¡Arre, Atlante!

Por: Farid Barquet Climent.

Cromología hípica es la ciencia que estudia la pigmentación de la piel y del pelo de los caballos. Una exhibición de esta disciplina, pero en su variante futbolística, fue la que pudimos ver la tarde de hoy cuando los Potros de Hierro del Atlante presentaron los nuevos uniformes que lucirán durante su primera temporada en la Liga BBVA Expansión, que marcará su regreso a la Ciudad de México.

El evento de lanzamiento, conducido por el comunicador y exfutbolista Luis García, estuvo encabezado por el Presidente Deportivo del club, Jorge Santillana, y contó con la participación del director técnico azulgrana Mario García.

Para dar a conocer a su fiel afición los atuendos con los que un renovado plantel atlantista se batirá durante el torneo Guard1anes 2020 a partir de su debut el próximo domingo 23 de agosto en el Estadio Ciudad de los Deportes, ocho de sus integrantes modelaron las ropas de local y de visitante más las que portarán los guardametas. Se trata de indumentarias que con toda seguridad calarán en el gusto de los seguidores del “Equipo del Pueblo”, pues recuperan tanto las tonalidades históricas del azul fuerte y del rojo granate como la distribución y el grosor tradicionales de las barras verticales, rematadas por el escudo en el centro del pecho. La marca fabricante de los uniformes, UIN, supo combinar el buen gusto en el diseño con la comodidad que garantiza la alta calidad de los materiales empleados en su confección.

El entrenador Mario García, integrante del Atlante histórico de mitad de los 90 y que fungió como auxiliar técnico de Diego Armando Maradona a su paso por el futbol de nuestro país, resaltó la importancia de “arrancar con las bases del futuro bien cimentadas” y prometió que a todos los equipos que se les pongan enfrente a él y a sus dirigidos “vamos a competirles”. García Covalles subrayó la importancia de que el empresario que ha hecho posible el retorno del Atlante a la Ciudad de México, Emilio Escalante, sea aficionado desde niño al equipo que en este 2020 celebra el centésimo aniversario de haber sido bautizado con el nombre que su leal grey pronuncia orgullosa: Atlante.

Por su parte el flamante Presidente Deportivo, Jorge Santillana, destacó que Emilio Escalante “ha marcado la línea de que este equipo debe estar en Primera División”, palabras que el exdelantero de clubes como Pumas, Cruz Azul, Tigres y Rayados asumió como todo un compromiso ante los seguidores atlantistas que estuvieron pendientes de la presentación a través de las redes sociales oficiales del club. Para lograr tan alto objetivo, dijo Santillana, la directiva ha hecho el esfuerzo de incorporar “gente comprometida y que conozca la historia de este equipo y los alcances que puede tener”. En conversación con su excompañero Luis García (ambos salieron campeones del futbol mexicano en la temporada 1990-1991 defendiendo al equipo de la UNAM) el dirigente atlantista enfatizó el valor de la humildad sobre todo en un club de raigambre popular como el Atlante, dijo también que los que participan en esta nueva etapa atlantista están “nerviosos sí, emocionados mucho, pero más que todo comprometidos”, y abrió las puertas de la entidad para quienes sientan vocación por dedicar su vida a practicar el deporte del balón de gajos: “Buscamos invitar a la gente del pueblo a que vaya a ser observada, a esa gente que tenga el sueño de ser futbolista”, sentenció quien jugara para el Atlas de Guadalajara en tiempos del cambio de milenio, bajo la dirección de todo un histórico del Atlante: Ricardo Antonio Lavolpe.

Como cierre del acto, el directivo Christian Barrientos expresó con firmeza y emoción que “el Atlante es chilango” y recordó que el conductor del evento, Luis García, salió campeón goleador del torneo Invierno 97 enfundado precisamente en la camiseta azulgrana, cuya versión 2020 le gustó tanto al mundialista en 1994 y 1998 que en tono de broma sostuvo que le parece tan elegante que la vestiría “si se casa una vez más”, con lo que sumaría otro enlace matrimonial a los varios que contabiliza el exatacante del Atlético de Madrid y la Real Sociedad de San Sebastián.

En un clima distendido y jovial, los participantes coincidieron con Santillana en desear “que el atlantismo resurja”.

70 años de gozo, rutina y lágrimas

Por: Farid Barquet Climent.

El Estadio Olímpico Universitario (EOU) es para muchos aficionados de Pumas —entre los que me incluyo— lo que para el filósofo español Fernando Savater es “la tierra natal”: “el rincón insustituible hecho de gozo, rutina y lágrimas, que en nuestra memoria el tiempo despiadado nunca podrá del todo borrar”.

Inaugurado oficialmente el 20 de noviembre de 1952 con la presencia del entonces Rector Luis Garrido y de Miguel Alemán Valdés a escasos diez días del fin de su sexenio como Presidente de la República, la primera piedra de su construcción se colocó un día como hoy hace 70 años: el 7 de agosto de 1950. El proyecto arquitectónico y la dirección estuvieron a cargo de los arquitectos Augusto Pérez Palacios —cuyo archivo personal fue donado por sus familiares a la Facultad de Arquitectura en 2003— Raúl Salinas Moro y Jorge Bravo Jiménez.

La primera justa deportiva que tuvo lugar en su seno fueron los II Juegos Juveniles Nacionales, que iniciaron aquel 20 de noviembre de 1952, aunque se tiene noticia de un evento previo: la quinta edición de los Juegos Nacionales estudiantiles, inaugurados el 22 de septiembre de 1951.

Desde entonces son incontables los momentos de gozo, rutina y lágrimas que han tenido lugar al abrigo de sus gradas, no sólo para los aficionados de Pumas, sino para el deporte universitario, nacional y mundial. Es el único recinto latinoamericano que alojó la inauguración y clausura de una Olimpiada en el siglo XX: los decimonovenos Juegos Olímpicos México 68. Privado de albergar partidos de la Copa Mundial de Futbol México 70, 16 años después terminó por hacer suya la etiqueta de estadio mundialista durante el Mundial México 86, en el que disputó el primero y el tercero de sus encuentros de aquella justa el representativo que salió campeón: la selección argentina capitaneada por Diego Armando Maradona.

El EOU ha sido sede de las ediciones de 1955 y 1975 de los Juegos Deportivos Panamericanos, también de los los Juegos Deportivos Centroamericanos y del Caribe en 1954 y 1990, de los Juegos Deportivos Estudiantiles Centroamericanos y del Caribe en 1977 y de la Universiada Mundial en 1979, amén de numerosos encuentros memorables del clásico de futbol americano Pumas-Poli, a los que deben sumarse diez partidos finales de la Liga mexicana de futbol —ocho de Primera División y uno de Segunda, que marcó el ascenso de Pumas al máximo circuito en 1962— siete de los cuales se conquistaron, no obstante que deberían contabilizarse ocho pero debe recordarse que en la primera final ganada de Primera División, en 1977, el partido de vuelta como local se jugó en el estadio Azteca.

