera aparecen en rictus de apoyo, aplaudiendo o en pleno grito de aliento como lo harían cuando su equipo salta a la cancha, sino que se les ve posando con la clara intención de que sus rasgos faciales puedan ser recogidos nítidamente por las cámaras de televisión. El ansia de figurar que tanto han potenciado las redes sociales (re)incursiona en la pantalla chica, su hábitat natural, encarnada ahora en valla publicitaria de sí misma. Mientras los anuncios del perímetro de la cancha anuncian logotipos de marcas comerciales, los asientos desde donde se miran los partidos de Die Fohlen (los potros) sirven ahora para darle vuelo (y de paso sacarle una buena cantidad de dinero) a individuos ávidos de notoriedad camuflados en una sensiblera —aunque más bien resueltamente tétrica— manifestación de seguimiento incondicional a su equipo.[3]

La semana del partido el escritor Juan Villoro declaró que “sin público, un estadio de futbol es un mausoleo”.[4] Como el autor de Dios es redondo habla perfecto alemán —estudió en el colegio de la colonia germana en la Ciudad de México y fue agregado cultural en Berlín Oriental de 1981 a 1984— quizá haya traducido su aserto a la lengua de Goethe, y entonces probablemente alguien se enteró en las oficinas del Mönchengladbach y quiso ayudarle a confirmarlo mediante una exposición multitudinaria de rostros que sólo sirvió para patentizar aún más la oquedad del recinto. Arrejuntados en el lugar de los entusiasmos colectivos, nunca como ayer los retratos de unas caras se asemejaron tanto a una naturaleza muerta.

 
Nadie asalta la tribuna. No hay banderas,
sólo una farsa para la televisión y la fotografía.

 

[1] Jaime Labastida, “Conversaciones con Siqueiros”, en Plenitud del tiempo. Obsesiones con un tema obligado y De las cuatro estaciones, México, Siglo XXI Editores-Secretaría de Educación Pública, 1986, p. 89.
[2] Milenio, “Borussia Mönchengladbach coloca figuras de cartón en las tribunas de su estadio”, 23 de mayo de 2020.
[3] Fundado en 1900, el Borussia Verein-für Leibesübungen Mönchengladbach tardó trece lustros en ascender a la Primera División. Los años setenta fueron su única época gloriosa. Conquistó 5 de las 10 Ligas de esa década y también la Copa uefa en dos ocasiones, en 1975 bajo la conducción del entrenador Hennes Weisweiler y en 1979 con Udo Lattek como director técnico. Con seleccionados nacionales entre sus filas como Berti Vogts, que dirigió a Alemania en el Mundial de 1994, Herbert Wimmer y Jupp Heynckes, llegó a la final de la Copa de Campeones de Europa (hoy Champions League) en 1977, pero cayó ante el Liverpool. Tras dos décadas en que solamente figuró en la Copa alemana, descendió en 1999 y regresó al máximo circuito en 2001.
[4] El Economista, “‘Sin público, un estadio de futbol es un mausoleo’, dice Juan Villoro”, 17 de mayo de 2020.

 

Foto: T13

El 17

Por: Álvaro Clemente Molina Enríquez Guízar.

A los que nos gusta el futbol nos da por ver nuestra vida pasada conforme a la cronología que nos marcan los acontecimientos cumbre de nuestro deporte favorito. Por ejemplo, yo terminé la primaria en Francia 98, llegué a la mayoría de edad en Corea-Japón 2002 y para Sudáfrica 2010 terminé la carrera de Derecho. Y así como los Mundiales nos evocan momentos, los números los asociamos a jugadores. Veo el 10 y pienso en Maradona y Luis García, el 11 es de Romario, el 9 de Ronaldo o Batistuta y el 23 de Michael Jordan (o Memo Cantú). Pero hay uno, el 17, que para mí es exclusivo de Luis Roberto Alves “Zague”.

Futbolista nacido en Brasil pero radicado en México desde los 17 años, el hijo del “Lobo solitario” es querido por los americanistas, respetado por los que somos aficionados de otros equipos y admirado por muchos gracias a su calidad indiscutible. Cada que el Atlante jugaba contra el América, quien escribe esperaba que no participara “Zague” ese día o que saliera en una jornada infortunada para que no nos hiciera daño. Afortunadamente para la causa atlantista, esa expectativa se hacía realidad en la primera mitad de los años noventa, ya que las Águilas eran clientes de los Potros de Hierro del Atlante. Y para 1996 el equipo azulgrana no tendría que preocuparse, pues  tuvo el privilegio de incorporar a sus filas al espigado delantero. En dicho año, tan brilló Zague haciéndose presente en los marcadores en ocasiones diversas, ganándose el corazón de los atlantistas, que terminada la temporada el América decidió regresarlo a Coapa.

A nivel Selección, hasta aficionados pumas y chivas celebraban sus goles. Con la verde usaba el 11, no el 17. Convocado constantemente entre 1990 y 1997, todos celebramos que conquistara el récord de más anotaciones en un partido (7 contra Martinica), como también sus tantos en eliminatorias, amistosos, Copa USA y sobre todo uno que todos recordamos: el que le anotó a Perú en los cuartos de final de la Copa América 93, después de un largo pase de Benjamín Galindo que Luis Roberto mata con el pecho y remata de tijera de zurda y cruza su disparo. Un GOLAZO.

Formado en los equipos inferiores del Corinthians de Sao Paulo (donde tuvo como compañero al gran Sócrates y como entrenador al legendario Carlos Alberto, anotador del último gol de México 70 a pase de Pelé), “Zague” llegó al América a mediados de los ochenta y al poco tiempo se hizo de la titularidad. Dos veces campeón de Liga (87-88 y 88-89) fue un referente de aquel América. Su larga zancada característica sufrir a todas las defensas y arqueros de la época. Una vez que arrancaba en contragolpe, no había quién le diera alcance.

Ya retirado ha sido directivo del equipo de sus amores y popular analista en la televisión deportiva. Otro de los parlantes del portuñol, con un acento inconfundible.

En 1944 Walt Disney produjo la exitosa película The Three Caballeros (Los Tres Caballeros), en la que el malhumorado y torpe Pato Donald es llevado de viaje a Brasil y a México por sus amigos y simpáticos congéneres José Carioca (un perico) y Panchito Pistolas (un gallo). Nacido 23 años después, Zague es la personificación de esa película, ya que junta la simpatía, talento y habilidad de Carioca y Pistolas, en un equipo que usualmente genera malhumores los aficionados ajenos como es el América. Hoy es su cumpleaños y no queda más que felicitarlo y hacerle honor. Gran jugador, comentarista y persona, un gran ídolo Luis Roberto Alves Zague. Feliz Aniversario Crack!!

 

@acmeg1904

Motivos para gritar

Por: Farid Barquet Climent.

De vez en cuando al poeta español León Felipe le daba por escribir en prosa. Uno de esos días en que por un rato decidió abandonar al verso se preguntó: “¿Por qué habla tan alto el español?”.[1] Para el autor de España e Hispanidad ameritaba una explicación el “tono levantado”[2] que emplean sus paisanos al intervenir en casi cualquier conversación. Y a la prosa en la que responde a su propia pregunta la intituló precisamente así: “¿Por qué habla tan alto el español?”.

El poeta se contestó a sí mismo:

Tenemos los españoles la garganta destemplada y en carne viva. Hablamos a grito herido y estamos desentonados para siempre, para siempre porque tres veces, tres veces, tres veces tuvimos que desgañitarnos en la historia hasta desgarrarnos la laringe.[3]

Según León Felipe, la primera vez que los españoles tuvieron que desgañitarse hasta desgarrarse la laringe fue cuando descubrieron América:

Fue necesario que gritásemos sin ninguna medida: ¡Tierra! ¡Tierra! ¡Tierra! Había que gritar esta palabra para que sonase más que el mar y llegase hasta los oídos de los hombres que se habían quedado en la otra orilla. Acabábamos de descubrir un mundo nuevo, un mundo de otras dimensiones al que cinco siglos más tarde, en el gran naufragio de Europa, tenía que agarrarse la esperanza del hombre. ¡Había motivos para hablar alto! ¡Había motivos para gritar![4]

La segunda vez que tuvieron motivos para gritar, el que lo hizo fue El Quijote

cuando salió por el mundo, grotescamente vestido con una lanza rota y una visera de papel aquel estrafalario fantasma de la Mancha, lanzando al viento desaforadamente esta palabra de luz olvidada por los hombres: ¡Justicia! ¡Justicia! ¡Justicia!… ¡También había motivos para gritar! ¡También había motivos para hablar alto![5] 

Mientras que la tercera vez, que incluyó al poeta “en el coro” y le dejó “la voz parda de la ronquera”,[6] fue el grito de 1936, el que se alzó “para prevenir a la majada, para soliviantar a los cabreros, para despertar al mundo”,[7] el grito que alertaba de la traición a la república española y el avecinamiento del totalitarismo: “¡Eh! ¡Que viene el lobo! ¡Que viene el lobo!… ¡Que viene el lobo!”, gritaba León Felipe.[8]

De haber sido nuestro contemporáneo, León Felipe habría gritado desaforadamente, con la voz parda de la ronquera, junto a millones de españoles, al menos dos veces más. Pero no pudo hacerlo. Falleció a los 84 años en 1968. Habría necesitado vivir otra vida adicional para desgañitarse, hasta desgarrarse la laringe, cuarenta años después de su muerte, cuando España por fin habló alto y fuerte a través del futbol, ese juego que le gustaba a León Felipe y al que se le acendró la afición gracias a una muy divertida y popular variante del futbol, que se inventó precisamente en España.

