Cuatro hermanos y su perseguidor

Por: Farid Barquet Climent.

Gracias al diario personal que durante dieciséis años escribió Georgi Dimitrov, un cercano colaborador búlgaro de Stalin, sabemos los motivos por los que el dictador soviético cambiaba cada cierto tiempo a los hombres que lo rodeaban.[1] En la segunda mitad de la década de 1930[2] Stalin incorporó a su círculo inmediato a un personaje que resultó clave en los años posteriores y que llegó a ejercer profunda influencia[3] sobre él: Lavrenti Beria, responsable de llevar a cabo desde el Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos (NKVD, por sus siglas en ruso, policía política antecesora de la KGB) las purgas de miembros de la cúpula gubernamental y de reprimir a millones de ciudadanos comunes, mediante detenciones por causas inventadas, que terminaban en reclusiones en campos de trabajados forzados o en condenas a muerte de forma sumaria, sin juicios que fueran tales.

Nombrado al frente del NKVD a finales de 1938, Beria se encargó de supervisar personalmente, en febrero de 1939, la ejecución de tres miembros del politburó defenestrados por el régimen: Stanislav Kosior, Vlas Chubar y Pável Póstyshev.[4] Y como “la violencia una vez desatada envuelve y transforma a sus ejecutores, que difícilmente serán capaces de abandonarla” —como acertadamente afirma José Woldenberg—,[5] Beria empezó a enfocar su odio represor ya no sólo en contra de sus adversarios en la pugna por el poder, sino que también se obsesionó con vengarse, desde la inquina más violenta e irracional, de quienes según él le propinaron humillantes afrentas sobre una cancha de futbol.

A principios de la década de 1920 Beria fue futbolista en su natal Tiflis, capital de Georgia. Jugaba como mediocampista por el lado izquierdo. Era “fuerte, no muy técnico pero sí duro”.[6] En un partido en el que su equipo recibió a una selección de Moscú, Beria se vio superado en repetidas ocasiones por el veloz interior derecho del conjunto visitante: Nikolai Starostin, un entusiasta del deporte que junto con tres de sus hermanos (Andrei, Aleksandr y Piotr) se encargó de fundar, en 1922, el club Moskovski Kruzok Sporta (Círculo Moscovita del Deporte), que después de sucesivos cambios de nombre en 1923,[7] 1926[8] y 1931,[9] adquirió por fin, en 1935,[10] la denominación que conserva en la actualidad, bajo la cual se convirtió en el equipo más popular de la entonces Unión de Repúblicas Soviéticas Socialistas  (URSS) y lo sigue siendo en la Rusia actual: el Spartak de Moscú.

Los Starostin crearon el Spartak con el propósito de que fuera una “sociedad deportiva de carácter íntegramente popular”[11], lo que terminó por diferenciarla tanto de clubes como los Dinamo (el de Moscú, el de Kiev, el de Tiflis), que representaban a los servicios secretos del nkvd, como también de los equipos cska (el de Moscú o el de Sofía, Bulgaria), que pertenecían al Ejército. Tal como sostiene Alessandro Curletto:

“en contraste con el cska y el Dinamo, el Spartak no había sido constituido desde arriba, como emanación de un poderosísimo y temido ministerio, sino que surgió como resultado de una espontánea iniciativa de un grupo de amigos emprendedores y apasionados por el deporte (sobre todo por el fútbol), y había crecido con la suficiente rapidez como para poder competir contra los equipos militares”.[12]

 

Casi dos décadas después de aquel partido en el que Beria sólo le vio el número a Starostin (éste incluso coronó su actuación con un gol en el segundo tiempo), ambos se volvieron a encontrar: Starostin como entrenador del Spartak y Beria como presidente honorífico del Dinamo de Tiflis, en su condición de jefe del NKVD. El reencuentro se dio con motivo de la semifinal del torneo de Copa de la Unión Soviética correspondiente al año 1939, de la que salió vencedor el Spartak 1-0, resultado que le permitió disputar y ganar la final contra el Stalinec de Leningrado.[13]

Pero como Beria no estaba dispuesto a admitir que Starostin le ganara de nuevo, el Dinamo de Tiflis, bajo el argumento de que en el partido de semifinal el gol de la diferencia a favor de los moscovitas no había sido claro, acudió a inconformarse al Comité para Asuntos de la Cultura Física y el Deporte, con la pretensión de que se repitiera el partido, no obstante que ya se había jugado la final y que el Spartak había salido campeón. “Nadie, en ese momento, tuvo dudas acerca de que aquellas maniobras respondían a un capricho de Lavrenti Beria”.[14]

Las autoridades deportivas terminaron por concederle al Dinamo la repetición de la semifinal, pero el Spartak volvió a ganar, para descontento de Beria: el 30 de septiembre los espartanos rojiblancos se impusieron 3-2 al Dinamo ante 80,000 espectadores. “En cuanto a Lavrenti Beria, tras el tercer gol del Spartak (3-1) se levantó enrabietado de su asiento y abandonó el palco de honor”.[15]

Después del episodio de la Copa de 1939 la obsesión de Beria por Starostin desbordó los límites de lo deportivo: el NKVD instruyó un procedimiento contra el técnico del Spartak por haber participado supuestamente en un complot para asesinar nada menos que… ¡a Stalin!