En su aforo el EOU tiene marcado su destino: 68,954 espectadores. 68 es el año de los juegos olímpicos y (1)954 es el año en que se fundó el equipo de futbol que en él se aloja: los Pumas de la UNAM.

En la pista del EOU, durante la Olimpiada de México, el estadounidense Jimmy Hines, con su marca de 9.95 segundos, logró por primera vez en la historia bajar de los 10 segundos en los 100 metros planos. En aquellos juegos, el también estadounidense Bob Beamon impuso el récord mundial de 8.90 metros en salto de longitud, que se mantuvo vigente por más de dos décadas. Otro norteamericano, Dick Fosbury, enseñó al mundo la técnica de salto de altura que desde entonces y hasta la fecha emplean todos los competidores.

Dos atletas estadounidenses de raza negra, Tommie Smith y John Carlos, ganadores de las medallas de oro y bronce, respectivamente, en la carrera de 200 metros, parados en el podio de medallistas alzaron cada uno un puño enfundado en un guante negro, con lo que legaron al mundo una imagen que perdura como símbolo a favor de la igualdad y la no discriminación.

Aquellos juegos fueron los primeros en ser transmitidos a todo el mundo vía satélite, y para estrenar ese adelanto se introdujo una novedad: en vez de cumplir con el protocolo habitual de las clausuras conforme al cual los atletas desfilaban agrupados en delegaciones por países, por primera vez todos los deportistas pudieron convivir, bajo un desorden festivo y fraterno, durante la parte final de la ceremonia, mezclándose sin distingos de nacionalidad sobre la cancha del EOU.

52 años después de la Olimpiada, el EOU refrendó su vocación igualitaria al acoger, el 14 de marzo de 2020, el primer partido del equipo femenil de los Pumas, el último encuentro antes de la suspensión de la actividad deportiva derivada de la pandemia de coronavirus.

El talud exterior del EOU, formado por las gradas del lado oriente, está decorado con el mural que algunas fuentes intitulan La Universidad, la familia y el deporte en México y otras La Universidad, la familia mexicana, la paz y la juventud deportista, obra de Diego Rivera, en la que participaron 70 obreros, albañiles y canteros, así como 12 pintores y arquitectos. Además, adentro del palco del rector hay dos murales más de Rivera de menores dimensiones por definición: La llama olímpica y El escudo de la fundación de México-Tenochtitlán.

El arquitecto estadounidense Frank Lloyd Wright, entre cuyas obras destaca el Museo Guggenheim de Nueva York, dijo del EOU:

“El Estadio Olímpico de la Universidad de México es precisamente de México. Entre todas las estructuras que integran la Ciudad Universitaria varias se elevan a la dignidad de la arquitectura notable de México y sus grandes tradiciones. La primera entre todas ellas es el Estadio. Aquí se pueden ver las grandes tradiciones antiguas de México honrando a los tiempos modernos. Pero esta estructura no es una imitación, es una creación en el más auténtico sentido y está llamada a ocupar su lugar entre las grandes obras de la arquitectura de hoy y mañana”.

El propio Lloyd Wright declaró que en su propuesta arquitectónica, denominada “arquitectura orgánica”, “el espacio interior era la realidad de los edificios”. Si un inmueble se ajusta a esa afirmación es el EOU: en su interior han ocurrido momentos de gozo, rutina y lágrimas que cada asistente —asiduo, esporádico, de única ocasión o incluso quienes jamás han estado en él, sino que han seguido sus incidencias por radio o televisión— registra en un listado muy personal que da realidad al inmueble, del mismo modo en que, según la politóloga y periodista Denise Dresser, cada mexicano hace acopio de motivos para confeccionar una lista “rica, colorida, voluptuosa, fragante”, que conforma “su propio pedazo del país colgado del corazón”. En la lista de motivos que para ella conforman “el país de uno” figuran desde los murales de Diego Rivera —como los del EOU— hasta los huevos rancheros y las caricaturas de Naranjo. Los aficionados de Pumas tenemos, cada uno, una lista semejante, plagada de escenas evocativas, que para nosotros dotan de realidad ya no al “país de uno”, sino al “estadio de uno”, a nuestro Estadio Olímpico Universitario, que más temprano que tarde abrirá nuevamente sus puertas para seguir engrosando esas listas entrañables que atesoramos, colgadas del corazón, hechas de momentos de gozo, rutina y lágrimas.

 

Dedicado a Gerson Cruz Rocío

y como felicitación a Javier Garay por su cumpleaños 60.

Foto: Expansión.

 

 

Calibrar el envite

Por: Farid Barquet Climent.

En la vida y en el futbol, algunas veces, muy pocas, el débil triunfa. Y son muy pocas porque en otras ocasiones, muchas más, a pesar de encontrarse cerca de la gloria, ésta al final se le escapa.

En 1589 el poderío marítimo del imperio británico era inmensamente superior al de la corona española. Dos años atrás el pirata inglés Francis Drake había tomado Cádiz por asalto y apenas el año anterior sus huestes habían repelido con éxito, en la costa de Plymouth y en la isla de Portland, el intento de invasión de la paradójicamente llamada Armada Invencible, la más ambiciosa empresa bélica financiada bajo el reinado de Felipe II, rey de España. Mientras las naves ibéricas aún continuaban en reparación en los astilleros de Santander tras el fallido ataque, vino la reacción inglesa: la flota de Drake fue avistada desde el puerto gallego de La Coruña el 4 de mayo de 1589. España se encontraba en indefensión, pues la aventura frustrada de la Armada Invencible le causó la pérdida de 18 de sus 41 barcos mercantes. Todo auguraba una rápida victoria del invasor, al que se creía imbatible en el mar. Sin embargo, la campaña terminó en la mayor catástrofe naval en la historia de Inglaterra, pues una heroína coruñesa, María Mayor Fernández de Cámara y Pita, que pasó a la posteridad como María Pita, se encaramó a la muralla que cerca la ciudad y desde ahí encabezó la resistencia popular, que culminó con la retirada inglesa el 16 de junio. En esa ocasión el débil triunfó.