Poco antes de estallar la guerra civil, en los días en que gritaba “¡Que viene el lobo! ¡Que viene el lobo!”, León Felipe trabó amistad con el poeta anarquista Alejandro Campos Ramírez, editor de la revista literaria Paso a la Juventud, que se hacía llamar Alejandro Finisterre porque su padre era o había sido el telegrafista del “faro del fin del mundo”. Durante un bombardeo del bando fascista en noviembre de 1936, Finisterre quedó aprisionado bajo los escombros de un edificio. Sobrevivió, pero tuvieron que amputarle una pierna. Fue trasladado a Valencia y luego a la localidad barcelonesa de Montserrat, donde convaleciente empezó a idear la manera de poder seguir disfrutando de su otra pasión, además de la poesía: el futbol. De acuerdo con el relato de Miguel Fernández Ubiría:

Alejandro pensó que, si existía el tenis de mesa, bien podía existir el fútbol de mesa. Se puso manos a la obra. Tras conseguir unas barras de acero, Finisterre contactó con un carpintero vasco, Francisco Javier Altuna, que estaba allí refugiado. Este le torneó las figuras de madera y construyó la caja de la mesa. La pelota la hizo de corcho prensado. ¡Había nacido el futbolín! [9]

Por su amistad con el inventor, León Felipe se aficionó con fruición a esa ingeniosa continuación del futbol por otros medios. Ni su participación en la resistencia antifascista ni su avidez por la cultura pudieron contra el “futbolito” —como se le llama en México—, que llegó a robarse toda su atención. Para testimoniarlo, las memorias de la escritora mexicana Elena Garro, quien recuerda una estancia parisina en 1937 de los dos matrimonios amigos: el de la autora de Los recuerdos del porvenir con Octavio Paz y el del poeta español con la profesora mexicana Bertha Gamboa:

Cuando descubrimos el “futbolito” en un café cercano del hotel, ya no volvimos a ver París de día. Pasábamos la noche entera pegados a aquella mesa de fútbol. León Felipe era la República y yo era Franco y combatíamos con fiereza, como lo hacían en España. Paz también tomaba parte encarnizada en los combates, pero, al igual que León Felipe, se negaba a ser Franco. (…) Debíamos ir a la Sainte Chapelle, al Louvre, al Museo de Cluny, a la embajada soviética por las visas, a la embajada mexicana a saludar al embajador, pero el “futbolito” no nos daba tiempo de nada. Nos acostábamos de noche y nos despertábamos también de noche. (Una madrugada) yo no podía dormir y le supliqué (a Paz) que bajáramos a buscar a León Felipe para hacer la partida de futbolito. Encontramos a León Felipe sentado en una silla vieja, muy deprimido. Al vernos saltó:           —¡Anda, vamos, vamos a echar la partida! —dijo animadísimo.[10]

De qué tamaño sería la gratitud de León Felipe con el creador del futbolito que terminó por nombrarlo su albacea. Fue Finisterre el que, en 1973, en la capital mexicana, “consiguió reunir a figuras literarias, tanto de España como de la diáspora republicana, para inaugurar el busto de bronce del poeta que se yergue entre los árboles del bosque de Chapultepec”.[11]

Si, como lo cuenta Garro, el futbolito fue capaz de sacarlo de la depresión de saber a España en guerra, qué no hubiera hecho el futbol de verdad en el ánimo del poeta cuando la selección española ganó la Eurocopa en 2008, el día que alcanzó la cima continental por segunda ocasión, pero por primera vez sin la condición favorecedora de jugar la final en casa, que en la mente de algunos empaña la conquista del torneo continental en 1964.

León Felipe habría gritado desaforadamente, hasta dejarse la garganta en carne viva, el 29 de junio de 2008, fecha en que, de acuerdo con el escritor español Javier García Sánchez, el equipo nacional de futbol culminó en victoria, de manera “rotunda y apoteósica”,[12] la construcción que llevó a cabo paso a paso, partido tras partido de los seis que la roja disputó ese verano en estadios de Innsbruck, Salzburgo y Viena, de “una suerte de territorio espiritual, de país simbólico”[13] en el que encontrarse todos los españoles.

El equipo que dirigía Luis Aragonés arribó a Austria cargando sobre sus hombros un amargo historial de ilusiones truncadas, acumulado en sucesivas ediciones de la justa. Después de ganar la Eurocopa en casa en 1964, pasaron 20 años para que España estuviera cerca de repetir. En 1968, llamada a defender y retener el cetro, cayó en cuartos de final en pleno Bernabéu, merced a los goles de Martin Peters y Norman Hunter, ante el entonces campeón mundial, Inglaterra. En la siguiente oportunidad, a pesar de contar con un entrenador que conocía bien el futbol del otro lado de la Cortina de Hierro como Ladislao Kubala, emblemático exjugador del FC Barcelona, España no pudo superar a la Unión Soviética ni de visita en el entonces estadio Lenin —hoy Luzhniki— de Moscú ni en el Sánchez Pizjuán de Sevilla, quedando fuera otra vez. Para 1976, nuevamente un campeón mundial vigente, Alemania, le frustraría a España el sueño europeo antes de semifinales, mientras que en 1980, primera edición en que la fase final del torneo se disputó en una sola sede, Italia, los españoles solamente consiguieron un empate ante el país anfitrión y perdieron sus dos partidos restantes. Fue hasta 1984 que España logró instalarse otra vez en la final, pero una desafortunada acometida del portero guipuzcoano Luis Miguel Arconada —sin cuyas salvadas a boca de gol, ante Alemania y Dinamarca, España no hubiera accedido a esa instancia— a un disparo aparentemente inocente de Michel Platini le dio el título a Francia. Tendrían que pasar otros 24 años más de expectativas fallidas de llegar al partido definitorio, hasta la cita vienesa de 2008.

Tal como recuerda García Sánchez, “justo el día” del partido por la supremacía continental “se cerraba el semestre más desastroso de toda la historia de la Bolsa de Valores española y los síntomas de una incipiente y global crisis económica aparecían por doquier. El futuro aparentaba gris y lleno de dificultades”.[14] Pero al menos por ese día, las preocupaciones iban a encontrar un remanso, la alegría se abriría paso en medio del desasosiego. A los 33 minutos de juego Xavi Hernández envía un servicio en profundidad que espera la llegada de Fernando Torres, el artillero madrileño, quien empezó a esprintar, como lo relata García Sánchez, “considerablemente más retrasado y en una desventaja ergonómica respecto a (Philipp) Lahm, un vencejo fibroso y musculado”.[15] El escritor no descarta que Lahm haya desacelerado, aunque no parece, pues se le ve “correr como un guepardo, que es lo que sabe hacer, pero no imagina lo que viene por detrás”. Cedo por entero el relato al autor de La casa de mi padre:

Y sucedió milagro. Otro parpadeo. Las zancadas de Torres eran largas, precisas, de una belleza incomparable. Pronto pudo verse que el 9 español le ganaba centímetro a centímetro la posición e incluso, cuando Torres ya tenía encima (es decir, por delante) a Lahm, se vio cómo el Niño iba más deprisa, pero mucho más deprisa. (…) Ocurrió todo tan rápido que cuesta apreciar en su poliédrica plenitud la genealogía de ese instante. (…) [A]caeció lo paranormal produciéndose algo que nuestra retina no alcanzaba a comprender pese a que lo veía. (…) Su carrera (la de Torres) no recordaba la de un futbolista. Más bien recordaba los movimientos de un atleta de triple salto cuando ya ha lanzado el primero de los tres zapatazos que debe dar para cubrir la mayor distancia posible. (…) Increíblemente Torres le ganó por un cuerpo la posición a Lahm, quien debió de quedarse anonadado al veresa sombra alta y roja aparecer por su derecha. ¿Por dónde habrá aparecido realmente, por dónde? Lahm no tenía ni idea de ese factor que era la sexta velocidad, porque sólo contando con ella podría haber alcanzarse ese balón. La primera fase del prodigio estaba consumada, pero faltaba consumar, y no era fácil, pues el portero Lehmann ya llegaba en tromba a la pelota. (…) De nuevo Torres disponía de otra fracción de segundo para decidir. Craso error: Torres ya había decidido qué hacer, pues en eso consiste la magia, en anticiparse a tus sobresaltos y sorprender tus predicciones convirtiendo en factible aquello que en teoría no puede ser.[16]

Lo que en teoría no podía ser, a saber, que en medio de su peor crisis España conquistara la cima del futbol de Europa después de 44 años, sí ocurrió. “¡Había motivos para gritar!”, habría escrito León Felipe.