La prueba con la que dijo contar el NKVD para proceder contra Starostin fue una declaración atribuida a Aleksandr Kosarev, dirigente de las juventudes comunistas que ya había sido fusilado, en la cual habría testimoniado que, junto con el exfutbolista, había ideado un plan para matar a Stalin durante el desfile que tuvo lugar en ocasión de la Jornada de la Cultura Física de 1937. El móvil del atentado habría sido el siguiente: una vez que el carro alegórico de los futbolistas (un zapato de futbol gigante) estuviera frente al Jefe del Estado, un comando de jugadores descendería con dirección al palco de honor y abriría fuego.[16]

La causa fue desestimada porque no se comprobó que Starostin hubiera abordado el carro alegórico, porque resultó inverosímil que debajo de sus uniformes de juego los futbolistas pudieran ocultar armas y porque la presencia probada de agentes del nkvd en el acto habría implicado que éstos fueron ineficaces en detectar la tentativa, circunstancia inadmisible para Beria. Pero en vista de que esa grave acusación no prosperó, Beria armó otro expediente contra Starostin por el supuesto robo de un camión cargado de telas, que según la acusación habría ido a parar a un almacén del Spartak. Una vez que el camión apareció junto con las telas, la causa se archivó, pero sólo para abrir una tercera contra Starostin, por el delito de… ¡“propaganda del deporte burgués”!, toda vez que el fundador del Spartak se había permitido, en una conversación privada, elogiar la organización de una competencia de atletismo que había presenciado en Finlandia.[17]

Por la imputación de haber hecho el panegírico de costumbres deportivas capitalistas, Starostin y sus tres hermanos fueron condenados, cada uno, a diez años de trabajos forzados, y dos jugadores más del Spartak, Stanislav Leuta y Evgeniy Arkhangelsky, recibieron como pena ocho años.[18] Tal como escribe la historiadora canadiense Rosemary Sullivan, Beria actuaba valiéndose de “la seudolegalidad del sistema judicial bajo el cual se cometen los crímenes más grotescos”.[19]

Fue así como inició, en 1942, el periplo de una década de Nikolai Starostin por diferentes campos del gulag: Ujtá, Jabárovsk, Komsomolsk del Amur, Uljanovsk, Akmolinsk y Alma-Ata.[20] Muchos años después Starostin reconoció que, gracias a la celebridad que le deparó la popularidad tan extendida del Spartak, su encierro fue menos cruento que el de otros internos, lo cual coincide con las indagaciones de la historiadora estadounidense Anne Applebaum, quien sostiene que Starostin gozaba de ciertos privilegios en los campos estalinistas:

“Por las noches, cuando (Starostin) comenzaba a contar anécdotas de fútbol, las ‘partidas de cartas se interrumpían’ y los prisioneros se agrupaban a su alrededor. Cuando llegaba a un nuevo campo, solían ofrecerle una cama limpia en el hospital del campo: ‘Era la primera cosa que me daban, donde quiera que llegara, si, entre los médicos o los mandos, había un aficionado”.[21]

 

Desde que llegó al primer campo en el que le tocó vivir, el de Ujtá, Starostin advirtió los retorcidos planes que tenían para él sus captores: se dio cuenta de que habían decidido convertirlo en entrenador del Dinamo de cada localidad en la que fuera recluido. Su sobrevivencia dependía de que saliera avante de esa tarea. Fue así como el padre del Spartak tuvo que conducir durante una década a sus archirrivales deportivos, los dinamos: “Starostin debió pasar buena parte de su confinamiento dirigiendo equipos de fútbol para el nkvd, yendo de un campo a otro, según el jefe que lo quisiera como entrenador”.[22] Incluso en una ocasión debió enfrentar a un dinamo dirigido nada menos que por su hermano Alensandr, también preso: el Dinamo de Inta.[23]

