Tata Brown, por una cabeza

Por Farid Barquet Climent.

Por una cabeza

Carlos Gardel

El defensa central argentino José Luis Brown, el “Tata” Brown, arribó a México en abril de 1986 para una estancia que no podía ser mayor a 2 meses, pues vino exclusivamente a jugar la XIII edición de la Copa del Mundo, a la que su selección calificó a duras penas gracias a un empate agónico en casa ante Perú en el último partido de la eliminatoria, disputado el domingo 30 de junio de 1985.

Brown llegó a México con casi 30 años, lesionado, desempleado, sin club que le diera la seguridad de que al finalizar el Mundial lo estaría esperando un trabajo. Porque a principios de 1986, el que era su club, Deportivo Español, le avisó que los Óscares, la dupla de entrenadores conformada por Oscar López y Oscar Cavallero, no lo contemplaban dentro de los planes de la institución porque tenía rotos el ligamento cruzado anterior y un menisco de la rodilla derecha desde agosto de 1984. Sin equipo y con una pierna de lisiado, muy pocos creyeron que Brown sería convocado al Mundial, y menos que estaría en condiciones de ocupar el lugar de Daniel Pasarella, el capitán de la selección que 8 años atrás había alzado el trofeo de campeón mundial.

Pero a pesar de su difícil situación, el Director Técnico del representativo argentino, Carlos Salvador Bilardo, decidió incluir a Brown en el plantel que viajaría a México, cuya lista de integrantes dio a conocer el 17 de abril. Bilardo conocía bien a Brown: fue el Doctor quien lo debutó en Primera División en 1975, cuando el zaguero tenía 19 años, en un empate a ceros contra River Plate en el estadio Monumental durante la segunda de 4 estancias del “Narigón” en el banquillo del club Estudiantes de la Plata. Además, Brown tuvo mucho que ver en la designación de Bilardo como entrenador nacional, pues gracias a 2 de los 7 goles que anotó esa temporada para Estudiantes, conseguidos en los 2 últimos partidos del torneo metropolitano de 1982 —uno, para no variar, con la cabeza, contra Vélez Sarsfield, y el otro mediante el cobro de un penalti con un fuerte derechazo ante Talleres de Córdoba—, el conjunto pincharrata obtuvo el título de campeón local el 14 de febrero de 1983, logro que justificó la contratación de su timonel 10 días después por la Asociación del Fútbol Argentino (AFA) para que condujera a la Argentina rumbo a la cita mundialista del 86.

Ya en el Mundial de México, Brown tuvo que arreglárselas, al igual que el resto de sus coequiperos, con el viático de 25 dólares diarios que daba la AFA, institución que no les dio ni un par de zapatos para jugar el torneo. Según averiguaciones del periodista Andrés Burgo, Maradona tuvo que hablar con su patrocinador personal, la marca del felino, para que les facilitara calzado a varios de sus compañeros seleccionados, Brown entre ellos.

Contra todo pronóstico, Brown terminó jugando como titular los 7 partidos que disputó su selección en el Mundial. En el último, el decisivo por el campeonato, “aportó su cuota de heroísmo”, como escribió el periodista Alejandro Duchini. Porque fue Brown quien supo dar con la llave que abrió el camino del segundo título de campeón del mundo que ostenta el futbol argentino, al anotar el primero de los 3 goles de su equipo en aquella final. Fue el único tanto que Brown marcó como seleccionado nacional en los 36 partidos en que representó al futbol de su país a lo largo de 7 años. A los 23 minutos de haber iniciado el encuentro, Brown tuvo que atropellar a Maradona para mandar a la red un centro pasado enviado por Jorge Burruchaga desde la banda derecha a balón parado, cuya trayectoria fue mal calculada por el arquero alemán, Harald Anton “Toni” Schumacher, quien recuerda así aquella jugada en su libro Tarjeta roja:

«Después del primer paso ya lo sé: no ‘la’ atrapo. Cien milésimas de segundo duran una eternidad. Navego por el área de castigo como un Lohengrin al que se le ha escapado su cisne. Última esperanza: ‘Ojalá algún alemán despeje la pelota con la cabeza’. Pero el buen Dios no lo ha querido así. Una cabeza argentina se ha interpuesto…».

Y esa cabeza fue la del “Tata” Brown.

Además de anotar el gol que abrió el marcador aquella tarde del 29 de junio de 1986, Brown emuló ese día la famosa hombrada de Franz Beckenbauer —que esa tarde por cierto dirigía a la selección rival— de jugar un encuentro mundialista con el omóplato dislocado. Dieciséis años antes de la gran tarde de Brown, durante el Mundial México 70, en la misma cancha del estadio Azteca, Beckenbauer jugó buena parte del llamado partido del siglo —la semifinal contra Italia— con un vendaje a modo de cabestrillo, que le sirvió para sostener inmovilizado su brazo derecho luxado como consecuencia de un choque con Giacinto Facchetti, el sempiterno defensor del Inter de Milán que vistió la camiseta aurinegra en 634 partidos a lo largo de 18 temporadas. En la final de México 86, al impactarse en un cruce con Norbert Eder en el segundo tiempo, Brown también se luxó el hombro y le hizo frente de la misma manera que el “Káiser” alemán, pero sin cabestrillo: Brown decidió hacerle a su camiseta, con los dientes, un pequeño agujero a la altura del ombligo, un orificio apenas suficiente para colgar de ahí su dedo pulgar derecho, poder soportar el dolor y seguir jugando. Porque Brown no se iba a rendir. Por su cabeza no pasó siquiera un instante la posibilidad de abandonar el campo. Estaba acostumbrado a las adversidades. Pasó su infancia no en una escuela regular, sino en la escuela-hogar Virgen del Pilar “para tener un lugar donde comer”, según su propio dicho. Brown recordaba en 2011, en entrevista con Diego Borinsky para la revista El Gráfico, que de niño permanecía en la escuela desde las 7 de la mañana hasta las 6 de la tarde para que le dieran ahí las tres comidas y con eso aligerar la carga económica que recaía sobre su familia, cuyos ingresos se limitaban a los que podían aportar su madre, empleada doméstica, y su padre, trabajador de un almacén.

A Brown le acomoda a la perfección la etiqueta de guerrero. No esa que se suele endilgar a cierta clase de forajidos de las canchas que actúan con agresividad antideportiva. Bien lo decía Lao-Tse: el buen guerrero no es belicoso. Brown fue un guerrero del tipo que tanto gusta a su paisano periodista Walter Vargas: “un jugador que insiste, resiste y persiste”. Bien lo dijo su mentor Bilardo: Brown fue “de esos tipos que quieren”. Para expresarlo en palabras Eamon Dunphy, futbolista irlandés en los 60 y 70, Brown reúne los atributos del “verdadero profesional”: “el verdadero profesional es el auténtico héroe del deporte. Él no es necesariamente un gran jugador, o el mejor jugador del equipo, aunque puede ser ambas cosas. Su grandeza está más relacionada con su disposición que con su talento. El buen profesional siempre acepta la responsabilidad, la suya y, cuando las cosas se ponen duras, la de los demás compañeros”.

“El Tata” fue el arquetipo del jugador de su posición. En una entrevista que Bilardo concedió 3 lustros después del mundial mexicano, al creer que su entrevistador —también Borinsky— le había preguntado qué futbolista consideraba como la personificación más acabada del líbero, de inmediato pronunció un apellido: “Brown”. Pero resultó que el entrenador escuchó mal la pregunta del periodista, pues éste no le había pedido que mencionara el nombre de un líbero, sino el título de un libro. Hecha la aclaración Bilardo dio otra contestación, ya no tan asertiva: “Ah, un libro. Tengo el Martín Fierro y la Biblia”. Creo que al final las respuestas de Bilardo a preguntas aparentemente inconexas terminaron por converger, pues algo tiene que ver Brown tanto con el Martín Fierro como con la Biblia: su vida fue un poema nacional al ímpetu y al coraje, mientras que en las canchas escribió el libro sagrado de las coberturas defensivas.

A más de 34 años de distancia parece no existir un solo argentino, que tuviera uso de razón en 1986, que no recuerde el gol de Brown en la final de aquel Mundial. Pero quien ya no lo recordó tan nítidamente, quizá hasta llegó a olvidarlo por completo, fue José Luis“El Tata” Brown, aquejada su cabeza durante medio año por un maldito alzheimer. Falleció el 12 de agosto de 2019, a la edad de 62, en la ciudad de La Plata. Para homenajearlo, en los partidos de la jornada de la Superliga argentina que siguió a su muerte, los jugadores de todos los equipos salieron a las canchas con camisetas agujereadas a la altura del ombligo, como la que improvisó Brown en el partido de su vida.

Menem: De los sueños a las pesadillas

Por: Farid Barquet Climent.

A Modesto Vázquez, gran argentino y gran mexicano

El pasado 14 de febrero murió a los 90 años Carlos Saúl Menem, presidente de la República Argentina de 1989 a 1999. Si un gobernante quiso simbiotizar los éxitos deportivos de sus connacionales con su proyecto político y económico e incluso con su imagen pública, ese fue Menem. En 1989, cuando ya detentaba la máxima investidura, jugó con el equipo nacional de basquetbol sobre la duela del mayor centro de espectáculos de Buenos Aires, el Luna Park, y 3 años después, durante un partido de exhibición, fue pareja de dobles de la más destacada tenista argentina de la historia, Gabriela Sabatini, ganadora del Abierto de Estados Unidos 1990. Pero con el que Menem llevó a los extremos del narcicismo su afán de notoriedad fue con el futbol.

En plan Calígula, Menem se hizo convocar a la selección nacional dirigida por Carlos Salvador Bilardo. A sus 59 años Menem jugó, junto a Maradona y sus compañeros entonces campeones mundiales, el Gran Partido de la Solidaridad —celebrado el 21 de julio de 1989 en el estadio José Amalfitani, casa del Club Atlético Vélez Sarsfield, con aforo para 40 000 asistentes—, organizado para recaudar fondos “a beneficio de los más necesitados”. El periodista Enrique Macaya Márquez ingresó al vestidor y encontró al masajista histórico de la selección, Miguel Di Lorenzo “Galíndez”, frotando las piernas de un debutante con la camiseta albiceleste: Menem. A preguntas previsibles de Macaya Márquez —“¿Qué le dice Bilardo?” “¿Qué habla usted con los muchachos antes de salir (a la cancha)?”— el presidente devenido en futbolista, recostado en la cama de masajes, enfundado en la número ‘5’ que esa noche le fue confiscada al “Tata” José Luis Brown y portando el gafete de capitán que le usurpó a Maradona, responde sin asomo de humildad: “No hace falta. Los que tenemos conocimiento del futbol no hace falta que hablemos”.

Menem jugando con la selección campeona mundial

Pero si algo hizo Menem para llegar a la presidencia fue precisamente hablar. Y hablar mucho. A fuerza de discursos y entrevistas, durante la campaña electoral se construyó una imagen: la de adalid de las causas sociales que el peronismo decía abanderar. Pero una vez que tuvo en sus manos el cetro presidencial, se dedicó a hacer todo lo contrario de lo que pregonó. Tal como afirma el periodista Luis Bruschtein, “su gobierno fue lo más opuesto a los principios que había profesado en su ingreso a la política: ladrillo por ladrillo, hizo lo que ni siquiera los gobiernos militares habían podido hacer. Se dedicó a desmontar lo que aún quedaba en pie de los primeros gobiernos peronistas: privatizó todos los servicios de agua, gas y electricidad, las comunicaciones, los altos hornos y el acero, los ferrocarriles, Aerolíneas, desreguló la economía. Hizo lo que ni siquiera los gobiernos más neoliberales del mundo habían hecho: privatizó la petrolera estatal ypf (Yacimientos Petrolíferos Fiscales)”.