Dos años después otra vez hubo motivos para gritar. Fue una noche de verano sudafricano. Al igual que le había ocurrido en eurocopas, en mundiales España era hasta esa noche un almanaque de historias sin final feliz. El fracaso en su propio mundial en el 82,[17] los trágicos penaltis contra Bélgica en México 86, el codazo artero de Dino Baggio a Luis Enrique en Estados Unidos 94, el robo del árbitro gandul Al Ghandour en Corea-Japón 2002. Pero esa noche por fin estaba en la antesala del triunfo absoluto. Faltaban sólo cuatro minutos para que terminara la prórroga de la final de la Copa del Mundo. Pegado a la banda derecha el andaluz Jesús Navas conduce a toda velocidad desde la altura del área española. Tres adversarios holandeses no le pueden dar alcance y cuando se topa con un cuarto, después de cruzar la línea de medio campo, se le nubla el horizonte, ya no puede conducir rumbo a la portería y tiene que redireccionar hacia el centro. En ese tránsito Navas pierde el control del Jabulani —el esférico sin costuras, polémico por saltarín, que Adidas aventó a las canchas del país de Mandela durante el mes mundialista— pero sin que se lo arrebaten sus perseguidores naranjas. El Jabulani cae entonces en las inmediaciones del círculo central, donde lo recoge el manchego Andrés Iniesta, quien recompone el avance español mandándolo mediante un taconazo hacia la izquierda. Ya sin Jabulani Iniesta emprende carrera rumbo al área por el costado derecho, para cerrar a segundo poste, pues intuye que por ahí habrá de finalizar la jugada que para entonces ya se encuentra en trámite distractor a los pies del “Niño” Fernando Torres. Un mal rechace del neerlandés Rafael van der Vaart dejó botando el Jabulani en el perímetro del semicírculo; sus compañeros Joris Mathijsen, Mark Van Bommel o Edson Braafheid no pudieron despejarlo lejos porque el catalán Cesc Fàbregas llegó antes y, sin dar tiempo al reacomodo defensivo, sin levantar la cabeza, espejeando apenas sobre su hombro izquierdo, sabía que encontraría a Iniesta, que con un ojo cuidó no caer en offside y con otro encontró el claro hacia donde Fábregas le filtró el Jabulani en diagonal, dejándolo ante la última aduana, la del portero. En ese instante, dice Iniesta,

se para todo. Solo estamos yo y el balón. Es difícil escuchar el silencio, pero yo en ese momento escuché el silencio”,

un silencio que sólo rompió el grito desgañitado, desentonado, con la garganta destemplada, en carne viva, que desgarró las laringes de Iniesta y de 46 y medio millones de españoles aquel 11 de julio de 2010, día en que España ganó por primera y hasta ahora única vez el Mundial.

Una vez más “¡había motivos para gritar!”, habría escrito León Felipe.

 

[1] León Felipe, Poesías completas (ed. José de Paulino), Madrid, Visor Libros, 2010, p. 411.
[2] Idem.
[3] Idem.
[4] Idem.
[5] Idem.
[6] Idem.
[7] Idem.
[8] Idem.
[9] Miguel Fernández Ubiría, Fútbol y anarquismo (pról. Carlos Taibo, epíl. Ángel Cappa), Madrid, Catarata, 2020, cap. 18. Este autor basa su relato en la necrológica que, bajo la firma de Michael Eaude, publicó el diario británico The Guardian a la muerte de Finisterre en 2007.
[10] Elena Garro, Memorias de España 1937, México, Siglo XXI Editores, 1992, pp. 123-124.
[11] Fernández Ubiría, Fútbol y anarquismo, op. cit., cap. 18.
[12] García Sánchez, Javier, Júrame que no fue un sueño. De la Eurocopa de Austria al Mundial de Sudáfrica, Madrid, La esfera de los Libros, 2009, p. 14.
[13] Idem.
[14] Ibidem, p. 12.
[15] Ibidem, pp. 121-122.
[16] Ibidem, pp. 122-125
[17] La víspera del Mundial había un gran optimismo en España acerca del desempeño que podría tener su selección en el mundial del que sería sede. Los editoriales de dos ediciones especiales de la revista Don Balón dan cuenta del ambiente imperante. En uno se interpreta como “síntoma alentador la serie de partidos de preparación celebrados a finales de 1981, calificados como “victorias importantes y esperanzadoras”, mientras que en el otro editorial, publicado después de que se levó a cabo el sorteo que definió la conformación de los grupos, se lee: “Bueno será admitir que un Mundial es, ante todo, una competencia deportiva y que será en la liza del juego donde se ventilarán sus momentos culminantes. El propio Raimundo Saporta, en su calidad de presidente del Comité Organizador, ha puesto el acento en el fundamental papel que va a desempeñar la selección española para que el acontecimiento alcance su plena resonancia. Existe un mundial con nuestra selección viento en popa y otro… sin nuestra selección. (…) En estos momentos podemos emitir un sentimiento optimista no sólo por el progresivo interés que se palpa entre nuestros aficionados sino también por el resultado que nos deparó el sorteo de Madrid. No es que el grupo de España vaya a ser un ‘bombón’, pero desde luego no es de los peores y, en cualquier caso, se adivina asequible a las posibilidades de nuestra selección”. El vaticinio de Don Balón no se cumplió. España avanzó a la siguiente fase pero con mucha dificultad: apenas pudo empatar con Honduras gracias a un penalti, cayó ante Irlanda y fue la remontada ante Yugoslavia, en un partido que iba perdiendo, lo que le dio el pase, pero sólo para perder ante Alemania y empatar con Inglaterra, resultados que dejaron fuera de su mundial al representativo español. Véanse “En la recta final”, Don Balón M’82 No. 7, 1981-1982, p. 9, y “Ante todo la selección”, Don Balón M’82 No. 8, 1982, p. 9.

Caminarás solo

Por: Farid Barquet Climent.

El Banco central de Inglaterra pronostica para el Reino Unido una contracción económica sin precedente en los últimos 3 siglos a causa de la pandemia de coronavirus, y calcula que el número de desempleados se duplicará como consecuencia de los recortes de personal y los cierres de empresas. Para intentar paliar la devastación de las fuentes de trabajo, el gobierno lanza un programa de apoyo para que puedan mantener sus nóminas durante 4 meses aquellos pequeños y medianos empresarios que vieron severamente afectadas sus operaciones por la contingencia sanitaria.

No obstante que en la página web del gobierno, gov.uk, se lee que “las solicitudes deshonestas o deliberadamente fraudulentas ponen en riesgo nuestros servicios públicos esenciales y la protección del sustento durante estos tiempos difíciles”, alzó la mano para ser tenido en cuenta como potencial beneficiario del esquema de preservación de empleos el club de futbol campeón europeo y mundial: el Liverpool FC.

Con un cinismo tan grande como su estadio, the reds se inscribieron al programa cual si la entidad fuera un tendajo que apenas subsiste, como si en 2019 no se hubiera embolsado más de 78 millones de euros sólo en premios por la Champions League más otros 5 de dólares americanos por ganar el Mundial de Clubes, para ya no hablar de los ingresos generados por derechos de televisión, patrocinios, taquilla, venta de souvenirs, inversiones o rendimientos financieros.

Porque de acuerdo con datos proporcionados por el maestro en derecho deportivo Clemente Molina Enríquez basados en información de la UEFA, sólo por disputar la fase de grupos la confederación europea de futbol le dio al Liverpool 15.25 millones de euros, otros 8.1 por tres victorias en esa instancia, 9.5 por su pase a octavos de final, 10.5 por obtener su boleto a cuartos, 12 por instalarse en semifinales, 15 más por llegar a la final, 4 por ganarla y 3.5 adicionales por acudir a la Supercopa. Sin embargo, el séptimo club más rico del mundo según la revista Forbes, no tuvo reparos en estirar la mano tras la llegada del coronavirus para intentar que se pagara con dinero público su planta laboral.

Pero no fue que los madamases del Liverpool hubieran advertido por sí mismos el tamaño de su desvergüenza y que en consecuencia hubieran retirado su solicitud. De acuerdo con el periodista de deportes y negocios Mike Meehall, fue la reacción reprobatoria de la opinión pública, subrayadamente de sus propios aficionados organizados, la que los hizo recular.[1] Entonces sí vinieron las disculpas: “creemos que llegamos a la conclusión equivocada”, escribió en una carta el director general Peter Moore.[2]

Para mayor burla, apenas en el otoño de 2019 Moore se jactó de que el éxito de su club se basa en el socialismo. Así lo declaró al diario español El País: “(En el Liverpool) tuvimos esta increíble figura histórica: Bill Shankly, un socialista de Escocia que construyó los cimientos. Incluso hoy, cuando hablamos de negocios nos preguntamos: ‘¿Qué haría Shankly? ¿Qué diría Bill en esta situación?’”.[3]

A ver, Moore, ¿qué diría Shankly de lo que intentaste y sólo te retractaste porque te descubrieron y reprobaron?

