Caminarás solo

Por: Farid Barquet Climent.

El Banco central de Inglaterra pronostica para el Reino Unido una contracción económica sin precedente en los últimos 3 siglos a causa de la pandemia de coronavirus, y calcula que el número de desempleados se duplicará como consecuencia de los recortes de personal y los cierres de empresas. Para intentar paliar la devastación de las fuentes de trabajo, el gobierno lanza un programa de apoyo para que puedan mantener sus nóminas durante 4 meses aquellos pequeños y medianos empresarios que vieron severamente afectadas sus operaciones por la contingencia sanitaria.

No obstante que en la página web del gobierno, gov.uk, se lee que “las solicitudes deshonestas o deliberadamente fraudulentas ponen en riesgo nuestros servicios públicos esenciales y la protección del sustento durante estos tiempos difíciles”, alzó la mano para ser tenido en cuenta como potencial beneficiario del esquema de preservación de empleos el club de futbol campeón europeo y mundial: el Liverpool FC.

Con un cinismo tan grande como su estadio, the reds se inscribieron al programa cual si la entidad fuera un tendajo que apenas subsiste, como si en 2019 no se hubiera embolsado más de 78 millones de euros sólo en premios por la Champions League más otros 5 de dólares americanos por ganar el Mundial de Clubes, para ya no hablar de los ingresos generados por derechos de televisión, patrocinios, taquilla, venta de souvenirs, inversiones o rendimientos financieros.

Porque de acuerdo con datos proporcionados por el maestro en derecho deportivo Clemente Molina Enríquez basados en información de la UEFA, sólo por disputar la fase de grupos la confederación europea de futbol le dio al Liverpool 15.25 millones de euros, otros 8.1 por tres victorias en esa instancia, 9.5 por su pase a octavos de final, 10.5 por obtener su boleto a cuartos, 12 por instalarse en semifinales, 15 más por llegar a la final, 4 por ganarla y 3.5 adicionales por acudir a la Supercopa. Sin embargo, el séptimo club más rico del mundo según la revista Forbes, no tuvo reparos en estirar la mano tras la llegada del coronavirus para intentar que se pagara con dinero público su planta laboral.

Pero no fue que los madamases del Liverpool hubieran advertido por sí mismos el tamaño de su desvergüenza y que en consecuencia hubieran retirado su solicitud. De acuerdo con el periodista de deportes y negocios Mike Meehall, fue la reacción reprobatoria de la opinión pública, subrayadamente de sus propios aficionados organizados, la que los hizo recular.[1] Entonces sí vinieron las disculpas: “creemos que llegamos a la conclusión equivocada”, escribió en una carta el director general Peter Moore.[2]

Para mayor burla, apenas en el otoño de 2019 Moore se jactó de que el éxito de su club se basa en el socialismo. Así lo declaró al diario español El País: “(En el Liverpool) tuvimos esta increíble figura histórica: Bill Shankly, un socialista de Escocia que construyó los cimientos. Incluso hoy, cuando hablamos de negocios nos preguntamos: ‘¿Qué haría Shankly? ¿Qué diría Bill en esta situación?’”.[3]

A ver, Moore, ¿qué diría Shankly de lo que intentaste y sólo te retractaste porque te descubrieron y reprobaron?

La canción You’ll Never Walk Alone (Nunca caminarás solo) fue convertida por los aficionados del Liverpool en himno de su equipo. La entonan antes de cada partido desde hace más de 50 años. Por tentativas como la de pretender quitarle las ayudas públicas a quienes pasan por verdaderos apremios, el club de Anfield caminará solo, con los zapatos manchados de insensibilidad, si se a aventura nuevamente a andar rutas oscuras e ignominiosas como la que sus abusivos y oportunistas dirigentes quisieron hacerle transitar.

 

[1] Mike Meehall Wood, “Liverpool FC Turns Liverpool FC U-Turns On Furlough Decision As Public Pressure Takes Toll”, Forbes, 7 de abril de 2020.
[2] Idem.
[3] Diego Torres, “Peter Moore: ‘El éxito del Liverpool se base en el socialismo”, El País, 9 de octubre de 2019.

 

La ecuación perfecta

Por: Álvaro Clemente Molina Enríquez Guízar.

Muchos anhelábamos y de niños nos ilusionábamos con algún día ser futbolistas profesionales. Imaginábamos nuestros goles, soñábamos hazañas y hasta planeábamos trayectorias. Desafortunadamente no a todos se nos hace ya no digamos ser ídolos, sino siquiera probar por algunos minutos el profesionalismo o la primera división. En el camino se queda gente talentosa y otra no tanto. De igual forma, a veces no debutan o consolidan en primera división los más virtuosos.

La semana pasada falleció Tomás Felipe “El Trinche” Carlovich, futbolista argentino de los años setenta que a decir de muchos expertos y aficionados de aquel país, era como una mezcla entre Fernando Redondo, Maradona y Messi. A pesar de su talento y múltiples virtudes futbolísticas, de su gran talento y destacado juego, nunca se consolidó en primera división. Se desempeñó en su mejor época en Central Córdoba, equipo de la segunda división argentina. ¿Por qué Maradona, Messi, Redondo y otros menos jugadores no tan destacados a pesar de no ser tan virtuosos como El Trinche, sí triunfaron en el profesionalismo? ¿Qué le faltó a Carlovich para triunfar? ¿Que los astros se alinearan a su favor? Definitivamente no.

Por más que se le quiera ver a Carlovich de manera romántica, lo que es un hecho es que fue alguien que no aprovechó las oportunidades que se le presentaron. Cuando tuvo la ocasión en Rosario Central, era indisciplinado. El día que Menotti lo convocó para un entrenamiento con la selección que disputaría el Mundial de Argentina ’78, al Trinche le pareció mejor idea irse a pescar y no llegar a dicho entrenamiento. Finalizó su vida siendo un gordo que vivía de recuerdos en Rosario.

Dice el dicho que el que es gallo donde quiera canta. Es cierto. Aunque también se requiere estar respaldado por un buen equipo. Nadie puede solo. El éxito de Michael Jordan es inimaginable sin jugadores como Pippen, Rodman, Cartwright, Grant, Kerr y otros y por supuesto es inentendible sin un entrenador como Phil Jackson. Messi ha tenido éxito individual y colectivo con el Barcelona, sin embargo éste no se ha logrado traducir en triunfos con la Selección mayor Argentina. Mucho se le atribuye a él, pero él no es culpable de que Higuaín y Palacio sean unos petardos. Parte de la ecuación exitosa es estar rodeado de o hacerse rodear de la gente adecuada.

¿Cuántos “Trinches Carlovichs” no hemos conocido en nuestras profesiones o en nuestras vidas? Gente que tiene recursos, accesos a las mejores escuelas y universidades, contactos y talento y que a pesar de ello no hacen absolutamente nada. Por el contrario, nos podemos encontrar personas que en situaciones adversas sacan la casta y salen triunfantes. Al ver en estos días el documental The Last Dance, notamos cómo muchos de los jugadores arriba mencionados salieron adelante en un país racista y desigual como los Estados Unidos, superando obstáculos dentro de sus familias, marginación y pobreza.

Se viene entonces la pregunta, ¿qué se requiere para triunfar? ¿Qué se necesita para debutar en primera división, consolidarse, ganar títulos de liga, ir a un Mundial, participar en ligas extranjeras? ¿Cómo ser un Layún o Chicharito quienes sin mucho talento ya llevan en su haber respectivamente dos y tres Mundiales disputados y la oportunidad de jugar en las mejores ligas del mundo? ¿Cómo no ser un Ángel Reyna o un Carlovich?

Son varios factores, habrá quien diga que es suerte, que se alineen los astros y las circunstancias, que estén en el lugar y en el momento adecuado. Puede que tengan razón, pero primordialmente hay elementos cuya ausencia genera que  a pesar de estar en la mejor circunstancia y en el mejor lugar, a pesar de tener todo a favor, no se consiga nada. La suerte no llega por casualidad. Se trabaja.

En primer lugar es la aptitud o talento. Por supuesto que cuenta, saber verlo. Detectar las fortalezas del talento, pulir las virtudes, trabajar las carencias y suplirlas. En segundo término, es la pasión por lo que uno hace. Disfrutarlo cada día, gozar cada momento. En tercer lugar, trabajo y disciplina, desarrollar entrenamiento físico y mental. Por último y no menos importante, al contrario, siendo la parte más importante de la ecuación es la mentalidad. Sin ella, no hay voluntad, pasión ni disciplina y por lo tanto el talento pasa a segundo plano.

Mentalidad implica la capacidad de levantarse ante los reveses, de no marearse en la victoria Encarar con entereza las buenas y las malas. Saber ganar pero también saber perder. Ser capaz de afrontar cualquier reto y estar dispuesto a darlo todo por ser futbolista, arquitecto, abogado, doctor o cualquier referencia de éxito en su profesión u oficio.