Con el menemismo “llegó el imperio de las camas solares, los trajes millonarios italianos, las intervenciones estéticas de glúteos, las cocaine decisions”, escriben Cune Molinero y Alejandro Turner en las primeras páginas de su libro El último mundial. Evaporada la “primavera democrática” de los años de Raúl Alfonsín en la presidencia (1983-1989), Menem implantó una realidad en la que —sostienen esos autores— “no se podía sobrevivir sin una mínima cuota de cinismo. Con menos alegría y más teléfonos. Con menos almacenes que hipermercados. Con menos Humor y más Caras”.

A Menem no le bastó montar una pantomima para meterse a jugar con los seleccionados y exhibirse triunfante —como escribió el recientemente fallecido José Nun— “en esos dos lugares mitologizados del ascenso social como son el deporte y el mundo de la farándula”. Menem quiso también incidir en la confección de la lista de jugadores que participarían en el Mundial Italia 90. Socio de River Plate, el presidente deseaba ver a un referente del club “Millonario”, Ramón “Pelado” Díaz, entre los 22 llamados por Bilardo para la Copa del Mundo. Con ese propósito citó a una reunión en la que estuvieron presentes un empresario periodístico y dos periodistas deportivos, además, por supuesto, del entrenador nacional, al que pasados unos minutos Menem invitó a pasar a solas con él a una habitación aparte. Bilardo no accedió a la petición. “No hubo caso”, fueron las palabras de Menem después de que el técnico se retiró. Cuando la solicitud trascendió, el propio Maradona, según la prensa de entonces, “le recordó al jefe del Estado que él debía ocuparse de ‘cosas más importantes’”.

Cuando Menem llegó al poder en julio de 1989 Maradona era la mayor celebridad deportiva mundial. Ni siquiera el nombre de Michael Jordan resonaba como el del Diego en todos los confines del planeta. Menem vio la oportunidad de hacer diplomacia con la popularidad del ‘10’: lo nombró Embajador Deportivo el 7 de junio de 1990, 24 horas antes de que la selección argentina inaugurara el Mundial de Italia, en el que habría de defender —y casi lo consigue— su título de campeón del mundo. Menem le entregó el pasaporte diplomático a Maradona en una ceremonia realizada en la sala de prensa del estadio Giuseppe Meazza —que para el certamen estrenó el tercer piso de su graderío además de un techo sostenido por 11 pilares—, no sin antes darse el gusto de caminar sobre el pasto de la Scala del calcio junto a los jugadores durante el recorrido habitual de reconocimiento de la cancha, cual si fuera un seleccionado más que Bilardo tuviera contemplado para alinear.

El día siguiente Menem observó desde el palco de los poderosos la derrota argentina ante Camerún gracias al gol imposible de Francois Omam Biyik, el que se comió el portero Nery Pumpido porque nunca imaginó que el futuro delantero del América de México fuera capaz, como lo fue, de rematar desde la estratósfera. Mientras Menem volaba de vuelta a Argentina y Maradona y sus compañeros aguardaban en Nápoles su segundo partido del Mundial ante el representativo de la URSS, en Buenos Aires se cumplimentaba el decreto 1026, que Menem había dejado firmado en alguno de los cajones próximos al “Sillón de Rivadavia”. A través de ese documento Menem ordenó a personal militar desalojar a su esposa, Zulema Yoma, de la residencia presidencial de la Quinta de Olivos, en presencia de los dos hijos de ambos y de los medios de comunicación, que fueron avisados con la mínima pero suficiente anticipación, al más puro estilo Menem, de que un performance estaba por ocurrir a las puertas del número 2100 de la avenida Maipú.

En el otrora lecho conyugal, habitado ya por él solo, Menem vio por televisión el tortuoso avance mundialista de la selección, que contra lo que vaticinaban los malos presagios que dejó el tropiezo inaugural ante los leones indomables logró llegar a la gran final. No obstante que el dólar se cotizaba en 5,850 australes —moneda nacional argentina de ese tiempo— y el costo del servicio telefónico había aumentado 1,000% durante el año que llevaba al frente del gobierno, Menem viajó nuevamente a Italia para presenciar el partido definitivo contra Alemania en el Olímpico de Roma. Encuentro trabado, se resolvió a favor de los teutones por un polémico penal marcado por el árbitro uruguayo-mexicano Edgardo Codesal y anotado por Andreas Brehme. Maradona aún no se secaba las lágrimas rezumantes de impotencia que regó mientras esperaba la medalla de plata, cuando Menem ya estaba en el aeropuerto de Fiumicino despegando rumbo al de Ezeiza. Se apresuró a regresar a la Argentina antes que lo hiciera la selección en aerolínea comercial para ponerse al frente del apoteósico recibimiento popular a los subcampeones mundiales. Fue otra puesta en escena más de su propensión a intentar capitalizar políticamente el gusto del pueblo argentino por el futbol, una constante a lo largo de sus 2 periodos presidenciales. En contraste con su antecesor, Raúl Alfonsín, que 4 años antes cedió el balcón de la Casa Rosada —sede del gobierno— a los integrantes del plantel que ganó la Copa fifa en México 86, Menem salió al encuentro de la multitud reunida en la Plaza de Mayo acompañado de Maradona y se quedó de pie entre los jugadores y el cuerpo técnico durante los 20 minutos de ovación. Detrás de las cilíndricas columnas de piedra que el 1 de mayo de 1952 atestiguaron el último discurso de Eva Perón, la noche del 9 de julio —Día de la Independencia argentina— de 1990 las patillas tupidas de Menem a lo Facundo Quiroga —caudillesco gobernador de la provincia de La Rioja en la primera mitad del siglo XIX como Menem lo fue en la segunda del XX— estuvieron estratégicamente flanqueadas por la melena rubia de Claudio Caniggia, por la mano de Bilardo esclavizada por el tic de acomodarse la corbata, por el aura heroica de Sergio Goycochea y por la sonrisa plena del Diez. “Ahí está el presidente Menem con Diego Maradona, es el momento culminante”, gritaba el reportero de la televisión.

El subcampeonato en el Mundial de Italia lo consiguió el representativo argentino tras eliminar a la selección anfitriona en la semifinal, dejándola fuera de la competencia nada menos que en el santuario maradoniano de la península: el estadio San Paolo de Nápoles, que desde el 25 de noviembre de 2020, día de la muerte de Maradona, lleva su nombre. Salvatore “Toto” Schillaci había puesto en ventaja a los azurri a los 17 minutos, pero en el complemento la igualada llegó por una peinada de Caniggia auxiliada de una mala salida de Walter Zenga, quien hasta ese momento no había recibido gol en el Mundial. El empate 1-1 del tiempo regular no se rompió durante la prórroga, por lo que hubo que dirimir el pase a la final mediante tandas de penaltis, en las que Goycochea se ganó su apodo, “Atajapenales”, al detener 2 disparos —de Aldo Serena y Roberto Donadoni— mientras que los sudamericanos no erraron ninguno. Por haber frustrado el sueño italiano de campeonar en casa por segunda vez —pero en esa nueva oportunidad del 90 sin sospechas de ayuda mussoliniana como las que ensombrecieron la conquista de 1934— a Maradona, il figli adottivo del Vesuvio, se le dictó, nunca mejor dicho, una auténtica vendetta. La venganza llegó 10 meses después, aprovechando una debilidad humana del crack, hoy de todos conocida: a principios de abril de 1991 el Comité de Disciplina de la Liga italiana impuso a Maradona una sanción de 15 meses, que expiró hasta el 30 de junio de 1992, por haber dado positivo por consumo de cocaína en el control antidoping efectuado al término del partido que el Napoli le ganó 1-0 al Bari el 17 de marzo. Impedido de jugar en cualquier Liga del mundo, Maradona se refugió en Buenos Aires. No era un regreso fulgurante, como los del 86 y del 90, de balcón festivo y plaza rebosante. Pero si un común denominador había entre los regresos del 86, del 90 y del 91, era la persistencia de la crisis económica en Argentina. Así como el poder explotó la estrella de Maradona en su auge, también lo haría en su caída. Así como sacó rédito de su gloria, sabría usufructuar su desgracia a modo de distractor: el 26 de abril por posesión de drogas Maradona era “arrestado en un departamento del barrio porteño de Caballito al que los medios de comunicación llegaron antes que la policía”, como recuerda el periodista Alejandro Duchini. La detención, que mostró al ídolo intoxicado y esposado ante las cámaras, la efectuó la Policía Federal, y Menem dijo sentirse “sumamente conmovido”, de acuerdo con información del periódico español El País. Un cable noticioso de la época, reproducido en 2020 por el diario La Nación, informaba: “Desde poco antes de las seis de la tarde, las radios desplazaron sus unidades móviles a las inmediaciones del lugar y comenzaron la transmisión de los hechos como si se tratase de un partido”. A 30 años de distancia Duchini interpreta esa detención y el vuelo mediático que se le dio como “un golpe sin anestesia para tapar problemas sociales”.

Los 90, la década de Menem en el poder, fueron a la Argentina lo que el sexenio presidencial de Carlos Salinas de Gortari a México: espejismos de entradas al primer mundo que terminaron en nuevas devaluaciones, en más crisis, en más desigualdad. Tal como escriben Molinero y Turner, desde los tiempos de Menem la democracia argentina “empezaba a parecerse más a la que habitamos ahora: con menos temor al poder militar. Pero también con menos ilusiones”. Porque después de la larga noche de la dictadura (1976-1983) revivieron las esperanzas de ver por fin una Argentina a la altura de las expectativas que despertó en su fundación, las que le auguraban convertirse en algo así como Canadá o Australia del Cono Sur, tal como escribe Alejandro Grimson en su inteligente y divertido libro sobre los mitos argentinos, publicado por Siglo XXI Editores. El regreso de la democracia invitaba a soñar no sólo con un país menos sometido, sino también más justo y menos pauperizado. Pero al igual que ocurrió con los “viejos sueños” decimonónicos que, como escribe Andrés Kozel, descansaban en la supuesta ineluctabilidad de un “destino de grandeza” del que la nación “se había ‘extraviado’” en algún momento de su historia difícil de precisar, los sueños de los años de Menem —alumbrar la prosperidad, domar la inflación, acceder a bienes importados gracias a la ilusoria conversión por decreto del dólar americano en moneda nacional— también “pasaron a destilar unas pesadillas que acabaron devorándoselos casi por entero”.

Fuentes:

Carlos Ares, “Maradona ataca con dureza a Menem”, El País, 23 de octubre de 1991.

Luis Bruschtein, “Murió Carlos Menem”, Página/12, 14 de febrero de 2021.

Clarín, Año XLV, No. 15,927, 13 de junio de 1990.

José Comas, “Menem, conmovido por el ‘caso Maradona’”, El País, 27 de abril de 1991.

Alejandro Duchini, “Carlos Menem: La Patria deportista”, Página/12, 14 de febrero de 2021.

Alejandro Grimson, Mitomanías argentinas: Cómo hablamos de nosotros mismos, Buenos Aires, Siglo XXI Editores, 2013.

Andrés Kozel, La Argentina como desilusión. Contribución a la historia de la idea del fracaso argentino (1890-1955), México, Nostromo Ediciones-unam, 2008.

La Nación, “Maradona: el día que fue preso por drogas y conmocionó al mundo”, 26 de abril de 2020.

Cune Molinero y Alejandro Turner, El último mundial, Buenos Aires, Planeta, 2020.

José Nun, “Populismo, representación y menemismo”, en Felipe Burbano de Lara (ed.), El fantasma del populismo. Aproximación a un tema (siempre) actual, Caracas, ildis-flacso-Nueva Sociedad, 1998, pp. 49-79. Mauro Palacios, La enfermedad del doctor: una biografía de Carlos Salvador Bilardo, Buenos Aires, Corregidor, 2009.

El origen

Por: Farid Barquet Climent.