La canción You’ll Never Walk Alone (Nunca caminarás solo) fue convertida por los aficionados del Liverpool en himno de su equipo. La entonan antes de cada partido desde hace más de 50 años. Por tentativas como la de pretender quitarle las ayudas públicas a quienes pasan por verdaderos apremios, el club de Anfield caminará solo, con los zapatos manchados de insensibilidad, si se a aventura nuevamente a andar rutas oscuras e ignominiosas como la que sus abusivos y oportunistas dirigentes quisieron hacerle transitar.

 

[1] Mike Meehall Wood, “Liverpool FC Turns Liverpool FC U-Turns On Furlough Decision As Public Pressure Takes Toll”, Forbes, 7 de abril de 2020.
[2] Idem.
[3] Diego Torres, “Peter Moore: ‘El éxito del Liverpool se base en el socialismo”, El País, 9 de octubre de 2019.

 

La ecuación perfecta

Por: Álvaro Clemente Molina Enríquez Guízar.

Muchos anhelábamos y de niños nos ilusionábamos con algún día ser futbolistas profesionales. Imaginábamos nuestros goles, soñábamos hazañas y hasta planeábamos trayectorias. Desafortunadamente no a todos se nos hace ya no digamos ser ídolos, sino siquiera probar por algunos minutos el profesionalismo o la primera división. En el camino se queda gente talentosa y otra no tanto. De igual forma, a veces no debutan o consolidan en primera división los más virtuosos.

La semana pasada falleció Tomás Felipe “El Trinche” Carlovich, futbolista argentino de los años setenta que a decir de muchos expertos y aficionados de aquel país, era como una mezcla entre Fernando Redondo, Maradona y Messi. A pesar de su talento y múltiples virtudes futbolísticas, de su gran talento y destacado juego, nunca se consolidó en primera división. Se desempeñó en su mejor época en Central Córdoba, equipo de la segunda división argentina. ¿Por qué Maradona, Messi, Redondo y otros menos jugadores no tan destacados a pesar de no ser tan virtuosos como El Trinche, sí triunfaron en el profesionalismo? ¿Qué le faltó a Carlovich para triunfar? ¿Que los astros se alinearan a su favor? Definitivamente no.

Por más que se le quiera ver a Carlovich de manera romántica, lo que es un hecho es que fue alguien que no aprovechó las oportunidades que se le presentaron. Cuando tuvo la ocasión en Rosario Central, era indisciplinado. El día que Menotti lo convocó para un entrenamiento con la selección que disputaría el Mundial de Argentina ’78, al Trinche le pareció mejor idea irse a pescar y no llegar a dicho entrenamiento. Finalizó su vida siendo un gordo que vivía de recuerdos en Rosario.

Dice el dicho que el que es gallo donde quiera canta. Es cierto. Aunque también se requiere estar respaldado por un buen equipo. Nadie puede solo. El éxito de Michael Jordan es inimaginable sin jugadores como Pippen, Rodman, Cartwright, Grant, Kerr y otros y por supuesto es inentendible sin un entrenador como Phil Jackson. Messi ha tenido éxito individual y colectivo con el Barcelona, sin embargo éste no se ha logrado traducir en triunfos con la Selección mayor Argentina. Mucho se le atribuye a él, pero él no es culpable de que Higuaín y Palacio sean unos petardos. Parte de la ecuación exitosa es estar rodeado de o hacerse rodear de la gente adecuada.

¿Cuántos “Trinches Carlovichs” no hemos conocido en nuestras profesiones o en nuestras vidas? Gente que tiene recursos, accesos a las mejores escuelas y universidades, contactos y talento y que a pesar de ello no hacen absolutamente nada. Por el contrario, nos podemos encontrar personas que en situaciones adversas sacan la casta y salen triunfantes. Al ver en estos días el documental The Last Dance, notamos cómo muchos de los jugadores arriba mencionados salieron adelante en un país racista y desigual como los Estados Unidos, superando obstáculos dentro de sus familias, marginación y pobreza.

Se viene entonces la pregunta, ¿qué se requiere para triunfar? ¿Qué se necesita para debutar en primera división, consolidarse, ganar títulos de liga, ir a un Mundial, participar en ligas extranjeras? ¿Cómo ser un Layún o Chicharito quienes sin mucho talento ya llevan en su haber respectivamente dos y tres Mundiales disputados y la oportunidad de jugar en las mejores ligas del mundo? ¿Cómo no ser un Ángel Reyna o un Carlovich?

Son varios factores, habrá quien diga que es suerte, que se alineen los astros y las circunstancias, que estén en el lugar y en el momento adecuado. Puede que tengan razón, pero primordialmente hay elementos cuya ausencia genera que  a pesar de estar en la mejor circunstancia y en el mejor lugar, a pesar de tener todo a favor, no se consiga nada. La suerte no llega por casualidad. Se trabaja.

En primer lugar es la aptitud o talento. Por supuesto que cuenta, saber verlo. Detectar las fortalezas del talento, pulir las virtudes, trabajar las carencias y suplirlas. En segundo término, es la pasión por lo que uno hace. Disfrutarlo cada día, gozar cada momento. En tercer lugar, trabajo y disciplina, desarrollar entrenamiento físico y mental. Por último y no menos importante, al contrario, siendo la parte más importante de la ecuación es la mentalidad. Sin ella, no hay voluntad, pasión ni disciplina y por lo tanto el talento pasa a segundo plano.

Mentalidad implica la capacidad de levantarse ante los reveses, de no marearse en la victoria Encarar con entereza las buenas y las malas. Saber ganar pero también saber perder. Ser capaz de afrontar cualquier reto y estar dispuesto a darlo todo por ser futbolista, arquitecto, abogado, doctor o cualquier referencia de éxito en su profesión u oficio.

Por lo tanto, la ecuación sería Talento x 2 + Trabajo y Disciplina x 4 + Pasión x 4 + Trabajo en Equipo x 4 +Mentalidad x 5. En el camino, seguramente se presentarán todo tupo de adversidades que nos harán incluso plantearnos la posibilidad de claudicar, ésa no es una opción. Teniendo todos estos elementos  de la ecuación, saldremos adelante.

Aprovechemos esta cuarentena para replantearnos  en qué lugar estamos, qué necesitamos y qué podemos desechar. Aspiremos a ser un Jordan, Messi, Maradona y no un Trinche, un Ángel Reyna o un Jamaicón Villegas.

“There’s genius everywhere, but until they turn pro, it’s like popcorn in the pan, some pop, some don’t”.[1]

 

[1] Jerry Maguire, TriStar Pictures, 1996.

Sombras de toxicidad

Por: Farid Barquet Climent.

La industria del futbol está dándole la razón a los detractores del futbol. La insistencia de dirigentes de federaciones y ligas nacionales para que se reanude de inmediato la celebración de partidos a despecho de que la pandemia de coronavirus no se ha superado —incluso países como México se encuentran en el pico más alto de la curva que contabiliza los contagios— y de que la probabilidad de un rebrote está latente, demuestra que su supuesta preocupación por los millones de familias cuyos ingresos dependen del circuito económico que el futbol mueve —y no que mueve al futbol, que no es lo mismo— no es más que una máscara políticamente correcta que pretende disfrazar su codicia y que sólo termina por evidenciar su mezquindad.

Pretender que una parte de las escasas pruebas de diagnóstico disponibles se aplique a futbolistas para ponerlos a jugar antes que destinarla al personal médico y de atención hospitalaria o bien a la población anciana o en situación de riesgo por afecciones crónicas, es el colmo de la estulticia. A esos dirigentes les parece muy bien que tengan prioridad los deportistas, cuya salud van a exponer mandándolos a dar espectáculo, por encima de los que en clínicas y hospitales arriesgan su vida todos los días por salvar la de los demás.

Es tal la prisa de algunas ligas por regresar a la actividad que han presionado a entidades gubernamentales para que éstas emitan protocolos de supuesta protección a la salud de los futbolistas en su vuelta a entrenamientos y partidos. Y lo han logrado. Ante el dictado de instrumentos normativos semejantes, por ejemplo, en España, el sindicato de futbolistas (Asociación de Futbolistas Españoles, AFE) tuvo que emitir un extrañamiento mediante el cual exigió al Consejo Superior de Deportes (CSD), dependencia gubernamental adscrita al Ministerio de Cultura y Deporte, que acredite la validación, por parte de las autoridades en materia de salud, del Protocolo básico de actuación para la vuelta a los entrenamientos y el reinicio de las competiciones federadas y profesionales. “Este sindicato reitera que mientras dure la pandemia, todas las decisiones han de pasar por el Ministerio de Sanidad”, se lee en la carta que la organización gremial dirigió al CSD.

