De lo comunal a lo global

Por: Farid Barquet Climent.

El título que conquistó recién el 25 de mayo demuestra que al Valencia Club de Fútbol se le da ganar la Copa del Rey cada veinte años cuando una década agoniza.

El conjunto naranjero se ha llevado el torneo que anualmente disputan todos los clubes de las divisiones profesionales de España en 1979, 1999 y 2019, tres ediciones —de las ocho en las que ese trofeo ha ido a parar a sus vitrinas— en las que vencieron en los partidos finales a los tres grandes del futbol español: Real Madrid, Atlético de Madrid y FC Barcelona, respectivamente.

El sábado de la semana pasada, el equipo de la ciudad en la que desemboca el río Turia se impuso al Barcelona en Sevilla, la misma localidad en la que hace veinte años, el 26 de junio de 1999, derrotó al Atlético de Madrid en el estadio La Cartuja —el partido reciente fue en otro estadio sevillano, el Benito Villamarín, casa del Betis— merced a un doblete del delantero argentino Claudio Piojo López —que seis años después sería campeón del futbol mexicano con el América— y a un alarde de técnica individual del mediocampista Gaizka Mendienta, que hizo recordar uno de los dos golazos que Pelé anotó a la selección de Suecia en la final del Mundial de 1958.

Pero si una de las finales de Copa del Rey de las que vengo hablando tuvo una significación singular, fue la de hace cuarenta años, marcada por su connotación política.

Se jugó el 30 de junio de 1979 en el Vicente Calderón, bajo el arbitraje de Emilio Carlos Guruceta Muro, cuyo primer apellido da nombre al reconocimiento que cada año, desde 1987, el diario Marca entrega al mejor silbante del futbol español. La victoria fue para el Valencia gracias a otro doblete de otro argentino, Mario Alberto Kempes —quien recién el año anterior había sido el jugador clave para que la selección de su país ganara el Mundial dirigida por César Luis Menotti—, que con sendas internadas a su más puro estilo en el área madridista, culminadas con tan potentes como inusuales derechazos tratándose de un definidor zurdo, inclinó la balanza a favor de los levantinos, que aquella tarde lucieron por primera vez, después de cuarenta y cinco años, la indumentaria que desde entonces han utilizado en algunas temporadas como vestimenta alternativa, alusiva a la senyera, la enseña que ahora es de la Comunidad Valenciana pero que entonces era del órgano preautonómico denominado Consell (Consejo) del País Valenciano, bandera cuatribarrada en rojo y amarillo como la de su vecina Cataluña pero diferente por estar rematada con una franja perpendicular azul, lábaro que en aquellos años de transición a la democracia hizo suyo el blaverismo —movimiento político valenciano de reivindicación regionalista, contrapuesto al pancatalanismo— y que tuvo que esperar más de un lustro para su proclamación, en diciembre de 1984, como estandarte oficial de identidad de toda Valencia y no sólo de la ciudad capital de esa comunidad autónoma.

Así lo recuerda el propio Kempes en su autobiografía:

“Debido a que los dos conjuntos utilizaban uniformes completamente blancos, nosotros salimos al césped con pantaloncitos y medias azules y una camiseta a rayas verticales rojas y amarillas, tomada de la bandera de la Comunidad Valenciana, conocida como ‘senyera'”.

Y es que no era algo baladí vestir la bandera regional valenciana en pleno Madrid a tan sólo medio año de haber entrado en vigor la nueva Constitución española, que desde su preámbulo dice responder a la voluntad de proteger a todos los pueblos de España en el ejercicio de sus culturas y tradiciones, lenguas e instituciones. Vigente como estaba la Constitución, quedaba pendiente la aprobación del estatuto de las autonomías. Por eso el asunto de la camiseta no era menor. Casi dos décadas después, en 1997, bien lo evocaba el escritor y periodista Enrique Cerdán Tato, cronista de Alicante: “es un tema superado: por convicción, por frustración, por indiferencia. Pero hace tan sólo dieciocho años escasos, el problema de la bandera autonómica era un problema de alta tensión. En diversas comarcas de nuestra Comunidad levantó chispas”.

El Valencia, el club que hace cuarenta años mandó pintar en su camiseta la bandera de su región para que la viera el Rey en vivo; el mismo que entonces utilizó su uniforme para recordarle a España su compromiso constitucional con los particularismos que (desde siempre) la atraviesan, hoy ya no reafirma su estirpe comunal sino que se monta en la aldea global: desde 2014 es propiedad de un capitalista de Singapur.

 

Foto: valenciaculture.com

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