En 2008 Siglo XXI Editores publicó la traducción al español del libro en el que el reconocido editor estadounidense William Germano —quien llegó a ser máximo responsable de decidir qué libros habrían de ver la luz bajo el sello de la Universidad de Columbia— ofrece sabios consejos sobre cómo transformar una tesis académica en un libro (Cómo transformar tu tesis en libro). En lo que parece un acto de congruencia, un lustro después Siglo XXI Editores puso en circulación un caso de éxito de semejante transformación: el libro Historia social del fútbol, que tiene como germen el trabajo doctoral del argentino Julio Frydenberg, pero que no por ese motivo resulta críptico para el público en general ni circunscribe su interés a un reducido grupo de científicos sociales. Si acaso, el libro pide un único requisito para su disfrute: tener mucho amor por el futbol.

Si bien su objeto es documentar y explicar el proceso de implantación del futbol en un solo país, Argentina, cualquier lector latinoamericano puede y todo futbolero latinoamericano debe acercarse al libro de Frydenberg, cuya lectura permite encontrar coincidencias y paralelismos, pero también advertir enormes diferencias, entre la experiencia argentina y las formas de apropiación del futbol en otras naciones del continente en las que también es parte del paisaje. 

Frydenberg describe cómo la fundación de clubes constituidos por vecinos o por integrantes de diversos gremios fue la clave para que el futbol arraigara en la sociedad argentina de principios del XX. Creados incluso antes que los barrios que apenas empezaban a poblarse, los clubes de Buenos Aires jugaron un papel preponderante en la construcción de identidades colectivas, al tiempo que se erigieron en vehículos de socialización generadores de ámbitos organizativos que rebasaron los límites de lo deportivo y se volvieron parangonables a los que ofrecen los partidos políticos y los sindicatos cuando no son cooptados ni se desvían de sus mejores propósitos. 

El futbol debe en mucho su rápida propagación a la prensa. Frydenberg nos revela que esa contribución no sólo se debió a las crónicas deportivas que crearon el mercado lector que a su vez dio pie a las secciones deportivas de los diarios y a toda una subdisciplina periodística: el periodismo deportivo. Frydenberg expone el caso de una publicación, La Argentina, pionera en darle cabida al futbol de una manera curiosa: mediante inserciones pagadas por jugadores para que, a falta de Ligas entonces en formación, sus páginas se convirtieran en la vía para que los equipos se lanzaran desafíos recíprocos y así pudieran concertar la celebración de partidos. La historia siempre se repite: los periódicos de hoy son retransmisores de los tuits de los personajes del futbol.

Ilustración elocuente de un tránsito que va desde los tiempos del amateurismo —en los que no se remuneraba a los futbolistas en nombre del ideal de virtud desinteresada que trajeron consigo los sportsman ingleses—, que luego pasa por la aparición de los cobros subrepticios que los argentinos llaman futbol marrón y que termina en el reconocimiento legal de la práctica deportiva como un trabajo, Historia social del futbol nos da algunas claves para entender por qué el futbol (no sólo el argentino) y las sociedades de hoy son como son. 

Julio Frydenberg, Historia social del fútbol: del amateurismo a la profesionalización, Buenos Aires, Siglo XXI Editores, 1a ed., 2013.

Yo, el francés

Por: Farid Barquet Climent.

Cuando en 1997 se dio a la tarea de escribir la historia de la Intervención francesa en México, el historiador franco-mexicano Jean Meyer viajó a París para sumergirse, durante nueve meses, en los expedientes personales, la correspondencia y los documentos de identidad de 784 oficiales del ejército galo, a los que en 1862 Napoleón III les encomendó la misión de entronizar, como monarca de México, a un archiduque austriaco, Maximiliano, con el fin de contener la expansión de Estados Unidos hacia el sur del continente americano.

Esa ardua investigación de Meyer —autor también del más amplio y riguroso estudio sobre la Cristiada— cristalizó en su libro Yo, el francés, que arrojó una conclusión: Francia no envió a tierras mexicanas a “la fleur de marais” (algo así como las frutas secas) de sus fuerzas armadas, sino que mandó a “la élite presente y futura de su oficialidad”, incluidos 100 artilleros, 31 de los cuales murieron aquí.

“Inicialmente concebida como un golpe seco y breve —escribe Meyer— la Intervención duró más de cinco años”. Hacia agosto de 1866, cuando ya habían transcurrido cuatro sin que cesaran los combates, el apoyo francés a Maximiliano resultaba insostenible ante los avances obtenidos por la resistencia de las guerrillas republicanas mexicanas, que habían obligado al emperador a replegarse en Querétaro. Apremiado además por las tensiones crecientes con Prusia —que desembocarían en la guerra franco-prusiana cuatro años después— Napoleón III decidió reconcentrar todo su poderío militar en Europa. Ordenó en consecuencia la retirada definitiva para “librar a Francia de esa cuestión mexicana que nos lleva hacia dificultades insolubles”, tal como lo leyó Meyer en una carta que el último rey francés dirigió el 29 de agosto de 1866 al mariscal Achille Bazaine, responsable de la expedición. De acuerdo con la evidencia recabada por Meyer, “el 13 de marzo de 1867 no quedaba un solo soldado francés en México”. Tres meses más tarde, el 19 de junio, Maximiliano fue fusilado en el Cerro de las Campanas.

Casi un siglo y medio después del fin de la Intervención, en 2015, un artillero francés arribó a México. En modo alguno se le podía considerar como una fruta seca, pues a la edad de 29 estaba en plena madurez. Mientras 31 de sus paisanos artilleros cayeron aquí, él desde el primer día convirtió a estas tierras en su Imperio mexicano. Porque en el lustro transcurrido desde su llegada, las defensas vernáculas se han rendido ante una nueva Intervención francesa: la que ha consumado, gracias a la poderosa artillería de sus goles, André-Pierre Gignac.

Al igual que Maximiliano, Gignac ignoraba casi todo de México antes de pisar con su planta este suelo. Ambos aceptaron partir rumbo a su nuevo destino sin antes tantearlo suficientemente. En la novela de novelas de la literatura mexicana de la segunda mitad del siglo XX, Noticias del Imperio, Fernando del Paso relata que al tiempo que recibía clases intensivas de español en su castillo triestino de Miramar Maximiliano escuchaba asombrado las exposiciones acerca de las riquezas naturales de México que le hacían los conservadores mexicanos que querían verlo coronado. Para persuadir al archiduque de que un reino promisorio clamaba por su llegada salvadora, se auxiliaban de un mapa del territorio mexicano sobre el que el esposo de Carlota de Bélgica colocaba alfileres para fijar puntos de interés. Uno de los primeros que colocó —según la recreación imaginada por del Paso— fue sobre la ubicación de Real del Monte, localidad en la que, por cierto, mineros ingleses jugaron el primer partido de futbol en México del que se tenga memoria. Cuando le dijeron que algunas “de las minas más ricas del mundo” estaban ahí, “Maximiliano clavó el alfiler”, escribe del Paso. Y con Gignac las cosas no fueron muy distintas. Luego de 5 años de jugar para el Olympique de Marsella, el contrato que lo unía al equipo de sus amores expiró aquel verano de 2015. Ya como agente libre, el nacido en Martigues recibió, entre otras ofertas de clubes ingleses, alemanes, qatarís y emiratís, la invitación de unos mexicanos nada conservadores, al menos para abrir la chequera cuando de hacer fichajes se trata, a saber: los directivos del club Tigres, quienes querían ver al equipo de la Universidad Autónoma de Nuevo León coronándose campeón de la Copa Libertadores. Para convencer al campeón goleador de la temporada 2008-2009 de la Ligue 1, le enviaron el libro de la historia del equipo y videos de la ciudad de Monterrey. “En cuanto hablé con el representante de Tigres creo que mi decisión estaba tomada”, se le escucha decir a Gignac en un reportaje que le dedicó el programa televisivo francés Interieur Sport. Ese representante seguramente le habrá dicho que Cemex, el corporativo cementero que administra a Tigres desde hace un cuarto de siglo, quería y podía extenderle un contrato acorde a un artillero de la élite europea. No es aventurado pensar que fue entonces cuando Gignac, como Maximiliano, clavó el alfiler.

Se decantó por Tigres una madrugada de junio de 2015 luego de una larga negociación en un restaurante de Cancún, en la que él estuvo presente. No lo citaron ahí para engañarlo, como a Maximiliano, a quien —otra vez del Paso— le ocultaron que “no había pruebas de que una mayoría de mexicanos deseara de corazón un imperio”. A Gignac en ningún momento trataron de seducirlo diciéndole que en Monterrey iba a tener vista a un mar turquesa ni que pasaría los días en la refrescante brisa de la costa caribeña. Al contrario, le advirtieron que iba a vivir y a jugar bajo el calor seco y la aridez que caracterizan a la industriosa capital neoleonesa. El delantero, que para entonces había sido convocado más de una veintena de veces a la selección nacional francesa, aceptó y se aclimató de inmediato: en su primer torneo corto anotó 15 goles determinantes para que Tigres saliera campeón del Apertura 2015. Fue el primero de los 4 títulos del campeonato mexicano a cuya conquista él ha contribuido en sus 5 primeros años. Antes de su llegada, en las vitrinas de Tigres podían contarse 3 trofeos de Liga. Hoy tienen 7.

Gignac no es el clásico ‘9’ de área, si bien dentro de ese perímetro se comporta como todo un killer. No se encasilla en un rol fijo, sabe crearse los espacios para encontrar ángulo de gol pero no siempre busca acomodarse porque a veces no lo necesita: a pesar de su corpulencia puede sacar un proyectil de su pie derecho en el instante más inesperado y cuando más dificultad enfrenta. Tiene una potencia de disparo que lo vuelve peligroso aún cuando retroceda a distancia considerable de la portería y por eso, cuando se le presenta la oportunidad de patear un tiro libre, las defensas y las aficiones rivales se ponen a temblar.

Su primer gol con la camiseta de Tigres fue internacional, precisamente ante el Internacional de Porto Alegre en la semifinal de la Libertadores de 2015. Para su lamento, en la instancia siguiente los suyos no pudieron imponerse a River Plate en la serie de 2 partidos por la Copa, mientras que 2 años después los clubes mexicanos dejaron de participar en el torneo de Conmebol. Por eso Gignac siente como un pendiente que Tigres pise fuerte en un escenario internacional, y gracias a su último gol de 2020, ante Los Ángeles FC, que valió el trofeo de Concacaf, el cuadro universitario tiene el derecho a participar en el Mundial de Clubes, en el que debutará el próximo jueves 4 de febrero de 2021 ante el campeón de Asia: el surcoreano Ulsan Hyndai FC.

El periodista, escritor y abogado Ireneo Paz, abuelo de Octavio Paz, le contaba a su nieto, cuando éste era niño, sus memorias de la guerra de Intervención. El nobel de literatura lo recordó en su poema Canción mexicana:

Mi abuelo, al tomar el café,

me hablaba de Juárez y de Porfirio,

los zuavos y los plateados.

Y el mantel olía a pólvora.

Cuando los abuelos regiomontanos les hablen a sus nietos de la Intervención francesa de André-Pierre Gignac, los manteles también olerán a pólvora: la que dejará la estela de su metralla goleadora.

La revancha

Por: Farid Barquet Climent.

A Sergio Levinsky

“La pregunta ‘¿qué habría pasado si…?’ siempre ha fascinado a los historiadores”, escribe el historiador inglés Richard J. Evans en su libro Contrafactuales. ¿Y si todo hubiera sido diferente? Preguntas como “¿Y si Hitler hubiera muerto en un accidente de coche en 1930?” o “¿Y si Napoléon hubiera ganado la batalla de Waterloo?” —como lo especuló Víctor Hugo en Los Miserables—, activan nuestra imaginación retrospectiva hasta llevarnos a elucubrar desenlaces distintos de los que realmente ocurrieron.