El presidente de la federación italiana de futbol, Gabriele Gravina, se puso a la cabeza de la confrontación con las autoridades sanitarias del gobierno de ese país. Con tono valentón, como buen sofista quiso hacer pasar su cruzada como una defensa del interés general: “Mientras sea presidente de la FIGC (Federazione Italiana Giuoco Calcio) nunca firmaré el bloqueo de los campeonatos, porque esto supondría la muerte del fútbol italiano. Estoy defendiendo los intereses de todos y rechazo firmar algo así (dar por terminados los torneos), salvo condiciones objetivas que pongan en peligro la salud de los que participan de este deporte”,[1] como si la muerte de más de 25 000 personas en Italia fuera una percepción subjetiva. Al final de su perorata terminó por dejar al descubierto que su único interés es económico: “si cerramos definitivamente, el sistema perderá 800 millones, que bajarían a 300 si recuperamos los partidos a puerta cerrada.”[2]

Y es que como los dirigentes del futbol no son los que van a tener que chocar sus cuerpos contra los de otros seres humanos adentro de una cancha; como ellos no van a intercambiar sudores en la disputa por un balón; como ellos no van a tener que pisar aeropuertos para viajar a las ciudades que indique el calendario de juegos, qué les puede importar que los jugadores tengan que volver a sus casas con el temor y la incertidumbre de ser portadores del virus y contagiar a sus familias.

Parásitos del futbol, no anhelan que vuelva el futbol, sino el negocio del futbol.

Y peor es el vergonzoso papel de los corifeos que tienen esos dirigentes en varios medios de comunicación. En México, por ejemplo, noticieros deportivos de televisión y radio todos los días lanzan sus profecías acerca de cuándo volverán los partidos, con un ansia digna de mejor causa. Pena les debería dar simplemente por comparación con sus colegas de la fuente de Cultura. Yo no veo que lo noticieros culturales se la pasen especulando sobre la fecha de reapertura de los teatros.

Recientes acontecimientos en el futbol alemán dan cuenta del despropósito que implica apresurar el regreso de la actividad futbolística: toda la plantilla de un equipo de segunda división, Dinamo Dresde, al que ya se le había programa su partido de retorno el 17 de mayo, será confinada durante 14 días tras la detección de dos casos positivos entre sus jugadores.[3]

Si bien no es un problema de amnesia sino de intereses, me causa cierta extrañeza que esos países cuyas ligas tienen mayor prisa por rodar de nuevo el balón sufrieron guerras recién el siglo pasado, por lo que cabría esperar que sus sociedades están mejor vacunadas contra la impaciencia, que sus habitantes tienen presente que sus antepasados salvaron la vida guareciéndose de bombardeos en refugios antiaéreos. Pero no. Desafortunadamente ya no viven sus abuelos para reconvenir a sus nietos, que no se pueden aguantar, ay pobrecitos, sin su partido semanal de futbol.

Suscribo una lacónica afirmación formulada por el sindicato de futbolistas españoles: “No todo vale. Ni por el dinero todo vale”, palabras que hacen eco del poeta estadounidense Ezra Pound, quien escribió que:

Con usura

no se pinta cuadro para que dure y para la vida

sino para venderse y pronto

con usura, pecado contra natura

Usura oxida el cincel

Oxida el oficio y al artesano[4]

 

En su libro Periodistas depordivos, publicado en 2015, el periodista argentino Walter Vargas escribe que “jamás el fútbol en particular se había expandido en el escenario de forma tal que el genuino patrimonio cultural se confunde a menudo con las sombras de toxicidad sospechada por más de cuatro detractores.”[5]

Esa toxicidad de la que habla Vargas es la que algunos dirigentes, usureros del balón, expelen con sus prisas y de paso se la confirman a la legión de detractores del futbol.

 

[1] Mirko Calemme, “Gravina: ‘Cerrar este campeonato sería la muerte del Calcio’”, As, 29 de abril de 2020.
[2] Idem.
[3] El Mundo, “Una plantilla al completo en cuarentena que pone en cuestión el regreso del fútbol en Alemania”, 9 de mayo de 2020.
[4] Ezra Pound, Cantares completos (int. y trad. José Vázquez Amaral), México, Joaquín Mortiz, 1989, pp. 219-220.
[5] Walter Vargas, Periodistas depordivos: fútbol, entre las plumas y las palabras (pról. Ezequiel Fernández Moores), Buenos Aires, Alarco Ediciones, 2015.

 

Foto: dnf.com.mx

Gigante en el recuerdo

Por: Farid Barquet Climent.

Si dentro de 500 años, en 2520, un historiador se interesa por averiguar quién fue Lionel Messi, tendrá una tarea fácil. Los contemporáneos del genio rosarino le habremos legado al investigador miles de horas de videos que respalden sus conclusiones. Le bastará con ingresar al youtube del futuro. En cambio, los que habitamos la Tierra en 2020 no contamos con registros fílmicos que documenten el aporte a la belleza del futbol que, según testigos, le debemos a otro jugador nacido también en Rosario y que murió la mañana del 8 de mayo de 2020: Tomás Felipe “Trinche” Carlovich.

Futbolista profesional entre 1969 y 1985, Carlovich sólo tuvo participación en cuatro partidos de la Primera División argentina y en tres de ellos salió de la cancha por lesión. La mayor parte de su carrera la pasó en equipos de circuitos inferiores de Rosario, Mendoza y Santa Fe, en tiempos en que la televisión solamente transmitía los encuentros de los equipos de Buenos Aires. De ahí la falta de grabaciones que a través de sus imágenes acrediten la grandeza del “Trinche”, que algunos equiparan a la excelsitud de Maradona o de Messi, “pero con alma amateur”, como ha escrito su biógrafo Alejandro Caravario.[1]

La imposibilidad de demostración directa de sus proezas, lejos de arrojar a Carlovich a las fauces del olvido, sirvió para elevarlo en vida al sitial de leyenda. Porque impedidos como estamos de remitirnos a su juego por la vía de los sentidos, su nombre suscita admiración por el crédito que concedemos a lo que otros dicen haber visto. Y esos otros, que no son pocos, aunque cada vez quedan menos, tienen al “Trinche” por un auténtico fenómeno.

La veracidad de su historia se reduce así a un problema de pruebas. A los escépticos no les basta que al aplauso unánime de los que acudieron a verlo desde las tribunas lo refuercen los testimonios de excompañeros y los elogios proferidos por personalidades que gozan de la autoridad que dan el conocimiento del juego, el buen gusto futbolero y los títulos ganados. Hay todavía quienes se resisten a creer que las modestas ligas de la provincia argentina hayan sido el escenario exclusivo del gambetero más deslumbrante.

Los que niegan o minimizan la leyenda del “Trinche” por la carencia de evidencia parecen ignorar algo que los abogados tenemos muy claro: que es imposible entenderse directamente con los hechos del pasado precisamente porque ocurrieron en el pasado. Lo sabe muy bien la Corte Suprema de Justicia de Argentina. Para sus jueces y ministros, una sentencia judicial “resulta dogmática”, es decir, arbitraria, cuando el juzgador que la dictó “prescindió totalmente de las declaraciones de los testigos pese a que constituían un material sumamente relevante para esclarecer los hechos debatidos”.[2]

Sin conocerlo, ese criterio del máximo tribunal argentino se lo aplican los privilegiados que vieron jugar a Carlovich a todo aquel que cuestione la existencia de sus regates y ose sentenciar su leyenda rebajándola a mito rayano en producto de la invención, fulminando su reticencia con el alud de testigos en el que destacan algunos sumamente relevantes, que conforme a otra resolución de la misma Corte[3] ameritan tratamiento de peritos, pues si los hay en materia de futbol responden a apellidos como Menotti, Valdano, Kempes, Bielsa, Wolff, Tarantini, Pékerman.