Cuatro siglos y un lustro después, el 14 de mayo de 1994, otra muralla de La Coruña, aunque nacida en Serbia, de 1.85 metros de estatura, Miroslav Djukic, corazón de la zaga del equipo del Real Club Deportivo La Coruña, tenía a sus pies la gloria para la ciudad. A lo largo del torneo 1993-1994 el modesto club coruñés —conocido por todos como El Dépor— que en 1988 se había salvado en el último partido de caer hasta la tercera división —a la que finalmente sucumbió en el coronavírico verano de 2020—, sacudió el establishment del futbol español y de paso sorprendió a todo el planeta al hacer peligrar el duopolio históricamente ejercido en la Liga por el Real Madrid y el FC Barcelona. Sobre una base de talento local personificado en el fino mediocampista Fran, fortalecida con el aporte de jugadores provenientes de otras regiones de España que no habían sido suficientemente valorados hasta entonces (el solvente portero cántabro Paco Liaño; los valencianos Nando y Voro; el eterno suplente de Hugo Sánchez en el Real Madrid: Adolfo Aldana; el atacante asturiano Javier Manjarín, que jugara después en México para Atlético Celaya y Santos Laguna) o que se encontraban de plano en trance de retiro (el lateral guipuzcoano López Rekarte), eficientada y abrillantada por estrellas brasileñas (Donato, recién desechado por el Atlético de Madrid con lujo de grosería de Jesús Gil y Gil; Mauro Silva, traído directamente del Bragantino, pequeño club paulista absorbido en 2019, al igual que otros equipos en varios países, por una marca de bebidas energetizantes; y Bebeto, la estrella goleadora de los clubes cariocas Vasco da Gama y Flamengo, que abandonó Brasil sólo porque le aseguraron que Riazor era una playa tan atlántica como Copacabana) y el todo sostenido en la parte baja por el líbero Djukic, aquel Súper Dépor goleó 4-0 al Real Madrid de Benito Floro apenas en la segunda jornada, primera gran muestra de los tamaños de ese plantel, que logró mantener la regularidad casi todo el torneo, imprimiéndole un dramatismo a su desenlace como no se recordaba alguno tan vibrante en las poco menos de 7 décadas de competencias ligueras profesionales disputadas hasta entonces.

El romanticismo ínsito en la gesta de un equipo débil que amenazó con entrometerse en el coto cerrado de la gloria, reservado casi exclusivamente a los dos más fuertes, no podía ser desdeñado por la literatura. Lo recogió uno de los máximos narradores españoles de las últimas décadas, el leonés Julio Llamazares, quien subraya que aquel conjunto gallego

“Hasta seis puntos había llegado a sacarle de ventaja al Barcelona, su perseguidor más cercano y persistente, ventaja que había ido perdiendo en los últimos partidos, sin duda por la presión, hasta el extremo de llegar a la última jornada igualados a puntos al frente de la tabla”.

En esa última jornada el FC Barcelona debía recibir al Sevilla y el Dépor hacer lo propio con el Valencia. De ganar su partido el de la ciudad Condal, el blanquiazul de Galicia tenía necesariamente que imponerse en su respectivo encuentro para salir campeón. Tal como lo sintetiza Llamazares, el conjunto dirigido por Arsenio Iglesias “se jugaba a una carta el campeonato que durante toda la temporada había tenido en la mano”. Como en tiempos de María Pita, el panorama no pintaba favorable para los coruñeses, pues la oncena catalana le pasó por encima a la andaluza por marcador 5-2, obligando al Dépor a ganar sí o sí.

Durante los primeros 89 minutos de juego estuvo más cerca la puesta en ventaja del Valencia, a través del montenegrino Pedja Mijatovic, que la llegada del gol del campeonato para La Coruña. La desilusión ante la inminente difuminación de la conquista del título se apoderó de los asistentes al estadio Riazor. Llamazares recrea el momento:

“Quedaba sólo un minuto —más lo que añadiese el árbitro— para que se produjese un milagro. Y se produjo. Llegó el milagro cuando ya nadie en el campo y en las gradas lo esperaba (…) Aunque parecía imposible, el milagro se había producido. Mejor dicho: se podía producir. Porque el árbitro había pitado penalti, pero el penalti había que convertirlo ¡Y a ver quién era el valiente que lo tiraba en esas circunstancias!”.

Bebeto ya había fallado 2 penaltis en el último mes, mientras que el cobrador habitual, Donato, había salido de cambio por Alfredo, también mediocampista, pero de características más ofensivas. En el orden de prelación de tiradores el tercero era Djukic. “Fue justo en ese momento —escribe Llamazares— cuando Djukic calibró el envite”: al serbio “le pareció que todo el estadio se apoyaba de repente sobre él”.

405 años atrás María Pita calibró el envite que suponía resistir el desembarco inglés y gracias a su temple y entereza salió airosa, pero Djukic, tras calibrar el envite que se le había sobrevenido en la soledad del manchón penal, no pudo resistir el embate de los nervios. Dudó hacia dónde y cómo dirigir su disparo, que salió flojito, raso, apenas a un paso sobre el costado derecho del portero valencianista, José Luis González, quien con sólo recostarse atajó el envío. Djukic, “arrodillado en el césped, como un boxeador caído, sólo pensaba en huir de allí”. En esa nueva ocasión, en la antesala de la gloria, el débil cayó.

La tensión dramática y el final trágico de esa temporada irrepetible los narró Llamazares en ese relato al que intituló precisamente “El penalti de Djukic”. Pero esas mismas incidencias parecen haber sido prefiguradas por Llamazares desde 6 años antes, pues diversos pasajes de su novela La lluvia amarilla, publicada en 1988, leídas a la luz de los hechos de aquella noche de primavera de 1994 captan la desolación de aquella escena. Es como si Llamazares hubiera escrito dos veces sobre la misma tragedia, una antes y otra después de ésta. “Una sombra de miedo y de inquietud envolverá esa noche sus ojos y sus pasos”, se lee en el primer párrafo de la novela, enunciado que bien podría calificar como metáfora de las emociones que invadieron al futbolista balcánico cuando tuvo a merced la oportunidad de destronar al Barcelona impidiéndole conquistar la Liga por cuarto año consecutivo, instante único respecto del cual el zaguero bien podría decir, aún hoy, como dijo el personaje del monólogo novelístico de Llamazares: “sólo yo lo he pisado en todos estos años”. Otra frase, “el silencio y la quietud serán totales”, vale como descripción figurada por anticipado de la atmósfera que habría de apoderarse de las tribunas del Riazor cuando Djukic malogradamente pateó desde los 11 pasos. En resumen, cualquier aficionado deportivista suscribiría, en primera persona, que la del 14 de mayo de 1994 ha sido, como escribe Llamazares en su novela profética, “la más larga y desolada de las noches de mi vida”.

 

Fuentes:

Elliott, John H., La Europa dividida (1559-1598) (trad. Rafael Sánchez Mantero), Barcelona, Crítica, 2010.

Gorrochategui Santos, Luis, Contra Armada. La mayor catástrofe naval de la historia de Inglaterra, Madrid, Ministerio de Defensa, 2011.

Llamazares, Julio, La lluvia amarilla, Seix Barral, Barcelona, 15ª ed., 1990.

Llamazares, Julio, “El penalti de Djukic”, en Tanta pasión para nada, Alfaguara, Madrid, 2011.