Por lo tanto, la ecuación sería Talento x 2 + Trabajo y Disciplina x 4 + Pasión x 4 + Trabajo en Equipo x 4 +Mentalidad x 5. En el camino, seguramente se presentarán todo tupo de adversidades que nos harán incluso plantearnos la posibilidad de claudicar, ésa no es una opción. Teniendo todos estos elementos  de la ecuación, saldremos adelante.

Aprovechemos esta cuarentena para replantearnos  en qué lugar estamos, qué necesitamos y qué podemos desechar. Aspiremos a ser un Jordan, Messi, Maradona y no un Trinche, un Ángel Reyna o un Jamaicón Villegas.

“There’s genius everywhere, but until they turn pro, it’s like popcorn in the pan, some pop, some don’t”.[1]

 

[1] Jerry Maguire, TriStar Pictures, 1996.

Sombras de toxicidad

Por: Farid Barquet Climent.

La industria del futbol está dándole la razón a los detractores del futbol. La insistencia de dirigentes de federaciones y ligas nacionales para que se reanude de inmediato la celebración de partidos a despecho de que la pandemia de coronavirus no se ha superado —incluso países como México se encuentran en el pico más alto de la curva que contabiliza los contagios— y de que la probabilidad de un rebrote está latente, demuestra que su supuesta preocupación por los millones de familias cuyos ingresos dependen del circuito económico que el futbol mueve —y no que mueve al futbol, que no es lo mismo— no es más que una máscara políticamente correcta que pretende disfrazar su codicia y que sólo termina por evidenciar su mezquindad.

Pretender que una parte de las escasas pruebas de diagnóstico disponibles se aplique a futbolistas para ponerlos a jugar antes que destinarla al personal médico y de atención hospitalaria o bien a la población anciana o en situación de riesgo por afecciones crónicas, es el colmo de la estulticia. A esos dirigentes les parece muy bien que tengan prioridad los deportistas, cuya salud van a exponer mandándolos a dar espectáculo, por encima de los que en clínicas y hospitales arriesgan su vida todos los días por salvar la de los demás.

Es tal la prisa de algunas ligas por regresar a la actividad que han presionado a entidades gubernamentales para que éstas emitan protocolos de supuesta protección a la salud de los futbolistas en su vuelta a entrenamientos y partidos. Y lo han logrado. Ante el dictado de instrumentos normativos semejantes, por ejemplo, en España, el sindicato de futbolistas (Asociación de Futbolistas Españoles, AFE) tuvo que emitir un extrañamiento mediante el cual exigió al Consejo Superior de Deportes (CSD), dependencia gubernamental adscrita al Ministerio de Cultura y Deporte, que acredite la validación, por parte de las autoridades en materia de salud, del Protocolo básico de actuación para la vuelta a los entrenamientos y el reinicio de las competiciones federadas y profesionales. “Este sindicato reitera que mientras dure la pandemia, todas las decisiones han de pasar por el Ministerio de Sanidad”, se lee en la carta que la organización gremial dirigió al CSD.

El presidente de la federación italiana de futbol, Gabriele Gravina, se puso a la cabeza de la confrontación con las autoridades sanitarias del gobierno de ese país. Con tono valentón, como buen sofista quiso hacer pasar su cruzada como una defensa del interés general: “Mientras sea presidente de la FIGC (Federazione Italiana Giuoco Calcio) nunca firmaré el bloqueo de los campeonatos, porque esto supondría la muerte del fútbol italiano. Estoy defendiendo los intereses de todos y rechazo firmar algo así (dar por terminados los torneos), salvo condiciones objetivas que pongan en peligro la salud de los que participan de este deporte”,[1] como si la muerte de más de 25 000 personas en Italia fuera una percepción subjetiva. Al final de su perorata terminó por dejar al descubierto que su único interés es económico: “si cerramos definitivamente, el sistema perderá 800 millones, que bajarían a 300 si recuperamos los partidos a puerta cerrada.”[2]

Y es que como los dirigentes del futbol no son los que van a tener que chocar sus cuerpos contra los de otros seres humanos adentro de una cancha; como ellos no van a intercambiar sudores en la disputa por un balón; como ellos no van a tener que pisar aeropuertos para viajar a las ciudades que indique el calendario de juegos, qué les puede importar que los jugadores tengan que volver a sus casas con el temor y la incertidumbre de ser portadores del virus y contagiar a sus familias.

Parásitos del futbol, no anhelan que vuelva el futbol, sino el negocio del futbol.

Y peor es el vergonzoso papel de los corifeos que tienen esos dirigentes en varios medios de comunicación. En México, por ejemplo, noticieros deportivos de televisión y radio todos los días lanzan sus profecías acerca de cuándo volverán los partidos, con un ansia digna de mejor causa. Pena les debería dar simplemente por comparación con sus colegas de la fuente de Cultura. Yo no veo que lo noticieros culturales se la pasen especulando sobre la fecha de reapertura de los teatros.

Recientes acontecimientos en el futbol alemán dan cuenta del despropósito que implica apresurar el regreso de la actividad futbolística: toda la plantilla de un equipo de segunda división, Dinamo Dresde, al que ya se le había programa su partido de retorno el 17 de mayo, será confinada durante 14 días tras la detección de dos casos positivos entre sus jugadores.[3]

Si bien no es un problema de amnesia sino de intereses, me causa cierta extrañeza que esos países cuyas ligas tienen mayor prisa por rodar de nuevo el balón sufrieron guerras recién el siglo pasado, por lo que cabría esperar que sus sociedades están mejor vacunadas contra la impaciencia, que sus habitantes tienen presente que sus antepasados salvaron la vida guareciéndose de bombardeos en refugios antiaéreos. Pero no. Desafortunadamente ya no viven sus abuelos para reconvenir a sus nietos, que no se pueden aguantar, ay pobrecitos, sin su partido semanal de futbol.

Suscribo una lacónica afirmación formulada por el sindicato de futbolistas españoles: “No todo vale. Ni por el dinero todo vale”, palabras que hacen eco del poeta estadounidense Ezra Pound, quien escribió que:

Con usura

no se pinta cuadro para que dure y para la vida

sino para venderse y pronto

con usura, pecado contra natura

Usura oxida el cincel

Oxida el oficio y al artesano[4]

 

En su libro Periodistas depordivos, publicado en 2015, el periodista argentino Walter Vargas escribe que “jamás el fútbol en particular se había expandido en el escenario de forma tal que el genuino patrimonio cultural se confunde a menudo con las sombras de toxicidad sospechada por más de cuatro detractores.”[5]

Esa toxicidad de la que habla Vargas es la que algunos dirigentes, usureros del balón, expelen con sus prisas y de paso se la confirman a la legión de detractores del futbol.

 

[1] Mirko Calemme, “Gravina: ‘Cerrar este campeonato sería la muerte del Calcio’”, As, 29 de abril de 2020.
[2] Idem.
[3] El Mundo, “Una plantilla al completo en cuarentena que pone en cuestión el regreso del fútbol en Alemania”, 9 de mayo de 2020.
[4] Ezra Pound, Cantares completos (int. y trad. José Vázquez Amaral), México, Joaquín Mortiz, 1989, pp. 219-220.
[5] Walter Vargas, Periodistas depordivos: fútbol, entre las plumas y las palabras (pról. Ezequiel Fernández Moores), Buenos Aires, Alarco Ediciones, 2015.

 

Foto: dnf.com.mx

Gigante en el recuerdo

Por: Farid Barquet Climent.

Si dentro de 500 años, en 2520, un historiador se interesa por averiguar quién fue Lionel Messi, tendrá una tarea fácil. Los contemporáneos del genio rosarino le habremos legado al investigador miles de horas de videos que respalden sus conclusiones. Le bastará con ingresar al youtube del futuro. En cambio, los que habitamos la Tierra en 2020 no contamos con registros fílmicos que documenten el aporte a la belleza del futbol que, según testigos, le debemos a otro jugador nacido también en Rosario y que murió la mañana del 8 de mayo de 2020: Tomás Felipe “Trinche” Carlovich.

Futbolista profesional entre 1969 y 1985, Carlovich sólo tuvo participación en cuatro partidos de la Primera División argentina y en tres de ellos salió de la cancha por lesión. La mayor parte de su carrera la pasó en equipos de circuitos inferiores de Rosario, Mendoza y Santa Fe, en tiempos en que la televisión solamente transmitía los encuentros de los equipos de Buenos Aires. De ahí la falta de grabaciones que a través de sus imágenes acrediten la grandeza del “Trinche”, que algunos equiparan a la excelsitud de Maradona o de Messi, “pero con alma amateur”, como ha escrito su biógrafo Alejandro Caravario.[1]

La imposibilidad de demostración directa de sus proezas, lejos de arrojar a Carlovich a las fauces del olvido, sirvió para elevarlo en vida al sitial de leyenda. Porque impedidos como estamos de remitirnos a su juego por la vía de los sentidos, su nombre suscita admiración por el crédito que concedemos a lo que otros dicen haber visto. Y esos otros, que no son pocos, aunque cada vez quedan menos, tienen al “Trinche” por un auténtico fenómeno.