Si a los historiadores les fascinan preguntas de ese tipo, no se diga a los futboleros, que algo de historiadores llevamos dentro, tan afectos como somos a la memorabilia. En nuestras conversaciones, quien suelta “¿Qué habría pasado si…?” le abre el telón a la formulación de conjeturas que construimos cambiando arbitrariamente algún hecho de la historia balompédica, con el propósito de ponderar la probabilidad de que ésta pudiera haber seguido un derrotero alternativo al que siguió en la realidad.

Hablar de los mundiales siempre es ocasión propicia para semejantes ejercicios contrafactuales. Por ejemplo: ¿qué habría pasado si Werner Liebrich no le hubiera destrozado el tobillo a Ferenk Puskas en el partido de primera fase que enfrentó a alemanes y húngaros en el Mundial de Suiza 54, antes de que se encontraran nuevamente en la final? El cambio de ese solo hecho seguramente llevará a deducir que con Puskas a plenitud la humanidad jamás habría escuchado hablar del Milagro de Berna ni Hungría se habría deprimido hasta borrarse del mapamundi futbolístico.

La muerte de Paolo Rossi el 9 de diciembre de 2020 instaló en los medios y las redes sociales una pregunta contrafactual que de sólo plantearse anuncia su conclusión: ¿qué habría pasado si il cannoniere toscano no hubiera jugado el Mundial de España 82? Respuesta general: Italia no habría sido campeona mundial por tercera vez. Y coincido, pero esa contestación, así enunciada, me dice poco, porque a mi juicio esconde algo más profundo: que el motivo por el que Rossi estuvo a muy poco de no acudir el mundial español, es el que termina por explicar la terza volta dell’Italia.

Con la camiseta de su equipo —el Perugia— empapada por la pertinaz lluvia que la tarde del domingo 23 de marzo de 1980 se precipitó sobre el estadio Olímpico de Roma, Paolo Rossi se dirigía a los vestidores tras otra lluvia que también le había caído encima, una lluvia de goles: el equipo local, la AS Roma, le asestó 4 al equipo de Rossi, conocido como Il Grifo Rampante por el animal mitológico que lleva por escudo: un león alado. En el instante en que sus pasos abandonaban la húmeda grama y sus tachones lo hacían caminar con dificultad sobre el acolchado pero impenetrable tartán de la pista olímpica, a Rossi le cayó de repente, más que una lluvia, una auténtica tormenta: elementos de la policía tributaria de la Guardia de Finanzas se lo llevaron detenido “ante la atónita mirada de los hinchas” —como relata Sergio Levinsky— por órdenes del comandante Gaetano Nanula, el que años después publicaría el prontuario jurídico La lotta alla mafia (La lucha contra la mafia).

¿Bajo qué cargo Rossi fue sacado del estadio a bordo de una patrulla? Un denunciante le imputó haberse prestado tiempo atrás al amaño de un partido de la Segunda División, que terminó en empate a 2 goles entre el Vicenza y el Avellino (cuando Paolo jugaba para el primero), supuestamente para favorecer a una red apuestas clandestinas, trama que, parafraseando la denominación Totocalcio de los juegos de pronósticos futbolísticos de ese país, fue bautizada por la prensa como Totonero: quiniela negra.

Totonero se convirtió en “la novela policiaca” del futbol italiano. Además de Rossi, otros 32 futbolistas fueron procesados. Todos fueron detenidos en la cancha o en los vestidores de los estadios en los que acababan de terminar sus respectivos partidos. “Las detenciones —recuerda Alfredo Relaño— se hicieron así, de forma simultánea, para que no tuvieran tiempo de avisarse unos a otros”. Alguno incluso tuvo que solicitar permiso para bañarse.

La bomba había estallado el primer día de aquel marzo, cuando Massimo Cruciani, un estafador que aparte de estafar vendía frutas en Roma, acudió ante la justicia a dolerse de que sus compinches estafadores lo estafaron en la estafa que tramaron juntos. Cruciani declaró que él y Alvaro Trinca, dueño de un restaurante del que Cruciani era proveedor, les propusieron a jugadores de uno de los dos equipos de Primera División de la ciudad, la SS Lazio, que accedieran a arreglar partidos a los que previamente apostarían para luego repartirse las ganancias. De acuerdo con información compartida por Alfredo Relaño, “el núcleo inicial de jugadores del Lazio fue captando a jugadores de otros clubes”.

Hasta ahí el plan caminaba, “pero no siempre los resultados eran los que ellos pretendían”, por lo que Cruciani y Trinca “comenzaron a endeudarse con prestamistas, y a exigirles a los jugadores las devoluciones de dinero que les entregaban para arreglar los partidos en los casos en los que no se concretaba el resultado pactado”. Hasta que, como recuerda Relaño, “un buen día Cruciani, harto y entrampado ante sus prestamistas, se presentó a la policía y cantó La Traviata”.

Al momento de las detenciones faltaban menos de tres meses para que diera inicio la Eurocopa, que por primera vez habría de disputarse en un solo país y ese país era precisamente Italia. Dada la inminencia del arranque del torneo continental, Relaño interpreta a la distancia que “sólo una sentencia rápida y severa podría restaurar en parte el comprometido crédito futbolístico” de il paese. Antes de que fuera procesado por la justicia pública, el 19 de mayo el comité disciplinario de la liga de futbol (Lega Calcio, como se denominaba entonces) sancionó provisionalmente a Rossi inhabilitándolo para jugar durante 3 años.

Para dar a conocer la noticia, el diario español El País reprodujo un cable de la agencia EFE que resultaría premonitorio:

«La suspensión de Rossi plantea un problema a Enzo Bearzot, seleccionador italiano, pues desde antes del mundial le considera insustituible en el equipo. Rossi fue uno de los jugadores más destacados del Mundial de Argentina. Tras conocer la suspensión, Bearzot dijo que habría que resignarse a jugar la fase final de la Eurocopa sin él» (…).

Y así fue. Rossi se perdió la Eurocopa. Resultado: a pesar de ser anfitriones, los azzurri no pudieron llegar a la final, e incluso perdieron también el partido por el tercer lugar ante Checoslovaquia en penaltis. Bearzot confirmó así que la ausencia de Rossi le restó poder goleador a su equipo, por lo que, más que mover cielo, mar y tierra, se concentró en espolear algunas voluntades con poder dentro de la Federazione Italiana Giuoco Calcio, persuadiéndolas de que, si se mantenía inconmutable el castigo, se privaría a La Nazionale de contar con su futbolista más letal en el Mundial a celebrarse dos años después.

El 19 de julio, a dos días de que se cumpliera el primer mes desde el último partido de la incolora, insabora e ingolora selección italiana en su Eurocopa, el diario El País publicó que

«La comisión de apelación de la Federación Italiana de Fútbol acordó reducir, de tres a dos años, la sanción impuesta por el comité disciplinario de la Liga al delantero centro del Perugia, Paolo Rossi».

Acortada su inhabilitación, persistía una pregunta: ¿en qué condiciones llegaría ya no el goleador, sino el hombre Paolo Rossi, al verano del 82? Porque parar dos años es el fin para casi cualquier futbolista. En estos días de pandemia hemos visto los estragos, las dificultades para volver que acusan tantos jugadores en todo el mundo, y eso que sólo pararon cuatro meses, menos de la cuarta parte del tiempo que Rossi estuvo sin plantarse frente a una portería. Además, durante la pandemia pararon todos los jugadores, todos, mientras que Paolo veía cómo el ayuno que se le aplicaba a él lo alejaba de los que estaban llamados a romperla en el Mundial: dos estrellas latinoamericanas que aun jugaban en sus países, el brasileño Zico y la sensación del primer mundial juvenil, Diego Armando Maradona, al igual que las dos figuras europeas del momento, el francés Michel Platini y el alemán Karl Heinz Rummenigge, quienes día con día aumentaban sus prestigios, pulimentaban sus cualidades y se alimentaban de futbol.

Deportista, humano, Rossi se marchitó. Ajado por la prolongada veda, apenas pudo reaparecer el 2 mayo y jugar “solamente los últimos tres partidos del campeonato italiano con Juventus”, equipo que antes de que le impusieran la sanción hizo válida la opción de compra total de su pase que tenía en el acuerdo de copropiedad con el Vicenza. Desmejorado, “muy flaco, cinco kilos por debajo de mi peso normal” —dijo en entrevista concedida a la revista Bocas del diario colombiano El Tiempo en 2014—, la prensa desaconsejaba su convocatoria al Mundial. Para sorpresa de muchos, para cólera de otros tantos y para aplauso de casi ninguno, Bearzot dejó en suelo italiano al capocannoniere de las dos últimas temporadas de la Serie A, Roberto Pruzzo, e incluyó Rossi en el renglón número 20 de su lista.

Por aquellos días, en Italia todo era división, la esfera política por delante (cuándo no en aquellos lares). El presidente del Consejo de Ministros, Giovanni Spadolini, atravesaba una grave crisis de gobierno. Estaba en gestación la ruptura de la coalición parlamentaria que el Partido Republicano, de Spadolini, tenía con el Partido Socialista de Benedetto “Bettino” Craxi, cisma que se consumó en agosto siguiente y que obligó a la celebración de elecciones anticipadas. En tiempos en que el acuerdo político dinamitó, el llamado de Rossi al Mundial no hizo sino atizar el clima nacional de discordia.

La Liga italiana 1981-1982 tuvo su última fecha el 16 de mayo, mientras que el debut de Italia en el Mundial estaba agendado para el 14 de junio. El tiempo apremiaba: se contaba con menos de un mes para poner a tono al enflaquecido y desencanchado atacante, por lo que hubo que tomar medidas extremas. Así lo recuerda Rossi:

«Fue entonces cuando decidieron alimentarme de manera diferente a los demás y todas las noches, de los 40 días de concentración, pasaban por mi cuarto el cocinero, el médico y el masajista a llevarme un vaso de leche caliente y una porción de torta de manzana, como a los niños, esas eran las creencias de ese entonces. Hoy en día existen regímenes alimentarios más complejos y estudiados, pero en cierta manera me sentía consentido, atendido, y eso me ayudó mucho».

El periodista español Enric González escogió la palabra precisa —además, una palabra italianissima— para retratar lo que fue Italia en el Mundial de España: crescendo. El rendimiento de Italia fue in crescendo partido a partido o, como se dice en el argot, de menos a más. Empate 0-0 con Polonia en el debut, después empate a un gol con Perú y otra vez empate por idéntico marcador con Camerún. Sin ganar, califica apenas a la segunda fase y ahí encuentra su primer triunfo: 2-1 sobre la Argentina de Maradona, Kempes, Ardiles y “Pelado” Díaz. De esos cuatro partidos, Rossi jugó poco más de tres y medio y no había firmado ni un gol. Parecía, nerudianamente, estar como ausente. Pero Bearzot no le retira la confianza y en la quinta partita se destapa Il Bambino D’Oro:

Anota Hat trick para eliminar al Brasil más preciosista y apabullante desde Pelé: el de Zico, Sócrates, Cerezo y Falcão. Luego, doblete contra la Polonia de Boniek en la semifinal. Y en el encuentro definitivo por la Copa del Mundo, contra Alemania, marca el tanto del introito de esa noche en el Bernabéu, el que hizo saltar por primera de tres veces de su asiento al presidente de su país, Sandro Pertini, que vitoreaba desde el palco los goles, tan animado como si cantara Bella Ciao, confirmando el venerable partisano que tiene razón Juan Sasturáin cuando afirma que “nunca somos más verdaderos que cuando nos entregamos a las emociones”.