Entrevistado para el programa televisivo de Michael Robinson —entrañable futbolero que falleció el 28 de abril de 2020, 10 días antes que Carlovich— Menotti declaró: “parecía que la pelota lo llevaba a Carlovich. Una pelota inteligente que disfruta de hacer las cosas artísticas y arrastra atrás a un futbolista”, mientras que en la misma emisión Valdano aseguró que el “Trinche” “se convirtió en un símbolo de un futbol romántico que ya prácticamente no existe”. Tarantini así lo recuerda: “tenía una gran contextura física, pero eso no le impedía manejar el balón con mucha lucidez. Me acuerdo de sus piernas largas, parecía una garza. Honestamente, como futbolista era increíble”.[4] Los conceptos de Tarantini los comparte Kempes, quien además subraya que pudo atestiguar el juego de Carlovich “de primera mano”.[5]

Como parte de su preparación rumbo al Mundial de Alemania 1974, la selección nacional de Argentina solicitó jugar un partido contra un combinado que estuviera integrado por los mejores futbolistas de Rosario. Como era natural, los dos clubes grandes de esa ciudad, Newell’s Old Boys y Rosario Central, se repartieron a mitades la conformación de la alienación que, se pensaba, serviría no más que como mero sparring para el plantel que ese año habría de ser embajador del futbol argentino en la máxima competencia internacional. De esa improvisada selección rosarina 5 jugadores eran de Newell’s y 5 de Rosario Central.[6] El futbolista que completó la oncena fue Carlovich, que entonces jugaba para un club de la segunda división, Central Córdoba. Se cuenta que aquel miércoles 17 de abril de 1974, el entrenador del representativo nacional, Ladislao Cap, terminó por rogarle al cuerpo técnico adversario que sacara del campo a Carlovich: el “Trinche” estaba pegándole un baile a sus muchachos, dejándolos en ridículo la víspera de ir a un Mundial. El séptimo hijo de un plomero yugoslavo que emigró a Argentina por la crisis económica de 1929 fue sustituido a los 15 minutos del segundo tiempo, cuando los suyos ya ganaban 3-0. En cuanto Carlovich pisó los vestidores, los futuros mundialistas anotaron el gol del honor.

El “Trinche” Carlovich fue de esas personas que perviven en el imaginario futbolístico sin los signos externos de glamur y fama que el exitismo imperante exige para ser reconocido como una estrella. Su paso por la Primera fue más que fugaz, no subió a podios importantes ni sabe lo que es dar la vuelta olímpica. Sin embargo, se agiganta en el recuerdo de los que lo vieron jugar, y los que no lo vimos nos quedamos a sabiendas de que cuando tengamos que ir a recuperar la esencia del futbol, su nombre nos enseñará la ruta.

Recién en febrero de 2020 Carlovich conoció en persona a Maradona. El encuentro fue en un hotel de Rosario, en el que se hospedó el equipo que actualmente dirige el campeón mundial, Gimnasia y Esgrima de La Plata, de visita en esa ciudad para enfrentar a Rosario Central. Según la nota de Clarín, “Carlovich llevó una camiseta de Central Córdoba para que se la autografiara. Debajo de su firma, el Diez escribió: ‘Al Trinche, que fue mejor que yo’”.[7]

Tras el abrazo de despedida Carlovich declaró a los medios: “fue un lujo y una alegría enormes haber compartido minutos con Diego. Le hablé al oído y le dije que estaba hecho con esto, que mi vida estaba completa. Después de conocerlo, me puedo ir tranquilo”.[8] Tres meses después, el 6 de abril de 2020, mientras circulaba tranquilo por Rosario el “Trinche” Carlovich, de 74 años, fue asaltado para robarle la bicicleta que conducía. El asaltante, a bordo de otra bicicleta, lo emparejó y lo aventó en movimiento, el ídolo se golpeó la cabeza contra el suelo y tuvo que ser ingresado de emergencia a un hospital, pero no resistió la operación que le practicaron.

De su muerte en la calle como de su vida en las canchas no habrá más que testigos. Porque lo más probable es que no haya videos de la agresión, como tampoco los hay de sus grandiosas actuaciones con la pelota pegada a su portentosa zurda. Pero ojalá acudan ante un juez los testigos del mortal ataque y se le haga justicia al “Trinche” Carlovich, como tantos testigos le han hecho justicia testimoniando todo lo que le dio al futbol.

 

[1] Alejandro Caravario, Trinche, Buenos Aires, Planeta, 2019.
[2] Corte Suprema de Justicia, expediente CNT 21761/2008, Dolores Correcher Gil contra REMAR Argentina Asociación Civil.
[3] “…la órbita propia de la (prueba) testimonial no es lo evaluativo —reservado a la pericial— sino la relación de los hechos”, sostuvo la Corte Suprema al resolver el 30 de septiembre de 2008 el Recurso de Hecho A. 1167. XLII., promovido por Leonor Andino Flores contra Hospital Italiano-Sociedad Italiana de Beneficencia.
[4] Juan Patricio Balbi Vignolo, “El día en que Trinche Carlovich bailó a la selección: así lo recuerdan Tarantini, Kempes y Zanabria”, La Nación, 8 de mayo de 2020.
[5] Idem.
[6] Clarín, “Murió Tomás Felipe Carlovich, el crack que cautivó a Pelé y no quiso ser Maradona”, 8 de mayo de 2020 y Balbi Vignolo, “El día en que Trinche Carlovich bailó a la selección…”, op. cit.
[7] Clarín, “Murió Tomás Felipe Carlovich…”, op. cit.
[8] Idem.

No se puede huir de uno mismo

Por: Farid Barquet Climent.

Josef Mengele estudió en la Universidad de Munich, en la que Max Weber había fundado el primer instituto de sociología de toda Alemania; también estudió en la de Fráncfort, cuando ya habían sido expulsados y orillados al exilio Horkheimer, Adorno y Marcuse; y también estuvo en las aulas de la de Viena, la que a principios del siglo XX, tres décadas antes del ingreso de Mengele, “aún tenía una aureola especial, romántica”, como la recordaba Stefan Zweig.[1] Pero Mengele no vivió esos edificantes ambientes universitarios, sino que se dejó arrastrar por la atmósfera de “los años treinta, los del gran vuelco”[2] provocado por el ascenso del nazismo, según lo relata Oliver Guez, el periodista francés que ha escrito la biografía novelada de Mengele.

Mengele no fue discípulo de grandes humanistas sino alumno predilecto de perversas “eminencias”[3] de la eugenesia, a las que Mengele, muy solícito, se ofreció a ayudar como asistente en el Instituto del Tercer Reich para la Biología y la Pureza Racial.

A sus 26 años Mengele pronto se convirtió en el favorito de sus mentores y por eso uno de ellos, Otmar von Verschurer, sociópata con bata y genetista obsesionado en descubrir las causas de la existencia de humanos gemelos con miras a clonar individuos sin sangre mezclada, decidió financiar, con cargo al Instituto Kaiser Wilhelm de Antropología, Herencia Humana y Genética de Berlín, una estancia para que Mengele pudiera realizar experimentos durante 21 meses en el que para von Vershurer era “el mayor laboratorio de la Historia”:[4] el campo de concentración de Auschwitz.

En Auschwitz Mengele pasaría de ser el diligente aprendiz de médicos fanatizados por Hitler a convertirse en El Ángel de la muerte: “La eliminación de cientos de judíos en las cámaras de gas es para él un deber patriótico”.[5] Convertido en adalid de la superioridad de la raza aria, ordenó la muerte de 400 000 personas.[6]

A pesar de la derrota de Alemania en la segunda guerra mundial y de la liberación de Auschwitz por tropas soviéticas, Mengele “creyó que escapaba al castigo”[7] que le preparaban las potencias aliadas vencedoras. Sin la protección de Hitler ni de Himmler, muertos en abril y mayo de 1945, respectivamente, Mengele huyó a Sudamérica gracias a la documentación apócrifa que impidió su identificación. Se refugió con nombres falsos en la Argentina de Perón y en el Paraguay de Stroessner, país que incluso llegó a extenderle un pasaporte. Oculto en Buenos Aires y en Asunción logró eludir la captura que contra él ordenó la Alemania de Adenauer y escapó también del cerco que le tendieron los servicios de inteligencia del Estado de Israel. Pero en su siguiente escondite Mengele habría de vivir el peor suplicio imaginable para alguien como él, quintaesencia de la rubiedad que fantaseó con una humanidad de tez láctea y mirada del color del cielo.

Viejo, enfermo y paranoico Mengele pasó los últimos años de su vida furtiva sin poder ver un solo rostro blondo, ni siquiera una áurea cabellera, rodeado como estuvo de negros y mulatos, los pobladores de Eldorado, una miserable favela de los suburbios de Sao Paulo, Brasil, a donde fueron a botar a Mengele sus últimos encubridores a finales de 1975.[8]

Cuando Mengele se internó en Sao Paulo, a la dictadura militar brasileña todavía le quedaban 10 años de vida. El yugo castrense aún seguía sometiendo al país del Ordem e Progresso imponiendo a rajatabla el orden, pero sin generar más que un ficticio progreso. Los estragos de los llamados “años de plomo” del régimen, los más cruentos de la época dictatorial, los del gobierno de Emílio Médici (1968-1974), empezaban a quedar atrás. Barrios como Eldorado, habitados por negros pobres —valga el pleonasmo—, aprovechaban el relajamiento de la persecución a sindicalistas y opositores, recogían las migajas del crecimiento económico de 10% anual en promedio —obtenido gracias a un exorbitante abultamiento de la deuda externa— y se entregaban bulliciosamente a la gran pasión nacional: el futbol.