La veracidad de su historia se reduce así a un problema de pruebas. A los escépticos no les basta que al aplauso unánime de los que acudieron a verlo desde las tribunas lo refuercen los testimonios de excompañeros y los elogios proferidos por personalidades que gozan de la autoridad que dan el conocimiento del juego, el buen gusto futbolero y los títulos ganados. Hay todavía quienes se resisten a creer que las modestas ligas de la provincia argentina hayan sido el escenario exclusivo del gambetero más deslumbrante.

Los que niegan o minimizan la leyenda del “Trinche” por la carencia de evidencia parecen ignorar algo que los abogados tenemos muy claro: que es imposible entenderse directamente con los hechos del pasado precisamente porque ocurrieron en el pasado. Lo sabe muy bien la Corte Suprema de Justicia de Argentina. Para sus jueces y ministros, una sentencia judicial “resulta dogmática”, es decir, arbitraria, cuando el juzgador que la dictó “prescindió totalmente de las declaraciones de los testigos pese a que constituían un material sumamente relevante para esclarecer los hechos debatidos”.[2]

Sin conocerlo, ese criterio del máximo tribunal argentino se lo aplican los privilegiados que vieron jugar a Carlovich a todo aquel que cuestione la existencia de sus regates y ose sentenciar su leyenda rebajándola a mito rayano en producto de la invención, fulminando su reticencia con el alud de testigos en el que destacan algunos sumamente relevantes, que conforme a otra resolución de la misma Corte[3] ameritan tratamiento de peritos, pues si los hay en materia de futbol responden a apellidos como Menotti, Valdano, Kempes, Bielsa, Wolff, Tarantini, Pékerman.

Entrevistado para el programa televisivo de Michael Robinson —entrañable futbolero que falleció el 28 de abril de 2020, 10 días antes que Carlovich— Menotti declaró: “parecía que la pelota lo llevaba a Carlovich. Una pelota inteligente que disfruta de hacer las cosas artísticas y arrastra atrás a un futbolista”, mientras que en la misma emisión Valdano aseguró que el “Trinche” “se convirtió en un símbolo de un futbol romántico que ya prácticamente no existe”. Tarantini así lo recuerda: “tenía una gran contextura física, pero eso no le impedía manejar el balón con mucha lucidez. Me acuerdo de sus piernas largas, parecía una garza. Honestamente, como futbolista era increíble”.[4] Los conceptos de Tarantini los comparte Kempes, quien además subraya que pudo atestiguar el juego de Carlovich “de primera mano”.[5]

Como parte de su preparación rumbo al Mundial de Alemania 1974, la selección nacional de Argentina solicitó jugar un partido contra un combinado que estuviera integrado por los mejores futbolistas de Rosario. Como era natural, los dos clubes grandes de esa ciudad, Newell’s Old Boys y Rosario Central, se repartieron a mitades la conformación de la alienación que, se pensaba, serviría no más que como mero sparring para el plantel que ese año habría de ser embajador del futbol argentino en la máxima competencia internacional. De esa improvisada selección rosarina 5 jugadores eran de Newell’s y 5 de Rosario Central.[6] El futbolista que completó la oncena fue Carlovich, que entonces jugaba para un club de la segunda división, Central Córdoba. Se cuenta que aquel miércoles 17 de abril de 1974, el entrenador del representativo nacional, Ladislao Cap, terminó por rogarle al cuerpo técnico adversario que sacara del campo a Carlovich: el “Trinche” estaba pegándole un baile a sus muchachos, dejándolos en ridículo la víspera de ir a un Mundial. El séptimo hijo de un plomero yugoslavo que emigró a Argentina por la crisis económica de 1929 fue sustituido a los 15 minutos del segundo tiempo, cuando los suyos ya ganaban 3-0. En cuanto Carlovich pisó los vestidores, los futuros mundialistas anotaron el gol del honor.

El “Trinche” Carlovich fue de esas personas que perviven en el imaginario futbolístico sin los signos externos de glamur y fama que el exitismo imperante exige para ser reconocido como una estrella. Su paso por la Primera fue más que fugaz, no subió a podios importantes ni sabe lo que es dar la vuelta olímpica. Sin embargo, se agiganta en el recuerdo de los que lo vieron jugar, y los que no lo vimos nos quedamos a sabiendas de que cuando tengamos que ir a recuperar la esencia del futbol, su nombre nos enseñará la ruta.

Recién en febrero de 2020 Carlovich conoció en persona a Maradona. El encuentro fue en un hotel de Rosario, en el que se hospedó el equipo que actualmente dirige el campeón mundial, Gimnasia y Esgrima de La Plata, de visita en esa ciudad para enfrentar a Rosario Central. Según la nota de Clarín, “Carlovich llevó una camiseta de Central Córdoba para que se la autografiara. Debajo de su firma, el Diez escribió: ‘Al Trinche, que fue mejor que yo’”.[7]

Tras el abrazo de despedida Carlovich declaró a los medios: “fue un lujo y una alegría enormes haber compartido minutos con Diego. Le hablé al oído y le dije que estaba hecho con esto, que mi vida estaba completa. Después de conocerlo, me puedo ir tranquilo”.[8] Tres meses después, el 6 de abril de 2020, mientras circulaba tranquilo por Rosario el “Trinche” Carlovich, de 74 años, fue asaltado para robarle la bicicleta que conducía. El asaltante, a bordo de otra bicicleta, lo emparejó y lo aventó en movimiento, el ídolo se golpeó la cabeza contra el suelo y tuvo que ser ingresado de emergencia a un hospital, pero no resistió la operación que le practicaron.

De su muerte en la calle como de su vida en las canchas no habrá más que testigos. Porque lo más probable es que no haya videos de la agresión, como tampoco los hay de sus grandiosas actuaciones con la pelota pegada a su portentosa zurda. Pero ojalá acudan ante un juez los testigos del mortal ataque y se le haga justicia al “Trinche” Carlovich, como tantos testigos le han hecho justicia testimoniando todo lo que le dio al futbol.

 

[1] Alejandro Caravario, Trinche, Buenos Aires, Planeta, 2019.
[2] Corte Suprema de Justicia, expediente CNT 21761/2008, Dolores Correcher Gil contra REMAR Argentina Asociación Civil.
[3] “…la órbita propia de la (prueba) testimonial no es lo evaluativo —reservado a la pericial— sino la relación de los hechos”, sostuvo la Corte Suprema al resolver el 30 de septiembre de 2008 el Recurso de Hecho A. 1167. XLII., promovido por Leonor Andino Flores contra Hospital Italiano-Sociedad Italiana de Beneficencia.
[4] Juan Patricio Balbi Vignolo, “El día en que Trinche Carlovich bailó a la selección: así lo recuerdan Tarantini, Kempes y Zanabria”, La Nación, 8 de mayo de 2020.
[5] Idem.
[6] Clarín, “Murió Tomás Felipe Carlovich, el crack que cautivó a Pelé y no quiso ser Maradona”, 8 de mayo de 2020 y Balbi Vignolo, “El día en que Trinche Carlovich bailó a la selección…”, op. cit.
[7] Clarín, “Murió Tomás Felipe Carlovich…”, op. cit.
[8] Idem.

No se puede huir de uno mismo

Por: Farid Barquet Climent.

Josef Mengele estudió en la Universidad de Munich, en la que Max Weber había fundado el primer instituto de sociología de toda Alemania; también estudió en la de Fráncfort, cuando ya habían sido expulsados y orillados al exilio Horkheimer, Adorno y Marcuse; y también estuvo en las aulas de la de Viena, la que a principios del siglo XX, tres décadas antes del ingreso de Mengele, “aún tenía una aureola especial, romántica”, como la recordaba Stefan Zweig.[1] Pero Mengele no vivió esos edificantes ambientes universitarios, sino que se dejó arrastrar por la atmósfera de “los años treinta, los del gran vuelco”[2] provocado por el ascenso del nazismo, según lo relata Oliver Guez, el periodista francés que ha escrito la biografía novelada de Mengele.

Mengele no fue discípulo de grandes humanistas sino alumno predilecto de perversas “eminencias”[3] de la eugenesia, a las que Mengele, muy solícito, se ofreció a ayudar como asistente en el Instituto del Tercer Reich para la Biología y la Pureza Racial.

A sus 26 años Mengele pronto se convirtió en el favorito de sus mentores y por eso uno de ellos, Otmar von Verschurer, sociópata con bata y genetista obsesionado en descubrir las causas de la existencia de humanos gemelos con miras a clonar individuos sin sangre mezclada, decidió financiar, con cargo al Instituto Kaiser Wilhelm de Antropología, Herencia Humana y Genética de Berlín, una estancia para que Mengele pudiera realizar experimentos durante 21 meses en el que para von Vershurer era “el mayor laboratorio de la Historia”:[4] el campo de concentración de Auschwitz.