Acerca de la manera en que se comporta la historia de la humanidad, el gran novelista y biógrafo Stefan Zweig escribió que han de transcurrir “millones de horas inútiles antes de que se produzca un momento estelar”. En el futbol pasa lo mismo. Y Paolo Rossi es prueba de ello. En su mundial, sí, su mundial, porque España 82 no fue, como se esperaba, el Mundial de Maradona (hubo que esperar 4 años más) ni tampoco el de Zico ni el de Rummenigge ni el de Platini, Rossi transcurrió inútilmente, si no millones de horas, sí la inmensa mayoría de los 575 minutos comprendidos en las 9 horas y media que deambuló sobre el pasto de las canchas españolas de Balaídos, Sarriá y Chamartín. Porque a Rossi le bastaron 6 descuidos 6, para dar 6 puntillazos 6, en 3 partidos que escribieron la epopeya de mayor gloria del futbol italiano. Pero antes de esas horas inútiles, hubo otras horas que no lo fueron en absoluto: las 17 520 que transcurrió privado de encontrarse con el balón, las que alimentaron su hambre de rivincita, de revancha. Saberse culpado injustamente fue el carburante de su rinascimento y el fermento de su hazaña reivindicadora: “Mi ha salvato la consapevolezza di essere inocente”.

Reconoció haber conversado unos pocos minutos con el frutero Cruciani a pedido de Mauro Della Martira, su compañero en el Perugia, pero negó tanto haber aceptado la propuesta de participar en el amaño como haber recibido dinero por el resultado. Y yo le creo. Y no por una “duda razonable”, como dicen los abogados penalistas. Porque por más que las investigaciones acerca de cómo opera el pestilente mundo de las apuestas en el futbol italiano sostengan que las componendas han sido tan recurrentes que conforman un sistema paralelo y subrepticio, estoy convencido de que, para hacer lo que hacía Paolo Rossi adentro de una cancha, hay que estar muy enamorado del futbol. Y quien ama así, no traiciona.

 

Foto: Enzo Bearzot y Paolo Rossi.

Bibliografía y fuentes:

Bohórquez, Erika Melissa, “Paolo Rossi: el orgullo azzurro”, El Tiempo, 29 de mayo de 2014.

Evans, Richard J., Contrafactuales ¿Y si todo hubiera sido diferente? (trad. Guillem Usandizaga), Madrid, Turner, 2018.

El País, “Paolo Rossi, suspendido por el escándalo de las quinielas”, 30 de abril de 1980.

 _______, “Rebajada la sanción a Rossi”, 19 de julio de 1980.

Hill, Declan, Juego sucio. Fútbol y crimen organizado (trad. Concha Cardeñoso Sáenz de Miera y Francisco López Martín), Barcelona, Alba, 2010.

Levinsky, Sergio, “Cuando una rebaja de la sanción en las apuestas clandestinas le permitió a Paolo Rossi ganar el Mundial 1982 y alcanzar la gloria”, Infobae, 10 de diciembre de 2020.

 Nanula, Gaetano, La lotta alla mafia. Strumenti giuridici, strutture di coordinamento, legislazione vigente, Milán, Giuffrè Editore, 2009.

Relaño, Alfredo, “Totonero: Operación Oikos a la italiana”, El País, 1 de julio de 2019.

Sisti, Enrico, “Giocatori in manette: 30 anni fa lo shock scommesse”, La Repubblica, 23 de marzo de 2010.

González, Enric, “El ‘modelo 82’”, El País, 11 de junio de 2006.

Sasturáin, Juan, El día del arquero (ilust. Fontanarrosa), Buenos Aires, Ediciones de la Flor, 1986.

Storie di Calcio, Paolo Rossi e il lieto fine di una favula spezzata”.

Zweig, Stefan, Momentos estelares de la humanidad (trad. Berta Vías Mahou), Barcelona, Acantilado, 2002.

Remontar es vivir

Por: Farid Barquet Climent.

En estos meses de pandemia, el escritor británico Martin Amis seguramente ha de congratularse de que, además de dificultarle el avance al coronavirus, el cierre de los estadios ha servido también para impedir la propagación de “la ferocidad de las multitudes masificadas del fútbol”1, convencido como lo está de que “las raíces del hooliganismo están en los propios partidos y en lo que implica la asistencia a ellos”2.

Al autor de El libro de Rachel —novela galardonada en 1973 con el Premio Somerset Maugham para jóvenes escritores— lo marcó, para mal, el haber asistido, luego de un tortuoso periplo en compañía de 2 de sus hijos y rodeados de hooligans, al partido final de la Champions League de 1999, el de la cruzazuleada inimaginable del siempre implacable Bayern Múnich, que en tan sólo 2 minutos del tiempo de compensación dejó ir el máximo trofeo europeo de clubes, que le fue arrebatado gracias a los goles de Teddy Sheringham y del noruego Ole Gunnar Solskjær —quienes habían entrado de cambio en el segundo tiempo— por el Manchester United, equipo del que Amis es hincha al grado de caracterizar físicamente al protagonista de su novela Lionel Asbo —título que obedece precisamente al nombre de dicho personaje— remitiendo nada menos que “al portentoso delantero del Manchester United y de la selección de Inglaterra Wayne Rooney: no excepcionalmente alto y no obeso, pero excepcionalmente ancho y excepcionalmente profundo. Incluso tenía los dientes separados, como Rooney”3, según la descripción de Amis. En el máximo goleador histórico de los Red Devils con 253 anotaciones y también del representativo nacional inglés con 53, el escritor encontró un ejemplar muy famoso del biotipo y de la estética que quiso asignar a Asbo: “el cuerpo tipo losa, el bulto lleno de la cara, la coronilla bien rapada y con el vello incipiente leonado”4, es decir, con la apariencia “de centenares de miles de jóvenes”5 de su país.

Fue yendo a ver a su querido ManU hasta Barcelona —sede de aquella final de fin de siglo con remontada histórica de fin de partido— como Amis advirtió que “ir a ver un partido de fútbol es la peor manera posible de ver un partido de fútbol”6 y que “la televisión, con la cercanía de visión y la gratuidad total, es inmensamente superior en todos los aspectos salvo en uno: te pierdes el gentío. Y el gentío es el motor de esta experiencia”7. Vaya que lo es. Para comprobarlo, que nos lo pregunten a los aficionados de los Pumas de la unam, quienes el domingo 6 de diciembre de 2020, en el quicio entre las dos semanas que registraron los peores repuntes de contagios de coronavirus en México, no pudimos abrazarnos en las tribunas del Olímpico Universitario ni convertir en euforia colectiva nuestra emoción gol tras gol, aprisionados como estuvimos, más que en casa, dentro de nosotros mismos, imposibilitados de conectar con otros y entre todos sintonizar con esa esperanza que vivimos atomizados y que crecía en la medida en que nuestro equipo se rehacía luego de una derrota rotunda en la ida hasta conquistar, gracias al deseo no desbocado sino aquilatado por la inteligencia, los 4 goles necesarios para lograr una hazaña insólita: escalar la cuesta arriba más empinada de toda la historia del futbol mexicano, instalarse de nuevo en una final y, de paso, no sin cierto “placer escabroso”8 idéntico al que experimentó Amis la noche de aquella remontada en el Camp Nou, ayudar al Cruz Azul a escribir un capítulo más, superador, dentro de la saga de pusilanimidades que evoca su historial y que justifica la acuñación del verbo cruzazulear. 

Una de las novelas más conocidas de Amis lleva por título La Casa de los Encuentros. Me parece que no hay mejor manera de definir a los estadios de futbol que con ese enunciado. Casas de los encuentros, los estadios son los recintos en los que por excelencia los individuos se liberan del que para Elias Canetti es el mayor temor de cada ser humano: “el temor a ser tocado”9. En Masa y poder, el Premio Nobel de Literatura 1981 escribe que en masa:

“es la única situación en la que este temor se convierte en su contrario. Para ello es necesaria la masa densa, en la que cada cuerpo se estrecha contra otro, densa también en su constitución psíquica, pues dentro de ella no se presta atención a quién es el que se “estrecha” contra uno. En cuanto nos abandonamos a la masa, dejamos de temer su contacto. Llegados a esta situación ideal, todos somos iguales. Ninguna diferencia cuenta, ni siquiera la del sexo. Quienquiera que sea el que se estrecha contra uno, es idéntico a uno mismo. Lo sentimos como nos sentimos a nosotros mismos. Y, de pronto, todo acontece como dentro de un solo cuerpo”10.

Por más que nos estrechemos hasta sentirnos dentro de un solo cuerpo, los aficionados al futbol, dice Amis, no podemos aportar a los equipos de nuestra predilección “destreza o capacidad atlética”11, pero lo que sí podemos es “ser parte de su voluntad”12. Pese a no haber podido, en palabras de Amis, “Estar Allí”13, Allí en el Olímpico Universitario la noche en que se consumó la madre de todas las cruzazuleadas, la grey puma, aunque ausente del graderío, nos hicimos presentes en la voluntad de nuestro equipo: la voluntad de levantarse y andar la senda que lo lleve a colocar la octava estrella sobre su escudo.

Notas:

  1. Martin Amis, “La final de la Liga de Campeones de 1999”, en El roce del tiempo (trad. Jesús Zulaika), Barcelona, Anagrama, 2019, p. 227.
  2. Idem.
  3. Martin Amis, Lionel Asbo. El estado de Inglaterra (trad. Jesús Zulaika), Barcelona, Anagrama, 2014, p. 17.
  4. Idem.
  5. Idem.
  6. Amis, “La final de la Liga de Campeones de 1999”, op. cit., p. 227.
  7. Idem.
  8. Ibidem, p. 235.
  9. Elias Canetti, Masa y poder (pról. Ignacio Echevarría, trad. y ed. Juan José del Solar), México, Debolsillo, 2008, p. 60.
  10. Idem.
  11. Amis, “La final de la Liga de Campeones de 1999”, op. cit., p. 235.
  12. Idem.
  13. Ibidem, p. 236.

Sentirse argentino

Por: Ariel Feller.

Con Pérez nos tratamos de usted y nos llamamos por nuestros apellidos. No sé bien por qué se dio de esta manera. Quizás sea porque, aunque parezca que somos amigos de toda la vida, nos conocimos de grandes; entonces no da para andar diciéndonos “viste boludo tal cosa” o “viste boludo tal otra”, como si fuéramos pibitos de los 80. O tal vez sea porque al no tutearnos generamos en nuestras mentes la idea que podemos decirnos cualquier cosa sin perder el respeto que nos tenemos.

Eso de no conocernos desde siempre hace que no sepamos todo del otro. Para colmo, que nuestras charlas siempre estén regadas con cerveza disminuye la chance de incorporar data personal. El alcohol puede fijar grasas, pero lejos está, evidentemente, de hacer lo mismo con la información. De todas maneras y gracias a que me pidió hace un tiempo que le escriba un texto para la solapa de uno de sus maravillosos libros de dibujos, tuvo que contarme cosas de su vida. Así me enteré de que, si bien nació en Laferrere, se trasladó con su familia, a muy temprana edad, a los Estados Unidos.

La reciente muerte de Diego Maradona trajo un nuevo capítulo a nuestra novelita “Descubriendo a mi amigo” porque las redes sociales de Pérez se inundaron de publicaciones sobre nuestro máximo ídolo de la pelota. ¿Qué pasa acá? me pregunté, si siempre fui yo el que de los dos más jode con Diego todo el tiempo. Entonces mi mensaje no tardó en llegar a su celular: “¿Qué le pasa Peréz? ¡Le pegó mal lo de Diego eh!”

Su respuesta que me acomodó un poco los tantos (como acomodaban los tantos las frases de Diego). La trascribo tal cual me llegó:

“Le voy a contar algo, trate de no interrumpir. Estando en yankilandia conocíamos poco de Argentina. Mi viejo tenía una idea bastante boluda de querer yankizarnos. Nos hablaba muy poco de Argentina. En el 86 me llamó mucho la atención un petisito que hacía maravillas en un deporte que apenas conocía (acá no cumplí con su pedido y le pregunté si ese petisito era yo). Los noticieros mexicanos no lo querían mucho y hablaban medio mal de un tal Maradona. Puteaban por un gol hecho con la mano y ninguneaban el que iba a ser el mejor gol de la historia… ¡El Diego fue el primero que me hizo sentir argentino! ¿Entiende o tengo que hacerle un mapa?”

