Salvezza

Por: Farid Barquet Climent.

Que un reputado escritor estadounidense deseche el millón de dólares que le habrían pagado de haber aceptado escribir el libro del caso judicial más sonado en la historia de su país —el proceso penal que se le siguió al exjugador de futbol americano O. J. Simpson por el homicidio de su exesposa y un amigo de ella—, suena de por sí extraño. Pero que renuncie a esa cantidad de dinero y a un bestseller prácticamente asegurado de antemano por preferir instalarse una larga temporada en un pequeño pueblo de “una de las regiones más pobres y menos visitadas”[1] de Italia, es algo que linda ya con el misterio. ¿Qué épica el escritor habrá intuido que prometía viajar a un remoto rincón escondido entre los montes Abruzos como para dejar pasar semejante oportunidad tanto de garantizarse la holgura económica por el resto de sus días como de elevarse a una nueva cúspide de celebridad literaria?

Joe McGinniss, autor de libros de altísimas ventas, como el que escribió sobre las argucias mercadotécnicas que llevaron a Richard Nixon a la presidencia de Estados Unidos,[2] declinó ese más que tentador ofrecimiento por embarcarse en la aventura de presenciar, y luego relatar, la intrincada y tortuosa travesía de un pequeñísimo club de futbol de la Italia meridional, Associazione Calcistica Castel di Sangro, durante su primera incursión en la Serie B, la segunda división profesional.

En Italia la inmensa mayoría de los clubes tienen denominaciones toponímicas: se llaman justo como las ciudades a las que representan o les ponen el gentilicio por nombre. Società Sportiva Calcio Napoli es de Nápoles, Associazione Calcio Milan es de Milán, Genoa Cricket and Football Club es de Génova, Udinese Calcio es de Udine, Unione Sportiva Salernitana es de Salerno, etc. El AC Castel di Sangro en modo alguno es la excepción: es de Castel di Sangro, comunidad que en 1996, año del arribo de McGinniss, apenas rebasaba los 5 000 habitantes, ninguno de los cuales había visto a su equipo jugar más que en las ligas diletttanti, amateurs. Pero al menos entre aquel verano y el siguiente Castel di Sangro atraería la atención de todo el país por ser “el pueblo más pequeño de toda Italia en haber ascendido a la Serie B”.[3] McGinnis, que se había enganchado al futbol en su país apenas 2 años atrás durante el Mundial de 1994 cautivado por la “elegancia, el garbo y el aura de magia”[4] de Roberto Baggio, decidió desplazarse a Castel di Sangro con el cometido autoimpuesto de registrar puntualmente todo lo que tuviera relación con la marcha del equipo de la localidad, que había sembrado en el pueblo castellani, si no la ilusión de llegar a la Serie A, al menos la esperanza de librar el descenso: conseguir la salvezza, la salvación.

El milagro de Castel di Sangro es el título de la bitácora novelada de los nueve meses que pasó McGinniss conviviendo con el equipo con miras a narrar esa gesta, en la que el escritor sentía, como un aficionado más, que “no podía ayudar en nada”, que “sólo podía sufrir”[5] y acompañar en la angustia al equipo durante todo el torneo, asistiendo a diario a sus entrenamientos, compartiendo las comidas, yendo a los partidos de visita, caminando de la mano de la plantilla con “el miedo que provoca la posibilidad de descender”,[6] al filo del abismo de un inmediato retorno a la Serie C1, despeñadero tan profundo como precipitarse desde la cima de cualquiera de los macizos abruzos, la cordillera más alta de Italia.

Desde 1878 y hasta su muerte en 1933, el duque de los Abruzos fue Luis Amadeo de Saboya, sobrino del rey Umberto I de Italia por parte de madre e hijo de Amadeo I, rey de España entre 1870 y 1873. Si bien nació en Madrid en las postrimerías del reinado de su padre, Luis Amadeo dedicó su vida a honrar la región italiana a la que debe su ducado: fue un célebre explorador de montañas. Su biógrafa Mirella Tenderini afirma que la pasión del duque por el alpinismo empezó a la edad de 20 años, en los Alpes Italianos, para después emprender la primera ascensión al Monte San Elías en Alaska y luego intentar, en 1899, alcanzar el Polo Norte, mientras que una década después se empeñó en escalar la cima del K2, objetivo que no consiguió, pero desde entonces la ruta para lograrlo lleva el nombre de la comarca a la que debe su título ducal: Arista de los Abruzos.[7] Al igual que el duque, McGinnis también exploró los Abruzos: lo primero con lo que habría de toparse el escritor, nacido en Manhattan, sería con que el signor Rezza, dueño del club Castel di Sangro —y en realidad de todo el pueblo homónimo—, era la versión autóctona del personaje icónico de la más célebre ficción ambientada en Nueva York: Vito Corleone, El Padrino de la mafia siciliana de La Gran Manzana, creado por Mario Puzo y estelarizado por Marlon Brando en su actuación más memorable, bajo la dirección de Francis Ford Coppola. La tirante relación de McGinniss tanto con Rezza como con su entenado que hacía las veces de presidente del club, atraviesa casi todas las 500 páginas del libro, como también flota de principio a fin de la obra la presencia del rupestre allenatore, Osvaldo Jaconi, un creyente y practicante fervoroso, como todo entrenador italiano de hechura tradicional, de la “religión oficial”[8] que en aquel tiempo extendía aún su credo por casi todos los banquillos italianos: el catenaccio.

Otro gran italiano —no de los Abruzos sino de Trieste, muy al norte, en la frontera con Eslovenia— el intelectual, escritor y profesor de literatura Claudio Magris, en su obra señera, El Danubio, escribe acerca de “la imprevisibilidad del viaje, la confusión de los caminos, el azar de las paradas, la incertidumbre de las noches, la asimetría de todos los recorridos”.[9] Si no supiéramos que El Danubio se publicó por primera vez en italiano 10 años antes del ascenso del Castel di Sangro a la Serie B, las palabras de Magris podrían pasar por la perfecta caracterización del itinerario descrito por el Castel di Sangro en aquel año futbolístico: su imprevisible viaje por una categoría del calcio en la que nunca había tenido un sitial; la confusión de los caminos cuando no todos reman en la misma dirección; el azar de las paradas que le deparó el calendario de juegos; la incertidumbre de las noches cavilando sobre la permanencia; la asimetría de todos los recorridos por pueblos y ciudades para ir a jugar a cada uno de los estadios de la división. El imprevisible, confuso, azaroso, incierto y asimétrico viaje del Castel di Sangro en búsqueda de la salvezza.

 

[1] Joe McGinniss, El milagro de Castel di sangro, Barcelona, Contra, 2014, p. 22.
[2] Joe McGinniss, The Selling of the President, Nueva York, Trident Press, 1969.
[3] McGinniss, El milagro de Castel di sangro, op. cit., p. 97.
[4] Idem, p. 32.
[5] Idem, p. 251.
[6] Idem, p. 51.
[7] Mirella Tenderini y Michael Shandrick, El Duque de los Abruzos. Vida de un explorador (pról. Walter Bonatti), Madrid, Desnivel, 2001.
[8] McGinniss, El milagro de Castel di sangro, op. cit., p. 173.
[9] Claudio Magris, El Danubio (trad. Joaquín Jordá), Barcelona, Anagrama, 7ª ed., 2004, p. 13.

 

Joe McGinniss, El milagro de Castel di sangro (trad. Grabriel Cereceda y Begoña Martínez), Barcelona, Contra, 2014, 500 pp.