En Auschwitz Mengele pasaría de ser el diligente aprendiz de médicos fanatizados por Hitler a convertirse en El Ángel de la muerte: “La eliminación de cientos de judíos en las cámaras de gas es para él un deber patriótico”.[5] Convertido en adalid de la superioridad de la raza aria, ordenó la muerte de 400 000 personas.[6]

A pesar de la derrota de Alemania en la segunda guerra mundial y de la liberación de Auschwitz por tropas soviéticas, Mengele “creyó que escapaba al castigo”[7] que le preparaban las potencias aliadas vencedoras. Sin la protección de Hitler ni de Himmler, muertos en abril y mayo de 1945, respectivamente, Mengele huyó a Sudamérica gracias a la documentación apócrifa que impidió su identificación. Se refugió con nombres falsos en la Argentina de Perón y en el Paraguay de Stroessner, país que incluso llegó a extenderle un pasaporte. Oculto en Buenos Aires y en Asunción logró eludir la captura que contra él ordenó la Alemania de Adenauer y escapó también del cerco que le tendieron los servicios de inteligencia del Estado de Israel. Pero en su siguiente escondite Mengele habría de vivir el peor suplicio imaginable para alguien como él, quintaesencia de la rubiedad que fantaseó con una humanidad de tez láctea y mirada del color del cielo.

Viejo, enfermo y paranoico Mengele pasó los últimos años de su vida furtiva sin poder ver un solo rostro blondo, ni siquiera una áurea cabellera, rodeado como estuvo de negros y mulatos, los pobladores de Eldorado, una miserable favela de los suburbios de Sao Paulo, Brasil, a donde fueron a botar a Mengele sus últimos encubridores a finales de 1975.[8]

Cuando Mengele se internó en Sao Paulo, a la dictadura militar brasileña todavía le quedaban 10 años de vida. El yugo castrense aún seguía sometiendo al país del Ordem e Progresso imponiendo a rajatabla el orden, pero sin generar más que un ficticio progreso. Los estragos de los llamados “años de plomo” del régimen, los más cruentos de la época dictatorial, los del gobierno de Emílio Médici (1968-1974), empezaban a quedar atrás. Barrios como Eldorado, habitados por negros pobres —valga el pleonasmo—, aprovechaban el relajamiento de la persecución a sindicalistas y opositores, recogían las migajas del crecimiento económico de 10% anual en promedio —obtenido gracias a un exorbitante abultamiento de la deuda externa— y se entregaban bulliciosamente a la gran pasión nacional: el futbol.

El racista Mengele, el eugenista germanófilo que esquivó recibir sentencia en Nuremberg porque se le creía muerto, en Eldorado no pudo evitar ser condenado, casi treinta años después de los juicios, “cuando ya no es más que una ruina humana”,[9] a lo que para él fue un auténtico castigo: vivir en medio de la negritud. Sus escandalosos vecinos afrodescendientes incordiaban recurrentemente sus hábitos de prusiana disciplina con “las borracheras de los fines de semana y los delirios colectivos las noches de partido de fútbol y de macumba”.[10] [11]

A la rua Alvarenga, la calle sobre la que se ubicaba la buhardilla de Mengele en Eldorado,[12] la escoltaban entonces, como la escoltan hoy, cientos de palmeras milenarias que, a pesar de la pobreza y el abandono, se mantienen erguidas como rescoldo de la belleza que se resiste a languidecer. Las paredes y el techo de estuco del lúgubre cuchitril[13] rodeado de palmeras en el que Mengele prolongaba su clandestinidad eran traspasados por la sonora algarabía bullanguera de los negros moradores circundantes cada vez que otros negros como ellos hacían regates de remarcada belleza enfundados en las camisetas verdes, como hojas de palmeras, de un populoso club de futbol local que, paradójicamente, al igual que Mengele, tuvo que cambiar de nombre por la segunda guerra Mundial, pues obligado a camuflar que fue fundado por extranjeros tuvo que cambiar su denominación fundacional, y para sustituirla no encontró una mejor que una tan alusiva a la belleza brasileña como las palmeras. Y por eso decidió llamarse en adelante precisamente así: Palmeiras.

Cuando Mengele se mudó a Sao Paulo el club Sociedade Esportiva Palmeiras llevaba más de 30 años contando con futbolistas de raza negra. Destacaba un extremo izquierdo rapidísimo y gambetero, nacido en el municipio paulista de Nova Europa, conocido menos por su nombre, Elias Ferreira Sobrinho, que por su apodo, Nei, jugador determinante para la conquista del campeonato paulista de 1976, título que obtuvo el equipo albiverde, por cierto, en un partido contra el Esporte Clube XV de Novembro de Piracicaba gracias al gol de otro negro: su compañero Jorge Mendonça.

El primer jugador negro en ponerse la verde del Palmeiras fue Og Moreira, mediocampista que salió tres veces campeón del paulistão en la década de los 40.[14] Después aparecería otro que fue todo un histórico del futbol mundial: Djalma Santos, lateral izquierdo del equipo durante 10 temporadas en las que jamás vio la tarjeta roja; bicampeón del mundo junto a Pelé y Garrincha en 1958 y 1962 e integrante del primer once ideal elaborado por la FIFA en 1963, Djalma fue incluido en el equipo de estrellas de tres Copas del Mundo, distinción que además de él sólo la ostentan los alemanes Franz Beckenbauer y Phlipp Lahm. Y en épocas más recientes otros negros extraordinarios se han ganado a pulso que los torcedores del Verdão los tengan por ídolos. Basta mencionar a dos: el mago de la comba imposible, Roberto Carlos, que militó tres temporadas en el club antes de emigrar en 1995 a su primera escala europea, el Inter de Milán, previa a sus años de gloria en el Real Madrid; y el actual centro delantero de la canarinha y del Manchester City de Guardiola, Gabriel Jesús.

La secuela de negros palmeiristas inaugurada por Og Moreira no habría existido de no ser por la segunda guerra mundial. Porque la entrada de Brasil a la conflagración trajo consigo que el hoy Palmeiras, que entonces se denominaba Palestra Italia, tuviera que cortarse el cordón umbilical que lo unía y en cierto modo lo circunscribía a sus orígenes italianos. Porque, como ya dije, el Palmeiras no siempre se llamó Palmeiras. Antes de llamarse Palmeiras se llamó Palestra Italia. Ese fue el nombre que le pusieron sus fundadores en 1914. Pero veintiocho años después, cuando Brasil le declaró la guerra a Alemania, Italia y Japón, el gobierno del presidente Getúlio Vargas, a través del Consejo Nacional de Deportes, dictó un decreto, el 1 466, que obligó a todas las organizaciones que tuvieran nexos con las naciones del Eje Berlín-Roma-Tokio a modificar sus denominaciones porque se consideró que así se borraba su vinculación con los tres países con los que Brasil entró en guerra. En cumplimiento del decreto, primero se suprimió la palabra Italia del nombre del club, quedando sólo como Palestra. Pero según el historiador brasileño Gilberto Agostino, hubo quien estimó que la sola voz Palestra (que en italiano significa gimnasio) aludía directamente a la colonia italiana radicada en Sao Paulo.[15] Entonces se vieron en el entuerto de buscar una denominación que conservara la “P” de su escudo y al mismo tiempo guardara cierta similitud fonética con el nombre que se le prohibió seguir llevando. Y así fue como Pa, Pal, Palestra, devino en Pa, Pal, Palmeiras. De acuerdo con el periodista argentino Jorge Barraza, el cambio se aprobó en la asamblea del 14 de septiembre de 1942: “Moría el Palestra Italia, nacía el Palmeiras”.[16]

Una de las noches de delirio colectivo por el fútbol que tanto atormentaron a Mengele en Eldorado, seguramente fue una en la que jugó el Palmeiras: la del 21 de enero de 1976, a pocas semanas de que el sádico doctor empezó a guarecerse ahí. Se jugaba la edición 207 de un clássico paulista: Palmeiras vs Corinthians. Sebastião Cardoso Silva, el mulato “Tião”, adelantó al equipo branco e preto al 35’, pero faltando 2 minutos para que el árbitro José de Assis Aragão diera por terminado el encuentro el conjunto albiverde empató por conducto del negro Nei,[17] el camiseta ‘11’ de aquel Palmeiras, el ponta que corría como una ráfaga y que a veces me hace pensar que en esos días terminó por ser a Mengele lo que el negro velocista estadounidense Jesse Owens a Hitler: la personificación de la falsedad de sus “teorías” supremacistas.

En noches como esa de futebol y de baile y de alegría mestiza y caótica[18], un Mengele “abandonado a sí mismo, esclavo de su existencia, acorralado”[19], siente que “las entrañas de Brasil se disponen a devorarlo”.[20] Y por eso busca darse un respiro, tal como lo intentó la mañana del 7 de febrero de 1979, día en que acepta una invitación a relajarse en una playa cercana. Bañándose en esas aguas de la localidad paulista de Santos, el genocida fugitivo al que nadie pudo encontrar y menos apresar durante siete lustros siente que “bruscamente su nuca se engarrota, sus mandíbulas se cierran, sus miembros y su vida se paralizan”.[21] Mengele se ahoga “sin haber tenido que enfrentarse a la justicia de los hombres ni a sus víctimas por sus nefastos crímenes”.[22] Le llega la muerte “en la inmensidad del océano, bajo el sol de Brasil”[23].