Mientras un par de lágrimas caían sobre la pantalla de mi celular, con un hilo de vos dije: “¿Cómo no voy a entender Pérez? Si a miles de kilómetros a mí me pasó lo mismo”.

Foto: RCN

Newell’s Old Boys: Fundación de una nación

Por: Farid Barquet Climent.

Howard Fast, el escritor norteamericano perseguido durante el macartismo, narra que “una fresca y agradable mañana de comienzos del otoño de 1774”[1] se presentó, en la casa que tenía Benjamin Franklin en Inglaterra, un hombre pobre, hijo de un corsetero, que se negaba a continuar el oficio paterno para no replicar el anodino destino de su progenitor. Vestido con ropas raídas y con un notorio descuido de su aspecto, aquel hombre que frisaba los cuarenta años acudió al connotado sabio e inventor para que le extendiera una carta de recomendación que le permitiera encontrar una oportunidad de trabajo en América.

Fue esa carta de recomendación, dirigida por Franklin a su yerno radicado en Filadelfia, la que llevó a Thomas Paine a la tierra en la que habría de redactar, con pluma libertaria, sus extraordinarios escritos panfletarios, preñados de persuasión, que galvanizaron el sentimiento independentista que desembocó en la fundación de una nación: Estados Unidos.

Casi un siglo después otra carta de recomendación, con remitente domiciliado también en Inglaterra, desencadenó la fundación de lo que sin exagerar es otra “nación” americana, argentina, más específicamente rosarina: la nación Newell’s. En 1869 Isaac Newell, un joven de 16 años nacido en el condado de Kent, en Rochester, a unos 50 kilómetros al sur de Londres, se embarcó en un buque de carga rumbo al Puerto de Rosario, portando como único equipaje una misiva que debía entregar a Mr. William Wheelwright, desarrollador del ferrocarril en Argentina, para que le diera empleo como telegrafista en la industria de los trenes.[2] En su nuevo oficio, cuya materia prima por definición son las palabras, Newell pronto se familiarizó con las de la lengua local y al poco tiempo se tituló como profesor de su idioma natal. Dio clases en el Colegio inglés y en 1884, junto con su esposa Anna Margaretha Jockinsen, abrieron su propia escuela, el Colegio Comercial Anglo Argentino, primera institución educativa no católica de la ciudad, por la que pasaron varias generaciones de estudiantes que se afanaron en practicar el juego cada vez más popular que les enseñó su mentor inglés en el patio de su sede, ubicada en el número 139 de la calle Entre Ríos.

Fue tal el gusto que el estudiantado le tomó al futbol, que casi 20 años después, el 3 de noviembre de 1903, un grupo de alumnos y ex alumnos del Colegio familiar, encabezado por un hijo de Isaac Newell, Claudio Lorenzo Newell, fundó el Club Atlético Newell’s Old Boys, que adoptó los colores rojo y negro de la institución de enseñanza de la que surgió y por la cual años más tarde retomó la vinculación con su origen escolar, pues desde 1993 cuenta con un plantel de nivel secundaria: el Complejo Integral Educativo Newell’s Old Boys.

Tras hegemonizar la liga rosarina en los primeros treinta años del siglo XX —en los que surgió de sus filas el pionero del éxodo, Julio Libonatti,[3] el precursor de las transferencias trasatlánticas, primer futbolista nacido en América que se enroló en un club europeo[4] al ser contratado en 1925 por el granate[5] de Turín: el Torino Calcio—, en la década siguiente el equipo de los ex chicos de Newell se convierte en el primer campeón citadino de la era profesional, y para los cuarenta logra su internacionalización al ganar 10 de 14 partidos como visitante ante equipos alemanes, españoles, portugueses y belgas, antecedentes exitosos de la gira europea que realizaría en 1955 con resultados igualmente halagüeños. Para entonces, ya abreviado su nombre como Ñuls, destaca en su alineación el mediocampista José “Piojo” Yudica, quien después le daría un campeonato nacional como entrenador en 1988 y posteriormente, junto a Rubén “Ratón” Ayala, formaría parte del cuerpo técnico que ascendió al club Pachuca a la Primera División del futbol mexicano en 1996.

Los años 60 fueron aciagos, de “turbulencia institucional”[6] para el club del Parque de la Independencia, a pesar de lo cual en sus filas apareció un jugador de época, Jorge “Indio” Solari —cuyo hermano Eduardo jugaba para el archirrival Rosario Central—, que al paso de los años dirigiría en México al América.

Hubo que esperar hasta el 2 de junio de 1974 para que llegara el primer título nacional de Newell’s, fecha en que, bajo la dirección de Juan Carlos Montes, salió campeón del torneo Metropolitano al imponerse nada menos que al archirrival citadino, Rosario Central, a domicilio para mayor euforia, en el Gigante de Arroyito. Fue en esos años 70 que vistieron su camiseta cracks del calibre de Héctor Casemiro “Chirola” Yazalde, primer jugador no europeo en ganar la Bota de Oro[7] al anotar 46 goles en una sola temporada para el Sporting de Lisboa; del zurdo Mario Nicasio “Marito” Zanabria, un generador de juego, un regista como les llaman en Italia, que retirado entrenó al Atlas de Guadalajara en la temporada 1992-1993; y de un canterano oriundo de Las Parejas, campeón mundial en México 86, estelar del Real Madrid y de las letras futboleras: Jorge Valdano.

Con las magníficas cartas de recomendación que su buen juego le granjeó, una generación de futbolistas rojinegros arribó a la Liga mexicana en los años 90 para integrarse a un conjunto con los mismos colores e idéntico uniforme. El director técnico Marcelo Bielsa y algunos integrantes del plantel de Newell’s que ganó el título del torneo Apertura 1990 y que salió campeón argentino en la temporada 1990-1991, fueron contratados por el Atlas de Guadalajara. Nombres como Eduardo Berizzo, Christian “Pájaro” Domizzi, Martín Félix Ubaldi, Ricardo Lunari y Mariano Dalla Líbera, fueron el armazón del cuadro tapatío que cobijó el debut de futuros internacionales mexicanos, como Pável Pardo, Oswaldo Sánchez y Jared Borgetti.

Vendrían también a México otras grandes figuras del Ñuls. Al Cruz Azul se incorporaron el portero Norberto Scoponi, segundo jugador con más participaciones en la historia de las siglas NOB con 370 partidos, y Julio Zamora, el extremo de punzantes desbordes que tantas asistencias sirvió a Carlos Hermosillo, el atacante que con sus 294 tantos es el mexicano que más goles ha metido en el país; el Atlas trajo a Darío Franco, que después saldría campeón con el Morelia; Irapuato, Veracruz y Tecos contabilizaron a su favor, entre los 3, casi 90 goles de Jorge Gabrich, campeón goleador en el Mundial juvenil disputado en México en 1983, que ese año fue el elegido por Menotti para reemplazar temporalmente a Maradona en el FC Barcelona[8] después de que Andoni Goikoetxea fracturó el maléolo peroneal[9] del mágico tobillo izquierdo del Diez de Fiorito; los Pumas de la UNAM contaron en momentos sucesivos con Bruno Marioni, último jugador auriazul en conseguir el título de goleo individual del futbol nacional, y con Ignacio Scocco, fino jugador de ofensiva, de esos diferentes, que hacen goles diferentes, como los que anotó hasta casi salir campeón del torneo Apertura 2007 con el conjunto universitario. En el presente, los Tigres de la UNAL tienen a Nahuel Guzmán.

Gracias al magnífico trabajo realizado en fuerzas básicas bajo la guía de Jorge Griffa,[10] en el seno de Newell’s nacieron a la vida futbolística jugadores internacionales de la talla de Abel Balbo, querido como pocos por la afición del AS Roma; Walter Samuel, el argentino que más títulos ha ganado en Italia (aunque nunca pudo ganar una Liga); Leonardo Biagini, campeón mundial juvenil en 1995 y contribuyente de recambio al doblete (Liga y Copa) del Atlético de Madrid en 1996; y Mauricio Pochettino,[11] el entrenador que causó sensación en Europa, primero, al llevar al Tottenham Hotspur a pelear la Premier, y después, al situarlo en la final de Champions en 2019.

Newell’s Old Boys no tiene tantos títulos como otros clubes argentinos, pero lo que sí tiene es mucha historia. Es la institución donde debutó Batistuta,[12] donde se retiró el atajapenales Sergio Goycochea, donde Messi hizo las inferiores y le dedicaron su primera nota periodística,[13] donde Maradona retozó durante 539 minutos repartidos en 7 encuentros antes de jugar su último Mundial,[14] donde se formó la esperanza argentina del presente, Lisandro Martínez, donde es tenido por “ídolo eterno”[15] el actual entrenador nacional de México, Gerardo “Tata” Martino, quien a su vez afirma que “pro­ba­ble­men­te no le al­can­ce la vi­da pa­ra de­vol­ver­le a Newell’s lo que le dio”.[16]

Sospecho que la carta de recomendación que entregó a Mr. Wheelwright, la trajo consigo Isaac Newell desde Inglaterra guardada entre las páginas de un ejemplar de Rojo y negro, la novela de Stendhal. Porque el título de esa obra alude a las pulsiones tirantes que terminaron por imprimirle un temperamento pendular a su protagonista, Julian Sorel, oscilante entre el rojo de la milicia francesa, a cuyo servicio lo inclinaba su admiración por Napoleón, y el negro de la vida monástica, cercana a su vocación de preceptor. En Newell’s Old Boys el rojo, guerrero, y el negro, reflexivo, como los pensaba Stendhal, no aparecen como extremos irreconciliables sino como la combinación virtuosa de combatividad e inteligencia. Y quizá por eso, cuatro años antes de morir a los 54 años, Isaac Newell los puso a convivir a partes iguales dentro del contorno curvilíneo del sobrio escudo de su equipo, cuyos seguidores en Rosario hoy conforman una legión tan grande que raya en una auténtica nación.  


[1] Howard Fast, El ciudadano Tom Paine, Barcelona, Seix Barral, 1999, p. 11.

[2] Rafael Bielsa y Eduardo Van del Kooy, Cien años de vida en rojo y negro: el nuevo libro de Ñuls,Buenos Aires, 2003, p. 13.

[3] Libonatti fue factor para que, en 1921, la selección argentina ganara en casa su primer título del campeonato sudamericano, que equivale a la hoy Copa América. Tras anotar el gol del triunfo en el partido decisivo, fue llevado en hombros desde la cancha de Sportivo Barracas hasta la Plaza de Mayo. Véase Luis Prats, La crónica Celeste. Historia de la Selección Uruguaya de Fútbol: triunfos, derrotas, mitos y polémicas (1901-2011), Montevideo, Editorial Fin de Siglo, 5ª ed., 2011, p. 47.

[4] Matías Rodríguez, “Julio Libonatti: Goleador de exportación”, El Gráfico, 18 de noviembre de 2014.

[5] El rojo granate que tiñe la camiseta del Torino Calcio (que en 2005 cambió su denominación a Torino FC) fue elegido en homenaje a la Brigada Savoia, la que en 1706, es decir, 200 años antes de la fundación del club, adoptó como insignia un pañuelo del color de la sangre, en honor del mensajero de la Brigada que cayó muerto tras llevar al pueblo de Turín la noticia de la liberación de la ciudad, que se encontraba sitiada por tropas francesas. Véase Alberto Manassero, Il Grande Torino. Gli Inmortali (pref. Franco Ossola), Rímini, Diarkos, 2019.

[6] Bielsa y Van del Kooy, Cien años de vida en rojo y negro, op. cit., p. 39.