Sus éxitos como entrenador en cautiverio de sucesivos dinamos, le abrieron a Nikolai Starostin una esperanza de salir de su reclusión en 1948. Su prestigio había llegado a oídos de Vasili Stalin, hijo primogénito del mandamás soviético, quien quiso convertir a Starostin en estratega de “su equipo personal de futbol”:[24] el vvs, club de las Fuerzas Aéreas Militares. Tal como lo escribe su biógrafo Alessandro Curletto, hacia finales de la década de 1940 Starostin “se había convertido en motivo de disputa entre dos de los personajes más potentes de la Unión Soviética: el vástago del dictador y el infame Lavrenti Beria”.[25]

Aproximadamente tres años después de haber entrenado al equipo de la aviación castrense, estando internado en el campo de trabajos forzados de Alma-Ata, Starostin se vio sorprendido por la noticia de la muerte de Stalin, que ocurrió a las 21:50 horas del 5 de marzo de 1953,[26] a causa de una apoplejía[27]. Durante el funeral, su hijo Vasili “tenía el rostro hinchado por el llanto”,[28] mientras que sus colaboradores cercanos Nikita Jruschov y Lavrenti Beria “parecían más entusiasmados que apenados”.[29] De acuerdo con Sheila Fitzpatrick, profesora emérita de la Universidad de Chicago, Beria se aprestaba “más que ningún otro para reclamar su herencia”.[30]

Pero así como alguna vez Starostin rebasó a Beria en la disputa por un balón, Jruschov rebasó a Beria en las lides de la sucesión en el mando de la urss, ganándole la lucha definitiva por el poder. Aproximadamente tres meses después de la muerte de Stalin, Beria fue detenido por órdenes de Jruschov, bajo los cargos de pretender “tomar el poder y liquidar el sistema obrero-campesino soviético con el propósito de restaurar el capitalismo y la dominación de la burguesía”[31], según publicó el diario gubernamental Pravda en su edición del 17 de diciembre. Ingresó a una prisión militar y de inmediato se le declaró culpable de “traición, conspiración antisoviética, terrorismo y espionaje en beneficio de una potencia extranjera”[32]. Como afirma Fitzpatrick, el que recayó sobre Beria “a todas luces era un veredicto al estilo de los viejos juicios estalinistas, sin coherencia directa con las pruebas, y la pena de muerte se ejecutó de inmediato”.[33] Fue fusilado dos días antes de la navidad de 1953.

La caída en desgracia de Beria trajo consigo, casi en automático, la liberación de Starostin: el espartaquista mayor abandonó el campo de Alma-Ata un mes después de que Beria entrara en la cárcel y el caso judicial que lo mantuvo preso durante una década fue cerrado de manera oficial el 9 de marzo de 1955.[34]

Beria vivió 54 años, mientras Starostin murió de casi 94, el 17 de febrero de 1996, por causas naturales. En los 43 años que sobrevivió a Beria, Starostin fue vindicado, con todo merecimiento, como el patriarca del futbol ruso. Reinstalado en su puesto de máximo dirigente del Spartak, Starostin presenció la conquista de 11 trofeos de Liga y 6 de Copa. Desde ese sitial pudo ver, en sus tiempos de esplendor, al mediocampista Igor Netto, quien fue campeón olímpico en 1956 y europeo en 1960 con la selección de la URSS; también vivió la consagración de figuras internacionales, como el portero tres veces mundialista Rinat Dasaev y el larguiricho y calvo defensor Viktor Onopko, que sumaron entre ambos ocho trofeos de Liga para el Spartak antes de ser contratados por clubes españoles; y se dio el gusto de ver cómo la generación dorada de canteranos espartaquistas —encabezada por Alexandr Mostovoi, Vasili Kulkov y Valeri Karpin— eliminó en la fase de octavos de final de la Copa UEFA de 1990 al Nápoles de Maradona (aunque prácticamente sin Maradona, pues éste estuvo a punto de no ir a Moscú, se negó a viajar con el resto de sus compañeros, terminó haciéndolo después en un avión privado y entró al partido hasta bien avanzado el segundo tiempo, visiblemente diezmado, con casi tres meses de no entrenar regularmente y en medio de un diferendo público con la directiva napolitana).[35]

“Nunca es fácil obtener una imagen clara de Beria”[36], escribe Fitzpatrick. Pero no cabe duda de que la historia lo juzga como la versión rusa de Himmler. Y también lo juzga así la justicia rusa, que en el año 2000 desestimó una solicitud de rehabilitación de su figura. Mientras, en las antípodas, sobre el césped del estadio Otkrytie Arena, casa del Spartak inaugurada en 2014 y sede de seis partidos del Mundial Rusia 2018, cuatro estatuas honran a los hermanos futbolistas a los que Beria persiguió con crueldad, pero que con voluntad de espartanos nunca se dejaron doblegar: los Starostin.