 

Foto: Sport.

Arturo Heredia

Por: Farid Barquet Climent.

En estos tiempos de pandemia en que los médicos sacan el pecho por la humanidad, falleció un miembro insigne del gremio, uno de los pioneros de la medicina deportiva en México, que participó de la fundación del servicio médico del club de futbol Pumas de la UNAM: el doctor Arturo Heredia.

Invitado por el doctor Aniceto Ortega y Espinoza —descendiente de Aniceto Ortega del Villar (1825-1875), el obstetra cuya capacidad reconocieron tanto Maximiliano como Benito Juárez—, Heredia entró a trabajar a Pumas como médico de campo, encargado de brindar atención a los futbolistas durante sus entrenamientos y partidos, enseguida de que el equipo ascendió a Primera División en 1962. Antes de su llegada, los jugadores acudían con un masajista invidente.

En un texto reunido en la obra colectiva intitulada Lesiones en el futbol, publicada por la UNAM en 2003 bajo la coordinación de María Cristina Rodríguez G. y Soledad Echegoyen Monroy, Heredia relata cómo empezó a esbozarse lo que hoy son los servicios médicos del club auriazul, desde la incipiente elaboración de historiales clínicos de los jugadores, que antes no se hacían; pasando por el acondicionamiento de un área específica para el tratamiento médico y enfermería en el ala sur-poniente de los antiguos vestidores del Estadio Olímpico Universitario, gracias a la visión que tuvo el entrenador argentino Renato Cesarini; hasta la dotación de los primeros aparatos de ultrasonido y de microtermia, pues antes se tenía que acudir al Centro Médico Universitario para tratamientos de diatermia; y la aplicación de los primeros exámenes anuales de evaluación funcional sobre consumo de oxígeno, fuerza, velocidad, resistencia y coordinación.

Destaca Heredia que en los años setenta, en el plantel Iztacala de la entonces Escuela Nacional de Estudios Profesionales (ENEP), hoy Facultad de Estudios Superiores (FES), se inauguró el Departamento de Desempeño Humano, a cargo del doctor Rodolfo Limón Lazón, donde se realizó por primera vez un estudio completo de los aspectos fisiológicos del deportista. Heredia lo subrayaba: “El Club Universidad fue el equipo pionero en hacer estudios a sus deportistas”.

Como lo fue en los estudios fisiológicos, Heredia nos recuerda que Pumas también fue el primer equipo mexicano en contar con un preparador físico, Víctor Manuel Acevedo, cuya estafeta tomaría y haría evolucionar Ariel González a partir de los ochenta. Y fue también el primer club nacional en brindar atención psicológica, a través del doctor Finol, para luego acoger en su seno a toda una institución en la materia: Octavio Rivas Solís.

Equipo de la Universidad, Pumas se benefició, a lo largo de los 27 años en que contó con la colaboración directa de Arturo Heredia, del apoyo y el entusiasmo de pasantes de la Facultad de Medicina, a los que con el paso del tiempo el club terminó por ofrecerles en reciprocidad un horizonte vocacional dentro de la medicina deportiva, formados todos bajo el ejemplo humano y profesional de Heredia, como fueron los casos, entre otros, de los doctores Juan Cervantes, Alfredo Islas, Gregorio Domínguez, Gerardo Aguilar, José Luis Balderas y, muy especialmente, su discípulo más orgulloso, un continuador brillante y generoso de la obra de Heredia: el doctor Miguel Ángel Curiel, a quien dedico estas líneas con un abrazo solidario y cariñoso, con motivo de la partida, ayer 6 de julio, de su querido mentor, a quien vemos hasta la derecha de la foto, de pie, feliz, ataviado por completo con los pants de sus Pumas, la tarde del 9 de agosto de 1981, día en que el equipo de la UNAM conquistó su segundo título de Liga.

 

 

Fue y regresó

Por: Farid Barquet Climent.

1986 fue el sexto de los 8 años que duró la guerra Irán-Irak, en la que murieron más de 200 000 personas en cada uno de los dos países. Entre tanta desolación, el futbol apareció como una flor, literalmente, en medio del desierto: ese año la selección iraquí tuvo su única participación mundialista hasta ahora.

Compuesto por jóvenes de la misma generación que el medio millón de combatientes que Saddam Hussein envió al frente recién el año anterior, el representativo de Irak cumplió en el mundial mexicano una actuación que se puede calificar como decorosa en función tanto de su nulo historial futbolístico fuera del continente asiático como del terrible momento que atravesaba esa nación. Si bien perdió sus tres encuentros, lo hizo por la mínima diferencia y sólo en un cotejo recibió más de un gol.

Mientras la política interna de Estados Unidos se sacudía por el descubrimiento de que el presidente Ronald Reagan financiaba la contrainsurgencia en Nicaragua con fondos provenientes de la venta de armas a Irán para su uso contra la población iraquí, los futbolistas mesopotámicos hacían su debut mundialista contra el combinado de Paraguay en el estadio de la capital mexiquense, que para el certamen fue rebautizado como Toluca’86. El solitario gol de Julio César Romero “Romerito” inclinó la balanza a favor de los guaranís. Por igual marcador, el equipo proveniente de las riveras del Tigris y del Éufrates cayó en su tercer partido ante la selección anfitriona, que en ese mundial tuvo la mejor participación de su historia en Mundiales. Si bien el marcador pudo haber sido más abultado —en el primer tiempo un zapatazo de Luis Flores se estrelló en el travesaño y otro remate suyo, una cuasi media tijera, fue finalmente atajado por el portero Insayaf Abdulfattah— fue el tanto anotado por Fernando Quirarte al minuto 54 el que le dio el triunfo a México.

Entre su partido de estreno y el de su despedida, Irak jugó otro, en Toluca, en el que consiguió anotar su único gol en Copas del Mundo. Su autor fue un joven bagdadí, de entonces 22 años, Ahmed Radhi, quien logró batir al arquero que, de haber existido en aquella edición mundialista el premio Guante de Oro, habría sido su seguro ganador: el belga Jean-Marie Pfaff.

A punto de cumplirse una hora de partido, cuando ya pesaba sobre su equipo una desventaja de dos goles, Radhi fue visto sin marca por su compañero Hashim Natik, quien le filtró el balón hacia la entrada del área. Antes de que llegara al cruce el central Francois Van der Elst, el camiseta ‘8’ iraquí cruzó un derechazo inatajable para el rubio arquero.

Es el gol más recordado de los 62 que Radhi marcó —su mejor “cliente” fue el Líbano: le hizo 5— en los 121 partidos en que defendió la camiseta de su país, tradicionalmente verde, pero que a sabiendas de que ese color es el mismo de la indumentaria del seleccionado de la nación sede de aquella justa, quizá para no incomodar al dueño de la casa fue sustituida de cara a sus compromisos en tierras mexicanas por vestimenta celeste ante México y Bélgica, y amarilla ante Paraguay.