El cadáver del “símbolo de la crueldad nazi”,[24] del engendro que mató a cientos de miles de personas en nombre de la pureza de la raza aria, quedó flotando en las aguas atlánticas que mojan la arena de las playas de Santos, en las que un niño negro, Edson Arantes do Nascimento, nativo del lugar, descalzo y con pelotas hechas de trapos descubrió los secretos del futbol, juego creado por blancos, pero que él, cuando el mundo ya lo conocía como Pelé, supo llevar a su máxima expresión hasta convertirlo en el juego de toda la humanidad.

 

[1] Stefan Zweig, El mundo de ayer. Memorias de un europeo (trad. Joan Fontcuberta y Agata Orzeszek), Barcelona, Acantilado, 2001, p. 128.
[2] Olivier Guez, La desaparición de Josef Mengele (trad. Javier Albiñana), México, Tusquets, 2018, p. 78.
[3] Ibidem, p. 78.
[4] Ibidem, p. 79.
[5] Ibidem, p. 122.
[6] Ibidem, p. 127.
[7] Idem.
[8] Ibidem, p. 205.
[9] Ibidem, p. 208.
[10] Ibidem, p. 207.
[11] El filósofo germano-brasileño Anatol Rosenfeld escribió en 1956 todo un libro precisamente sobre los negros, la macumba y el futbol: Anatol Rosenfeld, Negro, macumba e futebol, Perspectiva, Sao Paulo, 1993.
[12] Guez, La desaparición de Josef Menguele, op. cit., p. 205.
[13] Idem.
[14] En Río de Janeiro la incorporación de la población negra a la práctica del futbol fue más pronta y acelerada que en Sao Paulo. Rostros negros aparecieron en las alienaciones de los equipos cariocas desde las postrimerías del primer lustro del siglo XX. En 1904 la compañía textilera de capital inglés Progreso Industrial fundó un club de futbol, al que dio por nombre el del suburbio donde tenía sus instalaciones: Bangú. A diferencia de otros clubes también creados por inmigrantes extranjeros (sobre todo ingleses e italianos), el Bangú tuvo desde sus inicios un público multirracial y popular y desde luego jugadores extraídos de todos los sectores sociales. De acuerdo con el antropólogo brasileño Sérgio Leite Lopes, “el aislamiento geográfico de Bangú impuso la incorporación no solamente de jefes y empleados extranjeros y brasileños, sino también de obreros”. Fue así como en el Bangú nace “la figura del obrero-jugador; el operario que se destaca menos por su trabajo fabril que por su desempeño en el equipo de la empresa”. Los futbolistas negros no sólo fueron nutriendo paulatinamente diversos planteles, sino que también contribuyeron a la conquista de títulos a partir de los años 20. El club de Regatas Vasco da Gama lo integraban socios que provenían de la colonia portuguesa, pero empleaba como futbolistas a negros y mulatos que conformaron la base del scratch que salió campeón de primera división por primera vez en 1923. Véase Sérgio Leite Lopes, “Futbol y clases populares en Brasil. Color, clase e identidad a través del deporte”, Nueva Sociedad No. 154, marzo-abril 1998, pp. 129-131.
[15] Gilberto Agostino, Vemcer ou Morrer: futebol, geopolítica e identidade nacional, Río de Janeiro, faperj-Mauad, 2002, p. 146.
[16] Jorge Barraza, “La bella historia del Palmeiras”, El Tiempo, 7 de febrero de 1999.
[17] Antonio Carlos Napoleão, Corinthians x Palmeiras: rivalidade e paixão no futebol paulista, Río de Janeiro, Mauad, 2001, p. 77.
[18] Guez, La desaparición de Josef Mengele, op. cit., p. 205.
[19] Ibidem, p. 127.
[20] Ibidem, p. 205.
[21] Ibidem, p. 228.
[22] Idem.
[23] Idem.
[24] Ibidem, p. 234.

Salvezza

Por: Farid Barquet Climent.

Que un reputado escritor estadounidense deseche el millón de dólares que le habrían pagado de haber aceptado escribir el libro del caso judicial más sonado en la historia de su país —el proceso penal que se le siguió al exjugador de futbol americano O. J. Simpson por el homicidio de su exesposa y un amigo de ella—, suena de por sí extraño. Pero que renuncie a esa cantidad de dinero y a un bestseller prácticamente asegurado de antemano por preferir instalarse una larga temporada en un pequeño pueblo de “una de las regiones más pobres y menos visitadas”[1] de Italia, es algo que linda ya con el misterio. ¿Qué épica el escritor habrá intuido que prometía viajar a un remoto rincón escondido entre los montes Abruzos como para dejar pasar semejante oportunidad tanto de garantizarse la holgura económica por el resto de sus días como de elevarse a una nueva cúspide de celebridad literaria?

Joe McGinniss, autor de libros de altísimas ventas, como el que escribió sobre las argucias mercadotécnicas que llevaron a Richard Nixon a la presidencia de Estados Unidos,[2] declinó ese más que tentador ofrecimiento por embarcarse en la aventura de presenciar, y luego relatar, la intrincada y tortuosa travesía de un pequeñísimo club de futbol de la Italia meridional, Associazione Calcistica Castel di Sangro, durante su primera incursión en la Serie B, la segunda división profesional.

En Italia la inmensa mayoría de los clubes tienen denominaciones toponímicas: se llaman justo como las ciudades a las que representan o les ponen el gentilicio por nombre. Società Sportiva Calcio Napoli es de Nápoles, Associazione Calcio Milan es de Milán, Genoa Cricket and Football Club es de Génova, Udinese Calcio es de Udine, Unione Sportiva Salernitana es de Salerno, etc. El AC Castel di Sangro en modo alguno es la excepción: es de Castel di Sangro, comunidad que en 1996, año del arribo de McGinniss, apenas rebasaba los 5 000 habitantes, ninguno de los cuales había visto a su equipo jugar más que en las ligas diletttanti, amateurs. Pero al menos entre aquel verano y el siguiente Castel di Sangro atraería la atención de todo el país por ser “el pueblo más pequeño de toda Italia en haber ascendido a la Serie B”.[3] McGinnis, que se había enganchado al futbol en su país apenas 2 años atrás durante el Mundial de 1994 cautivado por la “elegancia, el garbo y el aura de magia”[4] de Roberto Baggio, decidió desplazarse a Castel di Sangro con el cometido autoimpuesto de registrar puntualmente todo lo que tuviera relación con la marcha del equipo de la localidad, que había sembrado en el pueblo castellani, si no la ilusión de llegar a la Serie A, al menos la esperanza de librar el descenso: conseguir la salvezza, la salvación.

El milagro de Castel di Sangro es el título de la bitácora novelada de los nueve meses que pasó McGinniss conviviendo con el equipo con miras a narrar esa gesta, en la que el escritor sentía, como un aficionado más, que “no podía ayudar en nada”, que “sólo podía sufrir”[5] y acompañar en la angustia al equipo durante todo el torneo, asistiendo a diario a sus entrenamientos, compartiendo las comidas, yendo a los partidos de visita, caminando de la mano de la plantilla con “el miedo que provoca la posibilidad de descender”,[6] al filo del abismo de un inmediato retorno a la Serie C1, despeñadero tan profundo como precipitarse desde la cima de cualquiera de los macizos abruzos, la cordillera más alta de Italia.

Desde 1878 y hasta su muerte en 1933, el duque de los Abruzos fue Luis Amadeo de Saboya, sobrino del rey Umberto I de Italia por parte de madre e hijo de Amadeo I, rey de España entre 1870 y 1873. Si bien nació en Madrid en las postrimerías del reinado de su padre, Luis Amadeo dedicó su vida a honrar la región italiana a la que debe su ducado: fue un célebre explorador de montañas. Su biógrafa Mirella Tenderini afirma que la pasión del duque por el alpinismo empezó a la edad de 20 años, en los Alpes Italianos, para después emprender la primera ascensión al Monte San Elías en Alaska y luego intentar, en 1899, alcanzar el Polo Norte, mientras que una década después se empeñó en escalar la cima del K2, objetivo que no consiguió, pero desde entonces la ruta para lograrlo lleva el nombre de la comarca a la que debe su título ducal: Arista de los Abruzos.[7] Al igual que el duque, McGinnis también exploró los Abruzos: lo primero con lo que habría de toparse el escritor, nacido en Manhattan, sería con que el signor Rezza, dueño del club Castel di Sangro —y en realidad de todo el pueblo homónimo—, era la versión autóctona del personaje icónico de la más célebre ficción ambientada en Nueva York: Vito Corleone, El Padrino de la mafia siciliana de La Gran Manzana, creado por Mario Puzo y estelarizado por Marlon Brando en su actuación más memorable, bajo la dirección de Francis Ford Coppola. La tirante relación de McGinniss tanto con Rezza como con su entenado que hacía las veces de presidente del club, atraviesa casi todas las 500 páginas del libro, como también flota de principio a fin de la obra la presencia del rupestre allenatore, Osvaldo Jaconi, un creyente y practicante fervoroso, como todo entrenador italiano de hechura tradicional, de la “religión oficial”[8] que en aquel tiempo extendía aún su credo por casi todos los banquillos italianos: el catenaccio.