El racista Mengele, el eugenista germanófilo que esquivó recibir sentencia en Nuremberg porque se le creía muerto, en Eldorado no pudo evitar ser condenado, casi treinta años después de los juicios, “cuando ya no es más que una ruina humana”,[9] a lo que para él fue un auténtico castigo: vivir en medio de la negritud. Sus escandalosos vecinos afrodescendientes incordiaban recurrentemente sus hábitos de prusiana disciplina con “las borracheras de los fines de semana y los delirios colectivos las noches de partido de fútbol y de macumba”.[10] [11]

A la rua Alvarenga, la calle sobre la que se ubicaba la buhardilla de Mengele en Eldorado,[12] la escoltaban entonces, como la escoltan hoy, cientos de palmeras milenarias que, a pesar de la pobreza y el abandono, se mantienen erguidas como rescoldo de la belleza que se resiste a languidecer. Las paredes y el techo de estuco del lúgubre cuchitril[13] rodeado de palmeras en el que Mengele prolongaba su clandestinidad eran traspasados por la sonora algarabía bullanguera de los negros moradores circundantes cada vez que otros negros como ellos hacían regates de remarcada belleza enfundados en las camisetas verdes, como hojas de palmeras, de un populoso club de futbol local que, paradójicamente, al igual que Mengele, tuvo que cambiar de nombre por la segunda guerra Mundial, pues obligado a camuflar que fue fundado por extranjeros tuvo que cambiar su denominación fundacional, y para sustituirla no encontró una mejor que una tan alusiva a la belleza brasileña como las palmeras. Y por eso decidió llamarse en adelante precisamente así: Palmeiras.

Cuando Mengele se mudó a Sao Paulo el club Sociedade Esportiva Palmeiras llevaba más de 30 años contando con futbolistas de raza negra. Destacaba un extremo izquierdo rapidísimo y gambetero, nacido en el municipio paulista de Nova Europa, conocido menos por su nombre, Elias Ferreira Sobrinho, que por su apodo, Nei, jugador determinante para la conquista del campeonato paulista de 1976, título que obtuvo el equipo albiverde, por cierto, en un partido contra el Esporte Clube XV de Novembro de Piracicaba gracias al gol de otro negro: su compañero Jorge Mendonça.

El primer jugador negro en ponerse la verde del Palmeiras fue Og Moreira, mediocampista que salió tres veces campeón del paulistão en la década de los 40.[14] Después aparecería otro que fue todo un histórico del futbol mundial: Djalma Santos, lateral izquierdo del equipo durante 10 temporadas en las que jamás vio la tarjeta roja; bicampeón del mundo junto a Pelé y Garrincha en 1958 y 1962 e integrante del primer once ideal elaborado por la FIFA en 1963, Djalma fue incluido en el equipo de estrellas de tres Copas del Mundo, distinción que además de él sólo la ostentan los alemanes Franz Beckenbauer y Phlipp Lahm. Y en épocas más recientes otros negros extraordinarios se han ganado a pulso que los torcedores del Verdão los tengan por ídolos. Basta mencionar a dos: el mago de la comba imposible, Roberto Carlos, que militó tres temporadas en el club antes de emigrar en 1995 a su primera escala europea, el Inter de Milán, previa a sus años de gloria en el Real Madrid; y el actual centro delantero de la canarinha y del Manchester City de Guardiola, Gabriel Jesús.

La secuela de negros palmeiristas inaugurada por Og Moreira no habría existido de no ser por la segunda guerra mundial. Porque la entrada de Brasil a la conflagración trajo consigo que el hoy Palmeiras, que entonces se denominaba Palestra Italia, tuviera que cortarse el cordón umbilical que lo unía y en cierto modo lo circunscribía a sus orígenes italianos. Porque, como ya dije, el Palmeiras no siempre se llamó Palmeiras. Antes de llamarse Palmeiras se llamó Palestra Italia. Ese fue el nombre que le pusieron sus fundadores en 1914. Pero veintiocho años después, cuando Brasil le declaró la guerra a Alemania, Italia y Japón, el gobierno del presidente Getúlio Vargas, a través del Consejo Nacional de Deportes, dictó un decreto, el 1 466, que obligó a todas las organizaciones que tuvieran nexos con las naciones del Eje Berlín-Roma-Tokio a modificar sus denominaciones porque se consideró que así se borraba su vinculación con los tres países con los que Brasil entró en guerra. En cumplimiento del decreto, primero se suprimió la palabra Italia del nombre del club, quedando sólo como Palestra. Pero según el historiador brasileño Gilberto Agostino, hubo quien estimó que la sola voz Palestra (que en italiano significa gimnasio) aludía directamente a la colonia italiana radicada en Sao Paulo.[15] Entonces se vieron en el entuerto de buscar una denominación que conservara la “P” de su escudo y al mismo tiempo guardara cierta similitud fonética con el nombre que se le prohibió seguir llevando. Y así fue como Pa, Pal, Palestra, devino en Pa, Pal, Palmeiras. De acuerdo con el periodista argentino Jorge Barraza, el cambio se aprobó en la asamblea del 14 de septiembre de 1942: “Moría el Palestra Italia, nacía el Palmeiras”.[16]

Una de las noches de delirio colectivo por el fútbol que tanto atormentaron a Mengele en Eldorado, seguramente fue una en la que jugó el Palmeiras: la del 21 de enero de 1976, a pocas semanas de que el sádico doctor empezó a guarecerse ahí. Se jugaba la edición 207 de un clássico paulista: Palmeiras vs Corinthians. Sebastião Cardoso Silva, el mulato “Tião”, adelantó al equipo branco e preto al 35’, pero faltando 2 minutos para que el árbitro José de Assis Aragão diera por terminado el encuentro el conjunto albiverde empató por conducto del negro Nei,[17] el camiseta ‘11’ de aquel Palmeiras, el ponta que corría como una ráfaga y que a veces me hace pensar que en esos días terminó por ser a Mengele lo que el negro velocista estadounidense Jesse Owens a Hitler: la personificación de la falsedad de sus “teorías” supremacistas.

En noches como esa de futebol y de baile y de alegría mestiza y caótica[18], un Mengele “abandonado a sí mismo, esclavo de su existencia, acorralado”[19], siente que “las entrañas de Brasil se disponen a devorarlo”.[20] Y por eso busca darse un respiro, tal como lo intentó la mañana del 7 de febrero de 1979, día en que acepta una invitación a relajarse en una playa cercana. Bañándose en esas aguas de la localidad paulista de Santos, el genocida fugitivo al que nadie pudo encontrar y menos apresar durante siete lustros siente que “bruscamente su nuca se engarrota, sus mandíbulas se cierran, sus miembros y su vida se paralizan”.[21] Mengele se ahoga “sin haber tenido que enfrentarse a la justicia de los hombres ni a sus víctimas por sus nefastos crímenes”.[22] Le llega la muerte “en la inmensidad del océano, bajo el sol de Brasil”[23].

El cadáver del “símbolo de la crueldad nazi”,[24] del engendro que mató a cientos de miles de personas en nombre de la pureza de la raza aria, quedó flotando en las aguas atlánticas que mojan la arena de las playas de Santos, en las que un niño negro, Edson Arantes do Nascimento, nativo del lugar, descalzo y con pelotas hechas de trapos descubrió los secretos del futbol, juego creado por blancos, pero que él, cuando el mundo ya lo conocía como Pelé, supo llevar a su máxima expresión hasta convertirlo en el juego de toda la humanidad.

 

[1] Stefan Zweig, El mundo de ayer. Memorias de un europeo (trad. Joan Fontcuberta y Agata Orzeszek), Barcelona, Acantilado, 2001, p. 128.
[2] Olivier Guez, La desaparición de Josef Mengele (trad. Javier Albiñana), México, Tusquets, 2018, p. 78.
[3] Ibidem, p. 78.
[4] Ibidem, p. 79.
[5] Ibidem, p. 122.
[6] Ibidem, p. 127.
[7] Idem.
[8] Ibidem, p. 205.
[9] Ibidem, p. 208.
[10] Ibidem, p. 207.
[11] El filósofo germano-brasileño Anatol Rosenfeld escribió en 1956 todo un libro precisamente sobre los negros, la macumba y el futbol: Anatol Rosenfeld, Negro, macumba e futebol, Perspectiva, Sao Paulo, 1993.
[12] Guez, La desaparición de Josef Menguele, op. cit., p. 205.
[13] Idem.
[14] En Río de Janeiro la incorporación de la población negra a la práctica del futbol fue más pronta y acelerada que en Sao Paulo. Rostros negros aparecieron en las alienaciones de los equipos cariocas desde las postrimerías del primer lustro del siglo XX. En 1904 la compañía textilera de capital inglés Progreso Industrial fundó un club de futbol, al que dio por nombre el del suburbio donde tenía sus instalaciones: Bangú. A diferencia de otros clubes también creados por inmigrantes extranjeros (sobre todo ingleses e italianos), el Bangú tuvo desde sus inicios un público multirracial y popular y desde luego jugadores extraídos de todos los sectores sociales. De acuerdo con el antropólogo brasileño Sérgio Leite Lopes, “el aislamiento geográfico de Bangú impuso la incorporación no solamente de jefes y empleados extranjeros y brasileños, sino también de obreros”. Fue así como en el Bangú nace “la figura del obrero-jugador; el operario que se destaca menos por su trabajo fabril que por su desempeño en el equipo de la empresa”. Los futbolistas negros no sólo fueron nutriendo paulatinamente diversos planteles, sino que también contribuyeron a la conquista de títulos a partir de los años 20. El club de Regatas Vasco da Gama lo integraban socios que provenían de la colonia portuguesa, pero empleaba como futbolistas a negros y mulatos que conformaron la base del scratch que salió campeón de primera división por primera vez en 1923. Véase Sérgio Leite Lopes, “Futbol y clases populares en Brasil. Color, clase e identidad a través del deporte”, Nueva Sociedad No. 154, marzo-abril 1998, pp. 129-131.
[15] Gilberto Agostino, Vemcer ou Morrer: futebol, geopolítica e identidade nacional, Río de Janeiro, faperj-Mauad, 2002, p. 146.
[16] Jorge Barraza, “La bella historia del Palmeiras”, El Tiempo, 7 de febrero de 1999.
[17] Antonio Carlos Napoleão, Corinthians x Palmeiras: rivalidade e paixão no futebol paulista, Río de Janeiro, Mauad, 2001, p. 77.
[18] Guez, La desaparición de Josef Mengele, op. cit., p. 205.
[19] Ibidem, p. 127.
[20] Ibidem, p. 205.
[21] Ibidem, p. 228.
[22] Idem.
[23] Idem.
[24] Ibidem, p. 234.