Cuando vino al Mundial Radhi era jugador del club Al-Rashid, fundado tres años antes por Unay Hussein, el sicótico y brutal hijo primogénito de Saddam, designado por su padre como ministro de deportes y presidente del Comité Olímpico iraquí, muerto en 2003 en un ataque durante la más reciente invasión estadounidense, de quien se afirma que mandaba torturar e incluso llegó a matar a los futbolistas si perdían sus partidos, según investigaciones de Simon Freeman publicadas en su libro Baghdad FC: Una historia oculta de deporte y tiranía. Además del Al-Rashid, que desapareció tras el derrocamiento de Hussein, Radhi jugó para otro club de su país, Al-Zawraa, que aún compite en la liga profesional, y militó también en un equipo qatarí: Al-Wakrah.

Radhi participó con su selección en los Juegos Olímpicos de Seúl 1988. Su destacada actuación le valió ser condecorado como Futbolista Asiático del Año. Es el único iraquí que ha ganado esa distinción. La Federación de Futbol de Asia lo catalogó en el noveno lugar de la lista de los mejores futbolistas del siglo XX nacidos en ese continente.

El iraquí Khalid Kaki escribió el poema Fue y regresó:

Fue al huerto

y regresó con una flor…

A las tiendas

y regresó con pan

y una lata de sardinas…

A la guerra

y regresó con una espesa barba

y cartas de los muertos

Radhi no fue a la guerra Irán-Irak ni a la primera guerra del Golfo Pérsico, la de George Bush padre, ni tampoco a la segunda, la de Bush hijo. Pero Radhi sí fue a un Mundial. Y regresó con un gol.

A donde también fue, pero de donde ya no regresó, es de la enfermedad que asola a la humanidad en estos días. En la cama de un hospital de Bagdad, Ahmed Radhi murió hoy 21 de junio de 2020.

El Ganso Padilla

Por: Farid Barquet Climent.

La noche de ayer, 14 de junio de 2020, el Dr. Hugo López-Gatell, subsecretario de Salud y vocero gubernamental, informó que en las últimas 24 horas la pandemia de coronavirus acabó con la vida de 269 personas en México. Pero lo que no dijo porque no tenía por qué decirlo, es que una de esas personas fue una auténtica leyenda de los Pumas de la UNAM, dos veces mundialista por México, que se mantuvo vinculado de por vida al futbol como directivo: Aarón Padilla.

Apodado “Ganso” por su prominente nariz, en 1962 estudiaba Contabilidad en la UNAM. En enero el equipo de futbol de la Universidad había conseguido su ascenso a Primera División, y para septiembre debutaba al alumno Padilla, de 20 años, que se estrenó contra Toluca anotando el gol de la victoria.

Si una característica tienen los gansos es ser aves migratorias, pero Padilla parece ser una excepción. Pasó 10 temporadas en Pumas, salió 2 a jugar con Atlante y Veracruz y volvió a Pumas para retirarse en 1975.

Con la camiseta entonces a rayas verticales azul y oro el “Ganso” trabó una complicidad que felizmente devino en pequeña sociedad con otro narigón: el “Cyrano del Área” Enrique Borja. Desborde de Padilla por la izquierda más remate certero de Borja fue la ecuación que permitió contabilizar muchos goles universitarios, lo que motivó la convocatoria de ambos para integrar las selecciones nacionales que participaron en las Copas del Mundo Inglaterra 66 y México 70.

En esta última justa, Padilla no alineó en el partido inaugural contra el representativo de la Unión Soviética, lo que juicio de la prensa de entonces fue la explicación de la falta de profundidad del ataque mexicano y del consecuente ayuno de gol: el encuentro contra los rojos de pecho estampado con las siglas CCCP terminó 0-0. Para el segundo encuentro Padilla saltó a la cancha desde el inicio y de inmediato se hizo notar: en su parcela nació la jugada que desembocó en el primero de los 4 goles que México le anotó a El Salvador.

Por el apocamiento y la cortedad de miras de los directivos mexicanos, que nunca confiaron en que la selección nacional podría calificar —como lo hizo— en el primer lugar de su grupo, el partido de cuartos de final contra Italia se disputó en Toluca y no en el estadio Azteca. Si bien Toluca también es México, su pequeño estadio no pesa en términos de localía como podrían haberlo hecho los más de 110 000 asientos que entonces tenía el Coloso de Santa Úrsula. Sobre la cancha del hoy Nemesio Diez, José Luis “La Calaca” González batió a Enrico Albertosi para poner adelante a México apenas rebasado el minuto 12, pero 12 después un mal desvío incrustó en la portería mexicana el empate italiano. La jugada había sido precedida de una ayuda con la mano del atacante Luigi Riva, que no fue sancionada por el árbitro. Padilla junto con Javier Valdivia fueron los únicos en reclamar. El ‘11’ lo hizo vehementemente, con toda razón. Pero siempre he pensado que su airada inconformidad en mucho obedeció a que el veloz extremo intuía lo que ese tanto suponía para un equipo en el que el derrotismo de sus directivos había trasminado a los jugadores: el inicio del fin. Gianni Rivera que había ingresado de cambio y Riva 2 veces más, firmarían en los focos amarillos del entonces innovador marcador electrónico la debacle de aquel 14 de junio de 1970, día en que México tuvo que decir adiós a su Mundial, vencido por un potente equipo, dirigido por Ferruccio Valcareggi, que en su siguiente partido habría de imponerse, en el llamado “Partido del Siglo”, a la Alemania de Beckenbauer y Müller, y que sólo sería superada, en el Azteca, por el Brasil de Pelé en la final.

Exactamente 50 años después de aquella despedida mundialista, el 14 de junio de 2020, Aarón Padilla dijo adiós.

Un grito prestado

Por: Israel M. López.

Un monosílabo basta para desencadenar una avalancha de sentimientos, un grito desaforado que envuelve a quienes están a centímetros o a kilómetros de aquel esférico de gajos que se incrusta en una red.

Toda mi vida futbolera ha estado llena de gritos prestados y uno ahogado. El ahogado se quedó en un remate de Emilio ‘Buitre’ Butragueño. La tarde del 4 de mayo de 1996 fue la primera vez que entré al Estadio Azteca. “Me quedé duro, me aplastó ver al gigante”, canta Andrés Calamaro y describe perfectamente mi sensación de entrar por primera vez en esa mole de concreto a los 5 años.