Otro gran italiano —no de los Abruzos sino de Trieste, muy al norte, en la frontera con Eslovenia— el intelectual, escritor y profesor de literatura Claudio Magris, en su obra señera, El Danubio, escribe acerca de “la imprevisibilidad del viaje, la confusión de los caminos, el azar de las paradas, la incertidumbre de las noches, la asimetría de todos los recorridos”.[9] Si no supiéramos que El Danubio se publicó por primera vez en italiano 10 años antes del ascenso del Castel di Sangro a la Serie B, las palabras de Magris podrían pasar por la perfecta caracterización del itinerario descrito por el Castel di Sangro en aquel año futbolístico: su imprevisible viaje por una categoría del calcio en la que nunca había tenido un sitial; la confusión de los caminos cuando no todos reman en la misma dirección; el azar de las paradas que le deparó el calendario de juegos; la incertidumbre de las noches cavilando sobre la permanencia; la asimetría de todos los recorridos por pueblos y ciudades para ir a jugar a cada uno de los estadios de la división. El imprevisible, confuso, azaroso, incierto y asimétrico viaje del Castel di Sangro en búsqueda de la salvezza.

 

[1] Joe McGinniss, El milagro de Castel di sangro, Barcelona, Contra, 2014, p. 22.
[2] Joe McGinniss, The Selling of the President, Nueva York, Trident Press, 1969.
[3] McGinniss, El milagro de Castel di sangro, op. cit., p. 97.
[4] Idem, p. 32.
[5] Idem, p. 251.
[6] Idem, p. 51.
[7] Mirella Tenderini y Michael Shandrick, El Duque de los Abruzos. Vida de un explorador (pról. Walter Bonatti), Madrid, Desnivel, 2001.
[8] McGinniss, El milagro de Castel di sangro, op. cit., p. 173.
[9] Claudio Magris, El Danubio (trad. Joaquín Jordá), Barcelona, Anagrama, 7ª ed., 2004, p. 13.

 

Joe McGinniss, El milagro de Castel di sangro (trad. Grabriel Cereceda y Begoña Martínez), Barcelona, Contra, 2014, 500 pp.

La importancia de saber defender

Por: Adrián Rentería Díaz.

Confieso que nunca he sido un apasionado del futbol, una de esas personas cuya fe en un equipo les lleva a hacer cosas incomprensibles (para los demás). Tal vez porque soy originario del norte de México, donde los deportes más populares eran, en mi niñez, el béisbol y el basquetbol. De cualquier forma, confieso que después del Mundial de México 70, al norte también llegaron ecos de las gestas del balón. Lo que me llevó inclusive a jugar en algún torneo llanero juvenil, de verdad polvoso y repleto de piedrecillas, rigurosamente como defensa, en una posición que, sin saberlo, era la del libero.[1]

Años después, en las distintas ciudades del Estado de Chihuahua que transité por razones de trabajo, entre los diferentes deportes que practiqué, siempre como amateur, el futbol ocupó un lugar más bien marginal, y en cada equipo en el que participé siempre lo hice en la misma posición. Todo esto, naturalmente, no tendría, y quizá no tiene en realidad, ninguna importancia, más allá de mis recuerdos personales. Sin embargo, me sirve como pretexto, después de haber leído un texto de Farid Barquet Climent sobre el catenaccio, publicado en esta página, para subrayar el aspecto defensivo de este noble deporte.

En los primeros años 80 del siglo pasado me desempeñaba como prefecto en una escuela secundaria, y  dado que al mismo tiempo estudiaba  en la Universidad Autónoma de Chihuahua, al deporte le dedicaba una atención mínima. Como cada año también en ese 1982, si no recuerdo mal, tenían lugar los campeonatos deportivos de las escuelas secundarias de la ciudad, en varias especialidades, desde los de pista y campo hasta los deportes de conjunto. En mi escuela, que cada año participaba, había dos profesores de educación física, dos profesoras a decir verdad, con las que yo tenía una buena amistad.

No fue por la relación amistosa con ellas, sin embargo, sino por otras razones que sucedió lo que estoy por relatar. Sucedió, en efecto, que pocos días antes de que iniciaran los campeonatos me preguntaron si estaba dispuesto a ayudarles manejando, esa fue la palabra, el equipo de futbol varonil que iba a competir. Ellas no podían, naturalmente, acompañar ni a todos los alumnos en los deportes individuales ni a los equipos de las diferentes disciplinas. Me dijeron que en los años pasados había sucedido que faltando la presencia de un adulto que impusiera un cierto orden, se habían generado problemas a la hora de alinear a los participantes, sobre todo en los juegos de conjunto. En suma, no había un responsable que decidiera quien entraba a jugar, quien salía y cosas de ese tipo.

Una vez que se consiguió la autorización del director de la escuela tuve mi primera, y única, experiencia como entrenador de futbol, como míster para decirlo como se usa ahora. Todo esto sucedía una semana antes de que iniciaran las competencias, de modo que la primera cosa que hice fue reunir a los miembros del equipo; eran prácticamente los mismos del año anterior. Me informé sobre la posición de cada uno de ellos y sobre los titulares y los de la banca. A todos los conocía, pero a uno de ellos de manera particular porque tenía una cierta mala fama, y parecía que se complacía en ello; corrían voces de que –¡horror!– fumaba mariguana. Era un chico alto y fuerte, de cuerpo atlético, y era el que mejor jugaba. Llamémosle Juan, y era el centro delantero, como se le llamaba entonces a quien –se suponía– era más hábil para hacer goles.

El equipo, me dijeron, estaba por jugar su tercer torneo, prácticamente con la misma formación. A mi pregunta de cuántos partidos habían ganado en los torneos anteriores, la respuesta, desconsolada, fue: ninguno… Y mi pregunta de cuántos goles habían marcado en los torneos recibió una respuesta aún más desconsolada: ninguno. Pero sí habían recibido muchos goles en su portería, me dijeron, sin precisar más el asunto. Oculté frente a ellos cualquier reacción, e imperturbable, le pregunté a Juan, quien era además el capitán del equipo, si no le gustaría ganar algún partido. Claro, respondió de inmediato. Entonces, le dije, dejas tu posición y juegas en defensa. Nadie, ni él ni los demás –que estaban escuchando–, pronunció palabra alguna, pero en los ojos de todos pude ver sin duda alguna que pensaban que era una locura. Me esperaba una respuesta negativa de Juan, y que frente a mi decisión dejara el equipo, pero no fue así, pues de forma lacónica dijo: «está bien», aunque con una sonrisa algo sardónica. Formé dos grupos y les dije que jugaran unos contra otros mientras yo los observaba, y así transcurrió ese día.

En esa semana me reuní con ellos un par de veces más con la misma dinámica. Los dos pequeños grupos, de alrededor de 8 chicos cada uno, jugaban, corrían, defendían, marcaban goles, es decir sucedía lo que –guardadas las proporciones debidas– acontece durante un partido “normal” de futbol. Y yo observaba.

Llegó finalmente el día de inicio del torneo. Una vez realizadas todas las formalidades, al equipo, a mi equipo, le llegó la hora de su primer partido. Escogí a los 11 titulares y los coloqué en las posiciones que mis “observaciones” me sugerían, con un módulo (si se le puede llamar así) muy conservador de 4-4-2, con Juan como defensor central ligeramente retrasado. Y el juego inició. Para mi sorpresa, pero más para sorpresa de ellos, la idea funcionaba, pues Juan era tan fuerte y hábil que todos los intentos del equipo contrario por pasar resultaban infructuosos una y otra vez. Y desde ahí, además, se encargaba de “alimentar” el juego de los mediocampistas y de los delanteros, dos chicos pequeños pero muy veloces. No la hago muy larga. Ganaron el encuentro sin recibir gol. La algarabía de los chicos era enorme y cuando en la escuela se supo del resultado, ellos caminaban con la cabeza alta y como si se movieran 5 centímetros por sobre el suelo.

Lo mismo sucedió en otros dos partidos. El estímulo que les dio el primer resultado favorable prácticamente les llevó a empeñarse como nunca y a derrotar sin muchas dificultades a los adversarios que les enfrentaron. Y finalmente llegó el momento de jugar por el primer lugar, contra un equipo que gozaba de una merecida fama por haber ganado los últimos torneos. A decir verdad para mí era una verdadera sorpresa haber llegado a disputar el trofeo, habida cuenta del poco tiempo que yo había tenido para “entrenar” el equipo y, por supuesto, porque se trataba del mismo equipo que no había marcado ningún gol en los dos torneos anteriores. De cualquier manera los chicos no supieron de mi estado de ánimo, poco optimista, y llegó el día del partido. No hubo un final feliz, de esos de película estadounidense.