[7] El premio Balón de Oro se instauró en 1968. Desde entonces se otorga al jugador que haya anotado más goles en una sola temporada de Liga de algún país europeo. Antes que Yazalde lo ganaron el portugués Eusebio (1968 y 1973), el búlgaro Petar Zhekov (1969), el alemán Gerd Müller (1970 y 1972) y el yugoslavo Josip Skoblar (1971). En la entrega correspondiente a la temporada 1973-1974 Yazalde superó los 36 goles del austriaco Hans Krankl, del Rapid Viena, así como los 30 tantos marcados por los alemanes Gerd Müller y Jupp Heynckes, del Bayern y del  Borussia Mönchengladbach, respectivamente, así como por su compatriota argentino Carlos Bianchi, del Stade de Reims. Después de Yazalde tendrían que pasar tres lustros para que otro no europeo, y también latinoamericano, lo recibiera: el mexicano Hugo Sánchez, primer futbolista en obtener ese galardón jugando para un equipo español.

[8] El País, “El argentino Gabrich ocupa la plaza de Maradona en el Barcelona”, 24 de octubre de 1983.

[9] Mundo Deportivo, “¡Maradona, al quirófano!”, 25 de septiembre de 1983.

[10] Jorge Griffa, 39 años en divisiones inferiores, Buenos Aires, Continente, 2013.

[11] Para convencer a los Pochettino de que Mauricio, de 14 años en 1986, se incorporara a Newell’s, Marcelo Bielsa y Jorge Bernardo Griffa, entonces entrenadores de divisiones inferiores, acudieron al domicilio familiar a una hora en la que estaban seguros que sus habitantes ahí se encontrarían: una madrugada. A pesar de haber despertado intempestivamente a sus integrantes, el “poder de persuasión” de los dos técnicos resultó eficaz: dos años después Mauricio debutó en Primera y en 1994 se marchó al RCD Español de Barcelona (que todavía se llamaba así, pues el año siguiente cambió su nombre a su traducción catalana: Reial Club Desportiu Espanyol), para el que jugó 9 temporadas con un paréntesis de 3 en la liga francesa, en la que defendió los colores del París Saint Germain y del Girondins de Bordeaux. Véase Cristian Grosso, Futbolistas con historia(s) 2 (pról. Ariel Scher), Buenos Aires, Al Arco, 2008, p. 40.

[12] Gabriel Omar Batistuta Zilli se resistía a jugar futbol. Le gustaba más el basquetbol. Empezó a jugar futbol organizado hasta los 16 años en su natal Reconquista, provincia de Santa Fe. Un día la selección nacional juvenil de Argentina (que integraban, entre otros, Fernando Redondo y Hugo Maradona, hermano de Diego) jugó un amistoso contra un combinado de Reconquista. Ganaron los santafecinos gracias a 2 goles de su renuente centro delantero: Batistuta. Tan destacada actuación intensificó la insistencia de Jorge Bernardo Griffa, entrenador de inferiores de Newell’s, para que se incorporara al club. Finalmente aceptó y se puso a las órdenes de Marcelo Bielsa, que entonces dirigía al equipo de la división 4ª especial (véase Cristian Grosso, Futbolistas con historia(s) (pról. Ezequiel Fernández Moores), Buenos Aires, Al Arco, 2007, p. 63-64). Tras debutarlo en Primera, los rojinegros rosarinos sólo pudieron retenerlo una temporada. En 1989 pasó a River Plate, con el que salió campeón dirigido por Daniel Pasarella, y al año siguiente se mudó al archirrival Boca Juniors, con el que, a pesar de que sus primeros 6 meses fueron difíciles, también salió campeón al ganar el Torneo Clausura de 1991, año en que emigró a Italia contratado por el Fiorentina. Con la maggia viola fue capocannionere en la temporada 1994-1995. Batistuta es el futbolista que más goles ha marcado en la historia de la Serie A italiana: 152 entre 1991 y 2003. Máximo goleador de la Copa América 91 disputada en Chile, fue artífice de la conquista del título de campeón continental, que repetiría el representativo de su país 2 años después, en Ecuador 93, gracias a dos tantos de Batistuta en la final contra México. Argentino con más goles en mundiales (10), es el único jugador en la historia de las Copas del Mundo en anotar hat trick en dos ediciones. Sus 56 goles con la camiseta albiceleste le valieron ostentar durante 14 años el récord de más tantos anotados para la selección argentina, hasta que en 2016 lo rompió el que rompe todas las marcas: otro surgido de Newell’s, Lionel Messi. 

[13] Érica Pizzuto, “Hoy presentamos: Lionel Andrés Messi, un leprosito que se las trae”, Pasión, suplemento del diario La Capital, 3 de septiembre de 2000, p. 9.

[14] Tras cumplir la primera de las 2 suspensiones de 15 meses que le impuso FIFA al dar positivo por doping, en 1993 Maradona regresó a jugar a la Liga argentina luego de 9 años en que militó en clubes europeos: FC Barcelona (1982-1984), Nápoles (1984-1992) y Sevilla (1992). La empresa privada Torneos y Competencias se había hecho de los derechos de transmisión televisiva de los partidos del futbol argentino, por lo que quiso tener de vuelta en el país al ‘10’ de Fiorito. El primer club que exploró la posibilidad de repatriarlo fue el club de sus orígenes, Argentinos Juniors, que bajo la presidencia de Luis Veiga cometió la infructuosa osadía de abandonar durante una temporada el barrio bonaerense de La Paternal para instalarse en otra ciudad (cual si fuera una franquicia de la nfl o un equipo del futbol mexicano), Mendoza, mudanza que naturalmente no trajo ningún beneficio, pero en su momento Veiga quiso coronarla con el regreso de Maradona. Al presidente del Argentinos convertido artificialmente en mendocino se le adelantó su homólogo de Newell’s, Walter Cattáneo, quien solicitó a Torneos y Competencias fungir como garante del contrato del campeón mundial en México 86 para persuadirlo de incorporarse al conjunto de Rosario. El factor determinante para materializar su llegada fue la goleada 0-5 que sufrió la selección argentina en casa durante la eliminatoria rumbo al Mundial Estados Unidos 94 a manos del representativo de Colombia, lo que motivó que tuviera que apurarse la vinculación de Maradona con algún club para ponerlo en aptitud de participar en el repechaje contra Australia, en el que Argentina habría de conseguir su lugar en la fase final de la Copa del Mundo. La inclusión de Maradona en la selección para los dos partidos ante los socceroos supuso desplazar de la albiceleste a un referente de Newell’s, Julio Zamora, quien una vez que se logró el objetivo de calificar al equipo nacional al Mundial recibió una llamada de Maradona, conversación que de acuerdo con el testimonio del “Negro”, fue así:  “‘En afa (Asociación del Fútbol Argentino) hay un cheque que se da por clasificar al Mundial, la mitad es para vos: vos te comiste las eliminatorias, la Copa América y yo jugué dos partidos nada más. Entonces, la mitad es tuya y la mitad es mía’, me dijo.  A los seis meses pasé por AFA y estaba el cheque firmado por Diego”. Véanse Federico Cristofanelli, “Los detalles desconocidos de la vuelta de Diego Armando Maradona al fútbol argentino en el 93”, Infobae, 13 de septiembre de 2020, y Axel Rolón, “Maradona y Zamora: el llamado de Diego para jugar juntos”, Planeta Newells, 17 de mayo de 2020.

[15] Bielsa y Van del Kooy, Cien años de vida en rojo y negro, op. cit., p. 166.

[16] Ignacio Levy y Marcelo Orlandini, “Los 100 años de Newell’s”, El Gráfico, 2003.

Mirando al Azteca

Al Doctor Sergio Olvera Cruz

Por: Farid Barquet Climent.

Séptimo piso del Hospital Nacional de Cardiología, al sur de la Ciudad de México. Son más o menos las 10:00 horas de la mañana de ayer. Estoy en la sala de espera, haciendo lo que se tiene que hacer en una sala de espera: esperar. Esperar información. Información sobre el estado en que se encuentra un corazón. Mientras miro a través de los enormes ventanales la espectacular vista dominada por el majestuoso estadio Azteca, de repente me llega una información que nada tiene que ver con la que estaba esperando. Es una información que me llega de afuera del hospital, no de adentro. Es mi argentino favorito quien me informa vía WhatsApp: “Acabo de enterarme que murió Maradona”. La noticia de la muerte de Maradona, el superhéroe que se salió de los cómics (como dice otro buen amigo argentino), me sorprende así, mirando al Azteca. Maradona, que desde el Azteca me hizo querer al futbol con el corazón, se muere de un infarto en el mismo momento en el que el ser humano que me acercó al futbol con todo su corazón, mi superhéroe en casa, el que supo que el futbol puede ser una forma de decir que nos queremos sin decírnoslo y que seguramente por eso me llevó al Azteca cuando yo era niño, avanza exitosamente en salir avante de un infarto. El superhéroe de las canchas ayer ya no pudo gambetear a la muerte, como cantaba Bersuit, mientras que el superhéroe de casa tiene todavía muchos partidos por jugar. Cosas del corazón. Mientras tanto el mío, atravesado por la tirante simultaneidad de esas dos informaciones, en aquel instante sólo atinó a ordenarle a mis ojos que dejaran brotar unas lágrimas… mirando al Azteca.

Foto tomada por el autor con su celular, mirando al Azteca.

Atlante: La distancia no es el olvido

Por: Farid Barquet Climent.

Mañana domingo el Atlante pondrá punto final a una estancia de 13 años lejos de su casa, la Ciudad de México, al recibir en la capital del país a los Leones Negros de la Universidad de Guadalajara dentro del torneo Guard1anes 2020.

El mote “Equipo del pueblo” que acompaña al Atlante no es un eslogan que se le haya ocurrido a un publicista. Lo fraguó la tradición y lo acuñó el periodismo. Es mucho más que una frase: es la expresión sintética del arraigo de los Potros de Hierro entre los sectores populares.

En los años 30 y 40 del siglo XX, los clubes Asturias y España, tal como lo evidenciaban sus denominaciones, estaban vinculados a la colonia española radicada en la capital; el Necaxa cosechaba seguidores en el gremio electricista y el América gozaba de simpatías en estratos socioeconómicos privilegiados, aunque después su afición se expandió hasta atravesar todos los estamentos una vez que lo adquirió el consorcio televisivo dominante. Pero el que animaba los fines de semana de obreros y pequeños comerciantes era el Atlante, que a pesar de tortuosas mudanzas a otros lares siempre ha conservado un enclave de identidad territorial: la capital de México. Si un equipo chilango existe, ese es el de los Potros de Hierro.

En 1916, dos hermanos que inmigraron a la capital provenientes del Estado de Querétaro, Trinidad y Refugio “Vaquero” Martínez, fundaron un equipo al que primero llamaron Sinaloa, como la calle de la colonia Condesa sobre la que se ubicaba la cancha llanera en la que jugaron sus primeros partidos, cercana al rancho La Nopalera, en los límites con el pueblo de Tacubaya. Después lo denominaron Lusitania y luego U-53 (supuestamente en honor a un submarino que se usó en la Primera Guerra Mundial), hasta que finalmente se decantaron, en 1920, por el nombre definitivo, Atlante, cuya primera década quedó marcada por el primer ídolo futbolístico atlantista, el interior izquierdo Juan “Trompo” Carreño, anotador en la Olimpiada de Amsterdam 1928 del primer gol mexicano en juegos olímpicos, y autor también, en Uruguay 30, del primer tanto nacional en Mundiales.

