Por no saberse el reglamento

Por: Farid Barquet Climent.

Cualquier abogado sabe que los jueces se reputan peritos en Derecho, es decir, se da por descontado que conocen el contenido de las normas que están llamados a aplicar. En el futbol ocurre algo análogo: se presume que los árbitros, que en las canchas hacen las veces de juzgadores, saben lo que dispone el reglamento.

Pero desafortunadamente, no siempre es así. Hay ocasiones en que aquello que en principio se debe dar por hecho al final no resulta ser cierto, como no resultó cierto, hace treinta y un años, que tuviera pleno dominio de las reglas el árbitro de un partido como el de esta noche, también de semifinales, con los mismos protagonistas, América y Morelia, y jugado en el mismo estadio Azteca.

El domingo 26 de junio de 1988 América y Morelia disputaron el juego de vuelta de la serie por el pase a la final del torneo mexicano de Liga 1987-1988. Recién la temporada inmediata anterior, 1986-1987, había entrado en vigor la regla según la cual, en caso de empate en el marcador global, pasaría a la siguiente ronda el equipo que hubiere anotado más goles en calidad de visitante. Así lo preveía el artículo 14 del reglamento. Si bien había transcurrido un año desde el inicio de su vigencia, aún no se había suscitado un caso que motivara la aplicación de dicha regla.

Ahora bien, el mencionado artículo reglamentario tenía un párrafo segundo, que al parecer el parecer el árbitro desconocía, de acuerdo con el cual, en caso de que hubiere transcurrido el tiempo reglamentario de 180 minutos a visita recíproca y los equipos enfrentados se mantuvieren empatados en cuanto al número de goles como visitantes, se jugarían tiempos extras, en los cuales las anotaciones del conjunto visitante en el partido de vuelta no contarían como goles de visitante para efectos de desempate, “en virtud de que solamente en el partido de vuelta hay tiempos extra”, tal como rezaba el artículo mencionado en su parte final.[1]

Puede colegirse que a los redactores del reglamento (la Asamblea de dueños de clubes de la Primera División) les pareció inequitativo que el equipo que cerrara una llave de eliminación jugando en estadio ajeno dispusiera de media hora más que su adversario para marcar goles en calidad de visitante. Y eso lo ignoró, o no lo sabía, o lo olvidó, el árbitro de la vuelta de aquella semifinal, Miguel Ángel Salas, quien dejó en suspenso el desenlace del encuentro por casi tres cuartos de hora, enturbiando el desenlace de aquella eliminatoria con el tizne de la sospecha.

Las Águilas y los entonces Ates o Canarios del Atlético Morelia empataron 2-2 en el partido de ida, disputado en el estadio Venustiano Carranza de la capital michoacana. Por el conjunto purépecha anotaron el artillero chileno Marco Antonio “Fantasma” Figueroa y Humberto Roon, mientras que los tantos del América fueron obra de Alfredo Tena y Luis Roberto Alves “Zague”. En el partido de vuelta en el Azteca, el capitán Mario Díaz y Roon pusieron en ventaja al Morelia antes de la media hora de juego, mediante sendos disparos desde fuera del área. Pero en los seis minutos finales del primer tiempo el América consiguió, a través de Antonio Carlos Santos y de “Zague”, el empate que obligó al alargue. En el primer tiempo extra, Ricardo Campos marcó por la vía del penalti el quinto gol del Morelia en la eliminatoria, pero en el segundo tiempo extra el América conseguiría darle alcance a través de Tena. La suma de todos los goles de la serie, tanto los anotados en el Carranza como los conseguidos en el Azteca, arrojaron un empate: 5-5.

El árbitro Salas pasó por alto que el quinto gol del Morelia, el de Campos, fue anotado en tiempo extra, por lo cual, conforme al segundo párrafo del artículo 14, no debió contarlo como gol de visitante para efectos del desempate. Pero Salas no tuvo en cuenta esa norma y se limitó a hacer un simple conteo global, sin diferenciar entre los goles marcados en tiempo regular y los anotados en la prórroga. Y con base en ese cómputo dio por terminado el partido al finalizar el segundo tiempo extra. La inmensa mayoría de los jugadores de ambos equipos asumieron que la eliminatoria había terminado. Incluso hubo intercambios de camisetas: “Fantasma” Figueroa y el uruguayo Robinson Hernández se dieron entre sí las suyas, al igual que Efraín “Cuchillo” Herrera y el veracruzano Roon.