Se jugó prácticamente en un llano, con las porterías sin redes, tal y como se habían jugado todos los otros partidos. Poco antes de terminar el primer tiempo, un atacante del equipo adversario pateó desde fuera del área un balón hacia nuestra portería, que pasó unos 15-20 centímetros por encima del larguero. El árbitro, el único árbitro, no había jueces de línea, estaba lejos de la acción y tuvo la buena idea de señalarlo como gol. Frente a mis protestas, y a las de los jugadores, se mantuvo inamovible, y pocos minutos después terminó el primer tiempo. Lo abordé y con calma le comuniqué mi desacuerdo. Con otras palabras, sin embargo, me confirmó lo que muchos años después Vujadin Boskov, legendario entrenador del Sampdoria de Génova en el campeonato italiano convertiría en uno de sus célebres dichos: «gol es cuando árbitro dice que es gol».

En el segundo tiempo no hubo historia y el marcador se mantuvo casi hasta el final del encuentro, a pesar de los esfuerzos de mis jugadores. Es más, cuando faltaban pocos minutos para que terminara el partido les pedí a los defensas, y a Juan en primer lugar, así como a los mediocampistas, que “subieran” hacia la portería contraria, en una búsqueda desesperada del empate. Estrategia riesgosa, claro, pero no había mucho más que perder. Y el riesgo se hizo realidad, con otro gol –éste sí regular– del equipo al que nos enfrentábamos.  Comparto estos recuerdos personales para subrayar algo que a veces se olvida en el ámbito deportivo: la importancia de una defensa eficaz. De nada vale hacer 5 goles si recibes 6, del mismo modo en que resulta inútil hacer 100 puntos en un partido de basquetbol si el equipo contrario marca 102. Una labor, la del defensor, que no recibe muchas consideraciones, porque es más sencillo celebrar los faustos de quien hace un gol o clava el balón en la canasta contraria. Pero que puede, en efecto, marcar los destinos de cualquier equipo, y, en consecuencia, de cualquier torneo.

 

[1] Posición que describe Farid Barquet Climent en la entrada “Falso catenaccio”, publicada en este portal:  https://futboleo.net/2020/04/17/falso-catenaccio/

Reinventarse para sobrevivir

Por: Farid Barquet Climent.

Uno de los motivos, mas no razones, que se han aducido para intentar justificar la desaparición del ascenso y del descenso entre las divisiones primera y segunda del futbol mexicano, es la inestabilidad financiera y la consecuente debilidad institucional de la mayoría de los clubes del circuito inferior. Que varias de esas entidades han sido mal administradas o que aún con buenas administraciones los problemas estructurales que enfrentan han hecho peligrar constantemente su viabilidad es una realidad, pero ese diagnóstico es utilizado falazmente por quienes apoyan la medida de desaparecer el ascenso para de él desprender que los que hasta el tercer mes del presente año se batieron en la categoría subalterna no merecen poder ganarse un lugar en la palestra estelar.

Lejos de fortalecer esas franquicias, la desaparición del ascenso les dará el tiro de gracia. La imposibilidad de subir agravará sus maltrechas finanzas y convierte a su debilidad presente en el augurio de su muerte inminente. El peor error, si se quiere evitar ese desenlace, será apelar a la solución de siempre: buscar nuevos mecenas salvadores que le inyecten dinero a los clubes. Porque como cualquier empresario, los que eventualmente decidan aportar capital esperarán obtener beneficios. Y ahora que las aspiraciones de todos esos equipos quedarán topadas a solo campeonar sin escalar peldaños, tales beneficios nunca llegarán. Entonces resulta conveniente, si no es que necesario, explorar una opción distinta, que no exija una rentabilidad a corto plazo. Y sí existe. Es un camino que en México está prácticamente intransitado: que los clubes que hoy están en la cuerda floja adquieran la forma legal de asociaciones civiles y abandonen su condición actual de sociedades anónimas. Dicho en otras palabras: que esos clubes sean, ahora sí, auténticos clubes, conformados por socios con voz y voto provenientes de su afición, en vez de empresas con un único dueño que decide unilateralmente todo en cada institución, incluida su desaparición, como acaban de hacerlo varios propietarios de equipos del Ascenso Mx, que a cambio de un subsidio que les haga salir de sus deudas prefirieron verlos morir.

No se trata de una fórmula novedosa. Todo lo contrario. Bajo esa estructura operan el Real Madrid, el FC Barcelona y el Atlético de Bilbao, los únicos tres clubes que tienen esa naturaleza jurídica en España y los únicos tres financieramente sanos del futbol ibérico. El futbol argentino es otro importante botón de muestra: sus clubes más que centenarios, incluidos los más ganadores, como Boca Juniors y River Plate, y también los que más jugadores producen y exportan, como Newell’s Old Boys o Argentinos Juniors, deben su conservación a la figura de la asociación civil, que les ha permitido salir avante en momentos de crisis.

En México no está vedado en modo alguno que un club de futbol se constituya en asociación civil. En Primera División hay uno: el Club Universidad Nacional A. C. Y si no tenemos más clubes que sean sociedades civiles es porque el futbol en México ha sido históricamente un nicho comercial reservado a los grandes capitales, en el que participan las televisoras, las cerveceras, las cementeras. Es la hora de cambiar esa historia.

No estoy planteando que a los actuales dueños se les expropien sus equipos y que se socialice la propiedad de éstos. Lo que sostengo es que los clubes del Ascenso que hoy tienen un destino incierto pueden intentar esa alternativa de probada eficiencia, durante más de un siglo, en países también hispanoparlantes, con los que tenemos afinidades culturales, que al igual que nosotros tienen millones de aficionados al futbol (con poblaciones muy inferiores a la de México) y que están atravesados también, en mayor o menor grado, por la desigualdad social.

Propongo darle oportunidad al asociacionismo en un medio en el que ha predominado una visión empresarial que en realidad no es exitosa: ningún club mexicano se sostendría si no fuera por los grandes corporativos que los respaldan con su capital proveniente de los ramos industriales y de negocios que realmente les reportan ganancias. Apostar por un modelo diferente en modo alguno es una utopía: ahí están las experiencias plausibles de otras latitudes. Además, en una sociedad tan partida como la mexicana, organizaciones en las que realmente participen e incidan los aficionados pueden erigirse —tal como lo afirma Julio Frydenberg, un estudioso de su génesis y evolución— en “instituciones de ayuda mutua”,[1] que favorezcan la construcción de ámbitos colaborativos en tanto sedes de cooperación comunitaria, que ofrezcan bajo el pretexto aglutinante de la competencia deportiva “un horizonte valorativo integrador”.[2]

La pandemia de coronavirus ha sacado a relucir la acción solidaria de los clubes que son asociaciones: algunos ofrecieron los estadios de su propiedad para el acopio y distribución de instrumental hospitalario, como ha sido el caso del Real Madrid.[3] El argentino Club Atlético Lanús acondicionó como hospitales de campaña los 2 microestadios de su sede social mediante el despliegue de 200 camas.[4] Otro más modesto, el también argentino Defensores de Belgrano, que compite en la segunda división, realizó colectas para la adquisición de mamelucos sanitarios para uso de quienes exponen su salud cuidando la de los demás.[5]

Los clubes como asociaciones civiles, que no persiguen en principio la búsqueda del lucro sino el sostenimiento y conservación de referencias simbólicas cohesionadoras de sus seguidores, favorecen la regeneración del tejido social. Porque a diferencia de los clubes como los conocemos, no son solamente máquinas productoras de un espectáculo de masas, sino agentes de sociabilidad. Sus socios no tienen que ser necesariamente grandes capitalistas que compran y venden acciones en la bolsa de valores: cualquier persona, en función de su capacidad de compra, puede adquirir partes sociales. Asalariados, profesionistas y medianos comerciantes son en su mayoría nominal los socios de los clubes-asociaciones de Europa y Sudamérica.

Se trata de instituciones de puertas abiertas que funcionan, además, como incubadoras de democracia. Incluso, tal como lo destacan los sociólogos Rodrigo Daskal y Verónica Moreira, al interior de ellas se han ejercido la deliberación y el derecho a votar aún en tiempos no democráticos, como ocurrió durante los años de la más reciente dictadura argentina.[6] Son entidades con un peso y una acción social de que carecen los clubes mexicanos y por eso generan identificaciones más profundas que la sola simpatía deportiva. Bajo esa modalidad societaria sus socios pueden vivir algo que millones de personas en México reclaman: “la sensación de formar parte de algo”,[7] la experiencia de pertenecer llevada más allá de pagar un boleto para entrar a un estadio, comprar una camiseta o sentarse frente a un televisor.