Estadio lleno con un partido empezado. Mi padrino busca boletos para él, para su free del día, para mi hermano y para mí, y así entrar a una final trabada  y que terminaría siendo injusta (en la ida en Celaya habían quedado 1-1, por lo que el gol de visitante acabó por darle al Necaxa el trofeo de campeón con el 0-0 en la vuelta). Entramos en el último nivel del estadio, en donde dos ‘rayos’ con caguama en mano celebraban el ansiado segundo campeonato. Mi hermano mayor me agarraba de los hombros para que no me escapara, mientras mi cara se pegaba a la reja que la delimitaba de las rayas rojiblancas de los ebrios necaxistas.

Hasta el minuto 40 pude ver por lo menos una jugada, la jugada que quedó ahogada en mi garganta. No pude gritar mi primer gol en un estadio. La figura rubia del ‘7’ de los toros del Atlético Celaya se levantó en el área chica, pero su cabezazo rozó el poste que defendía Nicolás Navarro. Necaxa fue campeón. Por las rampas del estadio salí con el grito de “Celaya, Celaya” en mi párvulo paladar, para tratar de aliviar el sentimiento de mis paisanos guanajuatenses.

17 años y 22 días después, otra vez estaba ahí. Reafirmé lo que dice Calamaro: “de grande pasó lo mismo”. Días antes, mi novia me dio la noticia de que su papá nos invitaba a la final de vuelta entre América y Cruz Azul. Si bien no tengo afinidad por las águilas, tengo muy fresca la tarde del 7 de diciembre de 1997.

Antes de salir al estadio, el padre de mi novia profetizó su sentencia:

—Este partido va a hacer historia —me dijo, mientras jugueteaba con su gafete de la Federación.

Tuvo razón de vidente. El partido ha sido de los más vistos y más gritados en la historia de nuestro balompié. Final de vuelta con una expulsión antes de los 20 minutos, para después un gol cementero que ponía un global de 0-2 a su favor.

Caía una lluvia extraña en una cálida noche de mayo. Cruz Azul a punto de ser campeón antes de jugadas que pudieron matar a las águilas, dos descolgadas que quedaron muertas, una en la mano de Moisés Muñoz (que vi desde una esquina del estadio, mientras esperaba a mi novia a que saliera del baño) y otra por el poste, en una de las jugadas más dramáticas de las finales de la Liga MX, con dos rebotes que le quitaban la gloria al Azul.

En el  minuto 80 vi al padre de mi novia; caminaba por el borde de la cancha con la cabeza gacha y la lluvia le hacía su camino más pesado. “¿Qué sentirá un americanista grabar ‘Cruz Azul’ en el trofeo de campeón?”, pensaba mientras lo veía entrar a la caseta de los árbitros.

Escuché todo el partido en el radio de mi destartalado celular. Al minuto 85 lo apagué. Ya se había acabado. Ya no tenía remedio. La maldición de Comizzo quedaría en el Estadio Azteca 15 años y 5 meses después de iniciar con el gol de Carlos Hermosillo que le daba la octava estrella al Cruz Azul en el Nou Camp de León, mientras mis lágrimas se reflejaban en la vieja Hitachi.

Cruz Azul al minuto 87 era campeón. Un minuto después, un cabezazo de Aquivaldo Mosquera dio un leve estallido a la grada del Azteca. 1-2 global.

—Así no se van limpios— grité, ante la mirada de una cruzazulina que se quebrara los dedos.

Pero la sentencia de José Juan Marmolejo, que lo convirtió en leyenda del futbol mexicano, se cumplía cuatro minutos después, en la última jugada.

Las leyendas y los escritos siempre recordarán al orfebre como la persona que ya había puesto una ‘C’ en la panza del trofeo, mientras Moisés Muñoz se lanzaba de palomita y metía el gol de Butragueño no pudo hacer. Un grito prestado que liberaba el ahogo en la misma área. Un grito de gol que me hizo abrazarme con otros americanistas, mientras gritaba “Comizzo, Comizzo”. Todo el país no podía creerlo. La grada visitante sin vida en la cápsula de silencio. Personas corriendo por las calles. Un padre de familia que grita gol antes de que se fuera la luz en su casa. Una familia cruzazulina que festeja antes de tiempo. Y José Juan desde la cancha con el trofeo listo para tatuar. Un instante en donde la gloria no se llamó Cruz Azul.

Lo demás es conocido. América le propinó una cruzazuleada épica al sustantivo de ese verbo, al llevarse un trofeo tatuado con una ‘C’ convertida en ‘A’, un error que se volvió leyenda y proeza desde la banca, porque aun pienso que el grabador siempre quiso poner una ‘A’, como estaba destinado en la sentencia de sus palabras.

 

Foto: mediotiempo.com

Juega y deja jugar

Por: Farid Barquet Climent.

La víspera del Mundial de Corea-Japón 2002, el escritor argentino Rodrigo Fresán escribió en la revista Letras Libres que “los argentinos hablan de futbol para hablar de varias cosas al mismo tiempo: de lo que les pasa, de lo que no les pasó, de lo que puede llegar a pasarles y, finalmente, de futbol”.[1] El libro de entrevistas del periodista argentino Alejandro Duchini, La palabra hecha pelota, publicado por editorial Galerna, reúne a un elenco variopinto de sus paisanos, a los que Duchini puso a hablar de muchas cosas, como dice Fresán, propulsados todos por ese combustible recurrente, el futbol, que amén de poner en marcha cada plática se encarga también de mantener el compás y sirve como hilo conductor de todas las conversaciones contenidas en la obra, que cuenta además con un excelente prólogo a cargo de Ezequiel Fernández Moores.

Colaborador de Página 12, el periódico de la izquierda argentina, Duchini eligió a sus 14 entrevistados como el más avezado para armar su reta: supo encontrar al mejor para cada puesto. Con el propósito de exponer las miradas al futbol de personalidades que no son ni han sido profesionales del balón, convocó a un músico, un historiador, una exmodelo, un filósofo, dos sociólogos, una promotora del futbol femenil, un dibujante, un árbitro y un editor, más los que no podían faltar si el que convida es Duchini: tres escritores y periodistas como él. El resultado es un conversatorio plural y vigoroso, tan rico como el de las buenas sobremesas de futbol.

Duchini juega, pero sobre todo deja jugar: no rigidiza los diálogos imponiéndoles a la fuerza un derrotero previamente visualizado ni interrumpe a cada rato para direccionar a capricho los intercambios. Mucho menos se erige en inquisidor impertinente y agresivo, de esos que no quitan el dedo del renglón y hacen de la charla un interrogatorio. Como entrevistador, Duchini juega como un excelente cinco: oxigena el partido cuando es necesario y pone el balón en la zona adecuada en el momento oportuno.