Los jugadores del Morelia festejaron y se marcharon al vestidor, donde el portero Olaf Heredia bebió tres refrescos y se quitó hasta las vendas, mientras que los futbolistas del América, algunos de los cuales, como el portero Adrián Chávez, estaban contrariados por lo que creían era su eliminación, fueron alertados poco después de que el árbitro estaba equivocado y se les hizo volver a la cancha. Hugo Enrique Kiesse, directivo paraguayo del club de Coapa, bajó al vestidor de los árbitros para alegar la violación al reglamento y exigir que se tiraran series de penaltis. El propietario del Morelia, Nicandro Ortiz, había advertido el error del silbante, pero alegaba que éste había dado por terminado el partido y en consecuencia no había lugar para los tiros desde el manchón de cal. De acuerdo con los testimonios para FutboLeo de dos integrantes de aquel Morelia, el mediocampista Vicente Campos y el lateral Javier Garay, fue el entonces gobernador del Estado de Michoacán, Luis Martínez Villicaña, quien pidió al entrenador de los Canarios, Antonio “La Tota” Carbajal, que accediera a regresar a la cancha para que se tiraran los penaltis. El mandatario seguramente ignoraba que, en esos momentos, los aficionados que en camiones habían viajado al Azteca desde el Estado que gobernaba ya se encontraban en carretera cubriendo el trayecto de regreso, carentes de telefonía celular, entonces inexistente, e imposibilitados de captar alguna señal radiofónica que les avisaran que el desenlace que creyeron definitivo no sería tal. Muchos de ellos, que celebraron la victoria durante la travesía, se enteraron del resultado final hasta llegar a la antigua Valladolid.

En entrevista para FutboLeo desde Buenos Aires, donde hoy forma a jóvenes de las fuerzas inferiores del club Banfield, Robinson Hernández, camiseta ‘14’ de aquel América, recuerda: “El equipo de Morelia festejó la clasificación. Me acuerdo que estábamos todos bajoneados, menos Alfredo Tena que era el capitán. Él decía que por reglamento teníamos que tirar penales. Los árbitros tenían muchas dudas. Pasó el tiempo que pasó, casi cuarenta minutos, hasta que volvió Morelia al campo de juego”.

Adrián Chávez, el portero americanista que terminaría por ser el héroe de la tarde, evoca esos instantes para los lectores de Futboleo: “Recuerdo que el árbitro pita, y yo la verdad cabizbajo me fui al vestidor, ya estaba en el vestidor quitándome los guantes, lamentándome que nos había ganado el Morelia, y de repente entró Alfredo Tena corriendo a decirnos: ‘no nos ganaron, el reglamento dice que en los tiempos extras el gol de visitante no vale doble’. Entonces regreso rápidamente a la cancha”.

Vicente Campos, que había llegado a los Canarios dos años antes proveniente de los Pumas de la UNAM, mantiene una convicción desde aquella semifinal: “Había que tirar penales, sí, pero no en ese momento. Podía ser unas horas más tarde, u otro día”. La solución que imaginó Vicente parece sensata: que no se impusiera al Morelia, que ya se había relajado, que incluso vivió minutos de alegría y euforia, la carga de verse obligado a recuperar un nivel de concentración difícilmente recuperable y así tener que presentarse ante un adversario que, después de saberse derrotado, recibe una nueva oportunidad de imponerse y se llena de esperanza.