 

[1] Julio Frydenberg, Historia social del fútbol: del amateurismo a la profesionalización, Buenos Aires, Siglo XXI Editores Argentina, 2013, p 28.
[2] Ibidem, p 79.
[3] El País, “El Real Madrid convierte el Bernabéu en un almacén de productos sanitarios”, 26 de marzo de 2020.
[4] Clublanus.com, “#LanúsVSCovid19: hospitales de emergencia en la sede”, 6 de abril de 2020.
[5] TyC Sports, “Defensores de Belgrano y un gran gesto solidario”, 9 de abril de 2020.
[6] Rodrigo Daskal y Verónica Moreira, Clubes argentinos. Debates sobre un modelo (pról. Ezequiel Fernández Moores), unsam, Buenos Aires, 2017, pp. 15 y 37.
[7] Frydenberg, Historia social del fútbol, op. cit., p 62.

 

 

Aúpa Atleti

Por: Álvaro Clemente Molina Enríquez Guízar         @acmeg1904

¿Por qué apoyar, sin ser español, a un equipo que juega a miles de kilómetros de distancia, que no usa los colores del equipo al que le voy en mi país y que a pesar de estar en la élite del futbol de aquellas latitudes está, en cuanto a títulos, debajo del Real Madrid y del Barcelona?

Parte de la respuesta se remonta a un sábado de octubre de 1993. Al ser niño, estaba obligado a ir a algún compromiso social de mis padres (comida de una tía o de unos amigos suyos que me caían mal) y resignado en espera del momento de la partida a tan indeseado evento me puse a ver la televisión. Encontré en Canal 4 un juego en el que el Atlético de Madrid (donde jugaba en aquel momento Luis García) se encontraba 3-0 abajo en el marcador al final del primer tiempo. Para mi asombro y seguramente también para el de los propios jugadores del Atlético de Madrid, el equipo rojiblanco remontó de manera heroica el marcador para terminar con una victoria por 4-3. Ese día nació mi afición por el Atleti.

De niño uno suele inclinarse por el equipo que gana y pensamos que siempre va a ser así. No podíamos estar más equivocados. Nuestro corazón será roto y en algunos casos más que en otros, se sufre más de lo que se goza. Sin embargo, las lágrimas de alegría compensan y por mucho los momentos de tristeza o molestia. Con el paso de los años descubrimos en los equipos de nuestra elección valores que desconocíamos y que hacen que nuestro amor por el equipo crezca más allá de sus victorias.

Este desconocimiento me llevó a alejarme del Atlético por algunos años. Hasta que (sumado a su bello uniforme) descubrí los valores que lleva consigo el equipo, mismos que comparto incluso como filosofía de vida. El saber que el camino más fácil no necesariamente es el más adecuado, el que toda victoria sea producto del esfuerzo propio y no del regalo de alguien más y que por eso mismo nos hacemos grandes. Sumado a lo anterior, el tener el privilegio de realizar estudios de maestría en España y el ir en repetidas ocasiones al Vicente Calderón (antes que a la Puerta de Alcalá o al Museo del Prado) hicieron que terminara de enamorarme del cuadro colchonero.

De 1993 a la fecha el equipo ha pasado por un inolvidable doblete en 1996, un triste pero merecido descenso en el año 2000, su regreso a la primera división dos años después, una Europa League en 2010 y la llegada del Cholo Simeone a la dirección técnica, desde donde con inferioridad de recursos se ha ganado todo lo que se puede ganar estando en el mismo lugar que los merengues o los culés.

Hoy se cumplen 117 años de su fundación. Situación a la que pretendo rendir un homenaje con estas líneas que se escriben y qué mejor que concluirlas con esta letra de Joaquín Sabina:

Qué manera de aguantar, qué manera de crecer, qué manera de sentir, qué manera de soñar, que manera de aprender, qué manera de sufrir, qué manera de palmar, qué manera de vencer, qué manera de vivir…. Qué manera de subir y bajar de las nubes ¡que viva mi Atleti de Madrid!

¡¡¡AÚPA ATLETI!!!

 

 

Ni para arriba ni para abajo

Por: Farid Barquet Climent.

El ascenso y el descenso entre categorías son consustanciales al futbol. La posibilidad del primero siembra el deseo de superación que mantiene viva la ilusión, mientras que el riesgo del segundo le imprime fuertes dosis de tensión dramática.

Es evidente que cuando no se alcanza el sueño de escalar a la división superior se frustran proyectos, se malogran inversiones y se acendra la percepción de estancamiento, mientras que precipitarse al peldaño inferior evapora los beneficios (no sólo económicos) a los que se estaba acostumbrado (o empezando a acostumbrar) y pone carreras en predicamento. No es que la comunidad mundial del futbol (empresarios, empleados administrativos, cuerpos técnicos y futbolistas) se divierta atestiguando cómo su patrimonio, sus ingresos y hasta su autoestima penden en la incertidumbre. Lo que existe en cambio es un consenso —en modo alguno admitido resignadamente como si se tratara de una fatalidad, sino voluntariamente asumido con deportividad— de acuerdo con el cual la permanencia en cada uno de los circuitos del futbol profesional no se conquista de una vez y para siempre, sino que debe merecerse y además acreditarlo periódicamente. Y como la única manera conocida de hacer medibles los merecimientos es sometiéndolos a la lógica de los resultados, son éstos los que determinan el sitial que le corresponde a cada cual, como casi todo en la vida. Sin que ello implique abrazar una visión ganancial ni hacer nuestra la ambición sin freno ni tampoco la maximización del propio beneficio a toda costa como criterio de valor. De eso ya se encargó la sociedad. El futbol simplemente tuvo que hacerse cargo de un hecho incontrovertible: que el triunfo deportivo es un bien escaso. Y para que uno gane alguien tiene que perder.

Por eso es lamentable la decisión, adoptada por la Asamblea de la Federación Mexicana de Futbol (FMF), de suprimir la escalera de subida y de bajada que hasta el verano de 2019 compartieron las dos divisiones de mayor jerarquía del futbol nacional. Porque al hacer del máximo circuito un coto vedado que impide la llegada de nuevos participantes, se entroniza la mediocridad: “para qué aumento mi competitividad si tengo mi sitio asegurado”. Y entonces nos tocará ver cómo los equipos que durante décadas fueron cumplidos inquilinos del penthouse de nuestro futbol, esforzados en “pagar la renta” puntualmente año con año mediante el despliegue del mejor nivel de futbol a su alcance, serán convertidos gracias a la arbitrariedad de la mayoría de los dueños de equipos y a la obediencia cómplice de nuestros federativos en comodinos dueños mancomunados, vacunados todos por decreto contra el peligro de que sus malas decisiones, sus erróneas planificaciones, sus improvisaciones y sus intereses enquistados abiertamente malsanos los hagan sucumbir. La FMF ha construido el mejor de los mundos posibles para cualquier alérgico a la competencia: negocio asegurado con solo montarlo.

Cerrar la puerta de entrada a la planta alta dejará en penumbra a la de abajo. ¿Qué incentivos tendrán sus habitantes si saben que nunca saldrán de ahí? Por más que en defensa de la decisión aduzcan que la medida es por 6 años ¿qué garantías existen de que transcurrido ese tiempo no se dicte una prórroga igual o incluso a perpetuidad? Sin el estímulo de albergar la esperanza de que su equipo algún día ascienda, el apoyo de la afición decrecerá. Y sin éste, no veo cómo puedan seguir siendo entidades socialmente relevantes ni mucho menos financieramente sostenibles.

Pero además de injustificada y colisionante con los usos mundiales, la eliminación del ascenso es además cobarde: fue tomada y anunciada durante la vigencia de las medidas de aislamiento social derivadas de la pandemia de coronavirus, es decir, en el momento en que a los afectados les resulta más complicado que nunca defenderse. Con los agentes sociales y económicos funcionando al mínimo, apenas lo necesario para mantener signos vitales, la FMF instrumentó en una sesión virtual la muerte del descenso y el ascenso. Utilizó la emergencia sanitaria como pretexto para abaratar a capricho el valor de mercado del trabajo de cientos de personas. Tuvo prisa para dar el albazo: asestó un golpe mortal cuando fue más difícil meter las manos.

Un agravante es la desmemoria de los que consumaron la defenestración. En la reñida votación (8 contra 7) la mayoría de los que votaron a favor de la impermeabilidad social en nuestro futbol está integrada por franquicias que alguna vez (o algunas veces) tuvieron que ascender para estar donde facciosamente van a apoltronarse. Mientras que el fiel de la balanza, el voto que inclinó el sentido de la decisión, lo emitió un club que no tuvo que ganarse en la cancha su lugar en la Primera: es el hijo del rico que nunca ha tenido que luchar por nada porque todo se lo compran.

Convertir a la primera y a la segunda divisiones del futbol mexicano en estancos rígidos e infranqueables parece ser la proyección del modo de ser y de la concepción empresarial de quienes así lo decidieron, alérgicos como son a la genuina competencia, usufructuarios de oligopolios o de concesiones estatales que les han permitido construir fortunas sin pasar por la molestia de medirse con otros.