El estreno del Atlante en la Liga Mayor, la de la entonces Federación Central, equivalente a la hoy Federación Mexicana de Futbol, tuvo lugar hasta 1927. Algunos historiadores sostienen que el populoso equipo tuvo que someterse a partidos de prueba antes de ser aceptado, aunque otros estiman que esa versión es un mito. Lo cierto es que un año antes de su ingreso al circuito estelar el Atlante se midió ante los principales equipos del momento gracias a que en los tres años previos se enseñoreó como campeón de la Liga Spalding, fundada en 1918 por el sueco Pablo Alexanderson para que en ella compitieran equipos de barrios populares que no podían pagar la cuota exigida para el ingreso a la Liga de la Federación. Además, el año anterior el Atlante había representado a México en los primeros Juegos Deportivos Centroamericanos. Hayan sido o no a modo de exámenes de admisión, venció al Toluca 7-3 y luego al entonces campeón América, al que superó 2-1 el 15 de agosto de 1926. Aprobado con creces, el conjunto que ese año empezó a vestir de azulgrana debutó en la división máxima el 9 de octubre de 1927 en un encuentro contra el Necaxa, que terminó empatado a 2 goles y que marcó el inicio de un clásico de época. Porque su primer título de campeón lo consiguieron los Potros de Hierro en 1932, bajo la dirección del español Miguel Tovar Mariscal, precisamente tras derrotar en una serie de 4 partidos al Necaxa, que el año siguiente se cobraría revancha adjudicándose el cetro. La alineación del primer Atlante campeón la conformaron Luis Garfias, Alberto “El Serio” Islas, Agustín “El Compadre” Pérez (que además fungía como tesorero del equipo), Rafael “La Pipisca” Durán, los hermanos Felipe “Diente” y Manuel “Chaquetas” Rosas, Fernando “Patadura” Rojas, los hermanos Gabriel “La Nacha” y Felipe “La Marrana” Olivares, Dionisio “Nicho” Mejía y Juan “Trompo” Carreño.

La primera Copa del Mundo de la historia, Uruguay 30, la ganó la selección anfitriona. El club del que provenían 4 de sus integrantes, el Bella Vista de Montevideo, enfrentó al Atlante el 8 de marzo de 1931 luciendo en su alineación a rutilantes estrellas,  como José Nasazzi, “El Mariscal”, el futbolista que creó la figura del capitán de equipo y que en esa condición lideró a sus compañeros del representativo nacional uruguayo hasta conseguir en 1924 y 1928 dos medallas de oro olímpicas más el título mundial en 1930, en cuyo honor fue bautizado con su nombre el estadio del Bella Vista y que alternó aquella tarde ante la oncena azulgrana con otros también campeones mundiales, como Miguel Ángel Melogno y Pablo Dorado, que contra los potros mexicanos jugaron reforzados por otros dos integrantes de la selección celeste, Héctor “Manco” Castro y “La Maravilla Negra” José Leandro Andrade, quienes jugaban para el club Nacional de la capital charrúa. El Bella Vista, con todo y sus flamantes primeros ganadores de la Copa Jules Rimet, mordió el polvo en la Ciudad de México: el Atlante fue el vencedor por marcador 3-2.

La maltrecha economía atlantista obligó a recurrir, a mediados de los 30, a la protección del jefe de la policía de la Ciudad de México: el entonces todavía Coronel José Manuel Núñez, bajo cuya gestión, en los albores de los 40, los Potros ficharon a un ariete español, Martín Vantolrá, ex integrante del Real Club Deportivo Español de Barcelona y del Fútbol Club Barcelona y además secretario general del sindicato de futbolistas catalanes, quien tras la guerra civil española, gracias a la política de asilo del presidente Lázaro Cárdenas del Río, se exilió en México, a donde vino a jugar una gira con los azulgranas mediterráneos, pero de donde ya nunca se fue, pues se quedó para siempre entre nosotros, primero militando una sola temporada en el club España e inmediatamente después, durante toda una década, hasta su retiro en 1950, portando la camiseta azulgrana del Atlante, cuya oncena contó con la contribución decisiva de Vantolrá para la conquista de un título enseguida de su incorporación: el de campeón de Liga 1940-1941, junto a Raúl “Pipiolo” Estrada, Benjamín Alonso, Carlos Laviada, Antonio “Peluche” Ramos, Alberto “Caballo” Mendoza, Alfredo Hidalgo, Leonardo “Chanclas” Zamudio, José “Margarita” Gutiérrez, Ignacio “Calavera” Ávila y el costarricense Antonio Hütt, dirigidos por Luis Grocz.

El 8 de febrero de 1942 los atlantistas lograron otra hazaña internacional. Los clubes azulgranas de México y de Argentina, los entonces subcampeones de sus respectivas Ligas, el Atlante y el Club Atlético San Lorenzo de Almagro, se enfrentaron en el único partido que el equipo del barrio bonaerense de Boedo perdió durante su gira de 10 partidos por tierras mexicanas, en la que superó 1-2 al Necaxa, a la selección de Jalisco dos veces —la primera 0-1 gracias a un gol de Isidro Lángara, que después sería ídolo en México jugando para el Real Club España, y la segunda por goliza 1-9— y le propinó una tremenda goleada a un combinado de Irapuato 0-12 en la ciudad fresera. En la cancha del desaparecido Parque Asturias de la Ciudad de México —convertido desde los años 60 en tienda de autoservicio— los Potros se impusieron por marcador 5-3 a aquella oncena en la que destacaba el ítalo-argentino Mateo Nicolau —que se quedaría en México, primero con el América y después durante tres temporadas en el Atlante, antes de emigrar al FC Barcelona y luego volver para poner fin a su carrera con el Zacatepec— junto a otras figuras, como Salvador Grecco y Rinaldo Fioramonte Martino, conjunto que por su juego arrollador motivó que desde entonces al club se le apode “El Ciclón”, buena fama que fue llevada a Europa a finales de 1946 y principios de 1947 para enfrentar una exitosa serie de 10 partidos en España y Portugal, en la que salieron triunfantes en la mitad al ganarle 2 veces a la selección española merced a 13 goles que le anotaron entre los 2encuentros, goleando al representativo portugués 4-10, imponiéndose 1-4 al Atlético Aviación —hoy Atlético de Madrid— y venciendo por marcador 9-4 al Porto.

El torneo 1945-46 marcaría un hito: la delantera atlantista conformada por Vantolrá, Nicolau, el ídolo nacional Horacio Casarín, el también mexicano Ángel “Angelillo” Segura y el costarricense Rafael “Tico” Meza, anotó 105 de los 121 goles marcados por todo el equipo en los 30 partidos de la temporada, promediando 4 dianas por encuentro. El año siguiente esa ofensiva fue la clave en la consecución del primer trofeo de campeón de Liga en la era profesional que el Atlante tiene en su haber.

Treinta años después, lejos de la tutela del ya para entonces General Núñez, —que habría de fallecer el año siguiente—, mientras su propietario era el empresario editorial Fernando “Fernandón” González —al que se le atribuye la idea de sustituir por Juanito 70 a Pico, la mascota diseñada originalmente para el Mundial de 1970 por el estadounidense Lance Wyman, autor de la identidad gráfica de los Juegos Olímpicos México 68 y del Metro de la Ciudad de México—, el Atlante descendió el 29 de julio de 1976. Regresó a la más alta competencia un año después, dirigido por José “Che” Gómez, invicto durante su breve estancia en la Segunda, y en el otoño de 1978 cambió de manos. La historia del traspaso le fue contada a quien esto escribe por su principal protagonista: Arsenio Farell Cubillas, director general del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) de 1976 a 1982. Afuera del salón de clases en el que impartía cátedra de Teoría General del Proceso a futuros abogados —entre ellos yo— a principios de los años 2000, Farell recordaba que el presidente de la república en la segunda mitad de los 70, José López Portillo, estaba molesto por los adeudos de cuotas a la seguridad social acumulados por un sinfín de patrones, por lo que ordenó a Farell que abriera créditos fiscales, o sea, expedientes de deuda, a morosos ricos y famosos para que la cobranza de sus débitos hiciera escarmentar en cabeza ajena al resto del empresariado nacional. En consecuencia, Farell instruyó que le reportaran una lista de patrones incumplidos. En la relación aparecía un nombre que de inmediato llamó la atención del funcionario: “Fernandón” González. Requerido en las oficinas de Paseo de la Reforma 476, el dueño de Litográfica Juventud reconoció ante Farell: “debo no niego, pago no tengo”. “¿No tiene? ¿Acaso no es usted dueño del Atlante?” —replicó Farell.

Fue así como, a modo de dación en pago, el 10 de octubre de 1978 el Atlante pasó a formar parte del patrimonio de la mayor institución nacional de seguridad social. En los años siguientes el Atlante-IMSS incorporaría a su nómina a una pléyade de estrellas extranjeras: al máximo goleador histórico del futbol mexicano, el brasileño Evanivaldo Castro “Cabinho”, que venía de salir campeón romperredes con los Pumas de la unam los últimos 4 torneos y que como azulgrana mantendría ese cetro 3 años más; al argentino Rubén “Ratón” Ayala, mundialista en 1974, referente del Atlético de Madrid campeón intercontinental en 1974; al polaco Grzegorz Lato, Bota de Oro mundial en Alemania 74; y al argentino Ricardo Antonio Lavolpe, campeón mundial en 1978 como tercer guardameta de la selección argentina, retirado en México en otro equipo del IMSS, el Oaxtepec, e importado por el Atlante en 1979 directamente desde otro viejo proveedor azulgrana, el Club Atlético San Lorenzo de Almagro, del que es el socio número 88235N-0 Jorge Mario Bergoglio, el Papa Francisco.

En cuanto Farell dejó el IMSS para ocupar el cargo de secretario del Trabajo y Previsión Social, el Atlante pasó a otra entidad gubernamental, el Departamento del Distrito Federal, hoy Gobierno de la Ciudad de México, lo que marcó su mudanza al estadio de la Ciudad de los Deportes, que de inmediato fue bautizado como Azulgrana. Sobre la grama del recinto de Indiana 255 una generación de jóvenes mexicanos escribiría algunas de las páginas más gloriosas en la historia atlantista. Fueron tiempos en que la propiedad del club volvió a ser detentada por particulares, adquirido primero por el vendedor de automóviles Juan Mata, después por el fabricante de artículos deportivos José Antonio García y más tarde por el empresario televisivo Alejandro Burillo Azcárraga. Nombres como Félix Fernández, Guillermo Cantú, César “Chispa” Suárez, Luis Miguel Salvador, Mario García, José Guadalupe “Profe” Cruz, Roberto “Demonio” Andrade, Tomás Cruz, Raúl “Potro” Gutiérrez, evocan ese Atlante campeón 1992-1993, mayoritariamente hecho en casa, cuya alienación recita de memoria la grey atlantista, que después se encariñaría también con los planteles que acaudillaron los sudamericanos Sebastián “Chamagol” González y Luis Gabriel Rey, y más tarde, también con el que conquistaría un nuevo título en 2007, el que integraban, entre otros, Federico Vilar, Javier Muñoz Mustafá, David Toledo, José Joel “Chícharo” González, Christian “Hobbit” Bermúdez, Giancarlo Maldonado y Gabriel Pereira, el habilidoso mediocampista que para celebrar sus goles se ponía la máscara del “Místico”, el acrobático luchador del pancracio capitalino.

En 2020 el grupo empresarial encabezado por Emilio y Felipe Escalante ha hecho posible el regreso del Atlante a la Ciudad de México. Con todo acierto la presidencia deportiva del club ha sido confiada a un exfutbolista oriundo de la ciudad, Jorge Santillana, destacado delantero surgido en los años 90 del trabajo con jóvenes que ha caracterizado a los Pumas de la UNAM; mientras que como Director Técnico del plantel ha sido designado un integrante del Atlante histórico de mitad de los 90, Mario García, que en años recientes ha dirigido equipos de la División hoy de Expansión y que fungió como auxiliar técnico de Diego Armando Maradona a su paso por el futbol de nuestro país.

“Dicen que la distancia es el olvido, pero yo no concibo esa razón”, reza el bolero de Roberto Cantoral y de esa misma convicción es la fiel afición atlantista, la que a pesar de la distancia nunca arrojó a sus Potros a las fauces del olvido.

Foto: Atlante FC