En las series de penaltis, Morelia falló tres tiros desde los once pasos y América solamente uno. Chávez atajó dos y estuvo a muy poco de atajar el que le anotó “Fantasma” Figueroa, como también había estado a punto de detener el penalti que convirtió en gol Ricardo Campos en tiempo de juego, que prácticamente se le escurrió de las manos. El arquero Americanista dice haber tenido pleno convencimiento, desde antes de iniciar la tanda, de que su equipo se llevaría el boleto a para disputar el encuentro por el campeonato: “En ese momento dije: ya ganamos porque yo voy a parar penales y vamos a pasar a la final. Fue tanta mi fuerza, mi concentración, que a mí no me interesaba si habían pasado minutos. Porque algunos jugadores del Morelia venían inclusive hasta bañados. Yo medio seguí calentando y concentrado en los penales. Fueron dos penales que paré, uno que echaron fuera y pasamos a la final”.

Robinson Hernández, que había sido contratado a principios de esa temporada por recomendación de César Luis Menotti, fue el primero de los tiradores americanistas en vérselas en solitario ante el arco defendido por Olaf Heredia: “fue lindo, principalmente la responsabilidad que me dio el Profe (Jorge) Vieira nombrándome para que pateara el primer penal. En el primer momento se siente un poco de nerviosismo, pero después justo pateó Campos y Chávez lo atajó, y así la caminata de la mitad de la cancha al punto penal fue algo más tranquila, porque estaba convencido de que haciéndolo (el gol) ya sacábamos una ventajita de entrada y eso era muy importante. Estaba convencido, estaba seguro. En el América no había tirado muchos penales, pero entrenábamos seguido y el Profe sabía que a mí me gustaba patear. Había pateado en un partido en Los Ángeles contra Peñarol, ahí pateé el tercero. Era una linda responsabilidad, ese penal que tiré (en la semifinal contra Morelia) era el que podía darnos ese envión anímico para que los que vinieran atrás vinieran con más tranquilidad y por suerte se dio y se disfrutó mucho. Después fue ya todo alegría porque tuvimos muy buena puntería y pudimos clasificar a la final”.

En contraparte, Vicente Campos, el ‘13’ del Morelia, recuerda que el viaje de regreso a casa “fue terrible”. Sostiene que se les había ofrecido un premio en especie en caso de salir campeones. Su entonces compañero Garay —que con el paso de los años llegó a dirigir interinamente al primer equipo de los Pumas— afirma que la directiva michoacana les había asegurado que si alcanzaban ese logro, los jugadores se volverían dueños de sus cartas, es decir, se les permitiría contratarse libremente con otro equipo. Pero nada de eso ocurrió. Lo único que les dieron fue una comida de recepción, en la que el dueño del equipo les entregó, a cada uno de los jugadores, un jarrón de cobre, fabricado en Santa Clara del ídem, con su nombre grabado junto a la leyenda “Campeón sin corona”.

“El juego lo perdieron “La Tota” y Nicandro (Ortiz) por permitir que se tiraran los penales”, lamenta Vicente, pero también recuerda con orgullo que aquel Morelia hilvanó tres clasificaciones a la Liguilla consecutivas, alejándose de los puestos de descenso a los que había estado acostumbrado el conjunto michoacano desde que el 26 de julio de 1981  se ganó el retorno al máximo circuito, luego de 14 años de ausencia, tras vencer al Tapatío, filial de las Chivas, gracias a un gol de penalti de Horacio Rocha al minuto 28. Según Vicente, fue por “el arrastre” de aquellos Canarios que le tocó integrar, hasta su contratación por Santos Laguna en la segunda mitad de 1988, que el gobernador Martínez Villicaña mandó construir, en las faldas del volcán del Quinceo, el estadio Morelos, casa del equipo de Morelia desde hace 30 años, con capacidad para 40,000 asistentes.

 

Foto: Récord.

[1] El texto completo del artículo 14 entonces vigente es el siguiente: “Artículo 14.- Si al terminar el segundo partido de la fase de Cuartos de Final, Semifinal o Final, los equipos se encuentran empatados en el número de goles anotados en los 2 juegos, para efectos inmediatos de desempate, la mayor cantidad de goles anotados como visitante, determinará quién es el vencedor.
En caso de persistir el empate, se jugarán dos tiempos extras de 15 minutos cada uno para decidir el encuentro, aclarando que los goles anotados en tiempos extra tienen igual valor para visitante o visitado, en virtud de que solamente en el partido de vuelta hay tiempos extra”.