Una Concepción del futbol

Por: Farid Barquet Climent.

Durante varias generaciones el futbol fue una actividad que no era bien vista por la sociedad –ese concepto nebuloso y difuso que sirve para atribuir prejuicios a todos y simultáneamente a nadie- para ser practicada ni seguida por las mujeres. Afortunadamente, no faltaron las que se rebelaron ante esa privación, tan injusta como inveterada, del disfrute del juego.

Una de ellas fue mi abuela paterna. Hija de un trabajador que al frente de una pequeña cuadrilla realizaba trabajos para PEMEX, creció entre obreros que gustaban de patear un balón en sus descansos. Si bien en Córdoba, Veracruz, su ciudad natal, el beisbol era el deporte más popular, ella vivió los tiempos en que la ciudad vecina, Orizaba, a pesar de su población no muy numerosa, llegó a tener hasta tres equipos de Primera División: el Moctezuma, el Orizaba y la Asociación Deportiva Orizabeña. Más tarde, ya casada, fue dueña y administradora de un pequeño hotel que alojaba agentes viajeros que pasaban por Orizaba y en el que también se hospedaban equipos de futbol de la época. Recordaba que en las habitaciones del Hotel de la Borda pernoctó más de una vez Luis Pirata Fuente, gloria del futbol veracruzano que da nombre al estadio principal de la entidad y que fue el primer mexicano que jugó para un club europeo.

Tiempo después emigró a la capital del país con su madre y cuatro hijos. Servidora pública, complementaba los ingresos necesarios para sacar adelante a su familia ofreciendo comidas a trabajadores que laboraban en oficinas de la Colonia Juárez. Uno de esos comensales era un árbitro de futbol profesional que solía platicarle anécdotas de sus andanzas por las canchas.

Ya jubilada y abuela, iba a ver mis partidos infantiles en Pumitas CU y también acudió muchas veces a verme jugar en el equipo representativo del Colegio Madrid, la escuela en la que yo estudiaba y que competía en la Liga Interclubes de futbol amateur. En los jardines y pasillos de la Unidad Habitacional Copilco-Universidad, donde vivió hasta sus últimos días, por aquellos años se ponía a jugar conmigo a esa modalidad abreviada del futbol que es el gol-para. No olvido la única vez que fui con ella a un estadio: al Azteca, a presenciar el primer partido que disputaron los Tiburones Rojos de su querido Veracruz cuando el equipo jarocho regresó al máximo circuito a finales de los ochenta.

Solía ver la matiné completa de partidos que se transmitían por televisión. Sentada en su sillón acompañada de dos agujas y algunas bolas de estambre, los noventa minutos de un encuentro le bastaban para que de sus manos saliera una bufanda, un gorro, un par de guantes o unos calcetines que mucho se agradecían en tiempos de frío. Conservaré por siempre con mucho cariño las bufandas azul y oro de diseños imaginativos que me regaló amorosamente para apoyar a mis Pumas.

En los Mundiales se decantaba por los equipos africanos. El mundo injusto le había enseñado a asociar la raza negra con la pobreza. Ella pensaba, no sin razón, que los triunfos de esas selecciones llevarían alegría a sus pueblos.

Siempre me intrigó que, a pesar de haber visto mucho futbol, su jugador favorito era Miguel Piojo Herrera. Lo admiraba, sobre todo cuando el hoy Director Técnico del América jugaba para el Atlante. Seguramente no se asombraba por la destreza técnica del rubio lateral, por la sola razón de que nunca hubo tal. Quizá lo que le gustaba del camiseta ‘13’ de la selección nacional eran su sentido del esfuerzo, su enjundia, sus ganas, todo eso que tuvo que poner, durante todo lo largo de los poco más de 19 lustros de su vida, Concepción Rodríguez Villa: mi abuela.