 

Foto: Russian Football News

Notas:

[1] Tzvetan Todorov, historiador búlgaro avecindado en Francia, tuvo acceso al diario de Dimitrov, documento al que considera “de valor incalculable para la historia del movimiento comunista” porque “ningún otro dirigente comunista de este nivel ha dejado un documento similar, ya que las memorias o entrevistas de algunos de ellos fueron escritas retrospectivamente, no durante el día a día”. Se trata, según Todorov, de un diario “que nos permite observar de cerca la vida en el entorno de los dirigentes de la Unión Soviética”. Véase Tzvetan Todorov, La experiencia totalitaria (trad. Noemí Sobregués), México, Galaxia Gutenberg-Colofón, 2014, pp. 188-189 y 200.
[2] Sheila Fitzpatrick, El equipo de Stalin. Los años más peligrosos de la Rusia soviética, de Lenin a Jruschov (trad. Gonzalo García), Barcelona, Crítica, 2016, p. 15.
[3] Rosemary Sullivan, La hija de Stalin. La extraordinaria y tumultuosa vida de Svetlana Allilúieva, (trad. Hugo López Araiza Bravo), México, Debate, 2017, p. 123.
[4] Ibidem, pp. 182-183.
[5] José Woldenberg, Política y delito y delirio. Historia de tres secuestros, México, Cal y arena, 2012, p. 295.
[6] Curletto, Alessandro Mario, Fútbol y poder en la URSS de Stalin (Pról. Carlos Taibo; trad. Alfonso Zuriaga), España, Altamarea, 2018, p. 76.
[7] En 1923 se le puso por nombre Krasnaja Presnya, que significa Presnya Roja: Presnya es el distrito de la capital rusa donde nació el equipo, y el apelativo “roja” parece ser un guiño cromático de cariz político, si se toma en cuenta que apenas había transcurrido un lustro desde la Revolución de Octubre. Véase Ibidem, p. 30.
[8] En 1926 cambió a Pisceviki, que quiere decir Alimentaristas. Esta modificación obedeció a que el Consejo Provincial Moscovita para la Cultura Física, determinó que el equipo pasara a depender de una empresa estatizada del ramo de la alimentación, lo cual motivó que desde entonces se popularizara el apelativo “myaso”, que significa “carne” en ruso, para aludir al club. Véanse Ibidem, p. 39, y Jean Damien Lesay, 1000 football clubs. Teams, stadiums and legends of the beautiful game, Nueva York, Universe, 2016, p. 129.
[9] En 1931 se le llamó Promkooperaciya, que se traduce como Cooperativa de Producción, nombre que no limitaba al equipo a representar en exclusiva al gremio alimentario, sino que buscaba abarcar también a otros giros, como los curtidos y los textiles. Véase Curletto, Fútbol y poder en la URSS de Stalin, op. cit., p. 41.
[10] El nombre oficial dado en 1935 puede leerse en castellano como Asociación Deportiva Voluntaria Sindical-Cooperativa Pansoviética Spartak. Véase Ibidem, p. 46.
[11] Ibidem, p. 30.
[12] Ibidem, p. 47.
[13] Ibidem, p. 74.
[14] Ibidem, p. 75.
[15] Idem.
[16] Ibidem, pp. 77 y 85.
[17] Ibidem, p. 87.
[18] Ibidem, p. 89.
[19] Sullivan, La hija de Stalin, op. cit., p. 123.
[20] Curletto, Fútbol y poder en la URSS de Stalin, op. cit., p. 90.
[21] Anne Applebaum, Gulag. Historia de los campos de concentración soviéticos (trad. Magdalena Chocano), Debate, Madrid, 2004.
[22] Idem.
[23] Curletto, Fútbol y poder en la URSS de Stalin, op. cit., p. 94.
[24] Ibidem, p. 100.
[25] Ibidem, p. 106.
[26] Sullivan, La hija de Stalin, op. cit., p. 154.
[27] Ibidem, p. 283.
[28] Fitzpatrick, El equipo de Stalin, op. cit., p. 290.
[29] Idem.
[30] Ibidem, 287.
[31] Sullivan, La hija de Stalin, op. cit., p. 166.
[32] Fitzpatrick, El equipo de Stalin, op. cit., p. 302.
[33] Idem.
[34] Curletto, Fútbol y poder en la URSS de Stalin, op. cit., p. 110.
[35] Paolo Viberti, “Maradona se niega a viajar con el Nápoles a Moscú”, El País, 6 de noviembre de 1990.
[36] Fitzpatrick, El equipo de Stalin, op. cit., p. 205.