Salvezza

Por: Farid Barquet Climent.

Que un reputado escritor estadounidense deseche el millón de dólares que le habrían pagado de haber aceptado escribir el libro del caso judicial más sonado en la historia de su país —el proceso penal que se le siguió al exjugador de futbol americano O. J. Simpson por el homicidio de su exesposa y un amigo de ella—, suena de por sí extraño. Pero que renuncie a esa cantidad de dinero y a un bestseller prácticamente asegurado de antemano por preferir instalarse una larga temporada en un pequeño pueblo de “una de las regiones más pobres y menos visitadas”[1] de Italia, es algo que linda ya con el misterio. ¿Qué épica el escritor habrá intuido que prometía viajar a un remoto rincón escondido entre los montes Abruzos como para dejar pasar semejante oportunidad tanto de garantizarse la holgura económica por el resto de sus días como de elevarse a una nueva cúspide de celebridad literaria?

Joe McGinniss, autor de libros de altísimas ventas, como el que escribió sobre las argucias mercadotécnicas que llevaron a Richard Nixon a la presidencia de Estados Unidos,[2] declinó ese más que tentador ofrecimiento por embarcarse en la aventura de presenciar, y luego relatar, la intrincada y tortuosa travesía de un pequeñísimo club de futbol de la Italia meridional, Associazione Calcistica Castel di Sangro, durante su primera incursión en la Serie B, la segunda división profesional.

En Italia la inmensa mayoría de los clubes tienen denominaciones toponímicas: se llaman justo como las ciudades a las que representan o les ponen el gentilicio por nombre. Società Sportiva Calcio Napoli es de Nápoles, Associazione Calcio Milan es de Milán, Genoa Cricket and Football Club es de Génova, Udinese Calcio es de Udine, Unione Sportiva Salernitana es de Salerno, etc. El AC Castel di Sangro en modo alguno es la excepción: es de Castel di Sangro, comunidad que en 1996, año del arribo de McGinniss, apenas rebasaba los 5 000 habitantes, ninguno de los cuales había visto a su equipo jugar más que en las ligas diletttanti, amateurs. Pero al menos entre aquel verano y el siguiente Castel di Sangro atraería la atención de todo el país por ser “el pueblo más pequeño de toda Italia en haber ascendido a la Serie B”.[3] McGinnis, que se había enganchado al futbol en su país apenas 2 años atrás durante el Mundial de 1994 cautivado por la “elegancia, el garbo y el aura de magia”[4] de Roberto Baggio, decidió desplazarse a Castel di Sangro con el cometido autoimpuesto de registrar puntualmente todo lo que tuviera relación con la marcha del equipo de la localidad, que había sembrado en el pueblo castellani, si no la ilusión de llegar a la Serie A, al menos la esperanza de librar el descenso: conseguir la salvezza, la salvación.

El milagro de Castel di Sangro es el título de la bitácora novelada de los nueve meses que pasó McGinniss conviviendo con el equipo con miras a narrar esa gesta, en la que el escritor sentía, como un aficionado más, que “no podía ayudar en nada”, que “sólo podía sufrir”[5] y acompañar en la angustia al equipo durante todo el torneo, asistiendo a diario a sus entrenamientos, compartiendo las comidas, yendo a los partidos de visita, caminando de la mano de la plantilla con “el miedo que provoca la posibilidad de descender”,[6] al filo del abismo de un inmediato retorno a la Serie C1, despeñadero tan profundo como precipitarse desde la cima de cualquiera de los macizos abruzos, la cordillera más alta de Italia.

Desde 1878 y hasta su muerte en 1933, el duque de los Abruzos fue Luis Amadeo de Saboya, sobrino del rey Umberto I de Italia por parte de madre e hijo de Amadeo I, rey de España entre 1870 y 1873. Si bien nació en Madrid en las postrimerías del reinado de su padre, Luis Amadeo dedicó su vida a honrar la región italiana a la que debe su ducado: fue un célebre explorador de montañas. Su biógrafa Mirella Tenderini afirma que la pasión del duque por el alpinismo empezó a la edad de 20 años, en los Alpes Italianos, para después emprender la primera ascensión al Monte San Elías en Alaska y luego intentar, en 1899, alcanzar el Polo Norte, mientras que una década después se empeñó en escalar la cima del K2, objetivo que no consiguió, pero desde entonces la ruta para lograrlo lleva el nombre de la comarca a la que debe su título ducal: Arista de los Abruzos.[7] Al igual que el duque, McGinnis también exploró los Abruzos: lo primero con lo que habría de toparse el escritor, nacido en Manhattan, sería con que el signor Rezza, dueño del club Castel di Sangro —y en realidad de todo el pueblo homónimo—, era la versión autóctona del personaje icónico de la más célebre ficción ambientada en Nueva York: Vito Corleone, El Padrino de la mafia siciliana de La Gran Manzana, creado por Mario Puzo y estelarizado por Marlon Brando en su actuación más memorable, bajo la dirección de Francis Ford Coppola. La tirante relación de McGinniss tanto con Rezza como con su entenado que hacía las veces de presidente del club, atraviesa casi todas las 500 páginas del libro, como también flota de principio a fin de la obra la presencia del rupestre allenatore, Osvaldo Jaconi, un creyente y practicante fervoroso, como todo entrenador italiano de hechura tradicional, de la “religión oficial”[8] que en aquel tiempo extendía aún su credo por casi todos los banquillos italianos: el catenaccio.

Otro gran italiano —no de los Abruzos sino de Trieste, muy al norte, en la frontera con Eslovenia— el intelectual, escritor y profesor de literatura Claudio Magris, en su obra señera, El Danubio, escribe acerca de “la imprevisibilidad del viaje, la confusión de los caminos, el azar de las paradas, la incertidumbre de las noches, la asimetría de todos los recorridos”.[9] Si no supiéramos que El Danubio se publicó por primera vez en italiano 10 años antes del ascenso del Castel di Sangro a la Serie B, las palabras de Magris podrían pasar por la perfecta caracterización del itinerario descrito por el Castel di Sangro en aquel año futbolístico: su imprevisible viaje por una categoría del calcio en la que nunca había tenido un sitial; la confusión de los caminos cuando no todos reman en la misma dirección; el azar de las paradas que le deparó el calendario de juegos; la incertidumbre de las noches cavilando sobre la permanencia; la asimetría de todos los recorridos por pueblos y ciudades para ir a jugar a cada uno de los estadios de la división. El imprevisible, confuso, azaroso, incierto y asimétrico viaje del Castel di Sangro en búsqueda de la salvezza.

 

[1] Joe McGinniss, El milagro de Castel di sangro, Barcelona, Contra, 2014, p. 22.
[2] Joe McGinniss, The Selling of the President, Nueva York, Trident Press, 1969.
[3] McGinniss, El milagro de Castel di sangro, op. cit., p. 97.
[4] Idem, p. 32.
[5] Idem, p. 251.
[6] Idem, p. 51.
[7] Mirella Tenderini y Michael Shandrick, El Duque de los Abruzos. Vida de un explorador (pról. Walter Bonatti), Madrid, Desnivel, 2001.
[8] McGinniss, El milagro de Castel di sangro, op. cit., p. 173.
[9] Claudio Magris, El Danubio (trad. Joaquín Jordá), Barcelona, Anagrama, 7ª ed., 2004, p. 13.

 

Joe McGinniss, El milagro de Castel di sangro (trad. Grabriel Cereceda y Begoña Martínez), Barcelona, Contra, 2014, 500 pp.