En estos días de confinamiento, La palabra hecha pelota puede funcionar como una agenda de citas: un día podemos tomar un café con el editor Hernán Casciari para que hable del futbol como puente para acercar culturas; otro invitar al filósofo Tomás Abraham a que nos cuente acerca del papel del entusiasmo y de eso que llaman identidades futbolísticas; se puede quedar a la hora que queramos con la conductora televisiva Teté Coustarot, para escuchar sus andanzas por las canchas; o bien conocer de su propia voz por qué Eduardo Sacheri y Juan Sasturain terminaron por escribir de futbol; podemos invitarle una taza de té a John Carlin para que nos adentre en la poliédrica visión del futbol de alguien como él, inglés que vivió en Argentina y que escribe para medios españoles; u optar por repasar los dificultosos avatares del futbol femenino con Mónica Santino, así como enterarnos en palabras del cantante Carlos “La Mona” Jiménez de por qué, por un partido de futbol, pudo no haber llegado jamás a los escenarios; también nos permite llamar al silbante Horacio Elizondo, que pitó inauguración y final mundialistas, o al caricaturista Miguel Rep; y si queremos acompañar la charla con conceptos provenientes de las ciencias sociales, la historia y el periodismo, ahí están nada menos que Pablo Alabarces, Osvaldo Bayer, Julio Frydenberg y Ariel Scher para concertar un encuentro.

Duchini logró un libro de entrevistas que tienen lo que deben tener los buenos libros de entrevistas. El mejor entrevistador en la historia del periodismo mexicano, Julio Scherer García, publicó en 1965 su primer libro del género, Siqueiros. La piel y la entraña, una entrevista dentro de la cárcel de Lecumberri con el célebre muralista, fallecido ese año. De acuerdo con el fundador del semanario Proceso, aquel libro suyo “está formado por recuerdos, emociones, tragedias, fantasías, todo revuelto”.[2] Y eso es justo lo que encontramos en La palabra hecha pelota.

Alejandro Duchini, La palabra hecha pelota, Buenos Aires, Galerna, 2015, 351 pp.

 

[1] Fresán, Rodrigo, “Las tinieblas del corazón. Futbol argentino y mal de Maradona”, Letras Libres No. 41, mayo 2002, p. 29.
[2] Julio Scherer García, Siqueiros. La piel y la entraña, México, Fondo de Cultura Económica, 2003, p. 12.

Mayo me gustó pa’ que te vayas

Por: Farid Barquet Climent.

Compraventa que en realidad es despojo, el traspaso de la franquicia de Morelia a Mazatlán es un golpe bajo a la afición michoacana, y hunde en todavía mayor descrédito a la Liga MX, de por sí devaluada en credibilidad, en la que los dueños de los equipos ven a los aficionados como huestes desechables, de úsese y tírese.

Por más que presuma actuar “con enfoque en la creación de valor y en el mejoramiento de la sociedad” —como engoladamente se lee en la página web del Morelia— el corporativo propietario de la franquicia sólo tiene interés en el valor económico, que tratándose de clubes de futbol se nutre de un tipo de capital, que el sociólogo francés Pierre Bourdieu conceptualizó bajo el rótulo “capital simbólico”,[1] generado y alimentado por su identificación con las comunidades en las que se asientan, que en el caso del Morelia es de tal alcance que desborda a la ciudad que le da nombre, llega a todos los confines del Estado de Michoacán y comprende también a los 4 millones de migrantes de esa entidad que viven en Estados Unidos.

Se puede vender la licencia para jugar en Primera División, pero lo que no se puede enajenar, porque nadie se lo puede apropiar, es lo que el antropólogo Carlos Prigollini, siguiendo a Bourdieu, denomina “patrimonio simbólico exclusivo”[2] de la comunidad de aficionados. Ese patrimonio es el que llevó al filósofo y poeta Ramón Xirau a escribir que “la camiseta en fútbol no es poco”.[3] El autor de Palabra y silencio y Tiempo vivido sabía muy bien que la camiseta funge como una bandera. Y vaya que la de la franja roja atravesada en diagonal sobre fondo canario es la representación iconográfica de una historia labrada con el fragor de 70 años. Fundado en 1950, el Morelia consiguió instalarse en Primera División 7 temporadas después, permaneció ahí durante 11 pero en 1968 regresó al circuito de ascenso, hasta que un zurdazo de Horacio Rocha desde los 11 pasos mientras transcurría el minuto 28 de la final disputada contra el Tapatío —filial de las Chivas— el 26 de julio de 1981 en la entonces casa de los ates, el estadio Venustiano Carranza, le dio otra vez el ascenso a la máxima categoría, en la que, no sin serios sobresaltos como el vivido a mediados de los 90 y más recientemente en 2017, se ha mantenido ininterrumpidamente a lo largo de 4 décadas, sin vitrinas atestadas pero con una propuesta futbolística generalmente atrevida, de apuesta ofensiva, constitutiva de todo un capital simbólico forjado por todos los planteles que han portado su camiseta desde entonces, incluido desde luego el que ganó la Liga en el torneo Invierno 2000, pero al que contribuyeron de manera muy destacada los de los años 80 y 90, que hicieron época en tiempos en que competir en Primera División no suponía las comodidades de hoy.

Aquel Atlético Morelia, que cuando lo recordamos nos remite a la imagen de Marco Antonio Figueroa con la cara cubierta por el torso de su camiseta en cada festejo de gol —la que le valió al chileno el apodo de “Fantasma”—, no contaba siquiera con servicio de lavandería, pues todos sus integrantes, desde los importados Juan Carlos Vera y Ángel Bustos hasta los jóvenes debutantes, tenían que lavar en sus casas la ropa de entrenamiento. Por causa de la precariedad aquel plantel en el que figuraron, entre otros, el portero mundialista Olaf Heredia, el duro central orizabeño Pedro Osorio, un mediocampista de fino trato al balón como Mario Díaz y un defensor de mucho oficio como Ricardo Campos, viajaba en camiones a todas las ciudades a las que iba a disputar partidos. Era un club gestionado de manera muy modesta pero muy digna. Su operación descansaba sobre los hombros de solo tres empleados: Glafira Rodríguez y su hermana Griselda más el apoyo de Gabriel.

La vía para preservar el capital simbólico del Morelia la formula con acierto nada menos que Juan Carlos Vera. Así como repartía juego, hoy pone la solución para que el Morelia sobreviva. En declaraciones al suplemento deportivo Cancha del diario Reforma, Vera propuso lo que en otro texto he sostenido para los equipos abandonados a su suerte: la conveniencia de formar una asociación civil que les dé continuidad. Vera vislumbra la refundación del Morelia bajo esa modalidad societaria para que sea, en palabras del andino, “un equipo a donde existan los socios, donde todos tengan derecho a opinar del equipo y elegir un presidente. Es lo mejor que podría pasarle que socios compren acciones, es lo más tranquilo y seguro para que nunca más pase eso (la venta de la franquicia a una ciudad foránea) en el futbol de Michoacán”.[4]

Amarga Navidad, la canción más popular de la intérprete michoacana Amalia Mendoza “La Tariácuri”, dice en su primera estrofa: “Si va a llegar el día en que me abandones, prefiero, corazón, que sea esta noche”. El día en que Grupo Salinas abandonó al Morelia ya llegó, y no en navidad, sino en las postrimerías de este mayo de pandemia. Pero ese solo golpe no será suficiente, como en la canción de la artista de Huetamo, para acabar con el Morelia. Porque el Morelia ya existía desde mucho antes y sabrá trascender su marcha.

El escritor estadounidense J. R. Moehringer —el que escribió la colosal autobiografía del tenista Andre Agassi— en uno de los prólogos a su novela autobiográfica El bar de las grandes esperanzas escribe: “todo el mundo tiene un lugar sagrado, un refugio, un lugar en el que su corazón es más puro, su mente es más clara”.[5] Para 4 y medio millones de michoacanos en Michoacán y para otros 4 millones que radican en Estados Unidos, hay un lugar simbólico en el que su corazón es más puro y su mente es más clara: el Morelia. Y por eso un solo golpe no bastará para que lo pierdan.

 

[1] Pierre Bourdieu, Curso de sociología general I. Conceptos fundamentales (Cursos del Collège de France 1981-1983) (trad. Ezequiel Martínez Kolodens), Madrid, Siglo XXI Editores Argentina, 2019, pp. 116-151.
[2] Carlos Prigollini, Racing: Pasión y lealtad, México, Colectivo Fútbol y Sociedad, 2020, p. 32.
[3] Ramón Xirau, “El futbol”, en Arte fotográfico futbolístico mexicano, México, Museo Rufino Tamayo, febrero-marzo 1985, p. 13.
[4] Omar Fares, “Vera propone formar Morelia AC”, Cancha, 28 de mayo de 2020.
[5] J. R. Moehringer, El bar de las grandes esperanzas, Barcelona, Duomo, 3ª ed., 2015.

 

Foto:

Archivo Gráfico Juvagoool. 

FutboLeo.net agradece a Juan Valdés la cortesía de la fotografía.

 

Farsa

Por: Farid Barquet Climent.

 

Nadie asalta la tribuna. No hay banderas,
sólo una farsa para la televisión y la fotografía.

 

Estos versos los escribió el poeta Jaime Labastida[1] en 1974 en ocasión del funeral del muralista David Alfaro Siqueiros, pero leídos hoy resultan ser la más certera y fiel descripción de lo acontecido en el estadio del club alemán Borussia Mönchengladbach el sábado 23 de mayo de 2020, durante el primer partido disputado ahí en el marco de la reanudación de la actividad de la Bundesliga tras la suspensión por la pandemia.

 

Nadie asalta la tribuna. No hay banderas,
sólo una farsa para la televisión y la fotografía.

 

Nadie asalta la tribuna del Borussia-Park porque el protocolo sanitario mantiene vedado el ingreso al público, en consecuencia tampoco hay banderas porque no hay brazos que las ondeen. Lo que sí hay es una farsa para la televisión y la fotografía. Y no es que tilde de farsa al partido que ahí se disputó ni mucho menos de farsantes a los jugadores. La farsa ocurrió en la tribuna.

De acuerdo con información de la agencia EFE difundida por el diario Milenio, durante el duelo de la jornada 27 que perdió 1-3 ante Bayer Leverkusen “el Borussia Mönchengladbach colocó en las tribunas de su estadio 12 mil figuras de cartón que simularon la asistencia de algunos aficionados”.[2] Parecidas a los bastidores con forma de siluetas humanas que utilizan los cobradores de tiros libres para entrenar, cada una de las figuras que aparecieron en el graderío llevó estampada la fotografía, en tamaño superior al real, del busto de cada aficionado que para poner su efigie pagó 19 euros, aproximadamente 475 pesos mexicanos.

Los fotografiados ni siquiera aparecen en rictus de apoyo, aplaudiendo o en pleno grito de aliento como lo harían cuando su equipo salta a la cancha, sino que se les ve posando con la clara intención de que sus rasgos faciales puedan ser recogidos nítidamente por las cámaras de televisión. El ansia de figurar que tanto han potenciado las redes sociales (re)incursiona en la pantalla chica, su hábitat natural, encarnada ahora en valla publicitaria de sí misma. Mientras los anuncios del perímetro de la cancha anuncian logotipos de marcas comerciales, los asientos desde donde se miran los partidos de Die Fohlen (los potros) sirven ahora para darle vuelo (y de paso sacarle una buena cantidad de dinero) a individuos ávidos de notoriedad camuflados en una sensiblera —aunque más bien resueltamente tétrica— manifestación de seguimiento incondicional a su equipo.[3]

La semana del partido el escritor Juan Villoro declaró que “sin público, un estadio de futbol es un mausoleo”.[4] Como el autor de Dios es redondo habla perfecto alemán —estudió en el colegio de la colonia germana en la Ciudad de México y fue agregado cultural en Berlín Oriental de 1981 a 1984— quizá haya traducido su aserto a la lengua de Goethe, y entonces probablemente alguien se enteró en las oficinas del Mönchengladbach y quiso ayudarle a confirmarlo mediante una exposición multitudinaria de rostros que sólo sirvió para patentizar aún más la oquedad del recinto. Arrejuntados en el lugar de los entusiasmos colectivos, nunca como ayer los retratos de unas caras se asemejaron tanto a una naturaleza muerta.

 
Nadie asalta la tribuna. No hay banderas,
sólo una farsa para la televisión y la fotografía.

 

[1] Jaime Labastida, “Conversaciones con Siqueiros”, en Plenitud del tiempo. Obsesiones con un tema obligado y De las cuatro estaciones, México, Siglo XXI Editores-Secretaría de Educación Pública, 1986, p. 89.
[2] Milenio, “Borussia Mönchengladbach coloca figuras de cartón en las tribunas de su estadio”, 23 de mayo de 2020.
[3] Fundado en 1900, el Borussia Verein-für Leibesübungen Mönchengladbach tardó trece lustros en ascender a la Primera División. Los años setenta fueron su única época gloriosa. Conquistó 5 de las 10 Ligas de esa década y también la Copa uefa en dos ocasiones, en 1975 bajo la conducción del entrenador Hennes Weisweiler y en 1979 con Udo Lattek como director técnico. Con seleccionados nacionales entre sus filas como Berti Vogts, que dirigió a Alemania en el Mundial de 1994, Herbert Wimmer y Jupp Heynckes, llegó a la final de la Copa de Campeones de Europa (hoy Champions League) en 1977, pero cayó ante el Liverpool. Tras dos décadas en que solamente figuró en la Copa alemana, descendió en 1999 y regresó al máximo circuito en 2001.
[4] El Economista, “‘Sin público, un estadio de futbol es un mausoleo’, dice Juan Villoro”, 17 de mayo de 2020.

 

Foto: T13